El fin de semana invité a mis amigos del instituto a mi nueva casa. Estaba emocionado. Me costó 10…

Diario, sábado por la noche. Hoy por fin invité a mis amigos del instituto a conocer mi nueva casa. Llevaba semanas emocionado preparando todo. Diez años de esfuerzo, de no tomarme vacaciones, de soportar el mismo coche viejo mientras ahorraba cada céntimo de euro y al final, aquí estoy, con las llaves en la mano.

Preparé una buena barbacoa, compré la cerveza que sé que les gusta. Cuando llegaron esperaba risas, alegría, que compartieran mi ilusión. Pero nada más lejos de la realidad: el ambiente se podía cortar con cuchillo.

Recorriendo la casa no escuché ni un solo enhorabuena. En cambio, sí oí:
Vaya, qué lejos está esto, Lucía, ¿no te hartas del tráfico?
El jardín es bastante pequeño mi casa tiene espacio para una piscina. (Nota: su casa es alquilada.)
Esperemos que no te despidan del trabajo, porque la hipoteca tiene pinta de ser alta

Comieron, bebieron y, para mi sorpresa, se marcharon pronto. Cerré la puerta y me invadió un vacío inmenso. Me sentí extraño. Por un momento sentí culpa por haberlo conseguido.

Al día siguiente se lo conté a mi padre. Él se rió y me soltó una frase que me hizo pensar mucho:
Hija, ¿alguna vez has visto nécoras en un cubo? Cuando una intenta salir, las demás la agarran para que no escape.

Fue ahí cuando todo cobró sentido. Entendí que mis amigos no son malas personas. Pero mi progreso les recuerda su propio estancamiento. Mi nuevo hogar, para ellos, no es un motivo de celebración, sino un espejo incómodo de sus propias renuncias.

Una semana después invité a Iñigo. No es amigo de toda la vida, nos conocimos hace dos años por trabajo. Él tiene tres veces más dinero que yo, pero cuando entró en casa sus ojos brillaron y me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.
¡Qué pasada, Lucía! ¡Te lo has currado! Necesito que me cuentes cómo te las has apañado para lograrlo.

Iñigo no sintió envidia. Sintió inspiración.

La verdad más dura es esta: hay que fijarse bien en quiénes no aplauden cuando cumples tus sueños. Hay gente que te quiere sí, pero sólo si te quedas a su nivel, porque así se sienten más cómodos. Al avanzar, pierdes amigos. Ese es el precio del éxito.

No te culpes, Lucía. No has perdido nada te has librado de un lastre.

Quédate con quienes celebran tus victorias, porque su luz es tan fuerte que el brillo de los demás no les ofende.

Rate article
MagistrUm
El fin de semana invité a mis amigos del instituto a mi nueva casa. Estaba emocionado. Me costó 10…