El regalo de Dios
La mañana amaneció gris, con nubes pesadas arrastrándose por el cielo de Castilla. De algún rincón lejano asomaban tímidos los truenos, anunciando la primera tormenta de la primavera. El invierno había desertado, pero la primavera aún no se atrevía a reinar del todo. El frío seguía presente: ráfagas de viento barrían la plaza Mayor de Salamanca, empujando remolinos de hojas secas recogidas desde los últimos días del otoño. Solo algunos brotes de hierba asomaban valientes entre la tierra endurecida, mientras los árboles todavía se negaban a desvelar sus promesas.
La naturaleza parecía contener el aliento, esperando el agua. Aquella había sido una estación escasa en nevadas, con vendavales y noches largas; la tierra apenas había descansado, ansiosa por empaparse bajo una sábana de lluvia. La tormenta traería el agua esperada, lavaría el polvo, purificaría tejados y callejas, y entonces, solo entonces, la primavera irrumpiría desbordante, monumental, como una joven enamorada.
Cuando el agua llegara, renacerían los campos: hierba jugosa, flores de mil colores, hojas nuevas danzando en las copas, frutos dulces preparándose en los jardines. Los pájaros, jubilosos, inundarían los tejados cantando a la vida mientras elegían ramas para construir sus nidos entre cerezos florecidos. La vida, aunque extraña, continuaba.
¡Carmelo, ven a desayunar! llamó Estrella desde la cocina. El café se te enfría.
A la casa llegaba el aroma irresistible del café recién hecho y de huevos fritos sobre un plato de cerámica azul. Había que levantarse. Después de la conversación inquietante de la noche anterior, con los sollozos amargos de Estrella y la cabeza yerta de pensamientos, Carmelo habría preferido seguir enterrado entre las sábanas.
Pero la vida, como la primavera, no se detenía.
Estrella tenía el rostro ajado, los ojos rojos de tanto llorar y dos ojeras profundas dándole al semblante una gravedad nueva. Le ofreció la mejilla pálida para que Carmelo la besara, y le esbozó una tímida sonrisa.
Buenos días, mi amor. Se avecina tormenta, ¿lo oyes? Por Dios, ¡qué ganas de lluvia! ¿Cuándo llegará finalmente la primavera verdadera? Escucha estos versos que me recorren la cabeza:
Espero la primavera como la salvación
del frío y la soledad.
Espero la primavera, como explicación
a mi vida enredada.
Siempre siento que, cuando se asome,
todo será claro y sencillo.
Pienso que de ella depende
que todo encaje, se vuelva limpio
¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya!
Carmelo la abrazó, acarició su melena rubia, tan perfumada a manzanilla y campo de Castilla, y sintió que algo se desgarraba dentro. Pobrecilla, mi niña querida, pensó. ¿Qué hemos hecho para merecer esto? Durante años habían sobrevivido con esperanza, esa luz endeble que los mantenía unidos.
Pero ayer, el gran profesor que tanto los intrigaba, puso punto final a sus ilusiones.
Lo siento mucho dijo con su voz grave, pero ustedes no podrán tener hijos. Carmelo, tu paso por Vandellós no ha sido inocuo. Por desgracia, aquí la medicina se detiene. De veras, lamento no poder ayudaros.
Secándose las lágrimas con determinación, Estrella respiró hondo y miró a Carmelo con una fuerza renovada.
He pensado mucho, Carmelo, y ya está decidido. Debemos adoptar. Hay demasiados niños tristes en los centros de acogida; tomemos uno y criémoslo. Tendremos, por fin, nuestro hijo. ¿Estás de acuerdo? hemos esperado tanto, tanto Y de nuevo, una llovizna de lágrimas anegó sus ojos. Carmelo la apretó contra su pecho y, con voz ahogada, solo pudo decir:
Claro que sí, amor. No llores más.
Un trueno, formidable, retumbó y se apoderó de la casa. El cielo se abrió y comenzó a llover a cántaros, el agua tamborileando sobre el suelo de barro y los tejados añiles. Pareció que el universo entero se estremecía al ritmo de la tormenta. Carmelo y Estrella, abrazados, miraban por la ventana; las gotas frías entraban por la rendija, el aire olía a tierra mojada y a renacimiento.
El velo oscuro que cubría sus almas empezó a disolverse, lavado por la primera lluvia de abril. Ambos deseaban que nunca parara, deseaban saborear su promesa: la vida, la renovación.
Pocos días después, se plantaban ante las puertas viejas de un centro de acogida, temblando de emoción. Ya habían concertado cita. Iban a conocer, por fin, a su ansiado hijo, su pequeño Jacobo, su niño ya amado aunque nunca visto. Cariño acumulado durante años deseando críar, instruir, abrazar.
El corazón tropezaba en el pecho, el aire se volvía escaso. Carmelo pulsó el timbre, la puerta se abrió en silencio; les estaban esperando.
Días atrás habían charlado con la directora, doña Catalina, y ahora serían guiados para conocer a los niños que podían ser su hijo. En la primera sala, sus ojos chocaron con una niña sentada sobre una toalla húmeda, en pijamita mojado. Llevaba una camiseta sucia, la cara salpicada de mocos secos, y unos enormes ojos azules llenos de tristeza, vigilando a los adultos de paso. Abandonada, descuidada, invisible, desvelando la vida misma del orfanato: el refugio de los ignorados.
Pasaron luego a otra habitación. Allí dormían o jugaban varios bebés. La enfermera que los acompañaba les señalaba edades y les contaba, en susurros, las tragedias familiares de cada pequeño. Los niños, al menos, iban limpitos, tumbados sobre sábanas blancas, bien tendidos.
Los levantaba la enfermera, ofreciéndolos como fruta de mercado. Carmelo no pudo evitar pensar en el trueque: solo faltaba preguntar el precio por kilo.
Carmelo, quiero volver a ver a la niña triste susurró Estrella. Él le apretó fuerte el brazo.
Señora, queremos ver de nuevo a la niña de la primera sala, la de los ojazos.
Pero, ustedes prefieren un niño, ¿no? Aquella niña no está preparada para ser adoptada.
Da igual, por favor, queremos volver.
Ella, algo perpleja, guardó silencio y los condujo de regreso. Les indicó que esperaran sentados y se apresuró a buscar a la directora.
Estrella se aferró al hombro de Carmelo.
Carmelo, esa niña la vi y sentí que debía ser nuestra.
A mí también me lo ha dicho el corazón. Se parece a ti, sus ojitos, el cabello claro, tan desvalida
Regresó la enfermera con doña Catalina, quien mostraba una inquietud rara.
Habéis elegido mal. No es la opción adecuada.
¿Por qué? Nos ha parecido especial. Mírela, ¡es igualita que Estrella!
Carmelo caminó decidido hasta la camita donde la niña aguardaba. Ya la habían limpio, le habían cambiado la ropa mojada y el semblante tan triste había dado paso a una tenue alegría. Al notar que los adultos se acercaban, les sonrió, dejando ver dos pequeños hoyuelos. Extendió los brazos e intentó ponerse en pie Estrella se quedó sin aliento: los pies estaban girados hacia atrás.
Sin pensarlo más, Carmelo la cogió en brazos; ella pegó su naricilla fría contra su mejilla y quedó quieta. Un nudo de lágrimas apretó el aire. Estrella lloraba en su hombro, Catalina se secó los ojos con el bordado del blusón.
A mi despacho, por favor. Hermana, trae a la pequeña Paloma. Y partió resuelta con los demás detrás.
Paloma había nacido en una aldea perdida de Soria, hija de padres mayores y exhaustos de criar boca tras boca, muchos niños. Por lo que contaban, no la habían querido; nació con las piernas malformadas, los pies retorcidos. El padre se negó a llevarse a la pequeña; ni cirugías ni esperanzas. O pan o nada, y su casa, repleta, apenas llegaba a fin de mes. Así llegó Paloma al orfanato.
Decidan dijo Catalina. Esta niña podría mejorar con varias operaciones y muchísimo esfuerzo. Pero necesitará paciencia y amor sin límites. Tómense su tiempo, consulten médicos. Les daré dirección de un traumatólogo en Madrid, el doctor Menguiano. Hablad con él. Tienen un mes para pensarlo. Mejor no vengan antes, que los niños se encariñan y luego Movió la mano en un gesto de resignación.
Un mes después, Carmelo y Estrella ya sabían la respuesta: Paloma sería su hija. El doctor Menguiano confirmó que, aunque difíciles, múltiples operaciones podrían permitirle andar sin problema, sin casi cicatrices, y correr como cualquier niña. Calculando en euros, bastaría vender su coche y abandonar las obras del chalet en Segovia. Vivirían un tiempo en el piso de siempre, lo importante era Paloma y su salud. Esperaban el día en que podrían volver al orfanato.
Al entrar de nuevo en el despacho de doña Catalina, Carmelo llevaba un ramo de peonías rosadas; Estrella, una bolsa gigante de regalos. La directora temblaba, los ojos húmedos de felicidad: un ángel más tendría padres.
Fueron todos juntos al dormitorio. Paloma había crecido algo, el cabello muy claro se rizaba, los mofletes cogían color, y ya asomaban los primeros dientes. Sonreía, gorjeaba, abrazando a Carmelo con fuerza, luego a Estrella. Lágrimas dulces en todas las mejillas. Pasaron todo el día aprendiendo con enfermeras y médicos cómo cuidar a Paloma, qué darle de comer. Pero aún no podían llevársela.
Era un proceso complejo la adopción. Por consejo de Catalina, llevaron el abandono paterno al juzgado; la ley les retiró la patria potestad y los antiguos padres perdieron todo derecho sobre la niña.
Por fin, Paloma llegó a casa. Estrella abandonó su trabajo para dedicarse a ella. Prepararon la primera intervención en la clínica de Madrid.
Al mes, Carmelo contemplaba asombrado cómo su hija comía sola, cómo imitaba el maullido del gato, cómo representaba la cabra de la granja. Aunque los pies seguían deformes y apenas podía salir más que en pantalón largo, Paloma era valiente, charlatana e inquieta; pronto supo los nombres de todos los vecinos, y saludaba a cada uno. Pero a quien más adoraba era a Carmelo ya ni Estrella le llamaba de otra manera, su papá. Luz de sus ojos, su vidilla.
Al año, nuevas operaciones. Viajaron varias veces a Madrid. Paloma lo aguantó todo con coraje, y Estrella, sin dormir, velaba noches enteras en su habitación de hospital. Al fin, sus piernas eran como las de cualquier niña: corría y saltaba. A los cinco años fue a la guardería; notaron sus dotes con los lápices y recomendaron una escuela de arte. A los seis años, sus dibujos empezaron a aparecer en exposiciones infantiles: paisajes plenos de color y alegría, asombrando a todos por la edad de su autora.
A los siete, Paloma entró en el colegio. Pronto fue líder: aplicada, alegre, atrevida, siempre rodeada de amigos. Dibuja, baila y sonríe. Sus padres asisten orgullosos a las reuniones. Nadie podría imaginar el arduo camino recorrido por Paloma y por quienes le entregaron amor y hogar. No quienes la engendraron, sino quienes la criaron.
Carmelo y Estrella tampoco quedaron desatendidos: desde la llegada de Paloma, la suerte se instaló en su hogar. El pequeño negocio de Carmelo floreció, y pudieron mudarse a Madrid, comprar una buena casa y matricular a Paloma en la mejor escuela del barrio de Salamanca.
Hoy, Paloma estudia en sexto, sigue en la escuela de arte, y es una muchacha de ojos azules increíblemente bellos y trenza dorada. Dulce, alegre, querida por todos.
Un regalo de Dios así dicen, y así fue.







