¡Lucía! exclamó a sus espaldas una voz masculina, inconfundible, que la estremeció hasta el fondo del alma.
Lucía se encogió de hombros, contuvo la respiración y, sin atreverse a mirar atrás, apresuró el paso por la acera empedrada de Salamanca.
¡Lucía, por favor! ¡Para un momento! ¡Si eres tú, no cabe duda!
Aceleró aún más, pero aquella mano, aunque no fue brusca, la sujetó por el hombro con una familiaridad que sólo podía ser de alguien del pasado.
Lucía, ¿estás sorda o qué? Soy yo, Víctor.
Lucía, tras contenerse, se giró de golpe. Miró incrédula y apenas murmuró:
Madre mía… Víctor Pensé que estaba escuchando voces… No puede ser… Eso es imposible…
¿El qué no puede ser? Víctor sonreía con ese mismo aire jovial de su juventud. ¿Acaso no tengo derecho a volver al pueblo donde nací?
¿Volver? ¿Desde dónde? Lucía no salía de su asombro. A mí me dijeron que habías muerto.
¿Muerto? A Víctor se le torció la boca del asombro. ¿Yo?
Sí. Medio año después de nuestro divorcio, cuando te fuiste a Madrid, tu amigo me juró que… bueno… dudó, pero terminó la frase …que te habías echado a perder y habías muerto tirado en la calle de una ciudad ajena.
¿Quién ha podido decirte semejante barbaridad?
Gutiérrez. Tu mejor amigo. Desde que te fuiste, empezó a rondarme, pavoneándose como un gallo por la plaza Mayor, intentando conquistarme. Le frené en seco, claro. Y justamente entonces me soltó lo tuyo…
Qué sinvergüenza rió Víctor. Así que no iba de broma cuando se despidió de mí.
¿De broma?
Sí, ya sabes le quité a Lucía y yo la consolaré, decía entre risas. Yo juré que exageraba, pero nunca volvió a llamarme ni respondió a mis cartas, aunque le dejé la dirección del piso que alquilé al llegar. Antes no teníamos redes sociales; sólo el fijo y las cartas. Ni idea de dónde andará ahora o qué habrá sido de él.
Falleció Lucía se encogió de hombros. Hace años, ya. Cinco, desde que lo enterraron.
Qué cosas El semblante de Víctor se tornó grave. Murió Y podría haber seguido viviendo, con la edad que tenía… En fin sonrió de nuevo. Cuántos años han pasado desde aquel divorcio, y sigues igual. Sigues siendo una belleza.
¡Anda ya! rió Lucía quitando importancia. Una mujer del montón soy.
Tus conocidos me dijeron que te casaste de nuevo la miraba como si quisiera recuperar cada detalle de su rostro. Y que tienes hijos. ¿Dos, verdad?
Dos, sí Lucía asentía orgullosa. Ya vuelan solos en sus propios nidos. Ahora soy abuela. Por partida doble.
¡Caramba! ¿Y tu marido, qué tal?
Bien, en otra familia ya. Yo estoy libre, como el viento.
Vaya, ya veo asintió Víctor, pensativo. A veces somos idiotas, los hombres, buscando sin ver lo que ya tenemos al lado
¿Y tú, por qué has vuelto? la voz de Lucía tembló ¿Negocios, nostalgia?
Para quedarme, Lucía. Para siempre. Suspiró amargamente. Hace poco enterré a mi mujer y sentí que tenía que regresar. A casa. La verdad es que allí me ahogaba; los médicos insisten que el clima no es para mí, que la edad, que tal Lo mismo le pasaba a ella: asma. Intenté convencerla de mudarnos, pero nunca quiso dejar su Madrid natal. Decía que le dolía solo pensar en separarse de sus calles. Y… a los ojos de Víctor asomaron dos lágrimas. Así que ahora paseo por los barrios de mi juventud, me pierdo entre calles y pienso dónde comprar un piso. Treinta años y todo ha cambiado tanto Quizá tú puedas aconsejarme en qué barrio montar el nido.
¿Y dónde te alojas ahora? preguntó Lucía.
En un hostal, claro, ¿dónde, si no?
¿No tienes parientes?
¡Ni me lo planteo! torció el gesto. No me gusta ser una carga. Cada uno tiene su vida montada, y no pienso dar la lata. Siento que no es digno.
¿Y por qué no te vienes una temporada a mi casa? se le escapó a Lucía, ruborizándose enseguida y añadió precipitadamente. Como inquilino, claro.
Víctor titubeó, abochornado, y suspiró.
Puede que me apeteciera, Lucía, pero Tengo un peso contigo que no me deja aceptar.
¿Qué peso?
El de la culpa de hace treinta años. Te dejé tirada, y siempre te estaré en deuda.
¡Pero bueno! sonrió Lucía con ternura. ¡Fui yo quien te echó! ¡Yo te provoqué, no te acuerdas? Aquella noche te solté una sarta de tonterías… Hasta el santo más paciente habría huido
Ya no sé ni qué pensar negó Víctor. Sólo recuerdo lo idiota que fui, cómo salí con la maleta en plena madrugada Al rato me arrepentí, pero era tarde.
Y yo me alegré de que te largaras, fíjate rió Lucía. Pensé que empezaba una vida nueva. Y sí, la empecé Aunque luego acabé arrepintiéndome…
¿En serio? preguntó, con voz apenas audible. Entonces, ¿no me guardas rencor?
Ni pizca. Lo miró dulce, con la emoción palpitando en su pecho como antaño. Si es que, Víctor, sigues siendo el mismo de siempre Menos pelo, eso sí. Hazme caso: vente a mi casa, hoy mismo. Hay un cuarto de sobra esperándote. ¿Para qué seguir comiendo platos recalentados en el comedor del hostal? Al fin y al cabo, aunque ex, eres familia.
¿No daré mucha guerra?
Si lo pensara, ¿crees que te habría invitado? ¿Sabes lo que es estar sola todas las noches? Un suplicio.
Si es así, entonces Víctor le tomó la mano tímidamente. ¿Vamos a por la maleta al hostal?
¿La misma con la que huiste aquella noche?
Ambos rieron a la vez, y caminaron juntos por la acera, sintiendo en el alma que, en realidad, nunca se habían separado.







