Diario, miércoles.
Anoche, el gato durmió pegado a mi mujer. Apoyaba bien la espalda en ella y a mí me empujaba con las cuatro patas, como si le molestara mi mera presencia en la cama. Por la mañana me miraba altivo, burlándose, con ese gesto tan suyo. Yo me quejaba en voz alta, pero de poco servía. Él, Mimilo, es el mimado de la casa. Un encanto, un sol, según Clara. Ella se reía a carcajadas, pero yo no le encontraba la gracia.
A ese “sol” suyo le cocinan pescadito, le quitan las espinas una a una y le preparan el pellejito crujiente en una pequeña montañita junto a los trozos jugosos, todavía humeantes, en su platito. Yo, a cambio, recibo las sobras, los trozos que él desprecia. Siempre igual, se burla de mí cada vez que puede. Y yo, claro, intento vengarme. De vez en cuando lo aparto suavemente del plato o, de un empujón, lo bajo del sofá. La guerra en casa, vaya.
No contento con eso, Mimilo suele preparar sorpresas en mis zapatillas o dentro de mis zapatos. Clara se ríe y no deja de decirme:
Por algo será, por intentar fastidiarle
Y le acaricia la cabeza como a un rey. El gato, gris y con esa mirada de superioridad, me observa desde las alturas. Yo sólo puedo suspirar. ¿Qué voy a hacer? Mi mujer es única y no hay más que hablar. Así que me resigno.
Pero esta mañana… Esta mañana, mientras me preparaba para salir al trabajo, escuché un grito desgarrador de Clara desde el recibidor. Corriendo llegué para presenciar un espectáculo: seis kilos de pelo erizado, garras y un humor infernal se abalanzaban sobre Clara como un toro ante el capote rojo. Al verme, la fiera saltó a mi pecho con tal fuerza que salí disparado y acabé en el suelo del pasillo. Me levanté como pude, agarré una silla como un torero con su escudo y tiré de Clara hacia el dormitorio. El gato saltó detrás, chocó con la pata de la silla, y se escuchó un chillido espantoso.
Sin embargo, no se rindió. Persistió en el ataque hasta que conseguimos cerrar la puerta de golpe, dejándolo fuera con sus bufidos. Dentro, nos curábamos las decenas de arañazos con alcohol y yodo del botiquín, mientras Clara llamaba al trabajo para explicar que nuestro gato se había vuelto loco y ahora en vez de a la oficina, tendríamos que ir al hospital. Después repetí la historia palabra por palabra a mi jefe. Y entonces…
La tierra tembló. El edificio entero se sacudió, las ventanas de la cocina saltaron en pedazos y el ventanal del baño se rajó de punta a punta. Se me cayó el móvil de las manos. De pronto, silencio absoluto. Olvidamos al gato y salimos disparados hacia la cocina a mirar por la ventana.
Delante del edificio había un enorme cráter. Por todas partes, trozos de vehículos volando aquí y allá. Era la furgoneta pequeña del vecino Jacinto, la que funcionaba con gas y que probablemente estalló por los depósitos. Coches volcados en la plaza, ruedas girando en el aire como tortugas patas arriba. Y al fondo, las sirenas de la policía y las ambulancias cortaban el silencio.
Clara y yo, atónitos, nos miramos y luego al gato. Estaba en una esquina, encogido, sujetándose con la patita delantera derecha rota contra el pecho, llorando sin apenas emitir sonido.
Clara lanzó un grito, corrió a Mimilo y lo estrechó contra su pecho, tierna y preocupada. Yo, sin pensar, cogí las llaves del coche. Bajamos los siete pisos de un tirón, saltando escalones, sin usar el ascensor. No dijimos palabra.
Perdón a quienes sufrieron con la explosión, pero nuestro herido era otro.
Por suerte, el coche estaba a salvo detrás del edificio. Nos montamos y salimos disparados hacia la clínica veterinaria de confianza. Sentía un nudo en el estómago, como si mil gatos rasgaran por dentro, mientras por la radio sonaba la melodía melancólica de Dos en un café de Emilio Aragón, para colmo.
Una hora más tarde, Clara salía del veterinario llevando su tesoro en brazos. Mimilo, dentro de su transportín, mostraba orgulloso la pata vendada. Cuando los demás en la sala se enteraron de lo que le había pasado, se levantaron para acariciarlo.
Ya en casa, Clara preparó el plato de pescado favorito del gato, con su ritual de retirar espinas y colocar la piel crujiente en una pequeña montañita. A mí, de nuevo, me tocaron las sobras.
Mimilo avanzó cojeando a su cuenco, mirándome de reojo entre el dolor y la altivez. Quiso poner cara de desprecio, pero sólo logró una mueca de dolor.
Yo, ocupado con mis propios pensamientos, terminé lo mío y me acerqué a su cuenco. Coloqué mi parte, limpia de espinas, junto a la suya.
El gato me miró, sorprendido, sin comprender. Recogió la patita herida contra el pecho y maulló bajito, preguntando por qué.
Lo tomé en brazos y, acercándolo a mi cara, le susurré:
A lo mejor no soy el hombre más afortunado. Pero, con una mujer y un gato como vosotros, soy el hombre más feliz del mundo.
Y le di un beso en el hocico.
Mimilo ronroneó y me dio un topetazo en la mejilla con su gran cabeza peluda. Lo dejé en el suelo y, aunque le dolía, empezó a comer su pescado. Clara y yo nos abrazamos y lo observamos con la sonrisa más tonta y feliz del mundo.
Desde aquella mañana, el gato duerme sólo conmigo. Me mira a la cara cada noche y yo sólo pido una cosa a Dios:
Que me conceda todos los años posibles para ver a Clara y a Mimilo a mi lado.
No necesito nada más.
De verdad.
Porque eso, eso es la verdadera felicidad.







