El Enigma del Viejo Maletín: Un Drama de Lazos Familiares

El misterio de la maleta vieja: un drama de lazos familiares

En el tranquilo pueblo de Valdeluz, donde las tardes huelen a azahar y las casas antiguas guardan secretos del pasado, Dolores Martín se sentaba en su salón, absorta en su telenovela favorita. De repente, el crujido de la puerta sacudió el silencio, y el corazón de la anciana dio un vuelco.

—Abuela, vengo con una petición —en el umbral estaba su nieto Javier, alto, con mirada inquieta—. ¿Recuerdas esa maleta que guardas en el sótano?

Dolores, alejando la vista de la pantalla, se levantó lentamente del sillón, sintiendo cómo la ansiedad le apretaba el pecho.

—¿Qué maleta, Javi? —preguntó, ajustándose el pañuelo al cuello.

—Esa, abuela, la que tienes con cosas para… ya sabes, cuando te vayas —dijo el joven, pasándose una mano nerviosa por el pelo.

—Sí, está ahí, ¿qué pasa? —su voz tembló al sentir un presentimiento amargo.

—No es por la maleta, abuela, déjala donde está —se apresuró a tranquilizarla Javier—. Pero con tus ahorros… hay un problema.

—¿Qué problema? —exclamó Dolores, los ojos abiertos por el miedo.

No entendía qué tramaba su nieto.

—¡Se van a devaluar, abuela! —soltó Javier—. ¡Los precios suben! ¿Recuerdas que querías visitar a la familia en el pueblo? ¿Te acuerdas?

—Sí, me acuerdo… —susurró Dolores, sin captar adónde iba.

—Pero el coche que tengo es viejo, abuela, no aguantará el viaje. El banco no me da más créditos, dicen que ya he pedido demasiado. Mi historial crediticio no es precisamente bueno…

—Lo sé, los créditos que pediste… pero ¿no los pagaste ya? ¿Qué quieres ahora, Javi? —la anciana no terminaba de comprender.

—Tú ahorraste para tu entierro, ¿no? Hablabas de una cantidad enorme, como si fuera para una boda, no para un funeral. ¿Quieres que todos coman, beban y bailen? Es un velatorio, abuela, ¿para qué tanto?

—¿Crees que no te despediré como es debido? —continuó Javier—. Te haré un monumento, solo que… no tengo a nadie más que a ti. Pero quiero que vivas bien ahora. Necesitas un abrigo nuevo, botas si vamos al pueblo, y mil cosas. Y a mí me falta dinero para el coche. Venderé el viejo, compraré uno mejor. El que tengo ya no sirve. No me alcanza para uno nuevo, pero con algo decente basta. Y luego te llevamos a la playa, Lucía y yo queremos ir, y tú vendrás con nosotros. ¿Sabes lo maravillosa que es Lucía? Quiero casarme con ella, pero falta dinero…

Dolores escuchaba sin interrumpir. Javier era un buen chico, aunque impulsivo. Cuando se le metía algo en la cabeza, no había manera. Primero compró una guitarra cara, soñando con ser músico, pero ahora decía que no tenía tiempo. Con el coche viejo trabajaba de taxi, llevando gente a la estación. Pero ahora estaba destartalado, inservible.

—Javi, una duda, ¿quién va a querer comprar ese coche roto? —preguntó la abuela, perpleja.

—Abuela, ¿qué más da? Hay gente que lo desguazará por piezas, o lo reparará. A mí no me sale a cuenta arreglarlo. Mejor venderlo y poner algo más. Así que… ¿me das el dinero del funeral?

Dolores recordó. Cuidó a Javier desde los tres años. Su hija, Carmen, al casarse de nuevo, se lo dejó a ella.

—Mamá, que se quede Javi contigo un tiempo. Sergio y yo queremos organizar nuestra vida. Ya lo recogeremos.

Pero Dolores supo desde el principio que no volverían por él. Y así fue. Carmen tuvo una hija, Claudia, y todo fue preocupaciones: las piernas no le crecían igual, los dientes le salían torcidos, no pronunciaba bien. La llevaban a especialistas, y a Javier lo dejaron de lado. La otra abuela de Claudia siempre mandaba y la cuidaba. A Dolores, la niña casi no la visitaba, como si fuera extraña. Algo le habrían dicho.

Así fue la vida. Javier solo quería estar con su abuela, y ella tampoco se quejaba— lo quería con el alma. Carmen le daba algo de dinero, pero ¿qué alcanzaba? El chico crecía rápido. Dolores se privaba de todo para que a Javier no le faltara.

Hubo una época difícil, cuando Javier era adulto pero aún inmaduro. Después de estudiar, trabajaba, quería de todo, pero nunca le alcanzaba. Se endeudó, compró ese coche viejo, presumía con las chicas, las paseaba. Luego reaccionó, trabajó sin descanso— en la fábrica y de taxista por las noches. Pagó sus deudas, y últimamente parecía más centrado. Conoció a Lucía, lista y buena. Parecía que ella lo había cambiado. Ahora querían casarse y, al parecer, vivirían con Dolores.

¿Se llevarían bien con la suegra? ¿O sería hora de irse al otro barrio? La anciana miraba a Javier, buscando respuestas. ¿Y si le daba todo y él la traicionaba? Aunque su pensión no era mala. Para los viejos, lo importante es no sentirse engañados. Y si había motivos para vivir un poco más, ver a su nieto formar una familia… Javier ya compraba la comida, pagaba el piso, la cuidaba. Y ella dudaba. ¡Qué más daba! Él no le haría daño. Y si lo hacía… sería señal de que su vida no había valido la pena.

—Vale, Javi, te daré el dinero del funeral. Pero mira, ¡que sea tu conciencia la que te juzgue! —decidió al fin Dolores.

—¡Todo saldrá bien, abuela! —la abrazó Javier.

El coche que compró era una maravilla— rojo cereza, reluciente, parecía nuevo. Dolores lo rodeó, admirando los asientos de cuero.

—¿Te gusta, abuela? —Javier sonreía como un niño—. Sube, damos una vuelta.

Condujo con cuidado. Pararon en un centro comercial.

—Vamos, abuela, te compramos ropa nueva.

Le eligieron un abrigo— no negro, sino granate, como para una mujer joven. Y botas, un vestido, una blusa.

—Basta, Javi, ¿con qué vamos a vivir? —se preocupó Dolores.

—Abuela, me dieron un bono por buen trabajo. Tranquila, hay para todo…

Pronto viajaron al pueblo. Dolores se reunió con su hermana, su hermano, los sobrinos. Lloró y rio. Lucía repartió invitaciones de boda.

La boda fue en un restaurante. ¡Qué felicidad! Dolores bailó con su vestido nuevo. Hasta Carmen, siempre amargada, admitió que estuvo bien. Llegó sola— Sergio estaba de viaje. Claudia no quiso ir. Pero Dolores no quiso amargarse. Tenía motivos para alegrarse.

Cuando Javier y Lucía planearon ir a la playa, Dolores se negó:

—¿A qué voy, vieja como estoy, en vuestra luna de miel? ¡Seré una carga!

Pero los jóvenes, medio en broma, se enfadaron:

—¡Abuela, eres nuestro talismán! Lucía no tuvo abuela, y dice que tú le caes genial, que traes suerte.

—Es verdad —confirmó Lucía—. Y si es por el dinero, el coche irá igual. ¿Qué importa si vamos dos o tres? El alojamiento es barato, cerca del mar. Estarás en la planta baja, nosotros arriba. ¡Tienes que ver esos atardeceres!

Y DoloresY al final, bajo la luz dorada del atardecer en la playa, con el rumor de las olas acariciando la arena, Dolores entendió que jamás había necesitado aquella maleta llena de mortajas, porque su verdadero tesoro estaba vivo, riendo a su lado, esperando un futuro que ahora, por fin, valía la pena vivir.

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