El eco de una infancia perdida: una herida que nunca sana

**El eco de una infancia abandonada: una herida que no cicatriza**

En quinto de primaria, Marina se rompió la pierna y acabó en el hospital. El dolor y el miedo se mezclaban con una esperanza absurda: quizás esta vez su padre vendría, le traería caramelos, la abrazaría. Su madre estaba a su lado, pero sus ojos parecían vacíos y su corazón, cerrado bajo llave. A petición de Marina, Elena llamó a Alejandro, pero él no apareció. Resultó que estaba planeando unas vacaciones con su nueva amante y no pensaba cambiar sus planes por su “antigua” familia. Marina, tumbada en aquella cama de hospital, sintió por primera vez que no importaba a nadie.

La adolescencia se convirtió para ella en una época de rebeldía. Marina protestaba contra todo: dejó de estudiar, se escapaba de casa, discutía con su madre y su abuela. Elena, en esos momentos, se encerraba en su habitación, impasible como una estatua. La abuela, frágil y cansada, intentaba mediar entre ellas, pero sus fuerzas se agotaban. Fue ella quien compró para Marina el vestido de graduación—el más bonito que pudo encontrar—. Pero la fiesta no trajo alegría: su padre ignoró la invitación, ni siquiera se molestó en responder.

Marina eligió su carrera al azar—la primera opción gratuita, porque en casa no había dinero para estudios privados—. Un día, armándose de valor, llamó a su padre. Pero sus palabras—«Vosotras tenéis vuestra vida, y yo la mía. ¡Dejadme en paz!»—le cortaron como una navaja. No se lo contó a nadie. Se refugió en el parque de la ciudad y lloró durante horas, escondiéndose de las miradas curiosas. El dolor de sentirse invisible, mezclado con el orgullo, le corroía por dentro como un veneno.

Tras terminar sus estudios, Marina encontró trabajo y conoció a Antonio—un hombre amable, firme, del que se enamoró y con el que decidió casarse—. Al organizar la boda, los padres de Antonio insistieron en invitar al padre de Marina, Sergio Martínez. Le daba vergüenza admitir que él no vendría—simplemente porque no le importaba—. Pero, para no estropear el día, fueron juntos a entregarle la invitación a Sergio y a su esposa.

La reunión fue fría. Sergio tenía prisa por una reunión de trabajo y apenas miró a su hija y a su prometido. Tiró la tarjeta en la guantera del coche y abrió la puerta a su esposa—una mujer elegante, con un vestido carísimo, que pasó de largo con un gesto distante—. Ni siquiera preguntó por qué habían ido, demasiado ocupada en su próxima cita social.

En la boda, el papel del padre lo interpretó el tío de Marina, hermano de su madre. Sergio no mandó ni felicitaciones ni excusas. Marina sabía que no aparecería, pero en el fondo de su corazón aún latía un rescoldo de esperanza. Ese rescoldo murió aquel día, cuando Marina, con su vestido blanco, entendió que su padre la había borrado de su vida para siempre.

La joven pareja comenzó a construir su futuro. Compraron una casa, trabajaron, tejieron sueños. Marina, privada del amor de sus padres, se aferró a la familia de Antonio, que se convirtió en la suya propia. Con su madre, las conversaciones eran corteses, pero frías—Elena nunca recuperó el calor en su mirada—. La abuela ya no estaba, y los recuerdos de ella eran el único consuelo del pasado.

Pasaron los años, cambiaron las prioridades. A los treinta y seis, Marina era una esposa amorosa, madre de dos niños y dueña de una pequeña floristería. Antonio la apoyaba en todo, solucionando problemas y compartiendo sus ilusiones. Viajaban, hacían planes, celebraban juntos. Su madre a veces visitaba a los nietos con regalos, pero su corazón seguía cerrado—no los quería, ni a ellos ni a Marina—. A veces, Marina imaginaba que el alma de su madre se había escapado el día que su padre se fue, y nunca regresó.

Un día, Sergio Martínez apareció en su casa. El motivo era formal—una invitación a su jubileo profesional—. Ocupaba un cargo importante, se preparaba para su retiro, y al parecer, para mantener las apariencias, decidió incluir a su hija en el evento. Marina, excusándose con un viaje de trabajo, rechazó educadamente. No quería fingir que existía algún vínculo entre ellos.

La siguiente vez que se vieron fue tres años después. Una enfermera llamó a Marina: su padre había tenido un accidente y necesitaba ayuda. En la habitación del hospital, encontró a un hombre avejentado, derrotado. Su esposa lo había abandonado al saber que podía quedar inválido. Los amigos desaparecieron, y la única familia que le quedaba era su hija—una adulta exitosa, pero completamente ajena—.

Marina pagó el tratamiento, contrató una cuidadora, le compró lo necesario. Pero cuando él, con una chispa de esperanza en la mirada, dijo: «¿Podría mudarme contigo? No tengo a nadie más…», ella se quedó helada. No supo qué responder. No le negaba el dinero ni los cuidados, pero las palabras que él le había lanzado años atrás—«Cada uno con su vida»—habían dejado una herida imborrable. El abismo entre ellos era demasiado profundo para cruzarlo.

Marina salió de la habitación, sintiendo que el pasado la envolvía de nuevo como una ola fría. Regresó a casa, con Antonio, con sus hijos, con su familia real. Y mientras veía reír a los niños, se prometió que nunca les haría sentirse invisibles. Su herida nunca sanaría, pero ella haría todo lo posible para que ellos nunca conocieran ese dolor.

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El eco de una infancia perdida: una herida que nunca sana