El lazo rojo

El lazo rojo

Carmen estaba de pie junto a la vitrocerámica, observando cómo el vapor empezaba a brotar despacio de la cazuela donde hervían lentejas. No unas lentejas de calidad, verdes y enteras, sino esas del supermercado, en envase blanco, kilo y medio a ochenta céntimos, pequeñas y amargas. Removió con una cuchara de madera, tapó la olla, y se recostó contra el frigorífico. El viejo “Balay” retumbó, como dándole algún tipo de aprobación rutinaria a sus movimientos.

A través de la ventana se veía la calle de los Artesanos. Bloques de cuatro pisos, olmos que cada primavera llenan de pelusas los tendederos, y la floristería modesta en la esquina. Carmen llevaba allí más de doce años, y aquella calle era tanto parte de ella como el callo de su talón o la certeza de que el tercer escalón de la escalera siempre crujía.

Alonso entró en la cocina sin hacer ruido, como siempre. Sabía cómo aparecer. Alto, de hombros cuadrados, con una camisa gris claro que Carmen diría que jamás le había visto. Se dio cuenta unos segundos más tarde, pero lo primero que le llegó fue el olor. Suave, floral, levemente dulce; no era su olor, ni desodorante masculino, ni cuero del asiento del coche de Alonso.

¿Qué pasa, mi espartana? dijo Alonso, metiendo la cabeza en la cazuela y poniendo cara. ¿Otra vez con pan y lentejas?

Lentejas corrigió Carmen. Con cebolla.

Eso ya es un lujo le dio un par de palmadas en el hombro. Ya verás como no queda mucho, aguanta. Lo de la casa del campo sigue allí, te lo prometo.

Carmen asintió brevemente. Lo hacía de una forma que parecía afirmación y solo era cansancio. La cabeza le daba vueltas, otro día más. Sabía por qué, y callaba.

¿Tú has comido hoy? preguntó.

En el trabajo, teníamos menú del día. Bien.

Alonso se sirvió un vaso de agua, lo bebió de pie, colocó el vaso en el fregadero y desapareció en el salón. Ella se quedó mirándolo. Luego apagó el fuego y empezó a repartir las lentejas.

Tras tres años de apretarse el cinturón ya se había acostumbrado. Que en vez de queso fresco ahora compra yogur barato, que la chaqueta la lleva remendada en el codo izquierdo, que no pisa una peluquería desde el otoño pasado. El pelo se lo corta sola, frente al pequeño espejo del baño, evitando mirarse demasiado. A veces le queda bien, otras no.

La promesa había surgido tres años antes. Una casa pequeña en un pueblo castellano a cuarenta minutos en tren de cercanías, el sueño de Alonso. Ladrillo visto, buhardilla, manzanos en el patio, un pozo antiguo cuyo encanto era, precisamente, ser sólo decorativo. Contraventanas verdes, porche de madera. Un banco bajo un lilo.

Mira dijo entonces Alonso, depositando el portátil en sus rodillas. ¿Ves?

Carmen vio. Por dentro, algo se le había encogido: no dicha, pero sí algo tierno. Una posibilidad. Toda la vida en pisos urbanos y ajenos, en aire de otros. Y allí, en la pantalla, había manzanos.

Necesitamos ahorrar tres años, muy a rajatabla explicó él. He calculado. Si apartamos esto al mes, si recortas un poco esos gastos…

¿Cuánto cuesta?

Le dijo la cifra. Carmen guardó silencio.

Es mucho…

Es un hogar, Carmen. El nuestro. Con árboles, aire, calma. ¿Crees que eso se regala?

Aceptó. Tardó, pero aceptó. Abrieron una cuenta compartida. Carmen ingresaba rigurosamente la mitad de su pensión y de algunos ahorros de trabajos puntuales: llevaba la contabilidad de una oficina pequeña, media jornada, poco pero algo. Alonso decía que él transfería el triple de su salario.

Carmen le creía.

Creer era su verdadera habilidad, lo que ahora llaman don. No por ingenuidad, sino por estrategia vital. Era más llevadero así. Si desconfiaba, tenía que estar comprobando todo el tiempo, y eso agotaba.

El primer invierno se sobrellevó casi como un juego. Comidas sencillas, ropa justita, y ese espíritu de inventiva de la infancia cuando falta para un helado y entonces el plan B sabe mejor porque es tuyo. Probaba recetas, cazaba ofertas y casi le gustaba. El segundo año fue más difícil. El cuerpo le empezó a avisar: piernas sin fuerza, somnolencia que no cedía ni durmiendo. A veces en el autobús, se sorprendía sin saber a dónde iba, mirando el paisaje sin pensar. No fue al médico porque no podía permitirse pagar, y la cola de la seguridad social le quitaba el ánimo.

Debería hacerme análisis, le comentó a Alonso.

¿Privados?

Bueno, al menos sin colas eternas.

Carmen, ahora cada cien euro cuenta. Cada uno. ¿Por qué no vas a la de siempre?

Fue. Esperó, le sacaron sangre. El resultado, hemoglobina en mínimos, sin llegar a alarma. Que carne roja, hierro, vitaminas.

Compró las vitaminas más baratas. Lo demás no entraba en el presupuesto.

El tercer año dejó de pesarse. El espejo le bastaba. Su rostro era más afilado, cetrino, el cabello opaco. En el mercadillo de la calle Mayor encontró un abrigo azul marino decente, casi sin desperfectos. La vendedora, una mujer de pelo naranja, le sonrió:

Buen abrigo. Para rato.

Ya lo sé respondió Carmen.

Aquí todas lo sabemos le guiñó el ojo, amable.

Carmen se probó el abrigo. Yendo a casa, miró su reflejo en el escaparate. Se quedó un segundo, luego siguió.

Alonso animaba, siempre con esa habilidad suya de crear esperas. Un poco más, repetía tanto que esas palabras se convirtieron en ruido de fondo para Carmen. Se oía sin escuchar.

Eres una campeona decía cuando la veía cenar cualquier plato sencillo. Una verdadera espartana. Te admiro.

Carmen sonreía. Sonrisa auténtica, no alegre; gesticulación aprendida.

A veces llamaba a su hija, Laura, que vivía en Ávila con marido y niños, siempre ocupada. Carmen no se quejaba. Ni sabía, ni quería.

¿Cómo estás, mamá?

Bien. Ahorrando para la casa del campo.

¿Seguís ahorrando?

Casi, ya casi.

Qué bien…

Y cambiaban a los niños, al tiempo, a lo cotidiano. Carmen colgaba y volvía a la cocina.

Ese otoño, el tercero de su austeridad, los olores se le hicieron más intensos. Pensaba que, al tener menos de todo, el cuerpo se agudizaba, como un animal en escasez. Percibió ese perfume en la camisa de Alonso por primera vez una tarde removiendo lentejas. Lo olvidó, pensó que sería del autobús, de alguien junto al que se apoyó. Sucede.

Volvió a notarlo en noviembre. Alonso llegó tarde, risueño, y mientras le ayudaba a quitar la gabardina, el olor seguía siendo ese: floral, caro, indudablemente femenino.

¿Cansado? preguntó.

Mucho. Reunión larguísima.

Él bostezó, se estiró, fue al baño; Carmen colgó la gabardina y se quedó unos segundos mirando. Luego fue a calentar la cena.

Había aprendido a no pensar en lo que no quería pensar. Otro de sus talentos. Desviar la mente, no por cobarde sino por pavor a lo que haría si pensaba. No a Alonso, ni a una escena, sino al movimiento inevitable.

La cuenta común se llenaba mensualmente. Alonso le enseñaba el extracto. Carmen miraba las cifras y sentía esperanza. Subían, lentamente.

Mira, ¿lo ves? decía Alonso, enseñando el móvil. Ya tenemos tanto. Para primavera, el primer paso.

¿Qué paso?

Hablar con los vendedores de la finca, negociar. Lo suyo.

Carmen asentía. Ella no conocía los pormenores, esa era “su parte” en el trato. Él iba de documentos, ella de ahorrar. Así funcionaba.

En diciembre las ausencias de Alonso fueron más frecuentes. Cenas de trabajo, justificaba. Diciembre, todos hacen vida social, no puedes quedarte fuera. Carmen comprendía. Siempre comprendía.

Hasta esa noche de diciembre. Alonso llegó a la una de la madrugada, no era alguien de copas, sino descansado, extraño. Cara luminosa, movimientos calmados, voz reposada, mejillas sonrosadas no tanto por el vino sino por otra cosa. O simplemente porque la noche fue buena.

¿Te lo pasaste bien? preguntó Carmen.

Es trabajo, respondió amablemente. Pero ya verás, en el campo no habrá de esto.

Le dio un beso en la sien y se fue a dormir. Carmen se quedó en la cocina, el Balay todavía zumbando. Fuera nevaba.

Enero. Un hallazgo casual, como todo lo esencial. Limpiaba la chaqueta nueva de Alonso, la azul marino de Nochevieja. Al pasarle el cepillo, metió la mano en el bolsillo. Una rutina más.

Dentro, un recibo pequeño.

Lo sacó, lo miró.

Restaurante Mariscos de la Castellana. Fecha: veintiuno de diciembre. Importe.

Carmen fijó la vista en la cifra. La comprobó dos veces, luego la soltó y miró por la ventana, viendo una mujer pasar a un perro por la acera. El perro tiraba, la mujer no tenía prisa.

El importe equivalía al presupuesto de Carmen para todo un mes: arroz, pasta baratos, té de marca blanca, aceite de girasol. Ella dosificaba cada euro. Esto era su universo.

Volvió a meter el recibo en el bolsillo, colgó la chaqueta, y fue a la cocina.

El Balay vibró.

Carmen se sirvió agua, la bebió, dejó el vaso sobre la encimera. Lo cogió otra vez. Lo dejó otra vez.

Alonso estaba en el trabajo. Ella teletrabajaba, procesaba facturas desde casa. No tenía tarea ese día. Estaba sola.

Pensó, ¿quién cena marisco en la Castellana en diciembre? Ella no había ido nunca. Sabía del restaurante por el bus: mantel blanco, copas, un sitio caro.

Aquel veintiuno de diciembre Alonso le dijo que iba a ver a un amigo, reunión de antiguos compañeros. Volvió a las diez, no olía a vino, sino a ese aroma. Floral, dulce.

Carmen no sacó conclusiones. Mantuvo la idea a raya, como ella sabía. Quizás fue una comida sola. O de negocios. Quizá.

Alonso llegó por la tarde, se quedó a cenar, miraba el móvil. Ni nervioso ni esquivo. O lo disimulaba bien.

Alonso dijo Carmen, calmada.

¿Sí?

¿Es caro cenar en Mariscos de la Castellana?

Levantó la vista, muy poco, un segundo.

No sabría decirte, nunca he estado.

Ah respondió Carmen. Es que vi la publicidad.

Volvió al móvil.

Carmen bebió su té.

Febrero fue frío y silencioso. Recorriendo la ciudad en su abrigo azul, las manos en la taza del bus. Los mareos aumentaron. Pidió cita, la doctora le repitió lo ya sabido: bajo mínimo, coma mejor, vitaminas.

Yo tomo dijo Carmen.

¿Cuáles?

Al decirlo, la doctora no insistió más.

Alonso se ilusionaba esos días, compraba cosas nuevas. Carmen notaba un cinturón, zapatos totalmente distintos. Unas botas marrón oscuro, bonitas, caras.

¿Son nuevas? Carmen miró el calzado.

Rebajas. Las otras estaban para tirar.

Rebajas…

Claro. No me voy a una boutique.

Ella asintió.

Marzo, surgió una notificación en el móvil de Alonso, se iluminó en la mesa cuando él estaba en el baño. Carmen fingía leer.

Concesionario “AutoCastilla”:

Su León Style está listo, el lazo rojo preparado como pidió. La esperamos.

Carmen dejó el libro a un lado.

Conocía el León: un coche grande, caro. No para su bolsillo. El lazo rojo lo entendió de noche: en los anuncios, según compran para regalar, ponen un gran lazo en el capó.

Carmen se quedó despierta mirando el techo, Alonso a su lado, respirando acompasado. Se acordó de las lentejas. De las vitaminas de farmacia, del abrigo de mercadillo. De no haber vuelto a cortarse el pelo por otro que no fuera ella misma. De la cuenta común.

Al día siguiente llamó al banco. Pidió el saldo. Se lo dijeron.

Guardó silencio unos segundos, dio las gracias y colgó.

El dinero era la mitad de lo debido según sus cálculos.

La mitad. Dos años ahorrando, la mitad.

Sentada en la cocina, observó el mantel de hule estampado. Una mancha de café le resistía desde hacía meses. Volvió a frotarla con el dedo. La mancha seguía ahí.

¡Carmen! desde el salón Alonso. ¿Pusiste el té?

Voy, respondió.

Vertió agua al hervidor, lo puso a calentar.

Ese día las piernas le temblaban más que otros.

Tardó en empezar a seguirle. Esa palabra le pesaba, seguir. Hasta que un jueves, cuando Alonso dijo que tenía reunión de socios, salió treinta minutos después. Como quien sale a caminar, se justificó.

Vio el coche de Alonso, el viejo Ibiza gris, aparcado en el centro comercial de la Gran Vía, no en la oficina. Carmen se acercó. Se metió tras él en el centro.

Lo encontró hablando con una mujer joven, rubia, moño bien hecho, abrigo beige, en la joyería de la segunda planta. Estaban cerca, en la distancia de quienes se conocen.

No se acercó. Se quedó junto a una columna, simulando escribir.

Alonso hablaba, la mujer reía. El dependiente sacó algo de la vitrina, quizá un colgante. Alonso asintió, pagó con tarjeta.

La mujer guardó el paquete, ajustó su abrigo, salieron juntos.

Carmen siguió junto a la columna.

El centro hervía de vida, niños, móviles, radio ambiente, olor a comida.

Carmen permaneció inmóvil. Salió.

Fuera, buscó un banco y se sentó. Era marzo, el suelo aún mojado pero el asiento seco. Miró la carretera: coches, transeúntes, un charco.

No lloró. Por dentro, solo sentía un peso denso, callado, como tierra mojada. Ni vacío, ni dolor. Densidad y silencio.

Al cabo de un rato caminó a casa.

Durante unos días siguió igual. Coció sopas, tecleó en su portátil, vio la tele. Alonso igual de alegre, animándole con lo de la casa, ya mismo negociamos la entrada.

Quizás pueda ser a plazos dijo una noche. Así no hace falta tanto de golpe.

A plazos…

Claro, una parte ahora, otra después.

¿Y cuánto tenemos ya? preguntó Carmen, natural.

Pues con lo último debe de ir bien. No lo sé exacto, luego miro.

Míralo.

Ahora no, que empieza el Telediario.

Carmen fue a la cocina.

Esa noche llamó a Laura.

¿Estás bien, mamá? Tienes un tono…

Nada, cansada.

¿Aún estáis en ese ahorro extremo?

Sí.

¿Merece la pena esa casa? Compraos un piso normal, cerca, ¿no?

Alonso quiere el campo.

¿Y tú?

Una pausa.

Yo también. Los manzanos. El lilo.

Ay, mamá…

Nada, hija. ¿Tú qué tal?

Habló con Laura. Apagó el móvil, pensó en los manzanos. ¿Serían de verdad? ¿Habría lilo? ¿No sería una foto sacada de Internet porque él sabía que a ella le hacían falta árboles?

No pensamiento, sensación. Agua fría sobre la piel.

A los tres días, Marcó el número de “AutoCastilla”. Pidió información del León.

Justo lo entregamos hace nada con lazo grande. Un regalo precioso de un caballero a una señora. Muy tierno.

¿Un regalo?

Sí, de esos con lazo y todo, nivel premium.

Gracias.

Colgó. Puso el té a hervir. Esperó el hervor.

Por dentro, todo igual: denso y mudo.

Ahora abrió su portátil. Entró al banco, ella tenía acceso, lo crearon juntos.

Repasó movimientos. Ingresos: su parte siempre puntual, la de Alonso menos frecuente, a veces la mitad. Pagos: muchos, no todos justificables, y de importe considerable.

Carmen cogió su libreta de cuentas. Añadió una hoja. Empezó a sumar.

Estuvo horas. El Balay sonaba de fondo. Oscureció.

Al terminar cerró la libreta, la apoyó en la mesa, repasó la portada.

La imagen era nítida. Tres años ahorrando, cada mes. Tres años de lentejas aguadas, ropa rehecha en el mercado, recortes de salud, peluquería hecha con unas tijeras y el espejo del baño. Tres años reduciéndose para que cuadraran las cuentas.

Y el dinero se evaporaba. No todo, pero una parte. Regularmente. En la joyería, la mujer de abrigo beige, Alonso pagando. El León con lazo grande. El recibo del restaurante. Las camisas que olían a “Muguet”, ni siquiera su perfume.

Carmen cerró el portátil, fue al salón. Alonso veía el informativo.

¿Te apetece cenar algo?

No, es tarde ya.

Vale.

Se acostó. Miró el techo. Alonso entró al rato, se tumbó, al poco ya roncaba.

Carmen no dormía. No pensaba en él. Pensaba en ella misma, en cuándo fue la última vez que pensó en sus necesidades, no en medicinas ni ropa caliente, sino algo que le gustase, solo eso.

El café bueno. Siempre le encantó el café, de cafetera, rico. Desde hacía año y medio compraba sobres baratos.

Un trocito de queso azul. El último fue hace cinco años, antes de los recortes. Le encantaba con pan y uvas, por darse un gusto.

Ostras (mariscos), solo una vez comió, de joven, en la costa; tan extraordinarias.

No tomó la decisión esa noche. Fue germinando, lenta. La sintió clara una mañana, al despertar. Como una mesa despejada.

Siguió la rutina: trabajar, cocinar, escuchar, sonreir. Él no notaba nada, o fingía no notar.

Aquel jueves decidió ir hasta el final. Acompañó a Alonso a distancia. Él volvió a verse con la rubia del abrigo, en una cafetería de la calle Prado, luego pasearon al parque. Carmen detrás, tranquila, sus piernas por fin firmes. Se besaron. Él le dio un paquete.

Ella miró sus manos: guantes finos, dedos un poco rojos del frío.

Esperó, luego volvió a casa.

En el bus, mirando la ciudad: lluvia, ramas peladas, farolas que encendía alguien invisible. En casa, metódica. Sacó una maleta, llenando sólo sus cosas. Ropa interior, prendas de abrigo, los papeles: DNI, tarjeta sanitaria, cartilla de ahorro con sus ahorros, esos poquitos juntados en secreto.

El abrigo azul lo colgó en la entrada, prefirió la chaqueta burdeos, ajustada pero viva. Cogió papel.

«Gracias por el recibo del Mariscos y el lazo rojo. Espero que lo disfrutaras».

No añadió más. Escribió Alonso fuera y lo dejó encima del hule, junto a la mancha de café.

Tomó la maleta.

Miró el Balay, que vibró, impasible.

Bueno dijo Carmen, hasta luego.

Cerró la puerta. Dejó la llave bajo la alfombra, no por acuerdo, simplemente no la quería encima.

En la calle de los Artesanos, vida normal: gente que vuelve del trabajo, perros tirando, el escaparate de la floristería brillando.

Carmen esperó un segundo, siguió rumbo.

Fue directa al super grande del barrio, “Galería Gourmet”. Sólo pasaba por delante, nunca entraba. Era caro: expositores bonitos, luces cálidas, cestos de fruta de exposición. Allí compraba la gente con margen.

Entró.

Olía a buen café y pan. Música suave. Estantes altos, todo impecable.

Cogió una cesta. Se paró.

Avanzó entre los pasillos.

Pescadería: atún rojo auténtico, brillante y denso. Carmen pidió un trozo al filetero.

Ese, por favor.

El dependiente se lo preparó.

Se acercó a los mariscos. Ostras frescas. Tomó media docena.

Quesería: queso azul, corteza gris perla, el de su memoria. Cogió una cuña.

Un pan bueno, negro y crujiente.

Café: largo rato decidiendo, se llevó uno de Etiopía, molido. En la etiqueta: notas de arándanos y cacao.

Al pasar por caja, la cajera sonrió.

Buena selección.

Gracias.

Pagó con tarjeta, de su cuenta, su propio dinero.

Salió.

No quería ir aún donde Laura, demasiado tarde. Su amiga Victoria, quizá luego. Reservó habitación en un hostal modesto pero digno.

Allí vació la bolsa. Lo puso todo con esmero. Pidió abridor para ostras.

¿Sabe apañárselas? curioseó la encargada.

Sí dijo Carmen.

Pudo abrirlas; no perfecto, pero suficiente. Miró la primera ostra, brillante, olor a mar.

La comió.

Un trozo de atún, pan, queso, café preparado en la jarrita de la habitación.

Comía lento. Fuera, las luces de la ciudad. La radio murmuraba lejos.

No pensaba en Alonso, ni en la finca, ni en el mañana. Pensaba en aquel primer olor a mar de las ostras, en la suavidad sanguínea del atún, en ese queso entre fuerte y sedoso. El café olía, sí, a frutos rojos. No era mentira.

Eso era ella, pensó. No una espartana, ni una mujer que aguanta. Una persona que distingue una ostra verdadera de macarrones baratos. Que, después de tres años, vuelve a sí.

Bebió café a sorbos. Fuera, la ciudad vibraba.

Vamos, dijo Carmen, buenas noches.

Se sirvió más café.

No sabía qué haría mañana, ni la semana siguiente. Cómo hablaría con Alonso, si lo haría. Si los manzanos vendrían, no los falsos, los de verdad. Si llamaría a Laura hoy o mañana. Si el dolor volvería.

Eso no lo sabía.

Ahora, en una habitación de hotel, con ostra vacía y un café etíope, sabía sólo: esto era ella. Su sabor, su decisión, su noche.

Y eso era algo.

Cogió el último trozo de queso, lo puso en el pan, mordió.

La calle iluminó una farola, luego otra, luego todas a la vez.

Carmen masticó, miró las luces. No dijo ya nada. Solo estuvo.

Por esa noche, era bastante.

***

Despertó antes de la alarma. Simplemente, abrió los ojos, quedó mirando al techo desconocido, blanco, una mancha cerca del rincón. Pero lejos de ser opresivo, el techo ajeno tenía su calma.

Se levantó, se lavó, peinó. En el espejo, un rostro cansado, ojeras, pero algo era distinto. O eso le pareció.

Sin más, bajó al pequeño café del hostal. Desayunó huevos, tostada y café. De cafetera.

La taza era de cristal pequeño. La sostuvo con ambas manos, agradecida.

En la mesa de al lado, una mujer mayor leía; ni sola ni acompañada, simplemente ocupada en sí misma.

El desayuno fue lento.

Cogió el móvil.

Mensaje a Victoria: ¿Puedo pasarme hoy? Te cuento.

Victoria respondió de inmediato: Claro, cariño. El agua ya hierve.

Carmen pagó, cogió chaqueta, maleta.

Al salir, marzo olía a otra cosa: no primavera aún, pero el asfalto ya no parecía muerto bajo los pies.

En la puerta del hostal se detuvo. Subió el cuello y caminó a la parada.

No pensaba en nada. Las piernas iban bonitas, firmes. Ni mareo, al menos esa mañana.

Tráfico. Enfrente, una madre joven con carrito. En un árbol, una urraca miraba suspicaz.

Carmen la miró.

¿Tú qué opinas?

La urraca no contestó. Bajó a saltitos y se perdió por ahí.

Carmen sonrió, un poco.

Subió al autobús, se sentó en la ventana. El bus arrancó.

La ciudad pasaba: bloques, tiendas, árboles pelados, anuncios. Carmen pensó en cómo llevaba años sin mirar por la ventanilla. Pasaba el tiempo en la cabeza, las cuentas, los miedos, los planes ajenos.

La ciudad vivía.

Recuperaría el tiempo.

El bus paró en un semáforo. Junto, una mujer algo mayor cantaba en el coche, moviendo los labios al ritmo del radiocassette.

Carmen la miró.

Verde. Se marchó. El autobús siguió.

Carmen se recostó. El móvil mudo en el bolsillo, nadie llamando, nadie escribiendo. Alonso quizá ni habría llegado aún, o ya, da igual. Ya no era su asunto.

El de ella era otro.

Iba a casa de Victoria; habría té y charla. Y después habrá días y más días, y muchas cosas difíciles. No esperaba milagros. Sabía lo que es empezar: torpeza, cansancio, miedo, preguntas sin respuesta.

Pero habría otra cosa.

Café con aroma de arándanos.
Ostra, olor a mar.
Un espejo al que mirar sin sentirte extraña.

No mucho, pero tampoco nada.

El bus seguía. Ciudad gris, viva. Carmen miraba, pensaba que probablemente haya manzanos auténticos. Y lilas, y casas con banco bajo el porche.

No te lo dan, lo encuentras tú.

Algún día.

De momento, sencillo: bus, ventana, marzo.

Y eso, contra todo pronóstico, ya era bastante.

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