El Hada Ya en sexto de primaria estaba claro que Elisa Bocanegra llegaría a ser una magnífica médica. Todo empezó una tarde, cuando un niño del vecindario se cayó de los columpios y se hizo una herida tremenda en la rodilla y la cabeza. Aquello no era un espectáculo apto para pusilánimes, pero la niña, con doce años recién cumplidos, no dudó ni un momento. —¡Yanka, tráeme agua, vendas y agua oxigenada! —ordenó a su amiga que vivía en el portal justo frente al parque, y la otra no tardó en salir corriendo. Para cuando apareció la tía Tania, la madre del chico, que ya se había enterado de lo ocurrido por algún misterioso canal, Elisa había lavado, desinfectado y vendado las heridas de forma rápida y sorprendentemente profesional. Al saber quién había hecho la primera cura, la madre se quedó sorprendida y, tras dar las gracias, sentenció: —Tú vas a ser doctora. Y no de las cualesquiera; vas a ser una muy buena. Has estado a la altura, hija. Ni algunos médicos lo hacen tan bien. Así da gusto. En las excursiones Elisa no tenía precio. Nadie quería lesionarse, pero con Elisa Bocanegra cerca todo se sentía menos grave. Después vino la carrera de Medicina, el MIR, las sucesivas especializaciones y los cursos de actualización continuos. Un buen día, ya médico en activo, le encomendaron sustituir a la jefa de la Unidad de Diagnóstico Funcional en el hospital. Elisa Alejandra, ahora Tizón tras su boda, era una profesional respetada y querida. El ambiente de compañeros era fantástico, exceptuando quizá al veterano subdirector médico, don Vladimir Yúrevich Estévez, cascarrabias, peleón y, todo hay que decirlo, auténtico vampiro energético. Era feliz buscando broncas. Elisa procuraba no caer en sus provocaciones, pero solo ella sabía lo que le costaba ese esfuerzo. Lo único que consolaba a Elisa Alejandra era que coincidían poco. Una vez por semana, en la comisión médica donde discutían los diagnósticos recientes. Pero aún así, esos ratos se le hacían eternos. Estévez discutía siempre con Elisa y a veces lanzaba comentarios sarcásticos. Veía que la doctora Tizón intentaba no morder el anzuelo, y eso, lejos de calmarlo, le divertía aún más. —¡No hay quien aguante a ese hombre! —se lamentaba Elisa a su marido durante la cena—. Te lo juro, hago lo posible por ser paciente, pero Estévez parece disfrutar provocándome. —Seguro que acabarás ganando tú, —sonreía Valeriano—. ¡Eres toda una diplomática! —Mamá, es verdad —asentía su hijo Max, de trece años—. Si te cansas de ser médico, métete en diplomacia. Además, ganan más. —Ya lo pensaré, —decía Elisa riéndose. Siempre fue una persona diplomática. Pero persona, no robot. Y sus fuerzas, como las de cualquiera, eran limitadas. Sabía que tarde o temprano la paciencia acabaría y habría buenas razones para ello. Al día siguiente, la rutina de la comisión médica iba como de costumbre hasta que, cuando Elisa Alejandra presentó el caso de una paciente de unos sesenta años, todo se torció. Todo seguía su mecánica habitual: tras la exposición, si el paciente podía, salía de la consulta y los médicos discutían. Pero esa vez, la paciente preguntó: —Solo dígame una cosa, doctora, ¿es algo grave? ¿Podré curarme? Tengo una nieta huérfana a la que sacar adelante. La voz de la enferma temblaba, parecía a punto de llorar, con una mirada llena de esperanza. Justo cuando Elisa iba a tranquilizarla, Estévez soltó a voz en grito: —¡¿Con ese diagnóstico?! Señora, usted tiene tan avanzado el proceso que ningún médico en su sano juicio podría darle garantías. ¡Y encima ha tardado años en venir! La mujer se quedó petrificada, los labios temblorosos, pero el subdirector insistía: —¡Ya las conozco yo! Primero aguantan, luego se automedican y, cuando la cosa se pone fea, entonces vienen al médico. ¡Pero nosotros no hacemos milagros…! La pobre, hecha un mar de lágrimas, salió de la consulta. Más tarde Elisa se sintió fatal por no haber frenado antes a Estévez, pero se había quedado bloqueada. Gritar así a una anciana, necesitada de apoyo… No era de humanos. La jefa de la unidad también movió la cabeza con desaprobación. Aunque reconocían que, en parte, el subdirector tenía razón, pensaban que podía haber sido más delicado. Al menos por respeto a la edad de la paciente. Y entonces, Elisa estalló. Se acabó la paciencia; aquel hombre lo iba a oír. —Con todos mis respetos, don Vladimir, ¿pero quién se cree que es para permitir cosas así? —¿Que qué he hecho yo mal? —se encogió de hombros Estévez—. No somos magos, y los pacientes deberían saberlo. Cuanto antes se coge una enfermedad, mejor, y tú eso lo sabes mejor que nadie. Viendo la sonrisa triunfante de Estévez, Elisa frunció el ceño; la jefa entendía perfectamente a qué venía ese aire de victoria: el subdirector creía haberla sacado de quicio. No sabía lo que le esperaba. —Don Vladimir, es cierto que cuanto antes se trate una enfermedad, mejor. Es más, a veces es la única opción. Pero, ¿sabe todo el esfuerzo que me costó convencer a esa señora para que se tratara? Creía de verdad que se pondría bien. ¿Y qué ha hecho usted? Cargarse de golpe toda la esperanza. ¡Muy bien! Elisa agitó la mano con rabia y Estévez, sorprendido por la arenga, intentó retomar el mando de la situación. Aunque enseguida comprendió que no sería fácil; la doctora Tizón no era alguien que se dejara pisotear. Estévez gritaba, pero Elisa ni lo oía. Solo veía cómo la jefa se marchaba del despacho. Sola con él, sintió que el aire se le acababa. Era imposible compartir el mismo aire con semejante vampiro energético. Sentada frente al escritorio, Elisa sacó la libreta y se puso a trabajar. —Doctora Alejandra… —escuchó una voz titubeante. Tardó en reconocerla. No era propio del subdirector, pero era él, con un frasco de valeriana y la cara medio derrotada. No sintió triunfo; más bien le dio pena. Decían que Estévez estaba solo. ¿Sería por eso su carácter? —Elisa Alejandra, tome, —dijo torpemente—. Y… perdone. Probablemente tiene razón… —También usted, don Vladimir, tiene parte de razón —aflojó Elisa—. Pero nuestra misión es curar y dar al menos un rayo de esperanza. A veces, cura milagros. —Sí, sí… sin duda, —musitó el subdirector. La metamorfosis sorprendía, pero Elisa no tenía tiempo para asombros. Mejor aprovechar para dejar las cosas claras. —Don Vladimir, grabe esto a fuego: nunca permitiré que nadie alce la voz o cuestione mi profesionalidad delante de un paciente, sea quien sea. —Entendido, doctora Alejandra. “Bien, esperemos que sí”, pensó Elisa mientras miraba el reloj. Y siguió con sus tareas. Una hora después, estaba junto a la cama de la paciente, Verónica Gregoria. Un ramo de tulipanes adornaba su mesilla. Al ver a Elisa, la mujer sonrió. —¿Se lo puede creer? Su jefe vino a verme, me trajo estas flores y se disculpó. Me dijo: ‘Haremos todo lo posible, y lo imposible, por curarla’. —Me alegro mucho, —sonrió Elisa Alejandra, acariciando la mano de la señora—. Haremos todo para que se recupere. Usted está como una rosa. —¡Anda que no es bromista usted! —rió la paciente. Un mes después, Verónica Gregoria mejoró y, el día del alta, Estévez apareció con una caja de bombones para su nieta y un ramo de rosas para ella. Todos los presentes estaban boquiabiertos. “¿Qué le ha pasado a este hombre?”, se preguntaban. Nadie creía que el subdirector supiera ser tan delicado. Entre Elisa y Vladimir Estévez, nacieron, si no lazos de amistad, sí de cordialidad. A menudo compartían café tras las comisiones, incluso coincidían en el café del hospital. —En la vida no hay felicidad, —confesó un día Estévez—. Por eso tengo tan mal carácter. Se me ha pasado la vida y no he tenido tiempo de nada… —¿Cómo dice eso? ¡Usted tiene una posición importante! —respondió Elisa. —Eso sí, pero la felicidad se me esfumó hace tiempo. “Bueno, está claro”, pensó Elisa. Estévez le caía cada vez mejor. El cambio de Estévez no pasó inadvertido. Durante una merienda, la enfermera Albina preguntó, intrigada: —Oye, Elisa, ¿qué le has hecho tú a ese hombre? Nunca le vi sonreír y ahora hasta parece simpático, aunque a su manera… Cada semana, las mujeres del hospital celebraban un animado café: galletas, repostería, mermeladas caseras… Olor a hogar en la cocina del hospital. —¡Nada especial! —sonrió Elisa—. Todo depende de nuestra actitud. Hay que tener confianza y dignidad, sea uno médico o auxiliar. La joven celadora Jeanne no lo veía tan fácil: —Eso tú, que eres una doctora estupenda, te atreves, pero yo, con ese monstruo… —No digas eso, —intervino Elisa—. Cualquiera tiene derecho a su dignidad. La psiquiatra Galina Ivánova asintió: —Sobre todo delante de vampiros energéticos. Si ven que tienes autoestima, no se meten. —Lo que pasa es que Estévez es un hombre desgraciado, —reflexionó la cocinera Vera—. Todas estuvieron de acuerdo, salvo Elisa, que bien lo sabía ya. Justo entonces llegó la castelera, Catalina, jadeando: —¿Me he perdido algo? —No, llegas a tiempo… justo estábamos hablando de Estévez. —¡Ah, así que ya os habéis enterado! —¿Enterado de qué? —¡Que Estévez se casa! —soltó Catalina. —¿En serio? —¡Vaya sorpresa! ¡Eso sí que es noticia! —¡Va a nevar en Sevilla! Las exclamaciones brotaron por toda la mesa. —Elisa, no me digas que tú lo sabías, —le dijo la jefa de cocina, maliciosa. —Ni idea, —se asombró Elisa—. Hablamos mucho, pero de eso nada. La psicóloga Tamara añadió con autoridad: —A personas como él, no se les nota nada. No muestran sus emociones. “Eso es verdad”, pensó Elisa, que aún se preguntaba quién sería la novia. —¿Y con quién se casa? —preguntó Jeanne. —No lo sé seguro… Creo que con una paciente. —¡No me digas! Elisa sonrió; sospechaba de quién se trataba. —Chicas, esta noticia merece otro brindis. El té está bien, pero un vinito mejor. Todos aclamaron la idea y brindaron por la felicidad del eterno gruñón. Al día siguiente, Elisa, tomando café tras la ronda, recibió la visita de Estévez, radiante como nunca. Ella fingió sorpresa. —Estás radiante, don Vladimir. —Sí, tengo un día especial. Me caso, Elisa Alejandra. —¡No me digas! ¿Y quién es la afortunada? ¿Puedo saberlo? —La mismísima Verónica. Sí, la misma por la que tuviste que cantarme las cuarenta. Me gustó desde aquel día. Así que me lancé. Busqué su dirección y me presenté en casa. —Vaya, ¡qué sorpresa! Eso sí que es una gran elección. —No podía haber elegido mejor. Y quiero invitarte a la boda, a ti y tu familia. Si no fuera por ti, no la habría encontrado. Eres toda una diplomática. —¡Anda ya! Si está escrito, dos personas siempre acaban encontrándose. La boda fue preciosa. El traje sentaba fenomenal al novio, y la novia, espléndida. Nada que ver con la anciana enferma y asustada que suplicaba ser curada por su nieta. Verónica se había cortado el pelo a lo garçon, se había dado tinte y rejuvenecido diez años. Ella tampoco dejaba de dar las gracias a Elisa…

Diario de Fernando

A los doce años ya estaba claro para todos que Lucía Jiménez acabaría siendo una médica excepcional. Recuerdo la tarde en que el hijo de la vecina, Ramón, se cayó del columpio en el parque del barrio de Chamberí y se abrió la rodilla y la frente de forma aparatosa. Aquello era sangre por todos lados, pero ni se inmutó.

Carmen, tráeme agua, vendas y agua oxigenada le dijo a su mejor amiga, que vivía justo enfrente del parque, y Carmen salió disparada a por ello.

Cuando apareció la madre de Ramón, la señora Teresa, corriendo y alarmada, Lucía ya había limpiado, desinfectado y vendado las heridas como toda una profesional. A la señora Teresa le sorprendió tanto el temple de aquella niña que, al darle las gracias, soltó:
Tú serás un día una gran médica, Lucía, no como esos médicos que ni siquiera te miran. Bien hecho, hija. Algunas veces, ni siquiera los doctores actúan así de rápido.

En las excursiones del instituto nadie quería tener un accidente, pero si pasaba, estar con Lucía Jiménez ponía las cosas mucho más tranquilas. Luego vino la Facultad de Medicina de la Complutense, la residencia, las infinitas guardias y los cursos de especialización.

Con el paso del tiempo, Lucía Jiménez pasó a ser la doctora Lucía Jiménez de la Vega. Un día, llegó a hacerse cargo del departamento de Diagnóstico Funcional del madrileño Hospital General. Sus colegas la respetaban, la valoraban. El ambiente en el hospital era estupendo, salvo por el jefe de medicina interna, Don Roberto Méndez. Tipo difícil, refunfuñón, ese que cuanto más discutía, más energía parecía ganar. Lucía se prometió no dejarse arrastrar por su mal humor, pero solo ella sabía el esfuerzo que le costaba.

Por suerte, apenas lo veía una vez a la semana, cuando tocaban juntas médicas y había que debatir los diagnósticos de los nuevos pacientes. Aquellos encuentros no eran precisamente un paseo por el Retiro.

El doctor Méndez solía interrumpirla, lanzaba indirectas y comentarios mordaces. Veía que Lucía procuraba ignorar sus pullas, pero eso le divertía aún más.
Imposible este hombre comentaba con mi hijo Hugo durante la cena. Llevo toda la paciencia del mundo, pero parece que disfruta buscando el conflicto.

Mamá, tú sí que vales para diplomática decía Hugo, que ya tenía trece años. Si te hartas de ser médica, puedes ser embajadora. Seguro que ganas más que aquí.

Lo pensaré respondía Lucía, riendo.

Desde niña, Lucía fue diplomática y calmada… pero persona al fin y al cabo. Sentía que algún día perdería la paciencia y que ocurriría por una razón de peso.

Al día siguiente, la reunión médica seguía su curso. Lucía presentó el caso de una mujer mayor sentada enfrente, unos sesenta años, aspecto humilde, apretando los dedos, la mirada vidriosa.

Dígame la verdad, doctora, ¿me curaré? Tengo que criar a mi nieta, que es huérfana dijo la paciente, con voz temblorosa.

Justo cuando Lucía iba a responderle con ese tono sereno suyo, Méndez soltó:
¿Con ese diagnóstico? Usted está muy mal, señora. Ningún médico responsable le dará garantías. ¿Por qué no vino antes?
La pobre mujer se puso a temblar, mordiéndose los labios, y Méndez no se detenía:

¡Siempre igual! Aguantan y aguantan, se automedican y cuando ya no pueden más, vienen y pretenden milagros. Pero no somos magos

La señora rompió a llorar y se fue corriendo. Lucía se quedó helada, rabiosa consigo misma por no frenar a Méndez a tiempo. Gritar así a una paciente mayor no era forma de tratar a nadie. La jefa de departamento frunció el ceño, dejando clara su desaprobación.

Aunque, en el fondo, todas sabían que el doctor tenía parte de razón, estaban convencidas de que podía decir las cosas con más respeto.

Lucía explotó finalmente:

Don Roberto, ¿cómo se le ocurre? ¿Quién se ha creído usted que es para tratar así a una enferma?

¿Qué pasa? replicó él, encogiéndose de hombros. Usted sabe que cualquier enfermedad es más fácil de tratar al principio. Hay que ser realistas.

Lucía frunció el ceño, viendo la sonrisa de satisfacción en el jefe; había logrado su propósito. Pero aquel día ella no tragó:

Sí, claro que lo sé, pero he invertido semanas en convencerla de que viniese y ahora usted se carga toda su esperanza de un plumazo. ¿Eso le parece a usted médico? ¡En fin!

Don Roberto intentó replicar, pero la jefa del departamento ya había salido del despacho. Lucía, a solas con Méndez, sentía que le faltaba el aire. ¿Cómo se podía compartir el mismo espacio con una persona así?

Se distrajo mirando una esquina, resistiendo las ganas de llorar. “No, no le voy a dar ese gusto”, pensó. Al rato se quedó sola en la consulta, centrada en su trabajo y en los historiales de pacientes.

Entonces oyó una tímida voz:

Doctora Lucía…

Levantó la vista y, para su sorpresa, era el mismísimo Méndez, con un frasco de valeriana en la mano y la cara descompuesta. Extrañamente, Lucía no se sintió satisfecha, más bien apenada. ¿Sería verdad que estaba tan solo como decían?

Tome, doctora… disculpe, de verdad. Seguramente tiene razón.

Don Roberto, usted también tiene su parte de razón dijo ella, suavizando el tono. Pero además de curar, también estamos para dar un poco de esperanza. A veces es lo único que mantiene a alguien vivo.

Sí, sí… claro contestó, claramente tocado.

Lucía sintió que era un buen momento para dejarle claro su lugar:

Don Roberto, que le quede claro: nunca, delante de pacientes, cuestionará mi criterio ni me levantará la voz, lo mismo si estoy delante del Ministro de Sanidad.

Entendido, doctora Jiménez de la Vega.

En eso quedó el incidente. El día apenas acababa de empezar y Lucía tenía muchas cosas por hacer.

Una hora después, fue a ver a la paciente: doña María Teresa. En su mesilla había un ramo de tulipanes. Al verla entrar, la mujer sonrió.

¿Sabe lo que ha pasado? Ha venido su jefe, me ha traído flores y hasta me ha pedido disculpas, diciéndome que harán todo lo posible por curarme.

Eso está muy bien, doña María Teresa. Vamos a ponerle muchas ganas; aún tiene mucho que hacer por esa nieta.

¡Ay, qué cosas tiene usted! rió la mujer.

Un mes después, doña María Teresa se recuperó y, el día que le dieron el alta, Méndez apareció con una caja de bombones de La Mallorquina.

Para su nieta dijo, incómodo.

¡Ay, Dios mío, gracias! respondió ella.

Y esto, para usted y le dio unas rosas.

¡Qué flores tan bonitas! Muchas gracias. Hace siglos que nadie me regalaba flores. Y todo el equipo de médicos, sois un regalo.

Daría ganas de decirle que venga de visita bromeó Méndez, pero mejor que no haga falta. Cuídese mucho.

El personal, al ver la escena, se quedó boquiabierto. Nadie apostaba a que el jefe tenía esa faceta.

Entre Lucía y el antes temido Méndez establecieron ahora una relación cordial. Tomaban café tras la comisión médica, a veces incluso coincidían en la cafetería cercana al hospital.

Un día, Méndez se sinceró:

La felicidad no existe, por eso soy como soy. La vida se me ha pasado y no he llegado a nada.

¿Cómo que no? Usted tiene un puesto importante, eso son palabras mayores.

Eso sí, pero la felicidad es otra cosa. La tuve y se me fue.

Lucía comprendió entonces que aquel hombre arrastraba también sus propias penas.

La transformación de Méndez no pasó desapercibida para nadie. Hasta la enfermera mayor, Olga, lo comentó durante una de las meriendas semanales en la cocina del personal, donde corrían los dulces caseros y el mejor café.

¿Qué le has hecho? preguntó Sara, la auxiliar joven. Nunca le había visto sonreír.

Lucía reía:

Nada, mujeres. Hay cosas más sencillas de lo que parecen.

Será para ti, porque yo cada vez que lo veo me entra un temblor contestó Sara.

No digas tonterías corrigió Lucía. Cada uno tiene derecho a su dignidad, da igual si eres auxiliar o directora. La confianza y la dignidad nunca sobran.

Esto se nota mucho con los vampiros emocionales apuntó la psicóloga Patricia. Si sienten que no pueden dominarte, te dejan en paz.

Para mí, Méndez está solo meditó Carmen, la cocinera.

En ese momento, llegó la encargada, apurada, soltando la noticia bomba:

¡Se casa Méndez!

Las conjeturas se dispararon.

¿Y con quién? preguntó Sara.

Dicen que con una paciente.

Lucía sonrió. Ya sabía de quién se trataba.

Chicas, ¿no creéis que habría que abrir una botella de buen vino por él? El café está muy bien, pero hoy merece la pena brindar.

Y así lo hicieron. Quizá, pensaban, el matrimonio suavizara un poco a Méndez.

Al día siguiente, cuando Lucía tomaba su café, apareció Méndez hecho un pincel, con una felicidad que nunca le había visto.

Vengo a invitarte a mi boda dijo, con una media sonrisa. Me caso con María Teresa, la mujer aquella que tú tanto apoyaste. Gracias a ti la conocí de verdad.

Lucía, casi sin palabras, aceptó la invitación.

La boda fue todo un acontecimiento. Nadie reconocía a doña María Teresa, rejuvenecida y radiante, ya sin el temor en la mirada, de la mano de un Méndez que parecía otro.

Recuerdo aquello y me doy cuenta de lo importante que es la esperanza. Lo viví en mi familia y en mi trabajo: ser persona y médico es, también, dar alas para que otros crean en sí mismos. Y a veces, una segunda oportunidad llega cuando menos lo esperas. Hemos de ser firmes, sí, pero la empatía puede obrar verdaderos milagros. Esa es la lección que aprendí viendo a Lucía y al doctor Méndez: nadie está tan lejos de cambiar.

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MagistrUm
El Hada Ya en sexto de primaria estaba claro que Elisa Bocanegra llegaría a ser una magnífica médica. Todo empezó una tarde, cuando un niño del vecindario se cayó de los columpios y se hizo una herida tremenda en la rodilla y la cabeza. Aquello no era un espectáculo apto para pusilánimes, pero la niña, con doce años recién cumplidos, no dudó ni un momento. —¡Yanka, tráeme agua, vendas y agua oxigenada! —ordenó a su amiga que vivía en el portal justo frente al parque, y la otra no tardó en salir corriendo. Para cuando apareció la tía Tania, la madre del chico, que ya se había enterado de lo ocurrido por algún misterioso canal, Elisa había lavado, desinfectado y vendado las heridas de forma rápida y sorprendentemente profesional. Al saber quién había hecho la primera cura, la madre se quedó sorprendida y, tras dar las gracias, sentenció: —Tú vas a ser doctora. Y no de las cualesquiera; vas a ser una muy buena. Has estado a la altura, hija. Ni algunos médicos lo hacen tan bien. Así da gusto. En las excursiones Elisa no tenía precio. Nadie quería lesionarse, pero con Elisa Bocanegra cerca todo se sentía menos grave. Después vino la carrera de Medicina, el MIR, las sucesivas especializaciones y los cursos de actualización continuos. Un buen día, ya médico en activo, le encomendaron sustituir a la jefa de la Unidad de Diagnóstico Funcional en el hospital. Elisa Alejandra, ahora Tizón tras su boda, era una profesional respetada y querida. El ambiente de compañeros era fantástico, exceptuando quizá al veterano subdirector médico, don Vladimir Yúrevich Estévez, cascarrabias, peleón y, todo hay que decirlo, auténtico vampiro energético. Era feliz buscando broncas. Elisa procuraba no caer en sus provocaciones, pero solo ella sabía lo que le costaba ese esfuerzo. Lo único que consolaba a Elisa Alejandra era que coincidían poco. Una vez por semana, en la comisión médica donde discutían los diagnósticos recientes. Pero aún así, esos ratos se le hacían eternos. Estévez discutía siempre con Elisa y a veces lanzaba comentarios sarcásticos. Veía que la doctora Tizón intentaba no morder el anzuelo, y eso, lejos de calmarlo, le divertía aún más. —¡No hay quien aguante a ese hombre! —se lamentaba Elisa a su marido durante la cena—. Te lo juro, hago lo posible por ser paciente, pero Estévez parece disfrutar provocándome. —Seguro que acabarás ganando tú, —sonreía Valeriano—. ¡Eres toda una diplomática! —Mamá, es verdad —asentía su hijo Max, de trece años—. Si te cansas de ser médico, métete en diplomacia. Además, ganan más. —Ya lo pensaré, —decía Elisa riéndose. Siempre fue una persona diplomática. Pero persona, no robot. Y sus fuerzas, como las de cualquiera, eran limitadas. Sabía que tarde o temprano la paciencia acabaría y habría buenas razones para ello. Al día siguiente, la rutina de la comisión médica iba como de costumbre hasta que, cuando Elisa Alejandra presentó el caso de una paciente de unos sesenta años, todo se torció. Todo seguía su mecánica habitual: tras la exposición, si el paciente podía, salía de la consulta y los médicos discutían. Pero esa vez, la paciente preguntó: —Solo dígame una cosa, doctora, ¿es algo grave? ¿Podré curarme? Tengo una nieta huérfana a la que sacar adelante. La voz de la enferma temblaba, parecía a punto de llorar, con una mirada llena de esperanza. Justo cuando Elisa iba a tranquilizarla, Estévez soltó a voz en grito: —¡¿Con ese diagnóstico?! Señora, usted tiene tan avanzado el proceso que ningún médico en su sano juicio podría darle garantías. ¡Y encima ha tardado años en venir! La mujer se quedó petrificada, los labios temblorosos, pero el subdirector insistía: —¡Ya las conozco yo! Primero aguantan, luego se automedican y, cuando la cosa se pone fea, entonces vienen al médico. ¡Pero nosotros no hacemos milagros…! La pobre, hecha un mar de lágrimas, salió de la consulta. Más tarde Elisa se sintió fatal por no haber frenado antes a Estévez, pero se había quedado bloqueada. Gritar así a una anciana, necesitada de apoyo… No era de humanos. La jefa de la unidad también movió la cabeza con desaprobación. Aunque reconocían que, en parte, el subdirector tenía razón, pensaban que podía haber sido más delicado. Al menos por respeto a la edad de la paciente. Y entonces, Elisa estalló. Se acabó la paciencia; aquel hombre lo iba a oír. —Con todos mis respetos, don Vladimir, ¿pero quién se cree que es para permitir cosas así? —¿Que qué he hecho yo mal? —se encogió de hombros Estévez—. No somos magos, y los pacientes deberían saberlo. Cuanto antes se coge una enfermedad, mejor, y tú eso lo sabes mejor que nadie. Viendo la sonrisa triunfante de Estévez, Elisa frunció el ceño; la jefa entendía perfectamente a qué venía ese aire de victoria: el subdirector creía haberla sacado de quicio. No sabía lo que le esperaba. —Don Vladimir, es cierto que cuanto antes se trate una enfermedad, mejor. Es más, a veces es la única opción. Pero, ¿sabe todo el esfuerzo que me costó convencer a esa señora para que se tratara? Creía de verdad que se pondría bien. ¿Y qué ha hecho usted? Cargarse de golpe toda la esperanza. ¡Muy bien! Elisa agitó la mano con rabia y Estévez, sorprendido por la arenga, intentó retomar el mando de la situación. Aunque enseguida comprendió que no sería fácil; la doctora Tizón no era alguien que se dejara pisotear. Estévez gritaba, pero Elisa ni lo oía. Solo veía cómo la jefa se marchaba del despacho. Sola con él, sintió que el aire se le acababa. Era imposible compartir el mismo aire con semejante vampiro energético. Sentada frente al escritorio, Elisa sacó la libreta y se puso a trabajar. —Doctora Alejandra… —escuchó una voz titubeante. Tardó en reconocerla. No era propio del subdirector, pero era él, con un frasco de valeriana y la cara medio derrotada. No sintió triunfo; más bien le dio pena. Decían que Estévez estaba solo. ¿Sería por eso su carácter? —Elisa Alejandra, tome, —dijo torpemente—. Y… perdone. Probablemente tiene razón… —También usted, don Vladimir, tiene parte de razón —aflojó Elisa—. Pero nuestra misión es curar y dar al menos un rayo de esperanza. A veces, cura milagros. —Sí, sí… sin duda, —musitó el subdirector. La metamorfosis sorprendía, pero Elisa no tenía tiempo para asombros. Mejor aprovechar para dejar las cosas claras. —Don Vladimir, grabe esto a fuego: nunca permitiré que nadie alce la voz o cuestione mi profesionalidad delante de un paciente, sea quien sea. —Entendido, doctora Alejandra. “Bien, esperemos que sí”, pensó Elisa mientras miraba el reloj. Y siguió con sus tareas. Una hora después, estaba junto a la cama de la paciente, Verónica Gregoria. Un ramo de tulipanes adornaba su mesilla. Al ver a Elisa, la mujer sonrió. —¿Se lo puede creer? Su jefe vino a verme, me trajo estas flores y se disculpó. Me dijo: ‘Haremos todo lo posible, y lo imposible, por curarla’. —Me alegro mucho, —sonrió Elisa Alejandra, acariciando la mano de la señora—. Haremos todo para que se recupere. Usted está como una rosa. —¡Anda que no es bromista usted! —rió la paciente. Un mes después, Verónica Gregoria mejoró y, el día del alta, Estévez apareció con una caja de bombones para su nieta y un ramo de rosas para ella. Todos los presentes estaban boquiabiertos. “¿Qué le ha pasado a este hombre?”, se preguntaban. Nadie creía que el subdirector supiera ser tan delicado. Entre Elisa y Vladimir Estévez, nacieron, si no lazos de amistad, sí de cordialidad. A menudo compartían café tras las comisiones, incluso coincidían en el café del hospital. —En la vida no hay felicidad, —confesó un día Estévez—. Por eso tengo tan mal carácter. Se me ha pasado la vida y no he tenido tiempo de nada… —¿Cómo dice eso? ¡Usted tiene una posición importante! —respondió Elisa. —Eso sí, pero la felicidad se me esfumó hace tiempo. “Bueno, está claro”, pensó Elisa. Estévez le caía cada vez mejor. El cambio de Estévez no pasó inadvertido. Durante una merienda, la enfermera Albina preguntó, intrigada: —Oye, Elisa, ¿qué le has hecho tú a ese hombre? Nunca le vi sonreír y ahora hasta parece simpático, aunque a su manera… Cada semana, las mujeres del hospital celebraban un animado café: galletas, repostería, mermeladas caseras… Olor a hogar en la cocina del hospital. —¡Nada especial! —sonrió Elisa—. Todo depende de nuestra actitud. Hay que tener confianza y dignidad, sea uno médico o auxiliar. La joven celadora Jeanne no lo veía tan fácil: —Eso tú, que eres una doctora estupenda, te atreves, pero yo, con ese monstruo… —No digas eso, —intervino Elisa—. Cualquiera tiene derecho a su dignidad. La psiquiatra Galina Ivánova asintió: —Sobre todo delante de vampiros energéticos. Si ven que tienes autoestima, no se meten. —Lo que pasa es que Estévez es un hombre desgraciado, —reflexionó la cocinera Vera—. Todas estuvieron de acuerdo, salvo Elisa, que bien lo sabía ya. Justo entonces llegó la castelera, Catalina, jadeando: —¿Me he perdido algo? —No, llegas a tiempo… justo estábamos hablando de Estévez. —¡Ah, así que ya os habéis enterado! —¿Enterado de qué? —¡Que Estévez se casa! —soltó Catalina. —¿En serio? —¡Vaya sorpresa! ¡Eso sí que es noticia! —¡Va a nevar en Sevilla! Las exclamaciones brotaron por toda la mesa. —Elisa, no me digas que tú lo sabías, —le dijo la jefa de cocina, maliciosa. —Ni idea, —se asombró Elisa—. Hablamos mucho, pero de eso nada. La psicóloga Tamara añadió con autoridad: —A personas como él, no se les nota nada. No muestran sus emociones. “Eso es verdad”, pensó Elisa, que aún se preguntaba quién sería la novia. —¿Y con quién se casa? —preguntó Jeanne. —No lo sé seguro… Creo que con una paciente. —¡No me digas! Elisa sonrió; sospechaba de quién se trataba. —Chicas, esta noticia merece otro brindis. El té está bien, pero un vinito mejor. Todos aclamaron la idea y brindaron por la felicidad del eterno gruñón. Al día siguiente, Elisa, tomando café tras la ronda, recibió la visita de Estévez, radiante como nunca. Ella fingió sorpresa. —Estás radiante, don Vladimir. —Sí, tengo un día especial. Me caso, Elisa Alejandra. —¡No me digas! ¿Y quién es la afortunada? ¿Puedo saberlo? —La mismísima Verónica. Sí, la misma por la que tuviste que cantarme las cuarenta. Me gustó desde aquel día. Así que me lancé. Busqué su dirección y me presenté en casa. —Vaya, ¡qué sorpresa! Eso sí que es una gran elección. —No podía haber elegido mejor. Y quiero invitarte a la boda, a ti y tu familia. Si no fuera por ti, no la habría encontrado. Eres toda una diplomática. —¡Anda ya! Si está escrito, dos personas siempre acaban encontrándose. La boda fue preciosa. El traje sentaba fenomenal al novio, y la novia, espléndida. Nada que ver con la anciana enferma y asustada que suplicaba ser curada por su nieta. Verónica se había cortado el pelo a lo garçon, se había dado tinte y rejuvenecido diez años. Ella tampoco dejaba de dar las gracias a Elisa…