Invierno de 1987
Aquel invierno de 1987 fue uno de esos inviernos en los que la gente dejaba de hablar de qué frío hacía y solo comentaban las colas que se formaban. La nieve caía con ganas, pero Madrid siempre despertaba antes que ella. A las cinco de la mañana, frente al ultramarinos del barrio, las luces todavía estaban apagadas pero la fila ya serpenteba a lo largo de la acera.
Nadie tenía claro qué iban a traer ese día. Alguno aseguraba haber escuchado que hoy tocaba carne fresca y leche. Los vecinos llegaban envueltos en abrigos gruesos, las caras cansadas, las botellas vacías dentro de las bolsas. Se iban colocando, uno tras otro, sin prisa, como si llevaran haciéndolo toda la vida.
Yo, Carmen, llegué la sexta. Tengo 38 años y trabajo en una fábrica textil al otro lado de la ciudad. Había puesto el despertador a las cuatro y media, me tomé el café a oscuras, en silencio, y salí del portal procurando que nadie se enterase. En casa se quedó mi marido, aún dormido, seguramente soñando con que hoy, quizá, tendríamos algo distinto en la mesa.
Pronto, la cola creció. Alguien sacó papel y lápiz para apuntar nombres y números. Otro iba y venía de casa. Se compartía un termo de té, rodaba alguna broma seca Era como tejer una red de supervivencia, porque quejarse no servía para nada.
En mitad de la fila, la vi.
Estaba aún más atrás, apoyada contra la pared fría del colmado, bajita, con un pañuelo fino bien atado bajo la barbilla y un abrigo tan raído que casi dolía verla. Temblaba, con la bolsa colgando flojamente de la mano.
Era doña Jacinta.
La reconocí al instante. Vivía dos portales más allá. Se le había muerto el marido hacía un par de meses. Desde entonces casi no asomaba la cabeza. Ahora hacía la cola, sola, la mirada clavada en el suelo.
¡Doña Jacinta! grité.
Levantó la cabeza despacio, como si no se creyera que alguien podía reconocerla. Cuando me vio, me sonrió, apenas nada.
Miré mi sitio en la cola. Yo era la número quince. La miré a ella.
Venga usted aquí delante, ocúpeme el sitio. Con este frío usted no debe esperar.
Intentó negarse, pero yo ya le abría paso. Los demás entendieron enseguida, sin mediar palabra. Una mujer musitó: «Déjala, hija». Doña Jacinta tomó mi lugar. Yo me deslicé hacia atrás, casi al final.
Pasaron al menos otros cuarenta minutos de tiritera y charla apurada. Cuando abrieron por fin el ultramarinos, la noticia fue rápida y sin miramientos: leche y huevos solo alcanzaban para los doce primeros.
Hice cuentas; ya sabía que no me tocaba nada ese día. Pero no me importó. Al menos doña Jacinta, a quien le cedí mi sitio, no volvería a casa con el bolso vacío.
¿Dónde vas? ¡Vuelve! Ese puesto era tuyo. Yo, que soy vieja, no necesito mucho. Tú no deberías irte de vacío me gritó.
No hace falta, doña Jacinta. De veras, le dejé mi sitio con gusto. Me apaño, ya pondrán más otro día.
Ven aquí, hija, vente a mi lado. Yo me voy, no quiero nada insistía.
La gente nos miraba extrañada, incluso algo emocionada. En esos tiempos, con el estómago aún medio vacío, los gestos de generosidad rara vez se veían. Yo misma, un poco sorprendida por su tozudez, me acerqué hasta su lado.
No se vaya, doña Jacinta le susurré. Nos quedamos juntas y, lo que den, lo compartimos. Pero no se marche sin nada.
Ella asintió en silencio. Las dos, cogidas del brazo, nos arrimamos tanto como para darnos algo de calor en la larga espera.
Al llegar por fin al mostrador, solo quedaba una ración. Leche, un par de huevos, y un trozo pequeño de carne. Sin dudarlo, le dije a la dependienta:
Lo compartimos.
La mujer nos miró. Miró nuestras manos heladas, cómo doña Jacinta se apoyaba en mí, cómo no teníamos prisa por marcharnos, conscientes de que lo importante era que ninguna se quedara sin nada. Guardó silencio unos segundos. Luego, bajó la persiana del expositor, para que los de atrás no vieran, y de debajo del mostrador sacó otra botella de leche, la última, guardada para un por si acaso. Nos la dio con disimulo. Partió la carne en dos porciones, puso una en cada bolsa y nos las ató con firmeza.
Así está mejor. Que alcance para las dos dijo en voz baja.
Quise darle las gracias, pero se me atragantó la emoción. Doña Jacinta bajó la cabeza y musitó un «que Dios se lo pague» que se perdió entre los murmullos del local.
La dependienta nos despidió con un gesto.
Salid ya, que suficiente frío habéis pasado.
Salimos sin mirar atrás. Seguía nevando, más despacio. La cola se había disipado. Quienes fueron testigos no decían nada, pero se les notaba en la mirada.
Esta historia no la conocieron muchos. Quedó entre los que estábamos allí, en una gélida mañana más de las de antaño, frente a una tienda cualquiera de barrio. Donde debía, entre quienes necesitábamos comprobar que no estábamos solos, aunque no lo verbalizásemos.
Después, se repitió bajito en corrillos y mesas de cocina, sin adornos ni grandes palabras. «¿Sabes lo que pasó aquel día en la cola?» Así empezaban esas historias. Nadie las contaba como si fueran milagros; eran, simplemente, recuerdos.
Porque en aquellos años las colas no eran solo por comida. Eran también la manera de reconocernos en una mirada, de guardar el sitio al vecino, de adelantar al más frágil sin preguntar. Era, desde la escasez, aferrarse con dignidad a la vida normal.
La historia de Carmen y de doña Jacinta es solo una de tantas. Varias veces se repitió, a la puerta de mil ultramarinos, en muchas mañanas heladas. No todas acabaron bien. Pero suficientes como para que no se olviden.
A veces, en medio de la escasez, lo único que nunca faltó fue la humanidad.
Si esta historia te ha traído a la mente algún recuerdo, cuéntamelo. Hay historias que solo necesitan ser transmitidas.







