El gato que robaba huevos

—¡A mí ese gato ya no me sirve ni para espantar moscas! —soltó la Remedios, cruzándose de brazos en mitad del patio—. Y no me vengas con reclamaciones, Manuel, que ese animal ya no es mío.

Don Manuel se quedó quieto junto al pozo, con la gorra entre las manos. Había venido con toda la paciencia del mundo, pensando hablar como personas civilizadas. Pero la Remedios, como siempre, salió con la lengua afilada.

—Remedios, el gato se mete en mi corral todos los días —dijo él—. Me roba los huevos. Uno, dos… los que puede.

—Pues que aproveche —respondió ella—. A mí también me los robaba. Por eso lo eché. Lo llamé Julián por mi difunto, mira qué tontería la mía. El uno no valía para arreglar una puerta y el otro no vale ni para cazar un ratón.

—Pero es tu gato.

—Era. Ahora es gato de la calle. Si quiere vivir, que se busque la vida. Y si tú no quieres que te robe, ponle un candado a las gallinas.

Manuel apretó los labios. No era hombre de discutir. En el pueblo decían que hablaba poco porque había trabajado treinta y cinco años entre máquinas, ruido y humo, y que al jubilarse se le habían quedado las palabras dentro, como tornillos olvidados en un cajón.

—Mis gallinas no tienen culpa —murmuró.

—Ni yo tampoco —respondió Remedios—. Si quieres, te doy un café. Si vienes a quejarte, ahí tienes la puerta.

Don Manuel no aceptó el café. Se volvió a su casa despacio, siguiendo el camino de tierra que bordeaba los almendros. El sol de la tarde caía sobre las tejas viejas de Valdeolmos, un pueblo pequeño de Castilla donde todos sabían quién compraba pan, quién debía dinero y quién lloraba por las noches aunque cerrara bien las contraventanas.

Él había llegado allí hacía año y medio con su mujer, Rosario.

Rosario siempre decía que, cuando se jubilaran, quería una casa con geranios, una mesa en la sombra y gallinas que pusieran huevos “de verdad, de esos que huelen a infancia”. Vendieron el piso de Alcalá, compraron una casita baja al final del pueblo y empezaron de cero. Ella plantó lavanda junto a la puerta. Él arregló el gallinero. Entre los dos eligieron seis pollitas en el mercado de Sigüenza y les pusieron nombres como si fueran nietas: Lola, Pepa, Carmela, Nieve, Chata y Marquesa.

Pero Rosario se fue antes de que las lavandas agarraran del todo.

Una mañana de febrero, después de una noche tranquila, Manuel la encontró dormida para siempre. Desde entonces la casa sonaba demasiado grande. Solo las gallinas rompían el silencio. Corrían hacia él cuando volvía de la tienda, le picoteaban los zapatos, se dejaban acariciar el lomo como si entendieran que aquel hombre necesitaba tocar algo vivo para no hundirse.

Por eso los huevos no eran solo huevos.

Eran la rutina. La promesa. El pequeño motivo para levantarse, abrir la puerta, echar grano, hablar en voz alta.

—Buenos días, chicas —les decía cada mañana—. A ver quién ha trabajado hoy.

Y ellas cacareaban como si le respondieran.

Hasta que apareció Julián.

Era un gato grande, rojizo, con una oreja mordida y los ojos de quien no pide permiso. La primera vez Manuel lo vio sobre la tapia, sentado como un juez. La segunda, dentro del corral. La tercera, saliendo del gallinero con un huevo entre los dientes, tan serio que parecía llevar una joya.

—¡Eh! ¡Ladrón! —gritó Manuel.

El gato ni se inmutó. Saltó la valla con una elegancia ofensiva y desapareció entre las matas.

Al principio Manuel pensó que sería cosa de un día. Luego de dos. Pero Julián volvió. Siempre volvía. Esperaba a que las gallinas se distrajeran, entraba sin hacer ruido y se llevaba un huevo. A veces lo rompía allí mismo y lamía la yema con una tranquilidad desesperante. Otras veces se marchaba con él, como si tuviera una familia escondida a la que alimentar.

Manuel probó de todo. Colgó latas vacías en la puerta del gallinero. Puso una tabla más alta. Cerró con alambre. Incluso compró un pequeño cerrojo en la ferretería.

Pero Julián siempre encontraba la manera.

Una tarde, al verlo salir con otro huevo, Manuel perdió la paciencia y le lanzó la boina. La boina cayó al suelo a medio metro del gato. Julián la miró, miró a Manuel y continuó caminando sin prisa.

—Encima se ríe de mí —dijo el viejo, jadeando.

Desde la casa de enfrente, el señor Eusebio soltó una carcajada.

—Manuel, ese gato tiene más carrera que muchos ministros.

—Pues que se vaya a robar al ministerio —respondió Manuel, pero sin verdadera rabia.

A pesar del fastidio, había algo en aquel animal que le removía por dentro. Estaba flaco bajo el pelo naranja. Tenía barro seco en las patas. Y nunca, ni una sola vez, atacó a las gallinas. Las gallinas lo perseguían como un pequeño ejército con plumas, y él corría, saltaba, esquivaba, pero jamás sacaba las uñas contra ellas.

Una noche de lluvia, Manuel oyó un golpe en la puerta trasera.

Pensó que sería una rama. El viento sacudía las persianas y el agua bajaba por los canalones como si el cielo se estuviera vaciando. Se levantó con cuidado, porque la rodilla izquierda le dolía cuando cambiaba el tiempo, y abrió.

Allí estaba Julián.

Empapado.

Con un huevo intacto entre los dientes.

Lo dejó en el felpudo y miró a Manuel.

—¿Y ahora qué quieres? —preguntó el hombre.

El gato maulló. No fue un maullido altivo ni descarado. Fue un sonido pequeño, casi roto.

Manuel se quedó mirándolo. En otro tiempo Rosario habría abierto la puerta de par en par y habría dicho: “Anda, pobre criatura, pásale una toalla”. Rosario recogía todo lo que el mundo dejaba tirado: un geranio seco, un pájaro caído, una vecina triste.

—No me mires así —murmuró él—. Yo no soy ella.

Pero el gato seguía allí, temblando.

Manuel cerró los ojos un segundo, como si pidiera perdón a alguien, y luego se apartó.

—Entra. Pero solo esta noche.

Julián entró sin correr. Se quedó junto a la estufa, mojando el suelo, con la dignidad de un invitado importante venido a menos. Manuel calentó un poco de leche, luego se arrepintió y abrió una lata de sardinas. El gato comió como si llevara días esperando un gesto amable.

—No te acostumbres —le advirtió Manuel.

Julián levantó la cabeza con un bigote lleno de aceite.

A la mañana siguiente, el gato ya no estaba. La ventana del lavadero había quedado entreabierta. Pero en la silla de la cocina, justo donde Rosario solía sentarse a pelar manzanas, había un pelo naranja pegado al cojín.

Manuel lo quitó con los dedos y no supo por qué se le humedecieron los ojos.

Los días siguientes, Julián siguió robando huevos, aunque menos. A veces se quedaba en el patio, tumbado al sol, mientras Manuel arreglaba herramientas. A veces lo acompañaba hasta el gallinero. Las gallinas ya no lo perseguían con tanto escándalo. Carmela incluso comía cerca de él.

—Esto no puede ser —decía Manuel—. Yo no tengo gato.

Pero por las noches dejaba, sin pensarlo demasiado, un platito con sobras junto a la puerta.

El verdadero cambio llegó una madrugada de abril.

Manuel se despertó sobresaltado por un ruido terrible: cacareos, golpes, un alboroto seco dentro del gallinero. Se incorporó en la cama con el corazón desbocado.

—¡Mis chicas!

Salió con la linterna y el bastón. La luna apenas alumbraba. El aire olía a tierra húmeda. Cuando llegó al corral, vio las plumas revoloteando y la puerta del gallinero abierta de golpe.

Dentro había una sombra alargada.

Una garduña.

El animal se movía rápido, como un relámpago oscuro, buscando el cuello de las gallinas. Manuel levantó el bastón, pero sus piernas no respondieron como antes. Tropezó con un cubo y cayó de rodillas.

—¡Fuera! —gritó.

Entonces, de encima del tejadillo, saltó Julián.

No maulló. No dudó. Cayó sobre la garduña con un bufido feroz, hecho una bola de pelo, uñas y dientes. El corral se llenó de golpes, chillidos, plumas, tierra. Manuel, desde el suelo, solo veía sombras moviéndose. El gato recibió un zarpazo en el lomo, pero no soltó. La garduña intentó escapar hacia el agujero de la alambrada por donde había entrado, y Julián la persiguió hasta echarla fuera.

Luego todo quedó en silencio.

Un silencio tan profundo que Manuel sintió miedo de mirar.

—Lola… Pepa… —llamó con voz temblorosa.

Una a una, las gallinas fueron saliendo de un rincón. Asustadas, despeinadas, vivas.

Todas vivas.

Julián estaba junto a la puerta, respirando con dificultad. Tenía sangre en una pata y una herida abierta cerca de la oreja buena.

Manuel se arrastró hasta él.

—Ay, animal… —susurró—. Ay, pedazo de bruto…

El gato intentó levantarse, pero cayó de lado.

Manuel lo envolvió en su chaqueta, la misma que usaba para ir los domingos al cementerio. Lo llevó dentro de casa pegado al pecho, como quien lleva algo que no puede perder. Encendió la luz de la cocina, buscó el teléfono con manos torpes y llamó al veterinario de Atienza, aunque eran las cinco de la mañana.

—Es urgente —dijo—. Es mi gato.

Cuando colgó, se quedó inmóvil.

Mi gato.

Lo había dicho sin pensarlo.

Julián pasó dos días sobre una manta, junto a la estufa. El veterinario le limpió la herida, le puso una inyección y le dijo a Manuel que había tenido suerte.

—Suerte no —contestó Manuel, mirando al gato dormido—. Valor.

La noticia corrió por el pueblo antes del mediodía. En Valdeolmos las noticias no caminaban: volaban.

La Remedios apareció el tercer día, con un pañuelo de flores en la cabeza y una sonrisa demasiado dulce.

—Manuel, me he enterado de lo del gato.

—Ajá.

—Mira tú por dónde, al final el Julián servía para algo.

Manuel estaba sentado en el banco de la entrada, pelando patatas. Julián dormía al sol, con la pata vendada. Al oír la voz de la mujer, abrió un ojo.

—Venía a llevármelo —dijo Remedios—. Al fin y al cabo, lo crié yo.

Manuel dejó el cuchillo sobre el plato.

—Me dijiste que ya no era tuyo.

—Bueno, una se enfada y dice cosas.

—Me dijiste que se buscara la vida.

—Y se la buscó, ¿no? Aquí está tan campante.

Manuel se limpió las manos en el pantalón. Se levantó despacio. No era alto, ni fuerte como antes, pero aquella mañana pareció llenar todo el patio.

—Remedios, cuando robaba huevos, no era tuyo. Cuando pasaba frío, no era tuyo. Cuando vino herido, tampoco. Ahora que ha salvado mis gallinas, sí lo quieres.

La mujer abrió la boca, ofendida.

—Tampoco te pongas así, Manuel.

—No me pongo de ninguna manera. Solo te digo una cosa: Julián se queda.

El gato, como si entendiera, se levantó cojeando y caminó hasta ponerse junto a las botas de Manuel.

La Remedios miró al gato, luego al hombre, y chasqueó la lengua.

—Pues quédate con él. Pero luego no vengas llorando cuando te robe la despensa.

—Ya no roba —dijo Manuel.

Y era casi verdad.

Desde aquel día, Julián siguió llevándose algún huevo de vez en cuando. Pero ya no lo hacía a escondidas. Lo dejaba en la cocina, sobre el trapo azul de Rosario, y esperaba sentado hasta que Manuel lo rompía en un plato.

—Mitad para ti, mitad para mí —decía el viejo.

El gato ronroneaba.

Las gallinas volvieron a su rutina. Corrían hacia Manuel cuando lo veían llegar de la tienda, y detrás de ellas, con paso orgulloso, iba Julián, como un guardia pelirrojo encargado de proteger el pequeño reino. Por las tardes, Manuel se sentaba bajo la parra y hablaba. A veces con las gallinas. A veces con el gato. A veces con Rosario, mirando las lavandas que por fin habían florecido.

—¿Ves, mujer? —decía en voz baja—. Al final no estamos tan solos.

Un domingo, al volver del cementerio, Manuel encontró algo en el felpudo. No era un huevo. Era una ramita de lavanda mordida, torpe, medio rota, como un regalo mal envuelto.

Julián estaba sentado junto a la puerta, muy serio.

Manuel se agachó, cogió la ramita y la sostuvo contra el pecho. Olía a la colonia de Rosario, a verano, a cocina encendida, a las manos de ella colocando macetas donde antes solo había polvo.

Y entonces lloró.

No como se llora cuando algo se rompe, sino como se llora cuando, después de mucho tiempo, algo pequeño vuelve a encajar dentro del alma.

Desde aquel día, en el pueblo dejaron de llamar a Julián “el gato ladrón”. Eusebio decía que era “el guarda de las gallinas”. Los niños le llevaban trocitos de pan. La Remedios, cuando lo veía pasar, fingía no mirarlo.

Manuel nunca volvió a tener la casa completamente en silencio.

Por la mañana sonaban las gallinas. Al mediodía, el ronroneo junto a la silla de Rosario. Por la noche, las patitas de Julián cruzando el pasillo para dormir a los pies de la cama.

Y cada vez que alguien decía que un animal que no da provecho no sirve para nada, don Manuel levantaba la vista y contestaba despacio:

—A veces el que parece venir a quitarte algo, en realidad viene a devolverte las ganas de vivir.

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