El hijo ajeno — Tu marido es el padre de mi hijo. Con estas palabras, una desconocida interrumpió …

Su marido es el padre de mi hijo.

Con esa frase, una desconocida se plantó delante de Carmen, interrumpiendo su tranquila comida en una cafetería del barrio de Salamanca. Sin ninguna delicadeza, la mujer se sentó enfrente y aguardó con impaciencia alguna reacción por parte de Carmen.

¿Cuántos años tiene su niño? preguntó Carmen con una calma digna de quien ya ha visto de todo, como si la situación fuera lo más normal del mundo.

Ocho contestó Lucía, frunciendo los labios con evidente disgusto. Aquello no era lo que esperaba. ¿Y el escándalo? ¿Las caras de incredulidad, los reproches, siquiera un poco de rabia…?

Estupendo sonrió Carmen apenitas, volviendo a centrarse en su exquisito trozo de tarta de cerezas, un manjar exclusivo de aquella cafetería. Nosotros llevamos casados sólo tres años, así que, francamente, lo que pasó ANTES de mí no me interesa en lo más mínimo. Sólo tengo una pregunta añadió, mostrando un atisbo de interés: ¿Arturo lo sabe?

No bufó la mujer, reclinándose en la silla con fastidio. Pero eso no importa. Voy a pedir una pensión alimenticia, ¿me oye? Y su marido va a pagar, le quede claro.

Por supuesto, claro que sí convino Carmen tranquilamente. A mi marido le encantan los niños, así que, si lo hubiera sabido antes, seguro que se habría volcado con su hijo. Por cierto, ¿cómo se llama el pequeño?

Se llama Hugo respondió Lucía por inercia, para luego arquear una ceja. ¿No le importa nada que su marido tenga un hijo fuera del matrimonio?

Le repito que no me afecta nada de lo pasado antes de nuestra boda la sonrisa de Carmen no se movía de su rostro. Cuando me casé, sabía bien que no lo hacía con un chaval veinteañero. Es normal que un hombre de más de treinta años haya tenido relaciones antes. A mí sólo me importa el presente, y ahora soy la única.

Pues nada, nos veremos en los juzgados. Váyase preparando, porque no pienso conformarme con poco. Voy a exigir hasta el último céntimo que la ley reserve para mi niño.

Lucía se levantó y desapareció, dejando tras de sí un perfume tan intenso que Carmen tuvo que hacer esfuerzos por no fruncir el ceño. Parecía que se había vaciado medio frasco encima.

Bueno, que lo intente murmuró Carmen con filosofía, apurando el último trozo de tarta. Me preguntó cómo reaccionará cuando se entere de que la nómina oficial de Arturo es de apenas mil euros; la empresa está a nombre de su padre Por no hablar de que cuida a su madre enferma ahora mismo. A ver qué pensión le queda…

Sintió entonces cierta pena por el niño, ajeno a todas estas disputas. Quizá debería ir a visitarlos, ver cómo vivían en realidad. Tal vez puedan llegar a un acuerdo justo por el bien del chiquillo.

Aunque, claro, sólo si de veras Hugo es hijo de Arturo. Que una ya conoce este tipo de historias

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La prueba de ADN se resolvió con rapidez: a veces, disponer de recursos suena con el chasquido de unos dedos. El resultado fue tajante: Hugo era efectivamente hijo de Arturo.

Por cierto, el niño le pareció a Carmen excesivamente callado y sumiso. Era inquietante que un niño de ocho años pudiera pasarse hora y media, mientras hacían los trámites y recogían muestras, sentado sin moverse y con la mirada perdida. No pidió ver dibujos, ni correteó, ni siquiera hizo el menor ruido como hacen todos los de su edad cuando toca esperar.

A Carmen aquello le resultó tan extraño que decidió ir a conocer la casa de Hugo en persona.

El edificio era moderno y, para ser Madrid, nada barato: portero 24 horas, portón de seguridad, dos dormitorios grandes, baño renovado… Todo impecable.

Carmen, observadora por naturaleza, no entendía cómo podía alguien que vivía así quejarse tanto de falta de dinero.

El juicio es la semana que viene gruñó Lucía, dejando pasar a Carmen a regañadientes. Ya hablaremos entonces, que para eso están los jueces.

Quería conocer mejor a Hugo insistió Carmen. Arturo está decidido a participar en su vida, incluso a llevárselo los fines de semana cuando el niño se sienta con él.

¡Ni hablar! soltó Lucía, alterada.

El juez decidirá respondió Carmen con serenidad. Es el padre y tiene derechos. Por cierto, no veo ni un juguete por aquí…

No me sobra el dinero para esas tonterías repuso con desprecio la mujer. Bastante justo voy para la ropa, ¿cómo quiere que compre juguetes?

¿En serio? Carmen lanzó una mirada significativa a un bolso de diseñador sobre la mesa, a la ropa de marca esparcida por el sofá, a los frascos de maquillaje profesional junto al espejo. ¿No llega a fin de mes?

Soy joven, tengo derecho a rehacer mi vida masculló Lucía, molesta por el tono de la visita. Además, no es asunto suyo.

¿Y con quién deja al niño mientras sale por ahí? insistió Carmen, empezando a entender el carácter retraído de Hugo.

Ya tiene edad para quedarse solo. ¿Alguna pregunta más? Si no, nos vemos en el juzgado.

Pienso exigir que justifique cada céntimo que reciba para el niño advirtió Carmen, deseando salir de aquel lugar. Le dolía ver el desapego de una madre hacia su propio hijo. Me da la sensación de que el juez tampoco va a estar muy conforme…

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…El juzgado acuerda estimar parcialmente la demanda de doña Lucía Fernández Álvarez, y reconoce a don Arturo Molina Salazar como padre de Hugo Fernández Álvarez. Se requiere a la oficina de registro la modificación en la partida de nacimiento del menor. Respecto a la demanda de alimentos, se desestima. La demanda presentada por don Arturo Molina para el cambio de custodia queda estimada…

Carmen sonrió con satisfacción: se había conseguido que Hugo pudiera vivir con ellos. Quizá muchos fingieran indignación, acusándola de haberle “arrebatado” el niño a su madre, pero era la decisión justa. Los vecinos de Lucía, de hecho, unánimes contaban que al chiquillo nunca le hacía caso, que su madre le gritaba sin piedad, incluso le pegaba delante de quien fuera. Lo mismo opinaba la psicóloga infantil y corroboraban profesoras y antiguos cuidadores: Hugo necesitaba salir de allí.

Ahora, por fin, Hugo tendría su propio cuarto luminoso, cantidad de juguetes, ordenador Pero lo más valioso era el cariño de unos padres que lo deseaban y a quienes quería ya, de corazón, como nunca antes había sentido. Arturo y Carmen se volcarían en él, dándole el amor y la vida que tanto le habían faltado.

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