Durante el fin de semana, invité a mis amigas del instituto a mi nueva casa en las afueras de Salamanca. Sentía una extraña emoción saltando como peces en un charco verde. Me costó diez años de jornadas infinitas, ningún descanso, los veranos siempre oliendo a sudor y gasolina de mi viejo SEAT Ibiza pero al fin lo había logrado.
Encendí la barbacoa, llené la nevera de Estrella Galicia y preparé ensaladilla rusa, tal como recordaba que les gustaba. Al llegar, pensé que compartiríamos un brindis de alegría. Sin embargo, el aire parecía denso y gris como una tarde de niebla espesa en la sierra.
Mientras les enseñaba la casa, ningún ¡enhorabuena! flotó entre nosotras, sólo preguntas y frases disonantes:
Vaya, está bastante lejos. ¿No te harta el tráfico de la autovía cada mañana?
El patio es minúsculo. En mi piso de alquiler en Madrid al menos tenemos terraza comunitaria. Qué pena que aquí no quepa ni una piscina hinchable.
Espero que no te echen del trabajo, porque esta hipoteca en euros debe de ser un buen peso encima.
Comieron y bebieron con gestos mecánicos, y al poco tiempo se marcharon, dejando el salón tan silencioso como una iglesia vacía en agosto. Al cerrar la puerta sentí un hueco helado dentro, como si me hubieran robado algo invisible. Me inundó una culpa absurda por haber conseguido lo que tanto perseguí.
Al día siguiente, llamé a mi padre, que siempre habla con la cadencia paciente de los hombres que han cruzado demasiadas mareas. Se rió suavemente y me contó un dicho que cambió mi manera de mirar a la gente:
Hijo, ¿has visto alguna vez centollos en una cesta? Cuando uno intenta salir, los demás le agarran para bajarlo otra vez. Ninguno deja escapar al que intenta trepar hacia arriba.
Entonces todo se volvió claro en el extraño sueño que era ese día.
Mis viejas amigas no eran malas personas. Simplemente, mi avance les devolvía el reflejo de su propio letargo. Mi nueva casa no era motivo de celebración para ellas, era un espejo incómodo de lo que todavía no han construido.
Una semana después invité a Germán, a quien conocí hace dos años en un negocio en Valencia. No era amigo de infancia, sólo alguien con quien coincidí en este viaje. Germán, el que con su corbata deshecha y sus manos siempre llenas de ideas, tiene tres veces más dinero que yo. Al entrar, sus ojos relampaguearon y me estrechó en un abrazo tan fuerte que casi me deja sin aire.
¡Ole tú, Lucía! ¡Lo conseguiste! Espectacular, de verdad. Cuéntame luego cómo cerraste la hipoteca, que eso tiene que tener trampa de la buena.
Germán no sintió envidia.
Sintió inspiración.
La verdad brutal se reveló clara como las sombras en la Plaza Mayor al atardecer:
Ten cuidado con las personas que no aplauden cuando alcanzas algo. Hay quienes te quieren, pero sólo te quieren si no te mueves de su misma sombra. Tu crecimiento les perturba porque les obliga a ver lo que no se atreven. Al avanzar, a veces los amigos se quedan atrás. Ese es el peaje del éxito.
No cargues esas piedras de culpa.
No has perdido amigas: te has liberado del lastre.
Quédate con los que bailan en tu luz, porque su luz propia es tan brillante que tu resplandor no les quema, sino que lo celebran contigo, soñando en el mismo idioma imposible de los sueños felices.







