**El misterioso saco: un drama de reencuentro**
En el pueblo costero de Pinar del Mar, donde la niebla matutina se posa sobre los tejados y el aroma de los pinos se mezcla con la sal del mar, Alejandro arrastró con esfuerzo un enorme saco blanco hasta el portal y dejó escapar un suspiro agotado.
—¡Vaya si pesa! —murmuró, echando un vistazo a su carga.
Tras secarse el sudor de la frente, marcó el código en el portero automático.
—¿Alejandrito, eres tú? —se oyó la voz de su suegra, y Alejandro arrastró el saco hacia el ascensor.
Una vez en la cocina, lo dejó junto a la mesa.
—¡Alejandro, ¿qué es esto?! —exclamó Carmen Fernández, mirando a su yerno con recelo.
Alejandro hizo un guiño pícaro.
—¡Ahora lo verán! —dijo, y comenzó a vaciar el contenido del saco sobre la mesa.
—Dios mío, ¿para qué tanto? —exclamó su suegra, los ojos redondos de asombro.
Antes de conocer a Alejandro, Carmen se consideraba un modelo de ahorro. Su hija Lucía también lo creía, pero sufría por ello.
—¡Lucía, deja ese detergente donde estaba! —ordenaba Carmen en el supermercado—. ¡Coge ese otro, que sale la mitad de barato! ¡Hasta puedes llevarte más!
—Mamá, pero es peor… —protestaba Lucía.
—¡No es peor, solo menos publicitado! ¡El detergente es detergente! ¿Es que no te das cuenta?
Lucía, refunfuñando sobre cómo lo barato sale caro, devolvía el paquete y cogía la opción de su madre.
Si con el detergente se conformaba, con la ropa era peor.
—Mamá, ¿a que me queda bien? —Lucía se giraba frente al espejo con una falda nueva.
—¿Otra? ¿Cuánto ha costado? —fruncía el ceño Carmen.
—¡Qué más da! ¡Hace siglos que no me compro nada! ¡Lo importante es que me favorece!
—¡Y el precio importa! —Carmen cruzaba los brazos, clavando la mirada en su hija.
Lucía decía la cifra, sabiendo lo que seguiría.
—¡Madre mía! ¡Eso por un trozo de tela es un robo!
—¡Mamá, por favor! ¡Con ese dinero hoy no compras nada! ¡Quiero ir bien vestida, ya vivo con lo justo!
—¡Se puede ir bien vestida sin gastar tanto! —replicaba su madre.
Los argumentos sobre la calidad de la tela o el corte perfecto caían en saco roto.
—Mamá, ¿por qué eres tan tacaña? ¡No somos pobres!
—¡Y no lo somos porque yo sé ahorrar y guardar! ¡Tú saliste a tu padre, un derrochador!
Lucía callaba, recordando el divorcio de sus padres. Las peleas, el reparto de bienes, las discusiones sobre la pensión… todo eso había convertido a Carmen en una avara.
En la universidad, Lucía nunca invitaba a nadie a casa. Su madre veía a los invitados como un gasto innecesario.
—¡No entiendo esas reuniones! —refunfuñaba—. ¡Se juntan, comen, beben, charlan, y luego toca fregar y rellenar la nevera!
Lucía intentaba explicarse, pero al final tiraba la toalla. Su madre no escuchaba. Tras graduarse, encontró trabajo y conoció a Alejandro.
—No le va a gustar a mamá —supo al instante.
Alejandro no tenía nada de lo que valoraba Carmen: ni piso, ni padres adinerados, ni herencia. Un oficinista corriente, pero con ambición. Y la ambición, según su suegra, no se podía tocar. Lucía retrasó el encuentro, pero cuando Alejandro habló de boda, no hubo opción.
—Alejandro, mi madre es… especial —advirtió—. Muy ahorrativa.
—Eso es bueno —se encogió de hombros él.
—No lo entiendes. Es… tacaña como pocas. Contará cada bocado que tomes. Prepárate. Después de la boda nos iremos a un piso, y ella que siga acumulando.
—¡Tonterías! —sonrió Alejandro—. Lo superaremos. Mira, mejor vivir con ella. No podemos permitirnos un piso, y en casa de mis padres no cabemos. ¡Tú decides!
Lucía reflexionó: *Alejandro no tiene ni idea de lo que hace mi madre. Pero se puede intentar. Si no funciona, nos vamos.*
—Vale, probemos —aceptó—. Pero si es insoportable, dime.
—Me subestimas —guiñó él un ojo.
La boda fue modesta, algo que alegró a Carmen.
—¡Bien hecho! ¡El dinero no se tira! —aprobó.
Al saber que vivirían con ella, puso mala cara, pero le vio sentido.
—Vale, quedaos, ahorrad para el piso. Pero mis normas siguen en pie.
—¡No las cambiaremos! —intervino Alejandro—. Doña Carmen, usted es un ejemplo. Los jóvenes no saben ahorrar y luego se quejan. ¡Estoy de su lado!
Carmen se sonrojó de satisfacción.
*—Menudo yerno. Pobre, pero listo. Con esa actitud llegará lejos.*
Alejandro se ganó su confianza al proponer:
—Yo me ocuparé de la compra. Sé dónde está más barato. ¡Ahorraremos con inteligencia!
—Alejandrito, ¡eres un sol! —se emocionó.
Lucía lo escuchaba perpleja, y Alejandro le guiñó el ojo.
Pronto, los armarios rebosaban de provisiones. Alejandro cumplió su palabra, y Carmen se alegraba como una niña. Pero no duró.
—¡No, así no! —Alejandro le arrebató la medida del detergente, devolviendo la mitad al bote—. ¡Con esto basta!
Carmen miró la cantidad, desconcertada.
—Alejandro, es muy poco, no limpiará…
—¡Limpiará igual! ¡Si hace espuma, ya está limpio!
Carmen dudó, pero pensó: *¿Tendrá razón?*
Más tarde, Alejandro preguntó a Lucía:
—¿Cuál es el punto débil de tu madre? ¿Qué le gusta?
—¡Ah, ya sé! —recordó Lucía—. Le encanta la vajilla. Nada de cosas usadas. Ahorra en todo, pero la vajilla debe ser nueva y bonita.
—Entendido —sonrió—. Eso es derroche. Lo corregiremos.
—Doña Carmen, mire qué vajilla tan barata encontré por internet —mostró tazas y platos.
Carmen torció el gesto.
—¿Por internet? ¡Eso es de segunda mano!
—¿Y qué? ¡Si lo lavas, queda como nuevo!
—¡No lo pienso usar! ¡No sé quién ha comido en ello!
—Pues yo no lo usaré. ¡Lo compraremos nuevo si hace falta!
—¿Y el ahorro? —preguntó Alejandro, fingiendo sorpresa.
—Para la vajilla hay excepciones.
—Vale, pero recuerde que quizá nosotros también necesitemos una.
Carmen sintió que había trampa, pero no supo dónde.
—¡Primera ronda ganada! —susurró Alejandro a Lucía.
—¿De verdad la has hecho dudar? —preguntó ella.
—Un poco. Esto solo empieza —prometió con misterio.
La siguiente idea vino de su amigo Pablo. Su madre había muerto, y le pidió ayuda para vaciar su piso.
—No te imaginas lo que acumuló: jabones, detergentes, ropa… ¡todo nuevo! Y ella vivía con lo justo. ¡Es descorazonador!
Alejandro fue a echarle una mano—¡Vaya, qué despilfarro! —murmuró Alejandro al ver las montañas de cosas, mientras llenaba su bolsa de jabones, imaginando la cara de Carmen cuando los viera.




