Él Era el Mejor de los Videntes

¿Aceptas, verdad? escuché esa voz masculina, casi suplicante, a través del auricular.
Vale, lo intentaremos respondí, con una sonrisa de indulgencia.

Tenía veinte años, estudiaba en la Universidad Complutense y buscaba un trabajo extra. Un día vi en el anuncio del **Madrid Diario**: «Profesor ciego de Historia necesita asistente». Me conmovió tanto la situación de aquel desconocido que lo llamé al instante.

Al día siguiente me presenté ante su puerta. Toco tímidamente; la puerta se abre y aparece un hombre de cabellos blancos, de aspecto sereno.

Adelante, jovencita. ¿Cómo te llamas? dijo el ciego con un leve entusiasmo.
Almudena respondí, sonrojándome ligeramente. ¿Y usted?
Pedro Álvarez.

Necesito tu ayuda, Almudena. Qué perfume llevas, es embriagador. Soy profesor de Historia en la universidad y quisiera que por las tardes me leyeras los apuntes. Yo los grabaré en mi memoria. Tengo clases tres veces a la semana. ¿Trato, Almudena? así me llamó siempre, con una dulzura extraña.

Miré su piso: limpio, ordenado, sin objetos superfluos. Pedro, de no más de cuarenta años, era apuesto, pulcro, y poseía una atracción casi divina.

Pongámonos a ello, Pedro dije, deseando ya incorporarme al trabajo.

Pasaron septiembre, febrero y mayo. Llegaron las vacaciones universitarias y Pedro me concedió permiso hasta el próximo septiembre. Me fui al litoral de Valencia, y en una semana ya había olvidado al ciego que me había acogido. Conocí a un joven de Sevilla, me enamoré y acordamos casarnos. La fecha de la boda quedó fijada.

A finales de agosto sonó el teléfono.

Almudena, ven mañana. dijo Pedro.
¡No podré! Me caso, estoy organizando la boda le contesté, llena de alegría.
¿Casarte ya? Parece que te apresuras se escuchó una pizca de decepción en su voz. Por favor, Almudena, ven. insistió.
De acuerdo, pasaré cediendo a regañadientes.

El día siguiente, en aquel agosto que huye, Pedro me recibió en el vestíbulo.

Reconozco tu perfume, Almudena. Pasa nos invitó.
¿Sabes? Mi prometido también lo adora comenté, sin sentido.
Almudena, ¿trabajamos otro año académico? No puedo vivir sin ti. Acepta, te lo ruego. pidió, con una melancolía que me tocó el corazón.
Entonces, pongámonos manos a la obra respondí, decidida.

Cuanto más tiempo pasaba con el profesor, menos me apetecía el matrimonio con mi enamorado. Al fin, recogí la solicitud del Registro Civil y la devolví al futuro esposo. No hay boda sin novia, y mucho menos una segunda.

Con el tiempo, Pedro y yo pasamos a tutearnos. Cuando le leía los apuntes, él me sostenía la mano con ternura. Cerraba los ojos que no veía y respiraba el aroma de mis perfumes. Era sencillo y acogedor compartir esos momentos.

Una tarde, regresé helada del mar, pidiendo una taza de té caliente. Pedro me acomodó en su sillón, cubrió mis pies con una manta.

Quédate aquí, Almudena, ya vuelvo dijo mientras se dirigía a la cocina. Regresó con una bandeja; sobre ella, gajos de naranja y una copita de coñac.

Bébelo, te calentará. me animó.
Lo bebí despacio, mirando a Pedro. Sentí el impulso de abrazarlo, consolarlo. Cuando terminó la copa, él se acercó, me besó con pasión y me abrazó.

Almudena, quédate conmigo. Te ofreceré un mundo entero. No te rías.
No me río, Pedro. Eres tan tierno. Me da vértigo estar contigo le contesté, sintiendo una paz cálida.

Pedro, con la punta de los dedos, susurró:

El ciego oye todo, el sordo ve todo.

Al día siguiente llegó su madre, Doña Carmen, que siempre visitaba por la mañana, preparando cosas y ordenando la casa. Al verme en la cama, no mostró sorpresa.

Buenos días, madre dijo Pedro, feliz. Almudena y yo seguimos descansando.
No hay problema, descansen. Ahora preparo el desayuno respondió Doña Carmen, sonriendo y yendo a la cocina.

Pedro, anoche soñé que volaba. ¿Es posible? le pregunté, asombrada.
Almudena, me da miedo acostumbrarme a ti. Sé que no soy tu dueño, y eso duele, cariño reflexionó Pedro.

¡Desayuno listo, niños! gritó Doña Carmen desde la cocina.

Compartimos café y tostadas, riendo.

Gracias, madre. Hoy tengo clase, voy a prepararme. Almudena, te espero dijo Pedro, retirándose a su sillón favorito.

Doña Carmen, cerrando la puerta, se volvió hacia mí y susurró:

Almudena, mi hijo se ha enamorado de verdad. Has traído luz a la vida de mi hijo; no quiero que acabe en sombras. Como dice el refrán, a ciego no se le da la guía. Por favor, no le hieras el alma. Tu vida es de vista. Cada ciego cree, al final, que abrirá los ojos. No añadas más pesares a mi corazón. No vuelvas más, querida. Yo haré lo que sea para consolar a Pedro.

Me quedé perpleja. Sabía que la relación con Pedro era pasajera; no podría casarme con él, y él nunca me había propuesto matrimonio. Pero tampoco estaba dispuesta a abandonarlo de un golpe; me había enamorado también, cuerpo y alma.

Así que empecé a visitarlo sólo cuando su madre estaba fuera. No quería ver a Doña Carmen y menos sentir culpa.

Un año pasó. Nuestro vínculo se volvió más fuerte, inseparable. El hombre ciego me regaló luz. Les dije a todos que me casaría con un ciego. Pero una mañana, al llegar a su casa, Pedro me dijo:

Almudena, debemos separarnos. Te libero. Vete.

El dolor me abrumó; el amor se hizo polvo. Lloré, grité, no entendía cómo seguir sin él. Pedro no vio, no oyó mi tormento.

Me casé dos veces. Pasiones, amores, desdichas. Ningún hombre volvió a ser como Pedro.

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