«El encanto de un cambio: ¿sería el amor posible con un futuro más brillante?»

**Diario de un reencuentro inesperado**

«Qué guapo está ahora. Si tuviera un poco más de dinero, trabajara en una empresa prestigiosa, quizá me enamoraría de él», pensaba Alba mientras observaba a Javier de reojo.

—Bueno, Diego, aquí te dejo al mando. Si surge algún problema, llámame. No me voy a Marte, estaré disponible —dijo Javier, tendiendo la mano a su segundo y amigo.

—No te preocupes. Por cierto, ¿aún no me has dicho adónde vas de vacaciones? ¿A las Baleares o a Italia? —Diego estrechó su mano con fuerza.

—¿No te lo dije? Voy a ver a mi madre. Hay que arreglar el tejado y la valla. Antes mi padre se encargaba de todo, pero desde que falleció, la casa se va desmoronando poco a poco. No recuerdo la última vez que fui a pescar al río.

—Yo nunca he ido de pesca. Soy puro urbanita. Hasta te envidio —susurró Diego con un suspiro—. Cuando vuelvas, me lo cuentas todo —gritó hacia la espalda de Javier, que ya se alejaba.

Feliz por escapar del ruido y el smog de la ciudad, por abrazar a su madre y respirar el aire puro de su infancia, Javier sonreía mientras viajaba en tren hacia su pueblo.

Había crecido en un pequeño municipio de Castilla. Su madre era maestra; su padre, albañil. Javier ayudaba a menudo en las obras y aprendió a hacer de todo. Su padre soñaba con que siguiera sus pasos, pero a él le fascinaban los coches, los ordenadores y la tecnología. Era buen estudiante. Al terminar el instituto, anunció que en el pueblo no había futuro, que quería ir a Madrid a labrarse una vida mejor.

—¿Que no hay futuro? El pueblo crece, siempre harán falta albañiles. No pasarás hambre. Si quieres, te construimos una casa moderna. Te casas, los niños tendrán espacio para jugar —argumentaba su padre.

—Demasiado pronto para pensar en casarme. Primero hay que echar raíces —replicaba Javier, evasivo.

Su padre se irritaba; su madre, en cambio, lo apoyaba con paciencia.

—No le cortemos las alas. Que lo intente. Es listo, algún día nos sentiremos orgullosos —decía ella.

Con unos ahorros de sus padres, Javier partió a conquistar la capital. Estudió ingeniería mientras trabajaba en la construcción. Con los años, consiguió todo lo que deseaba.

En el pueblo, estuvo enamorado de Alba, una chica risueña de nariz respingona. No era la más brillante, pero soñaba con ser peluquera y tener su propio salón. Cada uno siguió su camino, esperando reencontrarse algún día.

En las visitas de Javier, Alba siempre estaba fuera. Podría haber preguntado a su madre por su dirección o número, pero no lo hizo. El amor entorpecería sus metas. Si se casaban, vendrían hijos, responsabilidades… No. Primero debía triunfar: montar su empresa, comprar un buen coche, una casa. Después…

—Cuidado, no dejes pasar el tiempo. Alba quizá no te espere —le advertía su padre.

—No importa, hay más chicas —respondía Javier.
Pero ninguna le interesaba.

Ahora lo tenía todo, o casi. Una casa en un barrio exclusivo, un Audi de lujo, un negocio próspero. Podía pensar en casarse. Había tenido novias, pero solo buscaban comodidad. Él anhelaba que lo quisieran por sí mismo.

En cada visita, secretamente esperaba toparse con Alba. A sus padres les hablaba poco de su vida. Vivían con humildad, sin lujos, y esperaban lo mismo de él. Cuando mencionaba sus logros, su padre fruncía el ceño.

—¿Cumples la ley? ¿Es esto lo que te enseñamos? Preferiría que fueras albañil antes que avergonzarnos —refunfuñaba.

Por eso Javier viajaba en un Seat usado prestado, o en tren. Decía que era ingeniero, y su padre asentía, orgulloso del «madrileño».

Esta vez no fue diferente, aunque su padre había muerto tres años atrás. Dejó el Audi en el garaje, vistió ropa sencilla y compró un billete de tren.

Le tocó litera inferior; la superior era para una anciana. Sin dudar, se la cedió. Ella no paró de darle las gracias durante el viaje.

Tumbado arriba, Javier observaba el paisaje: bosques, campos, ríos… Recordaba su primer viaje a Madrid. El traqueteo del tren invitaba a reflexionar.

El pueblo le pareció diminuto y mágico. El aire olía a tierra húmeda; los árboles, frondosos, contrastaban con los tísimos arbustos urbanos. Las flores en los jardines alegraban la vista.

Al llegar, su madre lo abrazó entre lágrimas.

—Hijo, qué alegría. ¿Cuánto te quedas? —preguntó, escrutándolo.

—Hasta que me eches —respondió, sonriendo.

Ella cocinaba empanadas y cocidos, intentando mimarlo. Él comía y luego se ponía a reparar la valla o el tejado.

—Descansa, hijo. Estás de vacaciones —se quejaba ella.

—Casi he terminado. ¿Adónde vas tan arreglada? —preguntó al verla con un vestido y un bolso de tela.

—Al supermercado.

—Voy yo en bici. ¿Qué necesitas?

Ella le dio una lista.

—¿Vas a ir así? —exclamó, horrorizada.

—¿Y qué? —Llevaba unos vaqueros gastados, una camisa arremangada y unas zapatillas caras, aunque nadie en el pueblo lo notaría.

Montó en la vieja bici y partió. En la tienda, las vecinas lo miraban curiosas.

Al salir, vio un Audi rojo junto a su bicicleta. El contraste era grotesco. Silbó al notar la rueda pinchada.

—Podría ayudarme en vez de silbar —sonó una voz detrás de él.

Un escalofrío lo recorrió. La voz no había cambiado.

Al volverse, reconoció a Alba, aunque apenas parecía la misma: vestido ceñido, tacones, pelo corto y maquillaje impecable.

—¡Javier! —exclamó ella, ruborizándose.

—Has cambiado mucho. ¿Es tuyo el coche? —asintió hacia el Audi.

—Sí, pero las carreteras aquí son igual de malas —rió, halagada.

Él le cambió la rueda bajo su mirada atenta.

—Gracias. ¿Te acerco?

—No, iré en bici.

Pero al doblar la esquina, vio el Audi esperándolo.

—Hemos hablado tan poco… Invítame a un café —propuso ella.

«No quiero despedirme otra vez», pensó él.

Dejó la compra en casa y evitó las preguntas de su madre.

En el café, Alba pidió un cortado sin azúcar. Él, lo mismo.

—¿Sigues soltera? —preguntó, notando la ausencia de anillo.

—Sí. ¿Y tú?

—También.

Ella habló de su salón de belleza, de clientas famosas.

—Es un negocio exigente —dijo.

—Yo trabajo en la construcción —mintió él, observándola. La Alba de antes le gustaba más.

«Qué guapo está… Si tuviera mejor puesto, quizá…», pensaba ella.

La conversación se apagó.

—Debo irme —dijo él al fin.

—¿Seguro que no te acerco?

—Prefiero caminar.

Se despidieron con una sonrisa.

Tres días después, Javier volvía en tren, recordándola.

Mientras, Alba teñía el pelo a una clienta.

—¿Qué tal el viaje? —pregAlba suspiró y pensó que quizá, si hubieran sido sinceros, aquel reencuentro habría terminado de otra manera.

Rate article
MagistrUm
«El encanto de un cambio: ¿sería el amor posible con un futuro más brillante?»