12 de noviembre
La historia que quiero relatar hoy sucedió hace unos años, cuando vivía en un pequeño pueblo castellano, casi escondido entre montes y encinas, en una esquina olvidada de la provincia de Soria. Allí, un día cualquiera, apareció un lobo solitario. Era joven, fuerte, de pelaje espeso y ojos tan intensos que a veces costaba sostenerles la mirada. No era como los lobos que nos contaban los viejos durante las largas noches de invierno; este no merodeaba para matar ovejas ni trasteaba en los gallineros. Solo cruzaba las callejuelas, se sentaba entre los huertos y observaba, tranquilo, como si buscase algo más allá del hambre.
Parecía particularmente atraído por una perrilla mestiza, pequeña y de aspecto corriente, que vivía en la casa de Inés. Al principio, en el pueblo tomaron el asunto a risa, llamándola la prometida del lobo, pero a la chica las bromas no le hacían ninguna gracia. Recuerdo la mañana en que, a primera hora, la vi salir al pozo y allí estaba el lobo, echado junto a la caseta del perro. Aquella mirada que le dirigió no tenía nada de amenaza; era puro abatimiento, como si pidiera ayuda en silencio.
Nadie se explicaba qué le pasaba a aquel lobo ni por qué había escogido, precisamente, merodear aquel corral. Con el tiempo, la inquietud fue dejando paso a la costumbre. Al ver que no hacía daño a nadie, ni siquiera a los corderos, la gente se resignó. El lobo solo rondaba a las perras, esquivando a los machos, como si anduviese buscando una compañera. Fue así como acabó presentándose cada dos por tres en casa de Inés.
La perra, a la que llamaban Pura, lejos de temerle, le recibía con gestos afables, moviendo el rabo con energía. El lobo, en cambio, miraba, primero a ella y luego a la ventana de la cocina, aguardando, casi con respeto, el permiso de Inés. Ella intentaba tomárselo a risa con los vecinos, pero yo notaba que esta historia le removía algo por dentro.
Fue una mañana fría cuando el lobo no huyó ni siquiera con el estrépito de los cubos. Inés se fijó entonces en el cuello del animal y lo vio: una señal oscura que parecía de correa o de collar. No era normal. Aquello le desveló toda la noche. Cuando cayó el sol, salió al huerto y le dejó un poco de carne. El lobo se acercó, olió el alimento, pero apenas lamía los trozos. Se notaba que al intentar comer sufría; apenas podía abrir la boca. El temor al animal se esfumó en aquel instante: un lobo que no puede alimentarse, pensó, no es el enemigo.
Así empezó a cortarle la comida en pedacitos cada vez más pequeños, hablándole en voz baja, como a un niño que teme al médico. Y un día logró acariciarle la cabeza. Sus dedos notaron el borde de un viejo collar de cuero, cubierto ya por la piel, como la cicatriz de una antigua crueldad. Sin dudarlo más, Inés sacó la navaja, encontró la hebilla y cortó el cuero. El lobo dio un brinco, salió disparado y se perdió entre los jarales.
Al día siguiente, Inés llevó el collar al bar del pueblo. Los hombres lo reconocieron de inmediato: ¡Ese es el del lobo que se escapó del criadero de las afueras hace años! Hubo charla y risas, pero Inés solo pensaba que, al fin, aquel animal podría volver a respirar sin dolor.
Y, en efecto, regresó. Ahora comía con normalidad y recuperó poco a poco su fuerza. Un día, después de saciarse, se acercó y apoyó suavemente la cabeza en las rodillas de Inés. Aquello fue como si le diera las gracias.
La sorpresa de verdad llegó en primavera, cuando Pura tuvo una camada: cuatro cachorrillos con aspecto de lobeznos y un perro negro puro. El pueblo alucinaba: el lobo no había perdido el tiempo.
El lobo venía cada poco por el corral, traía presas pequeñas y consentía a sus cachorros con la delicadeza de un padre. Inés lo observaba desde la ventana y sentía que su casa formaba ya parte de aquella nueva manada.
No tardó en aparecer por allí un tipo áspero, de los que trabajan en el criadero de donde escapó el lobo. Venía reclamando su propiedad, pidiendo incluso a los cachorros, y, al recibir negativas, no se cortó con amenazas. Fue entonces cuando ocurrió algo que aún hoy se cuenta en el pueblo: el lobo saltó de golpe la valla, derribó al hombre y se colocó entre él y la familia de Inés. El tipo huyó despavorido y todos supimos al instante que aquel animal defendía a los suyos.
Con el tiempo, los lobeznos grandes se fueron tras su padre. Años después, algunos cazadores contaban haber visto lobos negros en los pinares. Inés sonreía al oírlos: deben de ser descendientes de Pura.
El lobo, de vez en cuando, seguía pasando por el corral, aunque eso, como decía Inés, ya era otra historia.
Aprendí que la confianza puede surgir donde menos se espera, y que a veces, para recibir lealtad y protección, basta con un gesto de compasión. El lobo encontró su manada y nosotros, los vecinos, ganamos el recuerdo de una historia que demuestra que la bondad, cuando se da de veras, acaba volviendo a quien la entrega. ¿Vosotros qué opináis? ¿Pueden los animales salvajes recordar el bien que se les hace y corresponderlo?





