Recuerdo aquel noviembre, la noche que llovía con nieve y el viento aullaba por la chimenea de la enfermería como un lobo hambriento. Yo, con el calefactor chisporroteando, estaba a punto de marcharme cuando la puerta crujió y apareció al umbral Guillermo Somoza, un hombre enorme y anchaespaldas, como si un vendaval lo empujara de un pie al otro. En sus brazos llevaba a su pequeña hija, Marisol, de apenas unos años.
La dejó en la camilla y se quedó inmóvil contra la pared, como una estatua de cera. Al mirar a la niña, mi corazón se hundió en los talones. Su carita estaba roja, los labios resecos y agrietados; temblaba como una hoja y susurraba una sola palabra: «Mami mamita». Aún no tenía cinco años y su temperatura rondaba los cuarenta grados.
Guillermo, ¿por qué te quedas ahí? ¿ lleva tanto tiempo? le pregunté, mientras ya tenía la jeringa lista y la ampolla abierta. Él permanecía en silencio, con la mirada fija en el suelo, la barba sin afeitar temblando bajo la mejilla, los puños tan apretados que sus nudillos se blanqueaban. Parecía no estar allí, sino sumido en su propio lamento amargo. Entendí entonces que no sólo la niña necesitaba cura; el alma del hombre estaba hecha trizas, y sus heridas más feroces que cualquier fiebre.
Administré la inyección, la acaricié con suavidad y, poco a poco, Marisol se calmó; su respiración se volvió pareja. Me senté al borde de la camilla, le rozé la frente y, en voz baja, le dije a Guillermo:
Quédense aquí. ¿A qué viene bajo este temporal? Si te acomodas en el sofá, yo vigilo a la niña.
Él asintió con la cabeza sin mover un paso, y permaneció junto a la pared hasta el alba, como guardia de noche. Yo, durante toda la noche, cambiaba compresas y le dabas agua a Marisol, mientras mi mente no dejaba de vagar.
Se rumoraba en el pueblo que la esposa de Guillermo, Catalina, se había ahogado el año pasado. Era una joven hermosa, voz cristalina como un arroyo. Después de su muerte, él quedó petrificado, caminaba sin vivir, trabajaba como si fuera tres, mantenía la casa y cuidaba de su hija, pero sus ojos estaban vacíos, tan muertos como una piedra. No decía nada a nadie, saludaba con los dientes apretados y seguía adelante.
Los chismes decían que aquel día había discurrido una pelea en la ribera del río, que él, después de beber, lanzó una palabra cruel y ella, de dolor, se lanzó al agua. Él no la detuvo. Desde entonces no volvió a beber, pero la culpa lo devoraba como el mejor aguardiente. La gente del pueblo lo miraba a él y a su hija como «el hombre con el remolque», y ese remolque no era la niña, sino la miseria que él cargaba a cuestas.
Al amanecer, la fiebre de Marisol bajó. Abrió sus ojos, azules como los de su madre, me miró a mí y luego a su padre, y sus labios temblaron otra vez. Guillermo se acercó torpemente, la tomó de la mano y la alejó como quemado, temiendo su propio reflejo en ella, pues en la pequeña veía a Catalina y a todo su dolor.
Los dejé en mi casa un día más. Preparé un caldo de pollo y alimenté a Marisol con una cuchara; comía callada, casi sin decir palabra, respondiendo sólo con «sí» y «no». Su padre, en silencio, le servía sopa, le cortaba pan, le hacía una trenza con sus dedos gruesos y ásperos. El silencio que impregnaba la casa resonaba como un eco de melancolía.
Con el paso de los días, Marisol mejoró, pero yo no dejaba de vigilarlos. A veces les llevaba pasteles, otras una tarro de mermelada bajo el pretexto de que no había nada más que hacer. Los observaba vivir como dos extraños bajo el mismo techo, con una muralla helada entre ellos que nadie sabía cómo derretir.
En primavera llegó a la aldea la nueva maestra, Clara Fernández, del Madrid. Era callada, elegante, con una tristeza tenue en la mirada; llevaba consigo una historia propia de desamores y lágrimas. Empezó a enseñar en la escuela y Marisol fue una de sus alumnas.
Entonces, como un rayo de sol que atraviesa la sombra, Clara sintió de inmediato la tristeza silenciosa de la niña y comenzó a calentarle el corazón, poco a poco, con libros de imágenes, lápices de colores y cuentos después de clase. Marisol se aferró a ella.
Una tarde, al entrar a la escuela para comprobar la presión del director, encontré a Clara y a Marisol sentadas juntas en un aula vacía. Clara leía, y Marisol, abrazada a ella, escuchaba inmóvil, con una serenidad que no había visto en años.
Al principio, Guillermo miraba todo eso como un lobo al acecho. Cuando la vio con la maestra, su semblante se endureció, murmuró «a casa» y tomó la mano de su hija, sin decir ni hola ni adiós. Veía en la bondad de Clara solo lástima, y esa lástima le parecía una bofetada.
Una tarde, se cruzaron en la tienda. Clara y Marisol salían con un helado; Guillermo los encontró y, frunciendo el ceño, les dijo:
Guillermo, buenos días. Estamos mimando a su hija.
Él la miró de reojo, arrebató el helado de Marisol y lo tiró a la papelera.
No se entrometan. Lo resolveremos nosotros.
Marisol comenzó a llorar, Clara quedó paralizada, con los ojos llenos de ira y dolor. Guillermo se volvió y se alejó arrastrando a su hija, que sollozaba. Mi corazón se llenó de sangre al verlo. ¡Ay, hombre! Tu cabeza está cerrada; te destruyes a ti mismo y a tu niña.
Al atardecer, volvió a mi casa pidiendo un antídoto. «Me aprieta el corazón», me dijo. Le serví un vaso y me senté frente a él.
No es el corazón, Guillermo. Es tu pena la que te ahoga. Crees que con el silencio proteges a tu hija, pero la ahogas lentamente. Necesita palabras dulces, calor, un toque. No la arrastres como un bloque de hielo. El amor no está en el cocido del cocido, sino en la mirada, en el tacto. Suelta a Catalina, déjala ir. Hay que vivir.
Él escuchó en silencio, bajó la cabeza, luego alzó la mirada, y en sus ojos había un sufrimiento tan inmenso que me costó respirar.
No puedo, Semenovna. No puedo
Se marchó, y yo lo observé desaparecer. A veces es más fácil perdonar a otro que a uno mismo.
Llegó el día que lo cambió todo. Era finales de mayo, los almendros florecían y el aire olía a mora y tierra húmeda. Clara quedó después de clase con Marisol; dibujaban en la verja de la escuela. Marisol trazó una casa, el sol y, a su lado, una gran figura: papá. Junto a él, un punto negro como una mancha de tinta.
Clara miró el dibujo, y algo se quebró en ella. Tomó la mano de Marisol y fueron a la casa de los Somoza.
Yo pasaba por allí, quería saber si necesitaban algo. Vi a Clara dudando frente al portal; en el patio Guillermo estaba talando leña con una furia que enviaba virutas al aire. Finalmente, Clara entró. Guillermo dejó la sierra, se volvió, su rostro era una nube de tormenta.
Yo te lo pedí
Perdón dijo Clara en voz baja. No vengo a molestar. Solo traje a Marisol, pero quiero que sepan algo.
Y empezó a hablar, suave pero con cada palabra resonando en toda la calle. Contó que había perdido a su marido, el amor de su vida, en un accidente. Pasó un año encerrada, sin salir, tirando las cortinas, mirando el techo, deseando morir. Confesó que se culpaba, que si lo hubiese dejado, tal vez él seguiría vivo. Pero comprendió que su dolor no honraba su memoria; él quería que ella viviera. Así, con gran esfuerzo, volvió a respirar por él.
Guillermo permaneció inmóvil, como alcanzado por un rayo. Poco a poco, la máscara de invulnerabilidad se le resbaló. Entonces cubrió su rostro con las manos y tembló, no lloró, solo sacudió todo su cuerpo, sus hombros tambaleándose.
Yo soy culpable gimió entre los dedos. No discutimos reímos ese día. Ella, como una niña, se metió al río el agua estaba helada. Le grité, ella se reía. Luego resbaló en una piedra, se golpeó la cabeza Yo la busqué, pero ya no la pude salvar.
En ese instante, Marisol salió al porche, había escuchado todo a través de la ventana abierta. Se quedó mirando a su padre, sin miedo, solo con una infinita compasión infantil.
Se acercó, abrazó sus robustas piernas con sus pequeñas manos y, con voz clara, dijo:
Papá, no llores. Mamá está en una nube, nos cuida y no está enfadada.
Guillermo cayó de rodillas, la abrazó, sollozó como un niño. Clara también lloraba, pero eran lágrimas que limpiaban el alma.
Pasaron los meses. El verano dio paso al otoño y otra primavera volvió al pueblo. En nuestro Zarzosa había una familia más, no por papeles, sino de verdad.
Una tarde, sentada en mi porche bajo el sol, escuchaba el zumbido de las abejas en los cerezos. Vi pasar a Guillermo, Clara y Marisol, caminando despacio, tomados de la mano. Marisol parloteaba sin parar, su risa era como el tintinear de una campanilla que se esparce por la calle.
Guillermo, ahora, mostraba unos hombros erguidos, una luz en los ojos y una sonrisa serena, esa sonrisa tranquila que tienen los que han encontrado su tesoro. Se detuvieron frente a mí.
Buenos días, Semenovna dijo con una calidez que hacía temblar el aire.
Marisol corrió y me entregó un ramillete de dientes de león.
¡Para usted!
Cogí las flores, con los ojos aún húmedos, y sentí el corazón alegrarse. El hombre había desprendido su pesado remolque; tal vez el amor lo había desatado, el amor de una hija y el cariño de una maestra.
Continuaron su camino hacia el río. Pensé que para ellos aquel cauce ya no era sólo un recuerdo de dolor, sino un simple río donde sentarse, callar un suspiro y ver cómo el agua se lleva todo lo malo.
¿Creen, queridos, que una persona puede salir sola del lodo del sufrimiento, o siempre necesita la mano que la guíe?







