El Fiel Amante El día del entierro de su esposa, Fedor no derramó ni una sola lágrima. —Míralo, ya decía yo que no quería a Zina —susurraba Toñi al oído de su vecina—. —Chsss, ¿qué más da ya? Ahora los niños se quedan huérfanos con ese padre —respondía la otra—. —Ya verás, seguro que acaba casándose con Catalina —le aseguraba Toñi—. —¿Con Catalina? ¿Y eso? ¿Qué le ve? La verdadera enamorada de Fedor era Glafira, ¿no recuerdas cómo se escapaban juntos al pajar? Catalina ya tiene su familia, y hace tiempo que no piensa en él. No va a meterse en ese lío —replicó la otra—. —¿Lo sabes tú acaso? —Por supuesto. Catalina está casada con un hombre de bien, ¿para qué va a querer a Fedor y toda su prole? Pero Glafira sigue penando con Míchel… Verás cómo acaban “enredando” otra vez —insistía Toñi. Enterraron a Zinaida. Los niños se agarraban las manos con fuerza. Mikhail y Polina, gemelos, acababan de cumplir ocho años. Zinaida se casó con Fedor por amor, aunque ni ella ni los del pueblo sabían si él la quiso de verdad. Decían que Zinaida se quedó embarazada, y por eso Fedor tuvo que casarse a la fuerza. La pequeña Clavita, nacida prematura, apenas vivió; después, Zinaida y Fedor tardaron mucho en tener hijos. Fedor siempre fue un hombre serio, callado, apodado “El Solitario”. Era parco en palabras y, aún más, en gestos de cariño. Nadie, mejor que Zina, lo sabía. Al final, Dios se apiadó de ella. Y, tras muchas oraciones, le concedió los dos hijos a la vez. Mikhail heredó el carácter cariñoso de su madre; Polina era toda su padre: reservada, hermética. Nadie sabía lo que pensaba, pero estaba más apegada a Fedor, porque compartían alma. Muchas veces él trabajaba en el cobertizo, serrando o lijando, mientras Polina rondaba a su alrededor, escuchando en silencio. Mikhail, en cambio, siempre junto a su madre, barriendo el suelo o acarreando agua con un cubo pequeño. Zinaida adoraba a sus hijos, pero no comprendía a Polina y sentía debilidad por Mikhail. Cuando Zinaida agonizaba, se lo dijo a su hijo: —Hijo, pronto me iré. Tú serás el mayor. Cuida de tu hermana, protégela, porque eres el hombre y es tu deber. Ella es niña, más frágil, y necesita tu ayuda. —¿Y papá? —preguntó Mikhail. —¿Qué? —¿Papá nos protegerá? —No lo sé, hijo… Ya se verá—. —Entonces no te vayas, ¿qué haremos sin ti? —lloró el niño. —Ay, hijo, si de mí dependiera…—. Al amanecer, Zina ya no estaba. Fedor veló a su esposa en silencio, sin soltar su mano. No lloró, solo se encorvó, se volvió más gris, más sombrío. La vida retomó lentamente su rutina. Polina asumió las tareas de la casa, aunque apenas era una niña. La tía Natalia, hermana de Fedor, vino al rescate y enseñó a Polina todo lo que pudo. —Tía Natalia, ¿papá se volverá a casar? —preguntó Polina un día. —No lo sé, hija, tu padre nunca me cuenta nada de lo que piensa. Natalia tenía su propio hogar feliz con su marido Basilio e hijos. —Si pasa algo, ¿nos llevarías contigo? —insistía Polina. —No digas tonterías. Tu padre os quiere y no os dejaría a nadie —afirmaba la tía, mientras en el pueblo ya corrían rumores: que la antigua pasión entre Fedor y Glafira renacía. —Esa Glafira ha perdido el juicio —decían las vecinas en la tienda del pueblo—, vuelve a meterse con Fedor y se olvida de su familia. —Menuda loca—. —¡Anda, acabaos ya la charleta! —interrumpía el presidente del la cooperativa, don Maximiliano—. Todo el día murmurando sin saber la verdad de la vida de los demás. Y es que entre Fedor y Glafira hubo, desde siempre, una historia digna de novela. Un año llevaron a Fedor a otra provincia a ayudar en la siembra, y durante su ausencia Glafira se lió con Míchel Cerezo. Cuando Fedor regresó y se enteró, le rompió la cara a Míchel, y con Glafira rompió todo trato. Glafira terminó casada con el infame Míchel, que le daba mala vida, y lamentó no haber retenido junto a sí a Fedor, que era trabajador, sobrio aunque muy callado. A partir de entonces, los vecinos notaron que Fedor se fijaba en Zinaida, y ella, ilusionada, parecía florecer. —Mira lo que hace el amor en las personas —decían. Aunque Zinaida estaba enamorada de Fedor, se sentía inferior a Glafira. Pero mira cómo es la vida: pasearon, se conocieron, y acabaron casándose en el ayuntamiento en una boda humilde. De la familia de Fedor solo quedaba Natalia y de la de Zina, su anciana madre Oxana, famosa por sus amoríos, pero Zinaida no seguía su carácter ni su destino. Los vecinos compadecían a Zina, incluso más cuando enfermó de gravedad, quince años después. Fue una enfermedad terrible y terminal. Un día, Fedor volvía a casa del trabajo: —Fedor, ¿puedo pasar un ratito a charlar? He traído pasteles para tus hijos —le propuso Glafira. —No, Glafira, gracias. Ya nos hizo pasteles Natalia ayer. —Pero lo hago de corazón, Fedor. —También mi hermana lo hace de corazón. —Fedor, ¿por qué no quedamos esta noche en el molino, como antes? —¿Para qué? —¿De verdad has olvidado lo que tuvimos? —Lo que tuvimos está en el pasado. Quiero a mis hijos. Quise a Zinaida. —Pero ya no puedes recuperarla —respondió Glafira. —El amor no muere —contestó Fedor. —Tú nunca la quisiste. Me la echaste en cara al casarte con ella. —Glafira, vete a casa —dijo Fedor en voz baja y siguió su camino sin mirar atrás, rumbo a donde lo esperaban sus hijos. Pasaron los años, los hijos crecieron, la tía Natalia seguía visitando a sus sobrinos y cada vez estaba más convencida de que su hermano era hombre de un solo amor. —Polina, me han dicho que te ves con Gabriel Voronin —comentó la tía a su sobrina nada más entrar. —Sí. ¿Y qué? —respondió Polina, ya toda una joven—. —Nada, solo pregunto. Pero ten cuidado con él. —¿Por qué? —Ya sabes por qué… No eres ninguna niña —le advirtió la tía—. —Tía Natalia, yo le quiero para toda la vida. —Eso te parece ahora. —Estoy segura. —Puede que tú sí, ¿pero él? —Si Gabriel me traiciona, nunca podré amar a nadie más. —Eso sí lo creo —dijo Natalia. Por la noche, Mikhail y Polina esperaban a su padre de regreso. —Papá se ha retrasado hoy —dijo Mikhail. —Es que hoy es viernes. —¿Y qué? —Va siempre los miércoles, viernes y festivos a visitar la tumba de mamá. —¿Y tú cómo sabes eso? —Mira que eres tonto, Mikhail, si no entiendes el alma de tu propio padre. Fueron silenciosamente al cementerio, por los huertos. —Mira, ahí está —susurró Polina, señalando la figura encorvada de su padre. Mikhail escuchó cómo su padre hablaba: —Mira, Zina, así están las cosas. Pronto nuestra Polina se casará. He conseguido prepararle el ajuar, con ayuda de Natalia. Bueno, vamos saliendo adelante. Perdóname, Zina, por no decirte en vida palabras tiernas; pero mi corazón te ha dicho muchas más de las que pronuncié. No soy de hablar, yo amo con el corazón. —Fedor terminó su visita y se dirigió con pasos lentos a la puerta del cementerio. Polina miró a Mikhail, y vio lágrimas en los ojos de su hermano.

En el día del entierro de su esposa, Tomás no derramó ni una lágrima.
Fíjate, ya te decía yo que nunca quiso de verdad a Zuriña susurraba al oído de su vecina Toñi.
Baja la voz, ¿qué más da ya? Los niños se han quedado huérfanos con un padre así…
Vas a ver, acabará casándose con Carmen, ya te lo digo yo aseguraba Toñi a su amiga Loli en voz baja.
¿Con Carmen? ¿Y eso por qué? Si a él siempre le gustó Gloria. ¿Te olvidas de cómo se perdían por los pajares de la finca? Carmen no va a liarse con él, tiene su familia y ni se acuerda del tal Tomás.
¿Y tú qué sabes?
Lo sé de buena tinta. Carmen, mira, su marido trabaja ahora en la Diputación de Ciudad Real. ¿Para qué iba a querer a Tomás y su prole? Ella es práctica. Pero Gloria, ay, Gloria sí que sufre con su marido, el pobre Mateo… Al final esos dos volverán a liarse sentenció Toñi con tono seguro.

A Zuriña la enterraron una tarde gris. Los niños se agarraban las manos con fuerza.
Miguelito y Paula acababan de cumplir ocho años. Zuriña se había casado con Tomás por amor. Pero nunca supo si Tomás sentía lo mismo, y tampoco lo supo jamás el pueblo.

Se contaba que Zuriña quedó encinta y que Tomás, apretado por las circunstancias, la tomó por esposa. La pequeña Claudina, su primogénita, nació de siete meses y murió pronto, y después pasaron años antes de que llegaran los mellizos. Tomás era un hombre taciturno, seco de palabra. En el pueblo le llamaban El Lobo, tal era su fama de callado y poco dado a caricias. Lo sabía bien Zuriña, que se fue adaptando a esa vida.

Pero el cielo tuvo piedad: tras muchas plegarias, según decían las vecinas, Zuriña fue bendecida con dos hijos a la vez.
Paula y Miguelito eran mellizos. Él, de carácter dulce, cariñoso, de los que ayudan en casa, a la vera de la madre siempre. Paula, en cambio, era toda su padre, cerrada, de pocas palabras, como si se guardase el mundo dentro. A Tomás le resultaba más fácil acercarse a Paula, compartían silencios en la carpintería, él cortando madera y ella observando atenta, aprendiendo sin hablar. Miguelito, en cambio, era quien se encargaba de ayudar en lo que podía: barría el portal, traía agua fresca, pequeño aún pero empeñado en aportar.

Zuriña los quería a ambos con todo su ser, aunque sentía una conexión especial con Miguelito. Era su confidente. Antes de morir, una noche de dolor y despedida, tomó la mano del niño y susurró:
Hijo, pronto me iré. Tú serás el responsable aquí. Cuida de tu hermana, protégela siempre, porque eres el hombre y ella es más débil, necesita de ti.
¿Y papá? preguntó Miguelito, entre lágrimas.
¿Qué? musitó Zuriña, sin entender.
¿Papá también nos protegerá?
Eso el tiempo lo dirá, hijo.
Entonces no te vayas. ¿Qué vamos a hacer sin ti?
Ay, si dependiera de mí, mi vida… alcanzó a decir Zuriña. Y esa madrugada, se apagó.

Tomás se sentó junto al lecho, le tomó la mano hasta el final. Sin llanto, sin sollozos. Simplemente, la espalda más encorvada, las sienes más grisáceas, los ojos más hundidos. Eso era todo.

La vida fue volviendo poco a poco a su cauce en la pequeña localidad, en plena Mancha. Paula intentó asumir el rol de ama de casa, cocinando, limpiando, aunque era poca aún para tal carga. Fue la hermana de Tomás, Natalia, la que echó una mano y le enseñó poco a poco a la niña cómo manejarse con las tareas.
Tía Natalia le preguntó un día Paula, ¿papá se va a casar ahora?
Eso hija, ni idea. Tu padre no cuenta sus cosas ni a la almohada.
Natalia tenía sus hijos y a Basilio, su marido. Su casa era alegre y unida.
Y si pasa algo, ¿nos acogerás con vosotros?
No digas tonterías. Tu padre os quiere y no dejaría que os apartasen de él respondió Natalia, despeinando a la niña con ternura.

Entretanto, los rumores corrían de boca en boca: que Tomás y Gloria, el antiguo amor de su juventud, volvían a verse…
Esa Gloria está loca decía la chismosa Toñi, anda revolviendo con Tomás y se olvida de su familia.
¡Qué poca cabeza tiene esa mujer! comentaban las mujeres a la puerta de la tienda de ultramarinos.
¡Venga boberías, terminaos la tertulia! interrumpió severo el alcalde de la aldea, Máximo León.

Si tanto habláis, cualquiera diría que sabéis la verdad de vuestros vecinos les reprochó Máximo en defensa de Tomás.

No obstante, era cierto que entre Gloria y Tomás hubo un amor tan intenso, casi como para escribirlo en novelas. Pero en su día, Tomás fue destinado lejos para ayudar con las cosechas en Castilla y, mientras se iba, Gloria cayó en brazos de Mateo Chicharro. A la vuelta, Tomás se enteró y le dio una buena paliza a Mateo, pero nunca volvió a hablar con Gloria. Ella acabó casándose con Mateo, hombre de malos modos y peor bebida, y se lamentaba cada día. En cambio, Tomás, trabajador y abstemio, sólo era parco y esquivo.

Fue entonces cuando la gente empezó a reparar en que se acercaba a Zuriña… y ella floreció como una amapola al sol, en pleno mayo.
Ay, lo que hace el amor con la gente suspiraban las vecinas.

Zuriña llevaba años enamorada en silencio, sabiendo que nunca podría compararse con mujeres como Gloria. Y así, la vida les unió una tarde de paseo y nunca más se soltaron.
Tuvieron una boda sencilla, la familia de Tomás apenas Natalia y la madre de Zuriña, Rosa, una mujer mayor de presencia discreta que había criado sola a su hija. Ya se sabía que de joven, Rosa tuvo un idilio con don Basilio Proenza, el regidor de entonces. Era mujer guapa, pero nunca llegó a casarse, y en el pueblo le tenían poca estima por sus aventuras. No obstante, Zuriña no heredó ni el carácter ni las costumbres de su madre, y nadie le reprochaba su pasado.

Ay, lo que le espera a la pobre… Tomás nunca la ha querido auguraba Natividad, la panadera.

Pero contra todo pronóstico, Tomás fue fiel y leal a su esposa. Nadie podía decir lo contrario, y en un pueblo, todo se sabe.
Vivieron juntos quince años. Nunca alzaron la voz en desacuerdo. La gente terminó por aceptar la pareja. Hasta que Zuriña enfermó el invierno pasado. Un mal incurable, dijeron. No hubo esperanza.

Una tarde, Tomás volvía del campo.
Tomás, ¿puedo pasarme un ratillo por tu casa? He hecho unas rosquillas para tus hijos le ofreció Gloria, esperándole a la salida del olivar, con una fuente en la mano.
No, Gloria, gracias. Natalia ya les llevó bizcochos ayer.
Pero yo te lo traía de corazón, Tomás…
Y mi hermana también, Gloria, también.
Tomás, esta noche, vente al molino cuando caiga la oscuridad insistió ella, bajando la voz.
¿Eso para qué?
No me digas que has olvidado lo nuestro… Gloria parecía herida.
Lo de antes ya fue, está enterrado contestó Tomás sin mirarla. Quiero a mis hijos. Quise a Zuriña.
No la puedes recuperar ya… Gloria bajó la cabeza.
El amor verdadero no muere dijo Tomás, y su voz retumbó seca.
Tú no la amabas, Tomás. Te casaste conmigo solo por despecho.
Vete a casa, Gloria dijo Tomás con tono bajo, pero firme.

Se alejó sin mirar atrás, en dirección a la casa donde sus hijos le esperaban.

Gloria se quedó sola en mitad de la calle, pequeña entre los muros encalados.

Pasaron los años y los niños crecieron. Tía Natalia seguía cuidando de ellos, y nadie dudaba ya que Tomás era hombre de un solo amor.

Paulina, he oído que sales con Gabriel Serrano le soltó Natalia a su sobrina, nada más cruzar el umbral.
Sí, ¿y qué pasa? respondió Paula, resuelta. Natalia pensó para sí: Qué guapa se ha hecho la niña.
Nada, solo que andes con ojo, Paula.
¿Por qué?
Ya sabes por qué. No eres una cría.
Tía Natalia, yo a Gabriel le quiero, de verdad, para toda la vida.
Eso te parece ahora.
No, tía, lo sé seguro.
Tú sí, ¿pero Gabriel?
Si Gabriel me abandona, yo no sería capaz de querer a nadie más.
De eso sí que estoy segura afirmó Natalia, bajando la voz.

Esa tarde, Miguel y Paula esperaban a su padre después del trabajo.
Hace rato que papá debería haber llegado comentó Miguel.
Hoy es viernes respondió Paula.
¿Y?
Los miércoles, viernes y domingos va a llevar flores a la tumba de mamá explicó ella.
¿Tú cómo lo sabes? preguntó el chico, alzando las cejas.
Ay, eres un zote, Miguel, si no eres capaz de sentir el alma de tu padre…

Salieron caminando por los caminos entre los huertos, buscando atajos. Paula iba primera.
Mira allí dijo mientras señalaba una figura encorvada entre las cruces.

Miguel se quedó quieto, escuchando. Oyó la voz de su padre, hablando bajito:
Mira, Zuriña, así va todo. Nuestra Paula se nos casa pronto. He reunido para su dote, con ayuda de Natalia. Nada, vamos tirando.
Perdóname, mi Zuriña, por las pocas palabras dulces que pude darte. El corazón te las dijo todas. Nunca fui hábil con las palabras, pero con el alma, sí… murmuró la voz de Tomás, ronca y quebrada.

Se marchó despacio, cerrando la verja del camposanto, dejando en la tumba unas flores de azahar recién cortadas.
Paula miró a su hermano. Miguel tenía los ojos nublados por las lágrimas.

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MagistrUm
El Fiel Amante El día del entierro de su esposa, Fedor no derramó ni una sola lágrima. —Míralo, ya decía yo que no quería a Zina —susurraba Toñi al oído de su vecina—. —Chsss, ¿qué más da ya? Ahora los niños se quedan huérfanos con ese padre —respondía la otra—. —Ya verás, seguro que acaba casándose con Catalina —le aseguraba Toñi—. —¿Con Catalina? ¿Y eso? ¿Qué le ve? La verdadera enamorada de Fedor era Glafira, ¿no recuerdas cómo se escapaban juntos al pajar? Catalina ya tiene su familia, y hace tiempo que no piensa en él. No va a meterse en ese lío —replicó la otra—. —¿Lo sabes tú acaso? —Por supuesto. Catalina está casada con un hombre de bien, ¿para qué va a querer a Fedor y toda su prole? Pero Glafira sigue penando con Míchel… Verás cómo acaban “enredando” otra vez —insistía Toñi. Enterraron a Zinaida. Los niños se agarraban las manos con fuerza. Mikhail y Polina, gemelos, acababan de cumplir ocho años. Zinaida se casó con Fedor por amor, aunque ni ella ni los del pueblo sabían si él la quiso de verdad. Decían que Zinaida se quedó embarazada, y por eso Fedor tuvo que casarse a la fuerza. La pequeña Clavita, nacida prematura, apenas vivió; después, Zinaida y Fedor tardaron mucho en tener hijos. Fedor siempre fue un hombre serio, callado, apodado “El Solitario”. Era parco en palabras y, aún más, en gestos de cariño. Nadie, mejor que Zina, lo sabía. Al final, Dios se apiadó de ella. Y, tras muchas oraciones, le concedió los dos hijos a la vez. Mikhail heredó el carácter cariñoso de su madre; Polina era toda su padre: reservada, hermética. Nadie sabía lo que pensaba, pero estaba más apegada a Fedor, porque compartían alma. Muchas veces él trabajaba en el cobertizo, serrando o lijando, mientras Polina rondaba a su alrededor, escuchando en silencio. Mikhail, en cambio, siempre junto a su madre, barriendo el suelo o acarreando agua con un cubo pequeño. Zinaida adoraba a sus hijos, pero no comprendía a Polina y sentía debilidad por Mikhail. Cuando Zinaida agonizaba, se lo dijo a su hijo: —Hijo, pronto me iré. Tú serás el mayor. Cuida de tu hermana, protégela, porque eres el hombre y es tu deber. Ella es niña, más frágil, y necesita tu ayuda. —¿Y papá? —preguntó Mikhail. —¿Qué? —¿Papá nos protegerá? —No lo sé, hijo… Ya se verá—. —Entonces no te vayas, ¿qué haremos sin ti? —lloró el niño. —Ay, hijo, si de mí dependiera…—. Al amanecer, Zina ya no estaba. Fedor veló a su esposa en silencio, sin soltar su mano. No lloró, solo se encorvó, se volvió más gris, más sombrío. La vida retomó lentamente su rutina. Polina asumió las tareas de la casa, aunque apenas era una niña. La tía Natalia, hermana de Fedor, vino al rescate y enseñó a Polina todo lo que pudo. —Tía Natalia, ¿papá se volverá a casar? —preguntó Polina un día. —No lo sé, hija, tu padre nunca me cuenta nada de lo que piensa. Natalia tenía su propio hogar feliz con su marido Basilio e hijos. —Si pasa algo, ¿nos llevarías contigo? —insistía Polina. —No digas tonterías. Tu padre os quiere y no os dejaría a nadie —afirmaba la tía, mientras en el pueblo ya corrían rumores: que la antigua pasión entre Fedor y Glafira renacía. —Esa Glafira ha perdido el juicio —decían las vecinas en la tienda del pueblo—, vuelve a meterse con Fedor y se olvida de su familia. —Menuda loca—. —¡Anda, acabaos ya la charleta! —interrumpía el presidente del la cooperativa, don Maximiliano—. Todo el día murmurando sin saber la verdad de la vida de los demás. Y es que entre Fedor y Glafira hubo, desde siempre, una historia digna de novela. Un año llevaron a Fedor a otra provincia a ayudar en la siembra, y durante su ausencia Glafira se lió con Míchel Cerezo. Cuando Fedor regresó y se enteró, le rompió la cara a Míchel, y con Glafira rompió todo trato. Glafira terminó casada con el infame Míchel, que le daba mala vida, y lamentó no haber retenido junto a sí a Fedor, que era trabajador, sobrio aunque muy callado. A partir de entonces, los vecinos notaron que Fedor se fijaba en Zinaida, y ella, ilusionada, parecía florecer. —Mira lo que hace el amor en las personas —decían. Aunque Zinaida estaba enamorada de Fedor, se sentía inferior a Glafira. Pero mira cómo es la vida: pasearon, se conocieron, y acabaron casándose en el ayuntamiento en una boda humilde. De la familia de Fedor solo quedaba Natalia y de la de Zina, su anciana madre Oxana, famosa por sus amoríos, pero Zinaida no seguía su carácter ni su destino. Los vecinos compadecían a Zina, incluso más cuando enfermó de gravedad, quince años después. Fue una enfermedad terrible y terminal. Un día, Fedor volvía a casa del trabajo: —Fedor, ¿puedo pasar un ratito a charlar? He traído pasteles para tus hijos —le propuso Glafira. —No, Glafira, gracias. Ya nos hizo pasteles Natalia ayer. —Pero lo hago de corazón, Fedor. —También mi hermana lo hace de corazón. —Fedor, ¿por qué no quedamos esta noche en el molino, como antes? —¿Para qué? —¿De verdad has olvidado lo que tuvimos? —Lo que tuvimos está en el pasado. Quiero a mis hijos. Quise a Zinaida. —Pero ya no puedes recuperarla —respondió Glafira. —El amor no muere —contestó Fedor. —Tú nunca la quisiste. Me la echaste en cara al casarte con ella. —Glafira, vete a casa —dijo Fedor en voz baja y siguió su camino sin mirar atrás, rumbo a donde lo esperaban sus hijos. Pasaron los años, los hijos crecieron, la tía Natalia seguía visitando a sus sobrinos y cada vez estaba más convencida de que su hermano era hombre de un solo amor. —Polina, me han dicho que te ves con Gabriel Voronin —comentó la tía a su sobrina nada más entrar. —Sí. ¿Y qué? —respondió Polina, ya toda una joven—. —Nada, solo pregunto. Pero ten cuidado con él. —¿Por qué? —Ya sabes por qué… No eres ninguna niña —le advirtió la tía—. —Tía Natalia, yo le quiero para toda la vida. —Eso te parece ahora. —Estoy segura. —Puede que tú sí, ¿pero él? —Si Gabriel me traiciona, nunca podré amar a nadie más. —Eso sí lo creo —dijo Natalia. Por la noche, Mikhail y Polina esperaban a su padre de regreso. —Papá se ha retrasado hoy —dijo Mikhail. —Es que hoy es viernes. —¿Y qué? —Va siempre los miércoles, viernes y festivos a visitar la tumba de mamá. —¿Y tú cómo sabes eso? —Mira que eres tonto, Mikhail, si no entiendes el alma de tu propio padre. Fueron silenciosamente al cementerio, por los huertos. —Mira, ahí está —susurró Polina, señalando la figura encorvada de su padre. Mikhail escuchó cómo su padre hablaba: —Mira, Zina, así están las cosas. Pronto nuestra Polina se casará. He conseguido prepararle el ajuar, con ayuda de Natalia. Bueno, vamos saliendo adelante. Perdóname, Zina, por no decirte en vida palabras tiernas; pero mi corazón te ha dicho muchas más de las que pronuncié. No soy de hablar, yo amo con el corazón. —Fedor terminó su visita y se dirigió con pasos lentos a la puerta del cementerio. Polina miró a Mikhail, y vio lágrimas en los ojos de su hermano.