El gato la contemplaba en silencio. Inspirando hondo y armándose de valor, Ani se alargó hacia él, confiando en que las mangas de su cazadora de cuero protegerían sus manos de las garras del peludo polizón… El turno terminaba y Ana recorrió el autobús hasta el final, inspeccionando meticulosamente bajo cada asiento. El autobús era para ella como un segundo hogar y, en casa de Ana, siempre reinaba la limpieza. Tal vez porque no había nadie más para ensuciar. – Ana, hija, deberías buscarte un hombre –le decían las tías del control–. Que ya rozas los treinta y sigues sola. Y además, este trabajo tuyo… No es muy de mujeres. ¡Hay cada pasajero que ni los hombres aguantan! – A mí los que me tocan son buenos –contestaba ella–. Además, el trabajo me gusta. Y hombre… Un hombre no se “adopta” como a un gato o un perro, ¿no? Las tías se miraban entre sí: sabían muy bien que un hombre daba mucha más guerra que cualquier bicho de compañía. – Pues adóptate un gato –aconsejaban–. Así no estarás sola. Ana suspiraba. – Por ahora, ni el gato se deja adoptar –respondía a las buenas señoras, y se iba a casa, ponía música, se preparaba la cena, leía y se iba a dormir… Los días eran iguales, como dos gotas de agua. No le gustaban los fines de semana: tenía demasiado tiempo libre y los pasaba viajando de pasajera en algún autobús ajeno, dejándose llevar, soñando que alguien la conducía hacia una vida bonita y feliz… Aquel día no era distinto. Al terminar el turno, Ana inspeccionó el salón y se dispuso a limpiar. Al mirar bajo el asiento trasero, dio un respingo: dos ojos brillantes la observaban fijamente. – ¿Eh, tú quién eres? ¡Mish, mish, mish! ¿Cómo has llegado ahí? –Ana se agachó, intrigada–. ¿Te has perdido? El gato la miraba en silencio. Suspirando, armándose de valor, Ana se atrevió a buscarlo, confiando en que las mangas de su cazadora de cuero la protegerían de las zarpas del esponjoso polizón. El gato se dejó sacar y Ana pudo examinarlo mejor. Era un ejemplar magnífico. No entendía mucho de razas, pero la forma del hocico y el pelaje decían que era un persa. Llevaba collar y medallón. – “Merlín” –leyó ella, girándolo en sus manos–. ¿Será posible? ¿Un mago y hechicero en persona? El gato bostezó, como si aprobara la sospecha. – ¿Y qué hacemos contigo, su señoría mágica? –decidió Ana adoptando un tono cortes–. ¿Por dónde buscamos a tus dueños? El gato la miró con otro bostezo expresivo, señalando que tenía hambre y ganas de dormir. Ana entendió que no tenía más remedio. Bueno, realmente dos opciones, pero ¿quién iba a dejar a un polizón así en la calle? – Está bien –dijo resuelta–. Hoy duermes en casa, mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que alguien te busca. El gato no objetó. Aunque en cuanto Ana se dirigió a la salida, él se zafó, volvió bajo el asiento y regresó con algo entre los dientes. – ¿Qué traes ahí? –Ana se agachó atenta. El gato dejó caer un boleto de lotería en sus manos. – ¡Vaya! –exclamó, sorprendida–. Así que tu dueño pierde el gato y el boleto… El gato la urgió a irse a casa ya. Ana corrió, dándole vueltas a si mencionaba la lotería en el cartel. ¡Y si alguien fingía ser el dueño para quedarse con el décimo! Mejor ser astuta. Aunque antes: provisiones para el invitado. – ¿Qué te apetece tomar? –preguntó Ana en el súper, perdida entre los sobres de comida gatuna. Merlín olfateó, se decidió y le indicó uno. – ¿Este seguro? –ella preguntó. Merlín lo sujetó con los dientes. No hubo duda. – ¡Qué listo eres! –le halagó Ana. Merlín maulló algo muy parecido a: “¡Ya lo sé!” Después Ana preparó la cena—dos platitos improvisados—, fotografió a Merlín y redactó un cartel, sin detalles de nombre ni lotería. Lo imprimió y se lo enseñó orgullosa al gato. – ¡Mira qué guapo sales! Mañana lo cuelgo en el bus, ¡a ver si aparecen tus dueños! Ay… De pronto se acordó: ¿qué haría con Merlín durante su siguiente turno? ¿Llevarlo? No, distraerse al volante era peligroso. ¿Dejarlo solo? ¡Pobre! Bastante tenía con haberse perdido. Recordó entonces a su vecino del rellano, Kiril: trabaja desde casa, necesita poco más que internet y portátil. Solía cruzárselo cuando bajaba a por comida, siempre despeinado, altísimo, algo torpe, con gafas. Aparentemente capaz de cuidar un gato. Se armó de coraje y llamó a su puerta. Kiril apareció despeinado, en zapatillas y chándal, y la miró extrañado. Le explicó el favor procurando ser persuasiva, pero ni hizo falta insistir: Kiril asintió en silencio y le aceptó la llave de repuesto. Por un momento, a Ana le incomodó que el vecino ni reparara en ella, pero suspiró y fue a llamar a Merlín: – ¡Mish mish! ¡Merlín, dónde estás? El gato estaba junto a la puerta del balcón, señalando que quería salir. Dudó solo un segundo (¿saltaría desde un octavo un gato tan listo?), le abrió y salieron juntos. Merlín brincó ágil al alféizar, Ana dio un grito y corrió a sujetarlo. El gato la miró, orgulloso, volvió la cabeza hacia el cielo y Ana, acariciándolo, miró también… Allí estaban las estrellas. El cielo les devolvía la mirada con mil ojos brillantes. Ana vio una estrella fugaz deslizarse como una lágrima. El gato se restregó con ternura en su mano, como animándola a pedir un deseo. Y ella lo pidió… Se durmió enseguida, sin películas ni libros: tal vez porque le arrullaba el ronroneo del peludo Merlín. Por la mañana, dejando instrucciones a un somnoliento Kiril, se fue a conducir. Todo el día circuló su cartel en el autobús, pero nadie se interesó por el gato hallado. Sintió, un poco avergonzada, que le alegraba. Regresó a casa volando, porque ahora la esperaban allí… La casa olía a café recién hecho; Ana solía tomar del instantáneo, así que notó la diferencia en seguida. – He estado haciendo inventario –confesó Kiril–. Sin ánimo de ofender, pero tu café es un desastre. Traje y preparé del mío. ¿Quieres? – ¡Por supuesto! –sonrió Ana–. ¿Dónde está Merlín? El gato apareció satisfecho, frotándose en la pierna de Ana, en señal de máximo aprecio. – Tu Merlín está bien –dijo Kiril, agachándose a acariciarlo–. Hace tiempo que no disfrutaba tanto. Pensaba trabajar hoy, pero al encender el portátil comprendí que no me apetecía… Recordé que antes escribía cuentos, y los dedos empezaron a teclear solos. Le hice un cuento al gato. – ¿Me lo enseñas? –Ana se interesó. – Es una tontería –dudó Kiril, pero se notaba que le hacía ilusión–. ¿De verdad quieres verlo? – ¡Por supuesto! Me encantan los cuentos. Bueno, la fantasía me apasiona y, al final, viene a ser casi lo mismo –le aseguró con entusiasmo. Naturalmente, Kiril cedió. Después compartieron café y cuento, y Merlín les miraba con condescendencia, como si fueran dos cachorros juguetones. El cuento le gustó mucho a Ana. Cuando Kiril volvió a su casa, se sintió un poco sola… Pero solo un poco, porque aún tenía a su gato. Entonces llamaron a la puerta. Merlín se erizó y caminó muy digno hacia la entrada. Ana preguntó: – ¿Quién es? – Vengo por el anuncio –respondieron al otro lado, y Ana se quedó helada. Por un instante pensó en no abrir, pero no sería honesto. Lo hizo. En el umbral estaba un hombre mayor, alto, de capa negra. Sonreía: – Tranquila, hija. Vengo por el gato, y para que no haya dudas, se llama Merlín. Míralo, aquí está. El gato saltó en brazos del hombre sin dudar, eliminando cualquier sospecha. – Pase… –dijo Ana en voz queda. Sintió ganas de llorar. ¿Cómo se puede encariñar tanto con un gato en un solo día? El hombre entró, olfateó el ambiente y sonrió. Ana tuvo la impresión de que se miraba con el gato. – Invítame a un café –pidió él. Ella preparó el café que había dejado Kiril en una bonita lata. Durante ese tiempo, el hombre y el gato cruzaban miradas de complicidad. – Por cierto –interrumpió el silencio el hombre–, ¿no encontró usted nada más? Las mejillas de Ana se encendieron. Trajo el boleto de lotería y se lo ofreció al hombre, pero él apartó su mano. – Es para ti –sonrió–. – ¡Pero si es suyo! –protestó Ana. – Lo encontraste tú, y Merlín no se opone –insistió sonriendo. – ¿Y si resulta premiado? –dudó ella. – ¿Vas a rechazar la posibilidad de ser un poquito más feliz? –respondió el hombre. Ana bajó la mirada. ¡Justo ese deseo había pedido al ver la estrella fugaz! – Deja que la suerte entre en tu vida, querida –sonrió el hombre–. Y no estés triste. Seguro que volveremos a vernos. Cuando regreses… “¿Regresar de dónde?”, quiso preguntar Ana. Pero el hombre ya salía, cerrando cuidadosamente la puerta. La llave giró sola. Ana se recostó apenas y cayó dormida… Soñó el cuento que escribió Kiril. Hablaba de un poderoso hechicero que solo pensaba en sí mismo y, como castigo, fue convertido en gato. Debía vagar por la tierra con esa forma hasta que su magia se desvaneciera… Por la mañana, fue de nuevo a trabajar, pero sentía que el sol brillaba más, que los pasajeros sonreían, que el autobús iba ligero. Y sí, comprobó el décimo: ni se sorprendió al ver que había ganado un viaje al mar. Mucho más le asombró que su jefe la despidiera diciendo: – Descansa, Ana. Ya era hora. Los hombres se apañan sin ti. Y hubo mar, y estrellas, y una sensación de plena renovación. Regresó feliz, con conchas y ese mar ahora vibrando en su interior. Al abrir su puerta, Kiril salió al rellano, tan alto, despeinado y torpe como siempre. – Vinieron a verte ayer –le dijo–. Me encargaron entregar… –se detuvo, observándola–. Estás distinta. Más guapa. – Gracias –le sonrió Ana–. ¿Qué tenías que darme? Kiril se dio una palmada en la frente y entró. Volvió con un pequeño persa gris en brazos. Tenía esa expresión tan familiar y orgullosa de los persas. – Es hijo de tu gato… bueno, de aquel que encontraste en el bus. Se llama Arturo. El hombre mayor dijo que solo podíamos confiar su crianza a ti… –tartamudeó Kiril–. Bueno, a nosotros. – ¡Miau! –confirmó el cachorro Arturo, alargando la patita hacia su humana. Ana extendió la mano y encontró otra: la de Kiril. Y así, el mundo tuvo un poco más de bondad, calor y sencilla felicidad…

El gato la miraba en silencio con ojos muy abiertos. Suspira, cobrando valor, y Catalina extendió la mano hacia él, con la esperanza de que las mangas de la cazadora de cuero le protegieran los brazos de las garras del peludo polizón

Mi turno estaba a punto de terminar, y yo, Catalina, recorría la parte trasera del autobús con minuciosidad, revisando bajo cada asiento.

Aquel autobús era para mí casi como un hogar. Y en casa, yo siempre había cultivado la limpieza. Tal vez porque nunca había nadie para ensuciar.

Cata, hija, a ti te hace falta un marido me decían las tías, las despachadoras. Que ya casi tienes treinta y aún estás sola. Y encima, este trabajo de conductora… Para esto hay que tener paciencia, y ni los hombres la aguantan con lo mal que a veces se ponen los pasajeros.

A mí me tocan buenos respondía yo, sonriendo, y el trabajo me gusta. Además, un hombre no es ni un gato ni un perro, ¿verdad?

Ellas se miraban entre sí, con ese deje de saber antiguo. Porque estaban seguras de que un marido traería más líos que cualquier animal de compañía.

Entonces, adopta un gato reía una de ellas. Así no estarás tan sola.

Yo suspiraba.

Todavía no se deja les respondía, fingiendo drama. El gato no aparece, tías. Así que me marchaba a mi pequeña vivienda, ponía algo de música, preparaba la cena para una sola y después leía un rato antes de dormirme

Los días eran casi idénticos, como dos gotas de agua. No me gustaban los domingos; entonces tenía demasiado tiempo libre, y me ponía a recorrer la ciudad como pasajera en cualquier autobús.

Me agradaba fingir que viajaba hacia una vida feliz y hermosa, llevada por manos ajenas

Aquel día no era distinto. Al acabar mi turno, me dediqué a dejar el autobús reluciente.

Mirando bajo el último asiento primero me sobresalté. Dos ojos redondos y brillantes me devolvieron la mirada.

¡Eh! ¿Y tú quién eres? ¡Misino, misino! ¿Te has perdido ahí? me agaché, intrigada. ¿Serías tú otro alma extraviada?

El gato no respondió, se limitó a mirarme en silencio.

Suspirando, y armándome de valor, extendí la mano, cruzando los dedos para que la cazadora aguantase un posible arañazo de ese pequeño clandestino.

El gato se dejó coger sin protestar, así que pude observarle mejor.

Era todo un ejemplar.

Yo nunca he entendido de razas, pero su cara algo achatada y aquel pelaje tan denso me hicieron pensar que era un persa. Llevaba un collar con una medallita.

Merlín leí, girándolo suavemente para encontrar el nombre. ¿Será el mismo? ¿El gran mago, el hechicero?

Merlín bostezó, sin negar su ilustre procedencia.

¿Y qué hago contigo, excelencia mágica? me incliné con teatral respeto. ¿Dónde buscamos a tus dueños?

El gato me examinó y volvió a bostezar. Como diciendo: ¿Y yo qué sé? Pero por cierto, no estaría mal un tentempié y una cama confortable.

Entendí que me quedaba una sola opción. Bueno, en realidad dos. Pero, ¿quién dejaría a un peluchón como ese en la calle?

Esta noche duermes en mi casa, y mañana pondré anuncios con tu foto le prometí. Seguro que alguien te busca y estará preocupado.

No hubo protesta por su parte. Pero justo cuando me dirigía a la salida, se revolvió de mis brazos.

¿Qué ocurre? le pregunté, perpleja. Como si fuese adivina de maullidos… El gato se escurrió, volvió bajo el asiento, y apareció de vuelta, llevando algo entre sus dientes.

¿Pero qué tienes ahí? me asomé, curiosa.

Y entonces depositó en mi palma un billete de lotería.

¡Por todos los santos! me maravillé mirando el hallazgo. ¿Tu dueño perdió a la vez el boleto y a tu merced?

El gato me sostuvo la mirada, como diciéndome: “¿No sería mejor ir a casa?.

Así que me apresuré, dándole vueltas a la cabeza sobre si debía o no incluir el billete en el anuncio. ¿Y si alguien malintencionado fingía ser el dueño solo para quedarse con el premio?

Mejor ser astuta. Mientras tanto, debía comprarle una atención a mi invitado.

¿Tienes preferencias? pregunté ya en la tienda, observando la estantería de comida felina.

Merlín olfateó los sobres, luego se inclinó hacia uno, indicando claramente su elección.

¿Seguro? le pregunté por si acaso.

Merlín lo cogió con los dientes, disolviendo cualquier duda.

¡Eres todo un genio! le alabé.

Acompañó la gesta con un sonidito grave, que parecía decir: “Lo sé de sobra”. Tras llenar mi bolsa con su comida y algunos víveres para mí, regresamos al piso.

¡Este es tu momento! le invité al dejarle en el suelo.

No tardó nada en inspeccionar cada rincón de la casa. Mientras, le preparé dos platillos para el agua y la cena; aún no tenía cubiertos de gato.

Cuando terminó de comer, le saqué una foto bonita y preparé el anuncio. Ni mención del nombre ni del billete.

Lo imprimí y se lo enseñé a Merlín.

¡Pero qué guapo sales! le dije contenta. Mañana lo cuelgo en el autobús. ¡Quizá aparezcas a tu dueño! Ay…

De repente me di cuenta: al día siguiente trabajaría todo el día y no podría llevar al gato conmigo.

¿Dejarle solo? Pobre, acabaría angustiado. Pensé entonces en mi vecino Lucas, un muchacho alto, algo torpe y siempre en zapatillas, que trabajaba desde casa con el portátil; ni oficina ni viajes. Solíamos cruzarnos solo cuando le faltaban víveres.

Decidí pedirle el favor, así que me armé de valor y llamé a su puerta. Lucas apareció despeinado y con pantalones de estar por casa. Me miró, extrañado.

Expliqué la situación lo mejor que pude. Apenas hubo que convencerle: asintió en silencio y cogió la llave de repuesto.

Por un segundo me dolió que Lucas no reparara en mí. Suspirando, volví a casa y llamé:

¡Misino! ¡Merlín! ¿Dónde andas?

El gato estaba frente al ventanal del balcón, como si quisiera salir ahí.

Dudé un instante, pero confiando en su sentido común, le abrí la puerta. Salimos juntos. Merlín se subió ágilmente a la barandilla; exclamé y fui a sujetarle.

El gato me miró entre sorprendido y orgulloso, después giró su atención al firmamento. Yo también alcé la vista.

El cielo era un mosaico de ojos brillantes. Vi caer una estrella fugaz, rodando como una lágrima por la noche.

Merlín se restregó contra mi mano, apremiándome a pedir un deseo. Lo hice.

Caí rendida nada más acostarme. Tal vez porque, por primera vez, un gato tan especial como Merlín acunaba mi sueño con su ronroneo.

A la mañana siguiente, tras dejar instrucciones a un somnoliento Lucas, fui al trabajo.

Pasé el día rodando por Madrid con el anuncio del gato. Nadie se interesó. Sentí algo de culpa, pero también una pizca de alivio.

Regresé volando a casa sabiendo que me esperaban

Al abrir la puerta, el aroma a café recién hecho inundaba el piso. Yo solía preparar café soluble, pero Lucas debía de ser exigente.

He tomado la iniciativa me confesó Lucas. No te ofendas, pero tu café es pésimo. Yo he traído el mío. ¿Te apuntas?

¡Claro! contesté animada. ¿Y Merlín?

No tardó el gato en aparecer en el pasillo, satisfecho. Se frotó contra mi pierna con aire magnánimo.

Tu Merlín está tan pancho aseguró Lucas, agachándose a acariciarlo. Hacía mucho que no descansaba así. Pensé que trabajaría, pero empecé a recordar cuando escribía cuentos, y mis manos buscaron el teclado. Le he escrito una historia al gato.

¿Me la enseñas? me intrigó la propuesta.

¡Vaya tontería! titubeó Lucas, pero se notaba que quería compartirla. ¿En serio quieres?

Por supuesto. Adoro los cuentos, bueno, y la fantasía aún más. Y eso le animó.

Nos sentamos a leer y saborear el café. Merlín, desde su cojín, parecía juzgarnos como a dos humanos encantadoramente torpes.

La historia me encantó. Después de marcharse Lucas, sentí algo de vacío. Pero aún tenía compañía

Y entonces sonó el timbre. Merlín se irguió y caminó ceremonioso a la puerta. Pregunté:

¿Quién es?

Por el anuncio respondieron del otro lado, dejándome helada.

Por un momento pensé en no abrir, pero no habría sido justo. Abrí, y ante mí apareció un anciano alto, de capa negra. Sonreía.

Tranquila, niña. Sólo vengo por el gato. Se llama Merlín, y ahí le tienes.

El gato saltó a sus brazos velocísimo. No cabía duda.

Pase, por favor musité, con un nudo en la garganta.

Sentí deseos de llorar. En tan solo un día uno se encariña hasta con un gato perdido. El anciano entró, olfateó el aire, sonrió. Me juraría que intercambió una mirada significativa con Merlín.

¿Me invitarás a un café? pidió.

Preparé el café de Lucas. Gato y anciano charlaban en silencio con miradas cómplices.

Por cierto dijo el viejo de pronto ¿no has encontrado nada más?

Me ruboricé. Fui a por el boleto y se lo tendí, pero él rechazó la mano.

Es tuyo sonrió.

¿Cómo? ¡Pero es suyo! protesté.

Tú lo hallaste, y Merlín no lo discute insistió.

¿Y si es premiado? titubeé.

¿Te vas a negar a ser un poco más feliz? me replicó, guiñándome un ojo.

Bajé la mirada. ¡Pero si ese deseo había pedido la noche anterior!

Deja una puerta abierta a la dicha, niña. Y no estés triste. Seguro que nos vemos cuando regreses…

¿Regrese de dónde? Quise preguntar, pero cuando levanté la vista, el anciano ya se había marchado, cerrando la puerta con delicadeza.

El sueño me sentó pronto, ni supe cómo llegué a la cama Soñé el cuento inventado por Lucas.

Sobre un hechicero que solo pensaba en sí mismo, y cuya magia jamás hizo feliz a otro, así que fue condenado a vivir convertido en gato, hasta que su hechizo se rompiese.

A la mañana siguiente, fui a trabajar una vez más. Pero aquel día el sol era más luminoso, los pasajeros sonreían y el autobús parecía rodar más liviano.

Sí, comprobé el billete y apenas me extrañó ganar un viaje al mar. Me sorprendió más que mi jefe me dijera, con una palmadita:

Ve, disfruta, Cata. Hace tiempo que lo mereces. Los compañeros se apañarán.

Así llegaron el mar, las estrellas, la sensación de comenzar de nuevo.

Volví feliz a casa, con caracolas y un trocito de mar en el alma.

Al abrir la puerta, Lucas salió al rellano, alto y desaliñado.

Han venido a verte ayer me dijo. Traían un recado se detuvo mirándome, y añadió: Estás diferente. Más guapa.

Gracias le respondí, sonriendo. ¿Qué recado era?

Se dio una palmada en la frente y desapareció. Volvió con un pequeño gato gris y peludo en brazos, con una expresión conocida.

Es el hijo de tu gato, bueno, del que apareció en el autobús. Se llama Arturo. El anciano dijo que solo en tus manos se interrumpió titubeando. Bueno, que solo en nuestras manos, confiarían en él.

¿En las nuestras? me sentí emocionada.

Eso dijo.

¡Miau! ratificó el pequeño Arturo, estirando las patitas hacia mí.

Tendí la mano y otra la de Lucas se encontró con la mía. En ese instante, en el mundo hubo un poco más de bondad, de calor, y de sencilla felicidad…

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MagistrUm
El gato la contemplaba en silencio. Inspirando hondo y armándose de valor, Ani se alargó hacia él, confiando en que las mangas de su cazadora de cuero protegerían sus manos de las garras del peludo polizón… El turno terminaba y Ana recorrió el autobús hasta el final, inspeccionando meticulosamente bajo cada asiento. El autobús era para ella como un segundo hogar y, en casa de Ana, siempre reinaba la limpieza. Tal vez porque no había nadie más para ensuciar. – Ana, hija, deberías buscarte un hombre –le decían las tías del control–. Que ya rozas los treinta y sigues sola. Y además, este trabajo tuyo… No es muy de mujeres. ¡Hay cada pasajero que ni los hombres aguantan! – A mí los que me tocan son buenos –contestaba ella–. Además, el trabajo me gusta. Y hombre… Un hombre no se “adopta” como a un gato o un perro, ¿no? Las tías se miraban entre sí: sabían muy bien que un hombre daba mucha más guerra que cualquier bicho de compañía. – Pues adóptate un gato –aconsejaban–. Así no estarás sola. Ana suspiraba. – Por ahora, ni el gato se deja adoptar –respondía a las buenas señoras, y se iba a casa, ponía música, se preparaba la cena, leía y se iba a dormir… Los días eran iguales, como dos gotas de agua. No le gustaban los fines de semana: tenía demasiado tiempo libre y los pasaba viajando de pasajera en algún autobús ajeno, dejándose llevar, soñando que alguien la conducía hacia una vida bonita y feliz… Aquel día no era distinto. Al terminar el turno, Ana inspeccionó el salón y se dispuso a limpiar. Al mirar bajo el asiento trasero, dio un respingo: dos ojos brillantes la observaban fijamente. – ¿Eh, tú quién eres? ¡Mish, mish, mish! ¿Cómo has llegado ahí? –Ana se agachó, intrigada–. ¿Te has perdido? El gato la miraba en silencio. Suspirando, armándose de valor, Ana se atrevió a buscarlo, confiando en que las mangas de su cazadora de cuero la protegerían de las zarpas del esponjoso polizón. El gato se dejó sacar y Ana pudo examinarlo mejor. Era un ejemplar magnífico. No entendía mucho de razas, pero la forma del hocico y el pelaje decían que era un persa. Llevaba collar y medallón. – “Merlín” –leyó ella, girándolo en sus manos–. ¿Será posible? ¿Un mago y hechicero en persona? El gato bostezó, como si aprobara la sospecha. – ¿Y qué hacemos contigo, su señoría mágica? –decidió Ana adoptando un tono cortes–. ¿Por dónde buscamos a tus dueños? El gato la miró con otro bostezo expresivo, señalando que tenía hambre y ganas de dormir. Ana entendió que no tenía más remedio. Bueno, realmente dos opciones, pero ¿quién iba a dejar a un polizón así en la calle? – Está bien –dijo resuelta–. Hoy duermes en casa, mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que alguien te busca. El gato no objetó. Aunque en cuanto Ana se dirigió a la salida, él se zafó, volvió bajo el asiento y regresó con algo entre los dientes. – ¿Qué traes ahí? –Ana se agachó atenta. El gato dejó caer un boleto de lotería en sus manos. – ¡Vaya! –exclamó, sorprendida–. Así que tu dueño pierde el gato y el boleto… El gato la urgió a irse a casa ya. Ana corrió, dándole vueltas a si mencionaba la lotería en el cartel. ¡Y si alguien fingía ser el dueño para quedarse con el décimo! Mejor ser astuta. Aunque antes: provisiones para el invitado. – ¿Qué te apetece tomar? –preguntó Ana en el súper, perdida entre los sobres de comida gatuna. Merlín olfateó, se decidió y le indicó uno. – ¿Este seguro? –ella preguntó. Merlín lo sujetó con los dientes. No hubo duda. – ¡Qué listo eres! –le halagó Ana. Merlín maulló algo muy parecido a: “¡Ya lo sé!” Después Ana preparó la cena—dos platitos improvisados—, fotografió a Merlín y redactó un cartel, sin detalles de nombre ni lotería. Lo imprimió y se lo enseñó orgullosa al gato. – ¡Mira qué guapo sales! Mañana lo cuelgo en el bus, ¡a ver si aparecen tus dueños! Ay… De pronto se acordó: ¿qué haría con Merlín durante su siguiente turno? ¿Llevarlo? No, distraerse al volante era peligroso. ¿Dejarlo solo? ¡Pobre! Bastante tenía con haberse perdido. Recordó entonces a su vecino del rellano, Kiril: trabaja desde casa, necesita poco más que internet y portátil. Solía cruzárselo cuando bajaba a por comida, siempre despeinado, altísimo, algo torpe, con gafas. Aparentemente capaz de cuidar un gato. Se armó de coraje y llamó a su puerta. Kiril apareció despeinado, en zapatillas y chándal, y la miró extrañado. Le explicó el favor procurando ser persuasiva, pero ni hizo falta insistir: Kiril asintió en silencio y le aceptó la llave de repuesto. Por un momento, a Ana le incomodó que el vecino ni reparara en ella, pero suspiró y fue a llamar a Merlín: – ¡Mish mish! ¡Merlín, dónde estás? El gato estaba junto a la puerta del balcón, señalando que quería salir. Dudó solo un segundo (¿saltaría desde un octavo un gato tan listo?), le abrió y salieron juntos. Merlín brincó ágil al alféizar, Ana dio un grito y corrió a sujetarlo. El gato la miró, orgulloso, volvió la cabeza hacia el cielo y Ana, acariciándolo, miró también… Allí estaban las estrellas. El cielo les devolvía la mirada con mil ojos brillantes. Ana vio una estrella fugaz deslizarse como una lágrima. El gato se restregó con ternura en su mano, como animándola a pedir un deseo. Y ella lo pidió… Se durmió enseguida, sin películas ni libros: tal vez porque le arrullaba el ronroneo del peludo Merlín. Por la mañana, dejando instrucciones a un somnoliento Kiril, se fue a conducir. Todo el día circuló su cartel en el autobús, pero nadie se interesó por el gato hallado. Sintió, un poco avergonzada, que le alegraba. Regresó a casa volando, porque ahora la esperaban allí… La casa olía a café recién hecho; Ana solía tomar del instantáneo, así que notó la diferencia en seguida. – He estado haciendo inventario –confesó Kiril–. Sin ánimo de ofender, pero tu café es un desastre. Traje y preparé del mío. ¿Quieres? – ¡Por supuesto! –sonrió Ana–. ¿Dónde está Merlín? El gato apareció satisfecho, frotándose en la pierna de Ana, en señal de máximo aprecio. – Tu Merlín está bien –dijo Kiril, agachándose a acariciarlo–. Hace tiempo que no disfrutaba tanto. Pensaba trabajar hoy, pero al encender el portátil comprendí que no me apetecía… Recordé que antes escribía cuentos, y los dedos empezaron a teclear solos. Le hice un cuento al gato. – ¿Me lo enseñas? –Ana se interesó. – Es una tontería –dudó Kiril, pero se notaba que le hacía ilusión–. ¿De verdad quieres verlo? – ¡Por supuesto! Me encantan los cuentos. Bueno, la fantasía me apasiona y, al final, viene a ser casi lo mismo –le aseguró con entusiasmo. Naturalmente, Kiril cedió. Después compartieron café y cuento, y Merlín les miraba con condescendencia, como si fueran dos cachorros juguetones. El cuento le gustó mucho a Ana. Cuando Kiril volvió a su casa, se sintió un poco sola… Pero solo un poco, porque aún tenía a su gato. Entonces llamaron a la puerta. Merlín se erizó y caminó muy digno hacia la entrada. Ana preguntó: – ¿Quién es? – Vengo por el anuncio –respondieron al otro lado, y Ana se quedó helada. Por un instante pensó en no abrir, pero no sería honesto. Lo hizo. En el umbral estaba un hombre mayor, alto, de capa negra. Sonreía: – Tranquila, hija. Vengo por el gato, y para que no haya dudas, se llama Merlín. Míralo, aquí está. El gato saltó en brazos del hombre sin dudar, eliminando cualquier sospecha. – Pase… –dijo Ana en voz queda. Sintió ganas de llorar. ¿Cómo se puede encariñar tanto con un gato en un solo día? El hombre entró, olfateó el ambiente y sonrió. Ana tuvo la impresión de que se miraba con el gato. – Invítame a un café –pidió él. Ella preparó el café que había dejado Kiril en una bonita lata. Durante ese tiempo, el hombre y el gato cruzaban miradas de complicidad. – Por cierto –interrumpió el silencio el hombre–, ¿no encontró usted nada más? Las mejillas de Ana se encendieron. Trajo el boleto de lotería y se lo ofreció al hombre, pero él apartó su mano. – Es para ti –sonrió–. – ¡Pero si es suyo! –protestó Ana. – Lo encontraste tú, y Merlín no se opone –insistió sonriendo. – ¿Y si resulta premiado? –dudó ella. – ¿Vas a rechazar la posibilidad de ser un poquito más feliz? –respondió el hombre. Ana bajó la mirada. ¡Justo ese deseo había pedido al ver la estrella fugaz! – Deja que la suerte entre en tu vida, querida –sonrió el hombre–. Y no estés triste. Seguro que volveremos a vernos. Cuando regreses… “¿Regresar de dónde?”, quiso preguntar Ana. Pero el hombre ya salía, cerrando cuidadosamente la puerta. La llave giró sola. Ana se recostó apenas y cayó dormida… Soñó el cuento que escribió Kiril. Hablaba de un poderoso hechicero que solo pensaba en sí mismo y, como castigo, fue convertido en gato. Debía vagar por la tierra con esa forma hasta que su magia se desvaneciera… Por la mañana, fue de nuevo a trabajar, pero sentía que el sol brillaba más, que los pasajeros sonreían, que el autobús iba ligero. Y sí, comprobó el décimo: ni se sorprendió al ver que había ganado un viaje al mar. Mucho más le asombró que su jefe la despidiera diciendo: – Descansa, Ana. Ya era hora. Los hombres se apañan sin ti. Y hubo mar, y estrellas, y una sensación de plena renovación. Regresó feliz, con conchas y ese mar ahora vibrando en su interior. Al abrir su puerta, Kiril salió al rellano, tan alto, despeinado y torpe como siempre. – Vinieron a verte ayer –le dijo–. Me encargaron entregar… –se detuvo, observándola–. Estás distinta. Más guapa. – Gracias –le sonrió Ana–. ¿Qué tenías que darme? Kiril se dio una palmada en la frente y entró. Volvió con un pequeño persa gris en brazos. Tenía esa expresión tan familiar y orgullosa de los persas. – Es hijo de tu gato… bueno, de aquel que encontraste en el bus. Se llama Arturo. El hombre mayor dijo que solo podíamos confiar su crianza a ti… –tartamudeó Kiril–. Bueno, a nosotros. – ¡Miau! –confirmó el cachorro Arturo, alargando la patita hacia su humana. Ana extendió la mano y encontró otra: la de Kiril. Y así, el mundo tuvo un poco más de bondad, calor y sencilla felicidad…