Diario de Fernando
A los doce años ya estaba claro para todos que Lucía Jiménez acabaría siendo una médica excepcional. Recuerdo la tarde en que el hijo de la vecina, Ramón, se cayó del columpio en el parque del barrio de Chamberí y se abrió la rodilla y la frente de forma aparatosa. Aquello era sangre por todos lados, pero ni se inmutó.
Carmen, tráeme agua, vendas y agua oxigenada le dijo a su mejor amiga, que vivía justo enfrente del parque, y Carmen salió disparada a por ello.
Cuando apareció la madre de Ramón, la señora Teresa, corriendo y alarmada, Lucía ya había limpiado, desinfectado y vendado las heridas como toda una profesional. A la señora Teresa le sorprendió tanto el temple de aquella niña que, al darle las gracias, soltó:
Tú serás un día una gran médica, Lucía, no como esos médicos que ni siquiera te miran. Bien hecho, hija. Algunas veces, ni siquiera los doctores actúan así de rápido.
En las excursiones del instituto nadie quería tener un accidente, pero si pasaba, estar con Lucía Jiménez ponía las cosas mucho más tranquilas. Luego vino la Facultad de Medicina de la Complutense, la residencia, las infinitas guardias y los cursos de especialización.
Con el paso del tiempo, Lucía Jiménez pasó a ser la doctora Lucía Jiménez de la Vega. Un día, llegó a hacerse cargo del departamento de Diagnóstico Funcional del madrileño Hospital General. Sus colegas la respetaban, la valoraban. El ambiente en el hospital era estupendo, salvo por el jefe de medicina interna, Don Roberto Méndez. Tipo difícil, refunfuñón, ese que cuanto más discutía, más energía parecía ganar. Lucía se prometió no dejarse arrastrar por su mal humor, pero solo ella sabía el esfuerzo que le costaba.
Por suerte, apenas lo veía una vez a la semana, cuando tocaban juntas médicas y había que debatir los diagnósticos de los nuevos pacientes. Aquellos encuentros no eran precisamente un paseo por el Retiro.
El doctor Méndez solía interrumpirla, lanzaba indirectas y comentarios mordaces. Veía que Lucía procuraba ignorar sus pullas, pero eso le divertía aún más.
Imposible este hombre comentaba con mi hijo Hugo durante la cena. Llevo toda la paciencia del mundo, pero parece que disfruta buscando el conflicto.
Mamá, tú sí que vales para diplomática decía Hugo, que ya tenía trece años. Si te hartas de ser médica, puedes ser embajadora. Seguro que ganas más que aquí.
Lo pensaré respondía Lucía, riendo.
Desde niña, Lucía fue diplomática y calmada… pero persona al fin y al cabo. Sentía que algún día perdería la paciencia y que ocurriría por una razón de peso.
Al día siguiente, la reunión médica seguía su curso. Lucía presentó el caso de una mujer mayor sentada enfrente, unos sesenta años, aspecto humilde, apretando los dedos, la mirada vidriosa.
Dígame la verdad, doctora, ¿me curaré? Tengo que criar a mi nieta, que es huérfana dijo la paciente, con voz temblorosa.
Justo cuando Lucía iba a responderle con ese tono sereno suyo, Méndez soltó:
¿Con ese diagnóstico? Usted está muy mal, señora. Ningún médico responsable le dará garantías. ¿Por qué no vino antes?
La pobre mujer se puso a temblar, mordiéndose los labios, y Méndez no se detenía:
¡Siempre igual! Aguantan y aguantan, se automedican y cuando ya no pueden más, vienen y pretenden milagros. Pero no somos magos
La señora rompió a llorar y se fue corriendo. Lucía se quedó helada, rabiosa consigo misma por no frenar a Méndez a tiempo. Gritar así a una paciente mayor no era forma de tratar a nadie. La jefa de departamento frunció el ceño, dejando clara su desaprobación.
Aunque, en el fondo, todas sabían que el doctor tenía parte de razón, estaban convencidas de que podía decir las cosas con más respeto.
Lucía explotó finalmente:
Don Roberto, ¿cómo se le ocurre? ¿Quién se ha creído usted que es para tratar así a una enferma?
¿Qué pasa? replicó él, encogiéndose de hombros. Usted sabe que cualquier enfermedad es más fácil de tratar al principio. Hay que ser realistas.
Lucía frunció el ceño, viendo la sonrisa de satisfacción en el jefe; había logrado su propósito. Pero aquel día ella no tragó:
Sí, claro que lo sé, pero he invertido semanas en convencerla de que viniese y ahora usted se carga toda su esperanza de un plumazo. ¿Eso le parece a usted médico? ¡En fin!
Don Roberto intentó replicar, pero la jefa del departamento ya había salido del despacho. Lucía, a solas con Méndez, sentía que le faltaba el aire. ¿Cómo se podía compartir el mismo espacio con una persona así?
Se distrajo mirando una esquina, resistiendo las ganas de llorar. “No, no le voy a dar ese gusto”, pensó. Al rato se quedó sola en la consulta, centrada en su trabajo y en los historiales de pacientes.
Entonces oyó una tímida voz:
Doctora Lucía…
Levantó la vista y, para su sorpresa, era el mismísimo Méndez, con un frasco de valeriana en la mano y la cara descompuesta. Extrañamente, Lucía no se sintió satisfecha, más bien apenada. ¿Sería verdad que estaba tan solo como decían?
Tome, doctora… disculpe, de verdad. Seguramente tiene razón.
Don Roberto, usted también tiene su parte de razón dijo ella, suavizando el tono. Pero además de curar, también estamos para dar un poco de esperanza. A veces es lo único que mantiene a alguien vivo.
Sí, sí… claro contestó, claramente tocado.
Lucía sintió que era un buen momento para dejarle claro su lugar:
Don Roberto, que le quede claro: nunca, delante de pacientes, cuestionará mi criterio ni me levantará la voz, lo mismo si estoy delante del Ministro de Sanidad.
Entendido, doctora Jiménez de la Vega.
En eso quedó el incidente. El día apenas acababa de empezar y Lucía tenía muchas cosas por hacer.
Una hora después, fue a ver a la paciente: doña María Teresa. En su mesilla había un ramo de tulipanes. Al verla entrar, la mujer sonrió.
¿Sabe lo que ha pasado? Ha venido su jefe, me ha traído flores y hasta me ha pedido disculpas, diciéndome que harán todo lo posible por curarme.
Eso está muy bien, doña María Teresa. Vamos a ponerle muchas ganas; aún tiene mucho que hacer por esa nieta.
¡Ay, qué cosas tiene usted! rió la mujer.
Un mes después, doña María Teresa se recuperó y, el día que le dieron el alta, Méndez apareció con una caja de bombones de La Mallorquina.
Para su nieta dijo, incómodo.
¡Ay, Dios mío, gracias! respondió ella.
Y esto, para usted y le dio unas rosas.
¡Qué flores tan bonitas! Muchas gracias. Hace siglos que nadie me regalaba flores. Y todo el equipo de médicos, sois un regalo.
Daría ganas de decirle que venga de visita bromeó Méndez, pero mejor que no haga falta. Cuídese mucho.
El personal, al ver la escena, se quedó boquiabierto. Nadie apostaba a que el jefe tenía esa faceta.
Entre Lucía y el antes temido Méndez establecieron ahora una relación cordial. Tomaban café tras la comisión médica, a veces incluso coincidían en la cafetería cercana al hospital.
Un día, Méndez se sinceró:
La felicidad no existe, por eso soy como soy. La vida se me ha pasado y no he llegado a nada.
¿Cómo que no? Usted tiene un puesto importante, eso son palabras mayores.
Eso sí, pero la felicidad es otra cosa. La tuve y se me fue.
Lucía comprendió entonces que aquel hombre arrastraba también sus propias penas.
La transformación de Méndez no pasó desapercibida para nadie. Hasta la enfermera mayor, Olga, lo comentó durante una de las meriendas semanales en la cocina del personal, donde corrían los dulces caseros y el mejor café.
¿Qué le has hecho? preguntó Sara, la auxiliar joven. Nunca le había visto sonreír.
Lucía reía:
Nada, mujeres. Hay cosas más sencillas de lo que parecen.
Será para ti, porque yo cada vez que lo veo me entra un temblor contestó Sara.
No digas tonterías corrigió Lucía. Cada uno tiene derecho a su dignidad, da igual si eres auxiliar o directora. La confianza y la dignidad nunca sobran.
Esto se nota mucho con los vampiros emocionales apuntó la psicóloga Patricia. Si sienten que no pueden dominarte, te dejan en paz.
Para mí, Méndez está solo meditó Carmen, la cocinera.
En ese momento, llegó la encargada, apurada, soltando la noticia bomba:
¡Se casa Méndez!
Las conjeturas se dispararon.
¿Y con quién? preguntó Sara.
Dicen que con una paciente.
Lucía sonrió. Ya sabía de quién se trataba.
Chicas, ¿no creéis que habría que abrir una botella de buen vino por él? El café está muy bien, pero hoy merece la pena brindar.
Y así lo hicieron. Quizá, pensaban, el matrimonio suavizara un poco a Méndez.
Al día siguiente, cuando Lucía tomaba su café, apareció Méndez hecho un pincel, con una felicidad que nunca le había visto.
Vengo a invitarte a mi boda dijo, con una media sonrisa. Me caso con María Teresa, la mujer aquella que tú tanto apoyaste. Gracias a ti la conocí de verdad.
Lucía, casi sin palabras, aceptó la invitación.
La boda fue todo un acontecimiento. Nadie reconocía a doña María Teresa, rejuvenecida y radiante, ya sin el temor en la mirada, de la mano de un Méndez que parecía otro.
Recuerdo aquello y me doy cuenta de lo importante que es la esperanza. Lo viví en mi familia y en mi trabajo: ser persona y médico es, también, dar alas para que otros crean en sí mismos. Y a veces, una segunda oportunidad llega cuando menos lo esperas. Hemos de ser firmes, sí, pero la empatía puede obrar verdaderos milagros. Esa es la lección que aprendí viendo a Lucía y al doctor Méndez: nadie está tan lejos de cambiar.







