El gatito de cristal
Tres hermanas sentadas junto a la ventana
Mamá, ¿eso no es como vosotras? ¿Verdad?
Vera suspira.
Casi. ¿Vas a dormir de una vez? Tengo que trabajar todavía. Si no, mañana te vas a estar durmiendo en la fiesta.
¡Ay! ¡Ya, ya duermo! Polina se enrosca bajo el edredón, pero enseguida vuelve a asomar su naricilla traviesa. ¿Habrá globos? ¿Y vendrá Manuela? ¿Y?
Vera coge a la niña, la envuelve bien en la manta y la llena de besos, ignorando sus quejas.
A dormir, ¡venga! ¡Mañana lo sabrás todo!
Se levanta, le pone en las manos a Polina su oso de peluche favorito y sale de la habitación, dejando encendida la lamparita de noche. Polina sigue teniendo miedo a la oscuridad, así que Vera cuida de que haya luz en toda la casa.
Baja las escaleras, entorna la puerta de la cocina y enciende el ordenador portátil. Tiene mucho trabajo pero, durante un par de minutos, permanece en silencio para ordenar sus pensamientos. Mañana le espera un día complicado. No solo porque es el cumpleaños de Polina y hay que organizar todo, algo que, en realidad, a Vera le da alegría, porque le encantan las celebraciones, sobre todo si son por su hija Pero también vienen los familiares, y eso ya no hace tanta gracia. Vera sacude la cabeza con resolución y se dispone a preparar una taza de té. Basta. Los problemas se resuelven cuando aparecen. Ahora lo más urgente es el informe anual que no puede esperar. Deja el té al lado del portátil y saca la carpeta de papeles de su bolso. Cuánto agradece haber hecho caso a su abuela y estudiar contabilidad. De haber seguido con su idea inicial de estudiar oceanografía, seguramente su vida ahora sería mucho más romántica, pero quién sabe si habría tenido tanta estabilidad. Cierra los ojos unos segundos, imagina el mar y sonríe. Pronto se irán de vacaciones, si no surge otro imprevisto. Suspira, abre los ojos y se pone a trabajar.
Verónica nació en la familia de Lidia y Fernando Quiñones. Era una niña muy esperada, y todos la recibieron con los brazos abiertos. Las abuelas celebraban, los padres no podían dejar de admirar a su preciosa hija de mejillas sonrosadas.
¡Hay que tener otro enseguida! decían las abuelas. ¡Que tenga con quien jugar!
Lidia lo medita y poco después nace Adriana, con muy poca diferencia de edad con Vera. De pequeñas eran inseparables y siempre andaban compitiendo, pero sin peleas. Todo lo contrario: intentaban superar a la otra, alegrándose por los éxitos y brindando apoyo cuando hacía falta. Lidia vigilaba que no discutieran, siempre repitiendo que no había personas más cercanas para ellas.
Logró que las pusieran en el mismo curso en el colegio; así, en el primer día de clase, sentadas juntas, jugaban a tocarse los zapatos nuevos por debajo de la mesa. Estoy aquí, no tengas miedo, susurraba la actitud de Vera, siempre tan responsable. Adriana era más distraída; a veces dejaba a medias los deberes para asomarse a la ventana y contar pájaros. Vera, en cambio, no se levantaba de la mesa hasta terminarlo todo.
¿Vero, tienes tu cuaderno? ¿Ya has hecho mates? Déjame, que lo copio y vamos a la plaza.
¡Hazlo tú! Vera retiraba el cuaderno. Después, en el examen, nos separan y no sabes nada. ¿Te ayudo a entenderlo?
Adriana bufaba y simulaba enfadarse, pero enseguida volvía a la carga para ir a patinar o dar de comer a los patos en el lago.
En sexto de primaria llegó la benjamina, Lucía. Lidia ya no pensaba tener más hijos y la noticia no le hizo mucha gracia.
¡Otra vez todo desde el principio! Estoy cansada, Fernando
Pero Lidia, ahora tienes dos ayudantes, podemos con todo. Igual es un niño, ¡qué ilusión!
No hubo sorpresa. Lucía fue una niña escandalosa y exigente, nada que ver con sus hermanas mayores, lo que desconcierta un poco a Lidia. Pronto, Vera y Adriana se dan cuenta de que Lucía es quien decide en casa.
Lidia nota claramente la diferencia de cuidar a una peque con más experiencia y menos presión. Esta vez puede disfrutar la maternidad. Sin querer, aparta a las mayores, ocupándose sobre todo de Lucía. Cuando se da cuenta de la rivalidad que surgen entre las tres, ya es tarde.
El gato negro tenía nombre: Sergio. Vivía en el barrio y hasta los dieciséis años de Vera ninguna le hizo caso. Un día, a la salida del entrenamiento, Sergio la para.
Vero, espera, un momento. Él se muestra inseguro, dudando en expresar lo que siente.
Vera le mira, sonríe de forma suave y responde:
Tengo prisa, mi madre me espera. A las seis en la plaza.
Sergio se ilumina y asiente.
Me gustas.
Eso ya lo sé. Su risa suena como una campanilla bajo los tilos, y sale corriendo.
¿A quién contarle lo que le pasa? La emoción de un primer suspiro, esa sensación nueva de tener a alguien cercano. La primera cita, ese no saber qué hacer con las manos, el primer beso, dulce y temido Vera acaba confiándose a Adriana, aunque no al principio. Al notar un cambio, su hermana le sonsaca la verdad sobre Sergio.
Después, ni ella sabe por qué, a Adriana también le atrae Sergio. Ni la gustaba, pero de repente quiere llamar su atención.
Vera al principio no entiende nada, pero todo estalla cuando las ve besándose en el parque. Sin decir palabra, sigue de largo y sube a casa, encerrándose en el cuarto, ajena a los gritos indignados de Lucía tras la puerta.
¡Vera! ¿A qué vienen esos numeritos? ¡Deja entrar a Lucía! Lidia llama indignada.
Vera abre la puerta a regañadientes. Cuando Lidia la ve, le da un vuelco el corazón.
¿Qué ha pasado, hija? casi solloza.
Mamá, duele. ¿Por qué? ¿Por qué me ha hecho esto Adriana?
Cuando lo entiende, Lidia la abraza.
Mi niña ¿Quieres que te ayude?
Vera mira la ventana en silencio, incapaz de explicarse ese dolor por dentro.
Ayúdame a recoger mis cosas, por favor. Quiero irme a casa de la abuela. Aquí no puedo quedarme.
Adriana entra, sonrojada por el frío, y se cruza con Vera con la maleta hecha.
¡Eh! ¿A dónde vas?
Vera la aparta y, sin volverse, se va para no regresar jamás. Lidia, secándose las lágrimas, abofetea a Adriana.
¿Cómo has sido capaz?
Adriana, llevándose la mano a la mejilla, ve a su madre marcharse con Lucía, cerrando de golpe la puerta, haciendo que los colgantes de la lámpara de cristal tintineen.
En los Quiñones nadie sabe guardar rencor mucho tiempo. Pasan unas semanas y Lidia empieza a hablar a Adriana. Vera necesitará más de dos años para volver a dirigirse a su hermana. Quizás nunca hubiera querido verla más, si Lidia no hubiera enfermado. Las hermanas deben unirse para ganarle la batalla a la enfermedad.
Perdóname Adriana mira al suelo y sus manos tiemblan.
Están en el jardín del hospital, esperando el final de la cirugía.
Agua pasadadice Vera.
Adriana entiende entonces que tal vez Vera la perdona, pero no lo podrá olvidar jamás.
Le entrega la mano, sujetando la muñeca de Vera, sorprendida de cómo responde el gesto. Vera no la retira ni la rechaza, pero no la devuelve. Permanecen juntas en silencio hasta que Fernando sale y anuncia que todo salió bien, solo toca esperar.
Se reparten el tiempo para ayudar en casa y cuidar de Lucía, y Vera se da cuenta de lo caprichosa y rebelde que es la pequeña. No reconoce autoridad, hace siempre lo que quiere, y nadie puede con ella.
Lidia recupera la salud y la vida separa a las hermanas. Vera se muda a Valladolid para cuidar a su abuela paterna, y allí se queda. Olga fallece solo un año después de que ella llegara, dejando a Vera su amplio piso.
Haz tu vida, pequeña. Toma tus propias decisiones. A veces, la propia familia te puede dar la espalda.
Vera esboza una sonrisa triste. No hace falta explicaciones. No comparte con la abuela los detalles de su vida privada.
Con el tiempo se casa, sin invitar a nadie. Ni siquiera hubo boda: fue sólo firmar ante notario con su pareja, Andrés. Él no tenía familia, y Vera no quiso que la suya estuviera.
El matrimonio es sereno y feliz, salvo por un detalle: no pueden tener hijos. Ambos lo desean pero no llega, los médicos no encuentran motivo.
¡Pues esperaremos! dice optimista Vera.
Pasan los años, piensan en adoptar, pero la vida sigue su propio camino.
Durante este tiempo, Vera mantiene poco contacto con su familia, más bien por cartas o felicitaciones. Un par de visitas con Andrés a casa de sus padres basta para que Vera decida marcar distanciasu madre nunca acepta a Andrés.
Es mi elección, mamá. Tendrás que respetarlo.
Verónica, hija, con lo inteligente y guapa que eres podrías haber encontrado a cualquiera
Vera no se ve capaz de explicar que Andrés es el mejor hombre para ella. Es fácil, tranquila, y ni el hecho de que Vera sea la jefa de contabilidad en una gran empresa y él sea conductor provoca problemas. Son felices. Si Vera enferma, Andrés la cuida como si fuera un tesoro. Cocina, limpia, nunca protestando.
¡Qué suerte has tenido, oye! resopla Adriana, mientras persigue a su hijo mayor con la pequeña a cuestas. Ojalá el mío me ayudase tanto Yo todo sola, y él solo sabe quejarse.
Vera sabe que su hermana exagera, pero la suya parece una familia contenta. No se puede decir lo mismo de Lucía.
Lucía destaca por su belleza, opacando incluso a sus hermanas, y sabe que todos la consideran una reina.
¡Lucy es nuestra reina! afirma Lidia mirando orgullosa a su hija, que pasa olímpicamente de ayudar y se larga después de recibir todos los elogios en las reuniones familiares.
Al terminar el instituto, Lucía lo deja claro:
¡Seré modelo!
Pero no cuenta con que la vida de modelo es dura y exigente. Al poco, aburrida, conoce a un empresario mayor, con familia y dos hijos, pero no le importa. Ante el intento de su madre por hacerla entrar en razón, Lucía corta:
No os metáis en mi vida. Haré lo que quiera.
Quiere muchas cosas, pero logra poco. Al quedar embarazada, cree que logrará atar a su pareja, pero no. Llega a buscar a la esposa de su amante, quien, lejos de alterarse, la mira despectiva:
Chica, como tú ha habido muchas y habrá más. Yo soy su mujer, a mí no me dejará.
¿Tan segura estás?
Por supuesto. ¿Te crees la primera que viene con este numerito? Anda…
¡Pero voy a tener un hijo!
Hijos, él tiene los suyos de su esposa. Tú, si quieres, tenlo, pero que sepas que legalmente no cuentas. Te lo digo como abogada.
Fin de la conversación. Lucía revienta de indignación esperando a su novio, pero cuando llega la respuesta es más dura aún.
Resuelve tus problemas sola. Te pasaré una pensión y tendrás pisos, pero no te acerques ni al niño ni a mi familia.
Lucía se queda mirando la puerta cerrada, sin entender cómo puede estar pasándole esto a ella, que siempre ha conseguido todo lo que quiere. Y ahora
Absorbida en su drama, deja pasar el tiempo y nace Polina. Tras la salida del hospital, Lidia se hace cargo de la niña. Lucía pasa de la obsesión absoluta a desaparecer días enteros, y sus padres no saben qué hacer. Llega el día en que reciben la peor noticia: Lucía muere en un accidente tras una fiesta. Al enterarse, a Lidia se le hunde la vida. Deja de cuidar incluso a Polina. Fernando intenta llevar la casa, pero necesita ayuda y se la pide a Adriana, que se niega:
Ya tengo yo bastante, papá. No puedo más
Así que llama a Vera. Ella no lo duda, pide la baja en el trabajo y vuelve. En un mes, tramita los papeles y se lleva a su sobrina con ella a Valladolid. Sólo sus padres y Adriana saben que Polina en realidad no es su hija. Andrés, mientras tanto, ha vendido su piso y apura las obras de su nueva casa.
¡Andrés, eres un sol! ¡Tal como yo lo quería! Vera pasea por la casa imaginando una nueva vida.
La pequeña Polina trae a la pareja la alegría y la plenitud que les faltaba. Es vivaracha, despierta y ruidosa como una campana. Nueve años pasan volando.
Durante este tiempo, Vera apenas trata con la familia. Solo se ven en celebraciones, donde Vera se siente observada al milímetro. Lidia, destrozada por la pérdida de Lucía, está inaguantable.
A ti te la han confiado, ya veremos cómo lo haces. Te la llevaste cuando podías quedarte cerca de tu madre
Vera intenta ignorar los reproches y compadece a Lidia. Sabe que, aunque duela, la partida de ella o de Adriana no le hubiera dolido igual; lo de Lucía fue distinto.
Lidia mira a Polina, tan parecida a su madre, y se ablanda:
Qué bonita está esta niña se limpia una lágrima y mira seria a Vera. No la aprietes demasiado… deja que sea feliz.
Vera busca la mirada de Andrés, pidiendo silencio ante las palabras que ambos muerden.
Déjalo susurra, y la tempestad no estalla.
Pero, Vero ¿no sería mejor dejarlo claro de una vez por todas?
No lo sé, Andrés me da pena mamá. Toda esa rabia viene del dolor.
Pero, ¿por qué tienes que aguantarlo tú? Andrés la abraza.
Quizá porque soy la que está. Y nadie más puede.
¿Y si intenta decirle algo a Polina?
No creo. No haría daño a la hija de Lucía.
Y lleva razón. Lidia lanza su dolor sobre Vera, pero guarda silencio con su nieta. Sabe que la niña es feliz, y aunque le duele que llame mamá a Vera, calla para no herirla.
Vera apaga el portátil y se estira. ¡Madre mía, ya es medianoche! Acaba el té frío y se asoma a la ventana. Qué pena que no esté Andrés. El viaje de trabajo ha caído en mal momento, pero al menos mañana estará de vuelta, aunque llegue tarde. ¿Qué regalo traerá para Polina? Se lo guarda como sorpresa.
¡Ya lo verás! Os gustará es todo lo que le dijo.
Vera se deja llevar por la felicidad y se va a dormir.
¡Mamá, es mi cumpleaños! Polina salta a la cama y llena de besos a Vera. ¡Y el tuyo, porque me tienes!
¡Gracias! la abraza y la mira a los ojos. ¡Feliz cumpleaños, mi niña, que seas sana y feliz!
Polina se acurruca, olisqueando el cuello de su madre.
¿Ya soy mayor?
¡Claro! ¡Diez años! Pero ¿sabes qué?
¿Qué?
Para mí sigues siendo un poco pequeña. Vera le guiña el ojo y Polina se ríe.
¡Mejor! ¡A los pequeños todos les quieren!
¿A que sí? ¿Quién aquí no te quiere, dime?
Vera la hace cosquillas hasta hacerla chillar.
¡Vale! Hora de los regalos. Vera abre la mesilla y saca una cajita. Toma, pero con mucho cuidado.
Polina la abre lentamente.
Mamámira a Vera sonriendo. ¡Es ese!
El mismo asiente Vera.
Polina saca con devoción el pequeño gatito de cristal. Sabe que una vez se lo regalaron a Vera.
¿Te lo dio el abuelo, verdad?
Así es.
¡Gracias! ¡Siempre quise que fuera mío! acaricia las orejitas del gato. Mamá, pero yo soy tu única hija…
Vera sonríe y Polina le busca las miradas.
¿Verdad? susurra. Vera asiente y Polina brinca por la habitación chillando. ¡Voy a ser hermana mayor! ¡Mamá, dime, quién?
Aún es pronto, cariño.
Vera observa a Polina saltar y, sin saber por qué, le entran ganas de llorar. ¡Cuántos años esperando este momento!
Polina se para, la mira y dice:
¡Es el mejor regalo que podías darme!
Vera se levanta y le da una caja enorme.
Esto también es para ti.
El vestido nuevo fascina a Polina. Mientras gira frente al espejo, pregunta:
¿A qué hora vienen todos?
Vera mira el reloj y se le escapa un ¡ay!
¡Nos hemos dormido! ¡Rápido, Polina!
Pero lo consiguen. Y al mediodía, la niña ya recibe a los invitados, alegrando a todos con su risa.
¿Qué tal vais? Lidia se sienta despacio y mira seria a su hija.
Todo bien, mamá. Polina ha acabado con sobresaliente. Y también en música. Todo alegría.
Pues valórala. Es un regalo.
Vera suspira. Cada vez le cuesta más hablar con su madre, pero por suerte llega Adriana y cambian de tema. Hablan de los niños, del marido; Vera asiente mientras piensa en otra cosa y se alegra al saber que Milagros, la hija mayor de Adriana, terminó el curso con notas excelentes y que Víctor ganó el campeonato infantil de boxeo.
El grito de Polina sorprende a todos y Vera corre al cuarto. Al entrar, encuentra a su hija llorando desconsolada con el vestido manchado. Vera la abraza.
¡Adriana! ¡Botiquín! ¡Rápido! Gasas…
Todos se movilizan, menos Milagros, que mira con rencor a Polina desde el rincón.
Polina, ¿qué ha pasado? Vera la mira preocupada.
Todo es mentira. ¡Miente!
¿Quién miente? Vera intenta entender.
Las heridas son superficiales. Tras curarla y cambiarla de ropa, se la lleva al dormitorio, sentándola en las rodillas.
¿Me cuentas qué ha pasado?
Polina guarda silencio, pegada al pecho materno, pero al cabo levanta la vista con los mismos ojos grises de Vera.





