Diario de Lucía Alonso, 14 de junio
Tengo 37 años y llevo ya diez años divorciada. A veces me doy cuenta de que aún me afecta la traición de Alfonso, mi exmarido. No fui capaz de perdonarle después de lo que hizo; acabó marchándose con aquella mujer por la que me dejó. Hoy viven juntos en Valencia y formaron una familia. No tengo relación con ellos, ni contacto. Ignoro casi todo sobre sus vidas.
Trabajo en Madrid y no me falta dinero; mi sueldo es más que suficiente y hace poco vendí el piso que heredé de mi abuela Felisa. No sabía bien qué hacer con el dinero, quizá comprarme un coche decente cuando aprenda a conducir, y tampoco tengo prisa por gastarlo.
Hace una semana, apareció Alfonso en mi casa, sin previo aviso. Hacía años que no nos veíamos. Me sorprendió tanto verle que casi no supe reaccionar. Me dijo que su hijo pequeño, Manuel, fruto de su segundo matrimonio, estaba gravemente enfermo. Cáncer. Necesitaba un tratamiento privado y muy caro, y él y su mujer, Beatriz, no tenían ese dinero. Por eso, decidió venir a verme. Claro, se había enterado de la venta del piso… Todo parecía cuadrar para él.
Aún no he pensado bien qué hacer con el dinero. Me lo traje de la venta hace apenas dos meses y es una cantidad muy digna. ¿Acaso él me habría ayudado a mí, si estuviese enferma? No lo creo.
¿Entiendes lo desesperados que estamos? me soltó, como si sus sentimientos pudiesen borrarlo todo. Ni él ni Beatriz nunca se plantearon cómo me sentía yo. A mí me dejó sin miramientos, me cambió por otra, y durante el divorcio exigió la mitad de todo argumentando que lo necesitaba para su nueva familia. Incluso intentó que le pagara parte de mi piso, aunque yo lo había comprado antes de casarnos. Menos mal que esa parte no pudo quitármela. Qué rápido olvidan.
Ofreció enseñarme documentos médicos, justificantes, lo que hiciera falta. No me interesa. Ya me dijo que me devolverían el dinero, que tras la rehabilitación, cuando todo estuviese mejor, me lo reembolsarían. Sinceramente, dudo que fuese cierto.
Le sugerí que pidiesen un préstamo en el banco. Se lo dije directamente. Él se alteró, ofreció ponerse de rodillas, pero no quería verle humillándose. Simplemente no quiero tener nada que ver con él. Me vendió sin ningún remordimiento, me traicionó. Yo no tengo por qué cargar con sus decisiones ni con sus culpas.
Alfonso me dijo que volvería, que pensara en ello con calma. No hace falta pensarlo más. Sé que algunas personas tal vez me considerarían egoísta o insensible, pero quiero manejar mi dinero, mi vida, según mis decisiones. No voy a compartirlo con nadie que me destruyó sin reparos. He sentido algo de culpa tras la conversación, pero esta vez no puedo ayudarles. Tal vez así aprendan algo sobre las consecuencias de sus actos.







