El hombre confiesa: ‘La rutina nos ha atrapado y he notado el cambio.’

“Te has dejado por completo. Has engordado. No quiero buscar a otra, y no tengo a nadie más, te lo juro. Pero esto no puede seguir así. Quiero admirar a la mujer que amo, y por desgracia, ya no puedo hacerlo contigo. Me aburres.”

Marisol parpadeó rápido, intentando contener las lágrimas. ¡Así le pagaba su marido después de casi quince años juntos!

“¿Y qué propones?”, preguntó con voz quebrada. “¿Divorciarnos?”

“Creo que sería lo mejor…”

“¿Y los niños?”

“Les ayudaré. Los veré los fines de semana.”

“¡Así de fácil!”, espetó Marisol, secándose los ojos con rabia. “Te aburres de tu esposa y estás dispuesto a abandonar a tus hijos. ¡Convertirte en un padre de domingo! No tienes ni vergüenza ni conciencia.”

***

Marisol y Sergio se conocieron en una boda. Una prima tercera de Marisol se casaba, y entre los invitados del novio estaba él. A pesar de los diez años de diferencia, Marisol supo al instante que Sergio era su destino. Inteligente, educado, caballeroso… parecía salido de un cuento de hadas.

“¡Ay, no estás a su altura, Marisol!”, le decía su madre. “Eres simple, de rasgos comunes. Mientras que Sergio es todo un partido.”

Marisol hacía pucheros y apartaba la mirada, ofendida. Años después, entendería que esas palabras le habían minado la autoestima desde niña.

Pero en su juventud, solo sentía mariposas por Sergio. Se enamoraron en seis meses y se casaron. Marisol acababa de cumplir veinte.

“¡Te dejará, ya verás!”, repetía su madre. “Es demasiado para ti, con tus estudios de costura apenas dignos de un cursillo.”

“Gracias por el apoyo, mamá”, respondía Marisol con ironía. “Pero ya soy una mujer casada y tomo mis propias decisiones.”

Los primeros años fueron de ensueño: viajes, escapadas, teatro. Marisol cosía por placer, sin necesidad de trabajar, pues Sergio ganaba bien. Luego nació Lucía, y Marisol se entregó a la maternidad. Le encantaba ser madre. No quiso llevarla a la guardería y se ocupó personalmente de su educación, compaginándolo con ejercicio para mantenerse en forma.

“¡Qué suerte tienes, Sergio!”, decían sus familiares. “Una mujer guapa, hacendosa, dedicada a su hija. Solo les falta otro hijo.”

“¡Pronto lo tendremos!”, sonreía él, mirando con ternura a Marisol.

Pero no fue fácil. Tras años de intentos, aceptaron que solo tendrían a Lucía, quien destacó pronto en patinaje artístico. Marisol vivía por sus éxitos, diseñando sus trajes.

Sergio también adoraba a su hija. Marisol, aunque con menos tiempo para sí, cuidaba su apariencia con lo que el sueldo de Sergio permitía.

Todo cambió cuando, inesperadamente, Marisol quedó embarazada. La alegría fue inmensa, pero el embarazo fue complicado: amenazas de aborto, meses en reposo… Al final, nació su hijo, Pablo, sano. Marisol, sin embargo, tardó años en recuperarse.

Sergio, al principio atento, pronto se cansó. Las responsabilidades con los niños recayeron en él. Sugirió pedir ayuda a su suegra, pero Marisol se negó:

“¿Para que le llene la cabeza a Lucía de basura? No quiero cerca a alguien que solo sabe humillarme.”

Tras dos años, Marisol mejoró, pero su figura ya no era la misma. Aunque Sergio seguía llamándola “la mujer más bella”, ella se sentía avejentada.

Lucía, mientras, brillaba en competiciones. Marisol, orgullosa, seguía confeccionando sus trajes, aunque el cansancio y el peso extra la consumían.

Un día, Sergio la miró con desdén:

“Te has descuidado. Habrás subido quince kilos.”

“O veinte”, replicó Marisol. “Ya no tengo veinte años, y no me sobra tiempo.”

“Pues empieza. Quiero una esposa atractiva.”

“Tú tampoco eres el mismo”, señaló ella, mirando su calva incipiente y su barriga.

Al principio, Marisol se defendía con sarcasmo, pero las críticas constantes la herían.

***

Hasta que llegó esa conversación. Sergio quería “admirar a su mujer”, y Marisol ya no cumplía.

“¿Y por eso destruimos una familia?”, protestó ella. “Piensa en los niños.”

“Quizá haya solución…”, musitó él. Marisol se aferró a esa idea.

“Volveré a ser quien era”, pensó.

Se sometió a una dieta brutal: ayunos, restricciones. En seis meses, recuperó su figura juvenil, pero a costa de su salud. Lucía la reprendía:

“¡Mamá, estás pálida! ¡No comas solo medio pomelo!”

Marisol ignoraba las advertencias, hasta que un día colapsó. Volvió a comer normal, recuperando algo de peso.

Sergio la descubrió en la báscula:

“¡Cuarenta y ocho kilos! ¡Volverás a engordar! ¡Quiero una esposa guapa!”

Marisol, exhausta, respondió:

“Hago lo que puedo.”

“Con mala cara. Otras mujeres a tu edad irradian alegría. Tú solo das lástima. Prefiero a una de veinticinco.”

“¿Y crees que una chica así querrá a un cincuentón calvo?”, replicó.

“¡Sin mí no eres nada! ¡Solo una ama de casa sin oficio!”

Esa noche, Marisol se fue con los niños a casa de su madre, quien, sorprendentemente, la abrazó sin reproches.

***

Ahora, en su taller de costura, Marisol escucha a Lucía en la radio:

“¿Tienes algún modelo a seguir?”

“Mi madre. Hace tres años, mi padre nos abandonó. Ella nos sacó adelante, cosiendo día y noche. Me enseñó a no rendirme. La admiro… y es la mujer más hermosa.”

Marisol sonríe. Ha recuperado su salud, su paz… y hasta disfruta de una pizza con sus hijos, sin remordimientos.

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El hombre confiesa: ‘La rutina nos ha atrapado y he notado el cambio.’