Hace ya muchos años, recuerdo como si fuera ayer la historia de Inés, una mujer que venía de un pequeño pueblo castellano donde, por unas cuantas pesetas, uno podía hacerse con un piso modesto de una habitación. Inés, previsora, compró uno sin que su marido, don Ricardo, se lo imaginara siquiera.
Durante las ausencias de Ricardo, que viajaba constantemente por negocios, nació su hija. Inés dio a luz en una maternidad común de Valladolid, aunque le hizo creer siempre a su marido que había sido en una de las mejores clínicas privadas de Madrid. El dinero que Ricardo enviaba para las compras semanales Inés lo administraba con una austeridad casi monacal.
Cuando Ricardo estaba en casa, el frigorífico rebosaba de ternera de Ávila, pescados del Cantábrico y embutidos de todas las regiones. Pero, en cuanto él partía, la economía doméstica se volvía aún más estricta y la despensa apenas aguantaba lo imprescindible.
Inés jamás compró ropa para su hija, Martina. Siempre contaba con la generosidad de las vecinas de su barrio, o encontraba gangas en mercadillos y anuncios del periódico local. De esta manera fue ahorrando, peseta a peseta, hasta lograr aquel piso secreto en los arrabales de Burgos. Muchas veces llamaba a su madre, Carmen, para que cuidara de la niña mientras ella salía a trabajar de forma clandestina, siempre pendiente de que Ricardo nunca lo descubriese.
Ricardo era hombre de ciudad, criado en las calles bulliciosas de Salamanca, y no dejaba de recordar a Inés sus orígenes rurales, dándole órdenes y exigiendo lo imposible. Al principio Inés aguantaba y cumplía con esmero. Pero llegó un momento en que intuyó que un día Ricardo perdería la mesura y el daño sería irreversible.
Me contaba entre susurros: Hasta el mercado era una estrategia. Compraba unas pocas manzanas y aseguraba a Ricardo que había comprado varios kilos. Tuve que esperar dos años y medio para reunir lo necesario.
En uno de aquellos viajes de Ricardo, Inés hizo las maletas en silencio. Metió a Martina en brazos y, con el corazón agitado, abandonó la casa antes de que el sol asomara sobre los campos de Castilla. Había solicitado el divorcio apenas un día antes de su huida.
Ricardo intentó por todos los medios dar con ellas, la llamaba jurando que esta vez todo sería diferente, que la sombra que había cubierto la familia desaparecería para siempre. Pero otras veces, su voz traía amenaza, jurando que no abandonaría jamás su propósito de recuperarlas cueste lo que cueste.
No pasó mucho hasta que me enteré de que Ricardo encontró rápidamente consuelo en una joven estudiante universitaria. Y estoy segura de que con ella repetía la misma historia de infelicidad y dominio.
Nunca traicioné a Ricardo, solía decir Inés. Lo que ahorré lo considero ganado con sacrificio, con hambre y privaciones, porque no tenía otra salida. Era la única forma de salvarme a mí y, sobre todo, a mi única hija.





