El hogar donde no se permiten pantalones

**La casa donde no se puede usar pantalones**

Hacía mucho que Yago no visitaba a nadie. Iba camino de ver a Alba, una mujer que ocupaba cada vez más sus pensamientos. Y eso que había jurado no volver a formar una familia, no pasar por eso otra vez. Lo había vivido y sobrevivido, pero con cicatrices.

Su exmujer se fue de golpe. Dijo que nunca lo había querido, que su hijo había sido un accidente. Se marchó llevándose al pequeño. Yago no podía perdonar ni olvidar las noches en vela meciendo al bebé, las veces que le cambió el pañal, el primer “papá”. Y luego, silencio. Juicios, prohibiciones, distancia. Una vez fue a otra ciudad, vio a su hijo en la puerta y el niño gritó: “¡Papá, quiero ir contigo!”. Pero lo empujaron adentro, cerraron la puerta y Yago solo escuchó llantos. Aquel día se rompió. Decidió: nunca más vínculos. Solo trabajo. Solo soledad.

Pero Alba era diferente. Se había colado en su vida sin hacer ruido, sin prisas. Simplemente estaba. Se cruzaban en el barrio, hablaban poco, pero él empezó a buscar sus miradas. Y luego la buscaba a ella, cerca del supermercado o del trabajo. Sin presiones. Solo existiendo cerca. Supo que era viuda, con un hijo de casi cuatro años, viviendo con su madre. Que no dejaba entrar a nadie en su vida. Hasta que un día lo invitó a casa. “Conocerás a Adrián”, dijo con la voz temblorosa.

Llevó un juguete, un gran set de construcción. Se puso su mejor traje. El corazón le latía como a un chiquillo. Tocó el timbre.

—¿Quién es? —preguntó una vocecilla.

—Soy Yago.

—Ah, vale. Pase. Mamá llega pronto. La abuela duerme, le duele la cabeza. Pero tiene que… ¡quitarse los pantalones!

—¿Cómo? —Yago se quedó helado.

—Es que vienen de la calle. Mamá dice que los pantalones tienen bacterias. Podemos enfermarnos. Hay que quitárselos al entrar. ¡Aquí todo está limpio!

El niño hablaba en serio. Camisa blanca, corbatín, mirada firme.

—Bueno… ¿y si no quiero?

—Pues… póngase estas zapatillas. Son suyas. Las compró mamá. Para que no ensucie. Yo soy Adrián. ¿Tú eres Yago?

—Sí. Mucho gusto.

—Aquí hay reglas. No se camina con zapatos. Solo junto a la pared y saltando la alfombra.

—¿Y tu mamá es muy estricta?

—Mucho. Pero buena. Sobre todo si tú eres bueno. Entonces quizá no haga falta usar zapatillas.

Yago se rio. Adrián le tomó la mano y dijo:

—¿Te vas a quedar para siempre?

—Me gustaría. Si tú quieres.

—Yo sí quiero. Mamá estará contenta. Y la abuela… cuando despierte, lo sabrá al instante.

—¿Por qué?

—Tiene olfato. Y corazón. Siente cuando alguien es bueno.

Se sentaron a armar el juguete. Reían, discutían. El niño se encariñaba y Yago no podía apartar la vista de él. Hasta que oyó la puerta abrirse.

—¡Mamá, no se ha quitado los pantalones! —gritó Adrián.

Alba se rio. Luego se acercó, rozó el hombro de Yago y susurró:

—Si estás preparado… quédate. Pero aviso: tenemos normas raras.

Yago sonrió:

—Por ustedes acepto cualquier norma. Hasta andar en calzoncillos por la alfombra. Lo importante es estar aquí.

Adrián se quedó callado y murmuró:

—Papá…

Yago lo miró. El niño bajó la vista.

—¿Puedo llamarte así?

No respondió. Solo asintió. Y sintió que algo en su pecho, por primera vez en años, se volvió cálido y luminoso. No había ido de visita. Había llegado a casa.

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El hogar donde no se permiten pantalones