El lunes por la mañana llegué a la oficina antes que nadie y vi en el escritorio de la nueva contable mi gemelo de plata con piedra azul —el mismo que había perdido en casa tres días antes. El corazón me dio un vuelco, pues mi esposa aseguraba que jamás lo había visto. Y ahora allí estaba, justo entre la calculadora y las carpetas de María.

Tío, te tengo que contar lo que me pasó el lunes por la mañana en la oficina, porque aún no me lo creo. Llegué antes que nadie y al pasar junto al escritorio de la nueva contable, Lucía, me encontré mi gemelo de plata con la piedra azul encima de sus papeles, entre la calculadora y una carpeta de facturas. Era el que había perdido en casa tres días antes. Se me encogió el corazón porque Laura, mi mujer, juraba que nunca lo había visto. Y de repente, ahí estaba, tan tranquilo, en el despacho de Lucía.

Me quedé un rato mirándolo, como si el dichoso gemelo fuese a confesarme cómo había terminado ahí. Al poco entró Lucía la chica siempre tan puntual y se quedó helada al verme plantado junto a su mesa. Sin decir nada, disimuladamente intentó tapar el gemelo con una carpeta.

¿Esto es mío? le pregunté con la mayor calma que pude.

Se le puso la cara tan blanca que parecía de papel.

No simplemente lo encontré balbuceó.

Y justo en ese momento, aparece Laura con dos cafés. A veces venía por sorpresa antes de ir a su trabajo, pura costumbre. En cuanto nos vio a los dos, con esa tensión, se quedó cortada y dejó el café en la mesa.

¿Qué pasa aquí? preguntó, mirándonos uno tras otro.

La miré de frente, intentando que no se me notaran los nervios.

Eso mismo me gustaría a mí saber contesté.

Lucía se quedó paralizada, quieta como una estatua. Con cuidado levanté la carpeta y ahí estaba otra vez el gemelo. La piedra azul, un poquito rayada por abajo, justo como la dejé hace años la primera vez que se me cayó al suelo.

Te dije que lo había perdido en casa le recordé a Laura, bajito.

Ella agachó la cabeza.

Igual te lo trajiste por accidente, no sé…

Lucía reculó un paso.

Yo… lo encontré tirado en el suelo ayer por la tarde pero no sonaba convincente.

En ese momento, me vino a la cabeza una tontería de esas que no piensas que sean importantes. El viernes llegué antes de lo normal a casa. Todo estaba muy callado, pero olía a un perfume dulce que Laura nunca usa. Le pregunté entonces.

Fue una amiga me dijo. Vino solo cinco minutos…

Ahora, al mirar a Lucía, capté el mismo aroma. Exactamente igual.

¿Lucía, estuviste en mi casa el viernes? pregunté, sin rodeos.

Lucía se puso aún más pálida.

No, claro que no.

Laura se puso a la defensiva enseguida.

¿Pero qué tontería preguntas? Eso no tiene ningún sentido.

Pero el silencio que se hizo entre ellas fue más claro que cualquier explicación.

Me fijé en las manos de Lucía. Daba vueltas a un anillo finísimo, de esos corrientes, nada de alianza. Y entonces murmuró:

Yo no sabía que estabais casados…

Podía oír hasta el ruido de la cafetera en el pasillo del silencio que había.

Laura se giró en seco.

¿Cómo dices?

Lucía le sostuvo la mirada.

Él me dijo que estabais separados…

Sus palabras me giraron la cabeza. Al principio ni lo entendía.

¿Quién te lo dijo? insistí.

Lucía miró a Laura, y ahí caí en todo.

Laura.

Ella se encogió de hombros y sonrió forzada, soltando una risa floja.

En fin… Supongo que ya es hora de dejar el teatro.

La miré sin entender.

¿Qué teatro?

Dejó el café en la mesa, muy despacio.

Lucía y yo… llevamos dos meses juntas.

Lo soltó así, sin más, como quien habla del tiempo.

Ella pensaba que solo eras mi compañero de piso añadió Laura. Era más fácil así.

Lucía la miraba, completamente atónita.

Tú me dijiste que era tu exmarido…

Laura dejó caer los hombros.

Prácticamente.

En ese momento me di cuenta de otra cosa más. El gemelo. Lucía lo había encontrado en mi casa porque ella había estado allí. Con Laura. Probablemente en mi propia cama.

Cogí el gemelo y me lo guardé en el bolsillo de la americana.

Y entonces, sin pensármelo demasiado, solté algo que, viendo sus caras, no esperaban para nada:

Estupendo.

Las dos se giraron hacia mí como si les hubiese caído un cubo de agua fría.

Porque ayer mismo firmé los papeles de la venta del piso.

A Laura casi se le cae la cara.

¿Qué?

El piso está a mi nombre expliqué, tranquilo. Y los nuevos dueños entran en tres días.

Lucía dio un paso atrás.

Pero, ¿no vivíais juntos todavía?

Laura le echó una mirada que mataba.

Yo simplemente les sonreí, medio resignado.

Pues parece que vais a tener que buscaros otro sitio las dos.

Cogí la chaqueta y me fui hacia la puerta.

Detrás de mí, empezaron a discutir.

¡Me has mentido! gritaba Lucía.

¡Cállate! le soltó Laura, furiosa.

Y yo seguí andando por el pasillo, y te juro que por primera vez en meses sentí una paz rarísima, como si por fin me hubiera quitado un peso de encima.

Solo me queda la duda de si debería haberles dicho antes que la venta del piso era mi red de seguridad por si algún día descubría alguna verdad incómoda. ¿Lo hice bien? Ni idea, pero oye, tenía que contártelo.

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MagistrUm
El lunes por la mañana llegué a la oficina antes que nadie y vi en el escritorio de la nueva contable mi gemelo de plata con piedra azul —el mismo que había perdido en casa tres días antes. El corazón me dio un vuelco, pues mi esposa aseguraba que jamás lo había visto. Y ahora allí estaba, justo entre la calculadora y las carpetas de María.