El embarazo iba perfectamente, pero cuando escuché las palabras del médico en la última revisión, me quedé en shock en un instante: me encontraba ante la decisión más difícil de toda mi vida.

En este instante, me veo vagando por una plaza de Toledo hecha de espejos líquidos, con dos hijos que parecen duendes traviesos de algún cuadro de Dalí. Saltan y corren, convirtiendo cada banco en un barco y cada fuente en una aventura peligrosa. Son incansables, como si tuvieran viento en los pies y relámpagos en las manos: derriban vasos, desordenan el aire, y se ríen con una complicidad que solo existe en los sueños y en la sangre. Pueden tropezar y llorar desconsolados, para fundirse en un abrazo etéreo un segundo después, olvidando cualquier tormenta anterior.

A veces llegan vecinos del barrio que tienen la cara desenfocada y los ojos de berenjena para señalar el caos con dedos de pan y repartir consejos envueltos en celofán, sobre cómo debería criar a mis hijos. Les escucho desde una distancia de nubes, imaginando sus palabras enroscándose como serpientes de papel. Pienso que a los niños de ahora les hace falta ese viento en el pecho, esa libertad melódica para encontrar su propio compás cuando, algún día, el tiempo de los relojes regrese.

A menudo murmuran: Mateo es tan educado y sereno, parece un gato dormido en el alféizar; pero Simón, ay, Simón va a arrastrar a su hermano a mares tempestuosos, siempre con ese ímpetu torpe y arrollador. Sonrío, resignada a no entender del todo la lógica de los adultos en los sueños. Quizá tengan razón; pero mis hijos se aman como el sol y la luna, orbitando tan cerca que no sabrían decir dónde termina uno y comienza el otro.

Me suplican tener un perro, pero en mi sueño, los perros tienen hombros de serpiente y ladran con campanas sumergidas. Prefiero prometerles una tortuga, de esas que caminan despacio por la frontera entre el tiempo y la eternidad, un animal que puede esconderse en su casa cuando el mundo pesa demasiado y se defiende con la sola delgadez de su caparazón.

Antes de la llegada de Simón, mi marido y yo creíamos vivir en tranquilas calles de adoquines dorados, sin sospechar que el segundo hijo abriría puertas hacia una realidad de relojes blandos y escaleras que no llevan a ninguna parte. Cuando los médicos dijeron, tras una ecografía con luz de acuarela, que algo no iba bien, mi mundo soñó en blanco y negro y los colores huyeron debajo de las mesas durante un instante interminable. Todo había parecido perfecto: Simón creciera en mi vientre bailando un flamenco invisible y el eco de los latidos lo celebraba cada noche.

Recuerdo la escena: la médico flotante insinúa con palabras de pescado que podría interrumpir el viaje. Por un instante el eco de la duda sopla en mi oído, pero despierto rápido dentro del sueño y grito que no; que ese niño nacerá, que ningún viento me va a vencer. Solo mi marido, con voz de trompeta envejecida y manos polvorientas, se quedó a mi lado. Mis padres y amigos eran figuras desvanecidas, sus apoyos olían a mantecados rancios y frases cortadas. Los demás cuchicheaban, yo agaché la cabeza mientras sus palabras me hacían cosquillas amargas, pero pensaba que mis hijos son las flores absurdas del jardín de mi vida.

Gracias al cielo de Castilla, mi marido se llenó de coraje y gritó: Ella lo tendrá, basta. Desde entonces, la familia cruzó a mi lado ese campo onírico de incertidumbres. Cuando Simón nació, los relojes volvieron a sonar y el sol entró en la habitación con cara de sorpresa: nadie esperaba que un niño así aprendiera tan rápido el idioma de los objetos y el misterio de los nombres. Mateo, siempre el explorador, le ofrecía cosas y Simón ponía nombre a todo, regalando sentido a la noche y a los colores. Allí supe que, aunque el sueño sea extraño, ambos iban a estar bien, y un perfume de esperanza llenó todas las esquinas de nuestra casa, flotando sobre el aire con forma de euros y migas de pan.

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MagistrUm
El embarazo iba perfectamente, pero cuando escuché las palabras del médico en la última revisión, me quedé en shock en un instante: me encontraba ante la decisión más difícil de toda mi vida.