Begoña no aparta la vista del letrero Urgencias. Las letras se le borran con los ojos por la larga espera, el corazón le late a mil por hora. Begoña aprieta sin descanso en la mano el camión de juguete rojo de su hijo Iker, de cuatro años: un tractor de plástico con pala. Al principio Iker quería el camión azul de la caricatura, pero con el tiempo se encariñó con ese regalo de su padre.
Por fin, entre los cristales empañados, aparece la silueta de un hombre; se abren las puertas y entra un médico cansado. Begoña se lanza hacia él.
Doctor, ¿cómo está? ¿Qué ha pasado con Iker?
El médico baja la cabeza, se quita la máscara y responde con culpa:
Begoña, lo siento hemos hecho todo lo posible
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Begoña se acurruca en la cama de su hijo, envuelta en una bola. La almohada aún conserva el perfume de Iker. En el espejo frente a ella sigue la huella de su manita sucia de galletas. Qué bien que no haya limpiado el espejo, porque nunca volverá a mancharlo, nunca volverá a apoyar su cabecita cansada en la almohada.
Una lágrima salada rueda por la mejilla de Begoña. El duelo quema su corazón desde dentro. Un corazón sano, lo que le faltaba a Iker, su niño pequeño. El hermano mayor, Mateo, está sano y ya es casi independiente: tiene dieciocho años y estudia en la universidad. Pero Iker
Una alegría tardía que se volvió una tragedia inmensa. Todos los análisis mostraron que todo estaba bien, y justo antes del parto descubrieron por casualidad un grave defecto cardíaco. En la corrección radical algo salió mal y ahora Iker ya no está.
***
Begoña cierra los ojos y, sumida en un sueño agitado, vuelve a una pradera soleada cubierta de flores de mil colores y aromas. A lo lejos está Iker, con la misma sonrisa, con su camisa de máquinas. Lleva un gran ramo de margaritas.
¡Iker! exclama Begoña, hijo mío, pero él parece no oírla, ordenando los pétalos con la mirada pensativa.
Begoña corre por el campo florecido, abre los brazos para abrazarlo. Por mucho que corra, Iker no se acerca; al contrario, se aleja más y más. Grita desesperada, extiende las manos, pero no lo alcanza. Entonces Iker levanta la mirada, sonríe y se evapora en el aire. Solo queda una nube de pétalos que desciende lentamente.
Begoña alcanza el lugar donde caen los pétalos y mira bajo sus pies. Con letras blancas y perfectas, formadas con los pétalos sobre el verde, aparece una dirección.
***
Se despierta con el timbre del móvil. Mira la pantalla: Mateo.
Sí, hijo contesta Begoña entrecortada.
Mamá, voy a llegar, ¡prepárame algo! dice Mateo.
Begoña esboza una sonrisa forzada. Ya han pasado casi tres meses desde que Iker se fue, pero aún tiene a su hijo mayor. Es hora de ponerse de pie y seguir viviendo.
Claro, ¿qué quieres? ¿Que haga unas tortitas? responde.
¡Genial, mamá! Ya voy en el autobús, llego en un minuto. dice Mateo, que trata de venir los fines de semana para distraer a sus padres. Sabe cuánto les duele pensar en el hermano pequeño. La vida sigue, y deben superar el duelo juntos, como familia.
Begoña se levanta con dificultad y se dirige a la cocina. Abre la nevera, rebusca en los estantes y descubre que no hay leche. Su esposo Víctor está en la cocina trabajando en una placa electrónica del portátil. Levanta la vista y pregunta:
¿Necesitas algo? ¿Ir al supermercado?
Mateo me ha llamado. Viene y quiere tortitas dice Begoña con calma. Se nos ha acabado la leche, pero iré yo misma, daré una vuelta.
Víctor se ajusta las gafas y piensa: Se le está levantando el ánimo. Begoña se viste despacio y sale de casa. El leve viento primaveral le acaricia la cara; los pájaros cantan, los árboles se tiñen de verde y pronto se cubrirán de hojas frescas. La naturaleza despierta del letargo invernal. Begoña suspira:
¡Ay, Iker, no te he visto en mi quinta primavera!
Sacude la cabeza para ahuyentar los pensamientos oscuros y se dirige al supermercado.
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En el pasillo agarra leche, los caramelos favoritos de Mateo, pan y un pollo, y se acerca a la caja. De repente, entre los estantes, escucha una risa familiar. En el pecho de Begoña se estrecha la nostalgia: esa era la risa de Iker. Corre hacia el sonido y apenas ve una pequeña figura infantil esconderse tras una góndola. Sabe que no puede ser real, pero la sigue, derribando una cartelera promocional.
Al levantarla, su mirada se clava en un letrero blanco con letras rojas que muestra la misma dirección que vio en el sueño.
Iker, ¿qué quieres decirme? susurra Begoña.
Vuelve a casa con la sensación de que todo tiene sentido. Iker quiere transmitirle algo, pero ¿qué? Deberá buscar esa dirección en internet pero no ahora. Hoy llega su único hijo, y tiene que recibirlo como se debe, manteniendo la compostura.
***
La tarde transcurre cálida y agradable; Begoña, a duras penas, logra sonreír mientras escucha las anécdotas universitarias de Mateo. Este devora la comida casera con gusto, y Begoña y Víctor lo miran con ternura: es su único hijo ahora. Cuando todos se retiran a sus habitaciones, la noche se adueña del hogar.
Agotada, Begoña se duerme rápidamente. En medio de la noche, escucha un canto apagado que sale del baño. Su corazón se acelera: reconoce la voz de Iker, cantando la canción del camión azul de la caricatura.
Se levanta con un nudo en la garganta, avanza sigilosamente hacia el baño para no asustar al niño. Abre la puerta con cuidado, pero el baño está vacío. Las lágrimas brotan.
¿Qué esperaba? ¿Que Iker apareciera aquí? ¡Ya no está! se recrimina. ¡Es sólo mi imaginación enferma!
Enciende el grifo, se lava la cara y trata de calmarse. No puede seguir torturándose. Por VÍctor, por Mateo. Se mira al espejo: su reflejo muestra un rostro pálido, con ojeras y moretones.
Con ira, frota espuma de jabón contra el espejo sin saber por qué. Mientras el agua corre, las burbujas forman, sin explicación, las letras de la dirección. Un escalofrío recorre su espalda y, de pronto, una vocecita infantil susurra:
Te estoy esperando, mamá
***
¿No puedes dormir? pregunta Víctor, despertándose por la luz del portátil.
Begoña está sentada en el sillón, con el portátil sobre las piernas, mirando la pantalla.
Víctor, acércate Si sientes lo mismo que yo, no será una alucinación
Víctor se levanta con dificultad y se acerca a ella. Su corazón late con fuerza cuando sus ojos se posan en la foto de un niño de cuatro años.
En la foto se lee: Egor, 4 años. El niño perdió a sus padres en un accidente hace tres años y vivía con su abuela. Desde que la abuela falleció, lleva medio año en un centro de acogida.
Esta dirección me persigue últimamente dice Begoña, Iker me la está enviando
Le cuenta a Víctor el sueño, el incidente en la tienda y la voz del baño. Víctor, tras pensarlo, responde firme:
Vamos
***
La directora del centro, Catalina Fernández, lleva a Begoña y Víctor por un amplio pasillo luminoso, volteando sin cesar y explicando la situación.
Cuando Egor llegó, pensamos que sería temporal. Es un chico sociable, criado en una familia estable, aunque con su abuela. Tres intentos de adopción fracasaron porque se retrae ante los posibles padres. No quiere irse a ningún sitio que no elija. Últimamente habla de que sus padres volverán y menciona a un amigo imaginario llamado Iker, que le dice que pronto llegarán.
Begoña y Víctor se miran. ¿Podría su hijo fallecido estar ayudando a ese niño huérfano?
Conozcan al pequeño concluye Catalina, abriendo la puerta del salón de juegos.
Begoña reconoce al instante a Egor. Está sentado entre otros niños, construyendo una torre de bloques mientras tararea la canción de Iker. Al oír a Begoña, suelta los bloques, se levanta y grita:
¡Mamá, papá! ¡Sabía que vendríais!
***
Catalina acelera el proceso de adopción. Se alegra de que Egor haya establecido contacto con la familia de Begoña y Víctor. Al saber de la muerte de Iker, su emoción se intensifica. Un mes después, Begoña, Víctor y Mateo llegan a recoger a Egor para adoptarlo definitivamente. Al despedirse, Egor saca la mano de Begoña y exclama:
¡Mamá, espera! mirando hacia el final del pasillo. ¡Allí está Iker, quiere despedirse!
El corazón de Begoña se contrae otra vez, pero ahora es una tristeza luminosa, la de comprender que no puede cambiar nada, pero sí seguir viviendo. Ahora depende de ella el futuro de Egor, que ha abierto su frágil corazón al de Víctor. Nunca olvidará a Iker, lo amará siempre, pero ahora tiene otro pequeño por quien ser fuerte.
Egor corre al final del pasillo, se detiene junto a una ventana, mira un momento y vuelve corriendo a los brazos de su madre, padre y hermano mayor. Detrás de la ventana, un palomo blanco surge de la nada, sobrevuela el edificio, da vueltas sobre sus cabezas y se eleva hasta perderse entre las nubes.







