Hace un mes que mi hijo, Pablo, se casó por segunda vez y trajo consigo a Lucía, la hija de su nueva esposa, aquí, conmigo, a la casa del pueblo. Lucía, una niña preciosa de trece años, venía de Madrid y nunca había estado en un pueblo. La iban a dejar conmigo toda una semana.
Antes de irse, la madre de Lucía se acercó y, en voz baja, me advirtió:
Tenga en cuenta, Lucía nunca ha estado en un pueblo. Y tiene un carácter complicado. Ya sabe, la adolescencia. Así que, por favor, sea un poco estricta con ella. Si ocurre algo, me llama y regreso a por ella.
¿Cómo que si ocurre algo? pregunté yo, sin entender del todo.
Ella se limitó a sonreír, me dio un beso en la mejilla, se despidió de Pablo, y se marcharon en coche.
Apenas se fueron, le pedí a Lucía:
Lucía, ¿puedes ir a por agua? le dije, ofreciéndole el cubo vacío.
¿Ir a dónde? preguntó, extrañada.
A la fuente.
¿Y eso qué es?
Mira, al otro lado de la verja, al lado del camino, tienes una bomba de agua con una palanca. Allí pones el cubo, accionas la palanca, sale el agua y la traes aquí, a casa.
Abuela, ¿está usted bromeando? me miró con ojos enormes. El agua sale del grifo de la cocina, ¿no? ¿O no tienen?
Sí tenemos grifo contesté sonriendo , pero lleva seco una semana.
¿Y eso?
A ver, el agua la cortó el fontanero Manuel, que dice que tiene que cambiar una válvula. Así que, hasta que venga, tenemos que ir a la fuente del pueblo. Allí nunca falta.
No… dejó el cubo en el suelo . Yo no pienso hacer eso. Si hay grifo, debe salir agua de ahí.
Bueno contesté encogiéndome de hombros , pues tendrás que lavarte por aquí por ahora y la llevé junto a una gran cuba que guardo para el agua de lluvia, bajo el canalón.
Coges agua con la mano y te lavas.
Pero abuela ahí hay bichos protestó, todavía más sorprendida.
Bah, son larvas de mosquito. No pasa nada le tranquilicé.
¿Y para lavarme los dientes, también de ahí? exclamó, haciendo una mueca.
Claro, no queda otra. Sin agua en el lavabo
A regañadientes, tomó el cubo y fue dando pasitos hacia la salida. Regresó al cuarto de hora, sudando y con el cubo lleno apenas hasta la mitad.
¿Has tardado mucho, no? le pregunté.
No sabía cómo funcionaba la bomba. Menos mal que un hombre mayor pasó y me ayudó respondió.
Venga, muy bien dije, y vacié el agua en el lavabo portátil. Ahora hay para lavarse. Pero necesitamos más para la cena.
¿¡Otra vez!? replicó, mirando el cubo como si le hubiera pedido ir al fin del mundo.
Claro, a no ser que prefieras usar la cuba del agua de lluvia para cocinar bromeé.
¡No, no, no! exclamó, y corrió de nuevo a la fuente.
Hizo el viaje cinco veces más mientras yo preparaba la comida.
Mientras descansaba, me preguntó, agotada:
Abuela, ¿y no vienen a arreglar el agua? En Madrid llamas y en una hora tienes el técnico en casa.
Aquí también hay que avisar. Pero hay que ir hasta la calle Mayor, al número sesenta y ocho y decírselo a la señora de Manuel. Pero claro, como ella sí tiene agua, Manuel no tiene prisa.
¿Y no puede exigirle que venga ya?
He ido cien veces, hija. Pero Manuel, que si está en el campo, que si en la bodega, que si mañana. Solo él se encarga en toda la zona.
Lucía, pensativa, volvió a preguntar:
¿Qué número ha dicho, abuela?
Sesenta y ocho. Está justo al lado del bar de Paco.
Pues voy a ver si encuentro a Manuel yo misma dijo Lucía, y salió disparada antes de que pudiera frenarla.
Pasó media hora y, al ver que no volvía, fui yo misma a casa de Manuel. Su mujer, Concha, asomó la cabeza al verme.
¿Ha pasado mi nieta por aquí? le pregunté.
¿La chiquilla esa tuya? ¿Sabes lo que ha montado? Primero, que quería que sacara a Manuel del huerto YA. Luego, que le echaba en cara que siempre están sin agua menos ellos. ¡Y encima me dice que si Manuel no les pone el agua hoy mismo, nos quema la caseta! Casi salgo a escobazos con ella. Menudo genio
¡Virgen Santa! me llevé la mano al pecho. ¿De verdad ha dicho eso, la niña?
Dímelo tú Menos mal que no la quiero de nuera ¡Vete a saber dónde se ha metido ahora!
¿Y Manuel?
Estará en el campo, arreglando el tractor, como siempre.
Volví corriendo, preocupada, y me encaminé hacia donde se veían las cosechadoras trabajando. Ni llegué, porque entonces vi venir un tractor, con Manuel conduciendo y, a su lado, Lucía, con cara de pocos amigos.
Manuel detuvo el tractor y gritó por encima del ruido:
¿Tu nieta, no? preguntó señalándola.
Yo asentí, ya asustada.
¿A dónde te la llevas, Manuel? No hagas nada, que es una cría, ¡no puedes llamarla ni a la Guardia Civil!
¡A la Guardia Civil! Qué va soltó Manuel , que voy a cambiaros la válvula de una vez, que la niña amenaza con pincharme las ruedas de todos los tractores si no le arreglo el agua. ¡Aunque no sé cómo va a hacerlo! soltó una carcajada . Anda que no nos vendrían bien adolescentes con genio por aquí, volveríamos a poner el pueblo patas arriba y a vivir como antes. ¿Qué, jefa? se volvió hacia Lucía , ¿quieres llevar el tractor tú?
¡Sí! gritó Lucía, entusiasmada.
Pues venga, ponte aquí, sujeta bien el volante y ayúdame luego con las herramientas.
¡Hecho! respondió la niña, subiendo alegremente al asiento.
Lucía se fue de vuelta a Madrid justo el treinta de agosto, después de veinte días en el pueblo, y solo porque el lunes tenía que empezar el curso. Si no, aún seguiría aquí, porque ya empezaba el otoño y trabajo no faltaba.
Hoy, pienso en todo esto y me doy cuenta de que, aunque las niñas de ciudad vengan con genio y manías, cuando prueban la vida de pueblo acaban encontrando su sitio. Y nosotros, los mayores, cada día tenemos mucho que aprender de su determinación y energía.





