**El marido confiado y el frasco de veneno**
—Hemos llegado, mamá —dijo León mientras abría la puerta del coche para su madre.
Ángela salió y alzó la vista hacia las ventanas de su piso. Suspiró.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Otra vez mal?
—No, hijo —respondió, mirándole a los ojos, donde brillaba una preocupación sincera—. Toda mi vida en este piso. Primero con mis padres, luego con tu padre. Aquí te traje del hospital, eras tan pequeño… —Hizo una pausa—. ¿Te acuerdas cuando compramos las cortinas después de reformar? Y ahora… —Volvió a mirar las ventanas.
Cuántas horas habría pasado en la cocina, asomada, esperando ver a su Nicolás cruzar el patio. En cuanto lo divisaba, calentaba la cena para que no se enfriara. Siempre dejaba el gas encendido bajo el hervidor. A Nicolás le gustaba el té hirviendo, con azúcar en terrones. Lo dulce y los caramelos los despreciaba. Costumbres de pueblo.
—Vamos, mamá —la sacó de sus pensamientos su hijo, tocándole el brazo—. Irene ya nos estará esperando.
—Irene… —murmuró Ángela—. Ni una sola vez ha venido a verme. ¿Esperaba mi muerte?
—Basta ya, mamá —la cortó León, brusco.
Subieron al segundo piso del viejo edificio en el centro de Madrid. León abrió la pesada puerta, donde aún quedaban marcas de los tornillos y la placa con el nombre de su abuelo: *«Luis Fernández García. Catedrático»*.
La nuera asomó la cabeza desde el salón, resopló y desapareció.
—Pasa, mamá. Voy a prepararte un té con limón, como te gusta —dijo León.
Ángela entró en la habitación pequeña que antes era la de su hijo y, mucho antes, la suya propia. Se dejó caer en el sofá desgastado, apoyó la cabeza y cerró los ojos.
*«¿Y ahora qué será de mí?»*, pensó.
***
Ángela se casó tarde. Su padre, el catedrático, veía en ella a su sucesora. Quería que continuara con sus proyectos académicos. Muchos la cortejaban. *«No te precipites, hija. A esos chicos les interesa el apellido de tu padre, no tú»*, le decía su madre.
Pero a los treinta, se enamoró de un torpe becario. Su padre lo adoraba, le auguraba un gran futuro. Quizá por eso aceptó el matrimonio. Un año después, su padre se jubiló y le cedió la cátedra al yerno. Sus padres se mudaron al campo, dejando el piso a los jóvenes.
Con Nicolás fueron felices, pero no llegaba el embarazo. Cuando por fin sucedió, la alegría fue inmensa. Con el nacimiento de León, Ángela dejó atrás la academia. Nicolás quería que se quedara en casa criando al niño.
Él trabajaba el doble en la universidad. Escribía artículos, libros. Los envidiosos no faltaron. Cuando León, nombrado en honor a su abuelo, iba a secundaria, Nicolás murió de un infarto. No soportó las críticas de quienes lo llamaban «arribista», «seudoerudito», que había ascendido por casarse con la hija del catedrático. No pudo superarlo.
Ángela se quedó sola con su hijo. No volvió a la universidad, ¿qué sabía ya de aquello? Vendió la casa heredada de sus padres. El dinero alcanzaba. Luego, León se graduó y empezó a trabajar.
Cuando llevó a Irene a casa, supo que era serio. Intentar disuadirlo era inútil. Estaba loco por la bella mujer. El corazón de madre le advirtió: *esa chica no es de fiar*. *«¿De dónde es? ¿Quiénes son sus padres?»*. Irene respondía evasiva. León le rogaba que no interrogara a su novia.
No le gustó que ninguno de los familiares de Irene, ni siquiera sus padres, asistieran a la boda.
—Tiene problemas con su madre y su padrastro, y su padre está enfermo —se defendió León.
Ángela cedió. Si su hijo era feliz, ella aguantaría. Aprendería a querer a su nuera.
Cocinaba para todos, pero Irene fruncía la nariz: *«No como dulces, cuido mi figura»*. Apenas probaba bocado.
—¿Para quién cocino, entonces? —se quejaba Ángela.
—Mamá, déjala, que coma lo que quiera —replicaba su hijo, aunque él también cenaba a menudo fuera.
Irene *«trabajaba»* en algún sitio. Salía por la mañana y volvía al mediodía, con bolsas de tiendas caras y peinado nuevo.
Antes, madre e hijo hablaban de todo. Ahora, él se encerraba con Irene.
—Al menos no piden vender el piso —la consolaba su amiga.
Ángela se agarraba el pecho. No quería perder ese piso en el centro, con sus techos altos y ventanales, donde habían vivido generaciones de su familia. Pero, ¿y si Irene convencía a León?
Luego llegó la noticia: Irene estaba embarazada. Ángela respiró aliviada. Un bebé necesitaría ayuda. Ella estaría ahí. Cambió de habitación con ellos; el niño necesitaba espacio.
Pero algo no iba bien. Empezó a dormirse a todas horas, algo que nunca hacía. Se levantaba aturdida, como si tuviera un algodón en la cabeza. Olvidaba todo.
Buscaba la agenda y aparecía días después, a la vista. Las gafas las encontraba hasta en la nevera. ¿Ella las ponía allí? No se atrevía a decírselo a su hijo.
Con el cambio de habitación, parecía que también cedió el mando a Irene. Se sentía incómoda saliendo de su cuarto. Dormía tanto que, al despertar, las piernas no le respondían. Se mareaba. A veces, no llegaba al baño a tiempo. Nunca le había pasado.
Una noche, creyó ver a Nicolás junto a la cama. Oyó la risa de Irene y se sobresaltó.
Cuando León llegó, Irene le contó que su madre ya no controlaba sus necesidades. Que lo había confundido con su difunto marido.
Ángela intentó explicarse, pero las palabras no salían. León llamó a una ambulancia.
En el hospital no hallaron nada. Al día siguiente, estaba normal. La dieron de alta tras una semana.
***
—Mamá, te traje el té —escuchó Ángela al abrir los ojos.
León sostenía una taza y unas galletas.
—Gracias, hijo —sonrió, agradecida.
Bebió y, al rato, la debilidad la sumió otra vez en el sopor. *«Será el cansancio»*, pensó.
Al despertar, era de noche. La casa en silencio. ¿Cuánto había dormido?
Llegó a la cocina. Irene preparaba té. Al verla, escondió algo. Una botellita.
—Es para el dolor de cabeza —mintió Irene.
Ángela se sintió rara.
Esa semana, León sufrió un accidente. Los médicos no entendían por qué no podía andar, si no tenía lesiones graves.
Irene lo vio, gritó: *«Es por ti»* y huyó. Al llegar a casa, Ángela encontró los armarios vacíos. Solo dejó una pequeña almohada, extrañamente abultada.
—Tu *embarazo* —le dijo Ángela a su hijo, mostrándosela—. Irene mentía.
León se negó a creerlo, pero al poco, comenzó a caminar con ayuda.
Un año después, se casó con Verónica, la enfermera que lo cuidó. Vivían felices.
Hasta que un día, en el centro comercial, Ángela sintió una miradaY al girarse, comprendió que la sombra de Irene siempre estaría ahí, recordándoles que la confianza ciega puede ser el más dulce de los venenos.






