El don de Dios… Aquel amanecer se presentó gris y nublado; pesadas nubes se arrastraban bajos por el cielo, y a lo lejos retumbaban truenos apagados. Se avecinaba tormenta. Era la primera tormenta de la primavera. El invierno había terminado, pero la primavera no tenía prisa por adueñarse del tiempo. El frío persistía, los vientos soplaban con fuerza, remolinos de polvo arrastraban las hojas caídas del año anterior de un lado a otro. La hierba nueva apenas lograba brotar, luchando contra la tierra endurecida. Las yemas de los árboles se resistían a mostrar sus tesoros. La naturaleza anhelaba la lluvia. El invierno, aquel año, había sido poco nevado, ventoso y frío. La tierra apenas había descansado, no había acumulado suficiente humedad, no había podido dormir bajo su manta de nieve y ahora aguardaba con impaciencia la llegada de la tormenta. La tormenta traería el agua tan esperada, la empaparía con una lluvia generosa, lavaría el polvo y la suciedad, y le devolvería la vida. Solo entonces comenzaría la auténtica primavera, exuberante y florida, como una mujer joven, llena de amor y de ternura. Entonces nacería la hierba verde, las flores de mil colores, las hojas temblorosas, los frutos dulces en los árboles. Los pájaros cantarían jubilosos, comenzarían a construir nidos entre el follaje nuevo de los jardines en flor. La vida sigue su curso. –¡Sasha, ven a desayunar! –llamó Vika–. ¡Que se enfría el café! El aroma a café y huevos llegaba desde la cocina. Había que levantarse. Tras la pesada charla de ayer, los sollozos de Vika, la noche sin dormir y las duras reflexiones, uno no tenía ganas de salir de la cama. Pero había que hacerlo: la vida seguía. Vika también tenía un aspecto abatido; los ojos, enrojecidos y con ojeras. Le ofreció su pálida mejilla para un beso y sonrió sin fuerza. –¡Buenos días, mi amor! Parece que va a haber tormenta. ¡Dios mío, cómo me apetece que llueva! ¿Cuándo llegará la primavera de verdad? Mira, cariño, me han venido a la mente unos versos: Espero la primavera como redención Del frío invernal y la desolación. Espero la primavera como explicación De todos mis enredos en la vida y su razón. Me parece que, cuando llegue, Todo se aclarará al instante. Siento que solo ella Podrá arreglarlo todo Con más honestidad, Con más sencillez, Con más esperanza, Con más verdad. ¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya! Sasha la abrazó por los frágiles hombros y besó su rubia cabeza inclinada, que olía a campo y a manzanilla. El corazón se le encogió de pena. Pobrecita mía, mi niña querida, ¿por qué nos castiga Dios así? Solo nos quedaba la esperanza, y en ella vivíamos todos estos años. Pero ayer, el famoso profesor, su esperanza más querida, acabó con cualquier expectativa. –Lo siento mucho, pero no podrán tener hijos. Sasha, tu paso por Chernóbil no fue en vano. Por desgracia, la medicina no puede hacer nada. Lamento no poder ayudarles. Vika se secó las lágrimas con decisión, agitó su pelo y dijo: –Sasha, lo he pensado mucho y he decidido. Debemos adoptar a un niño del orfanato. Hay tanto niño desgraciado en esos lugares… Adoptemos un niño, lo criaremos, y así también tendremos un hijo. ¿Estás de acuerdo? Hemos esperado tanto tiempo a nuestro hijo, tanto… –Las lágrimas corrían a raudales por su rostro. Sasha la abrazó y tampoco pudo reprimir el llanto. –Claro que sí, mi vida, claro que sí. No llores, por favor… Y entonces sonó un tremendo trueno. Pareció que la casa temblaba con tan solemne estruendo. Y se desató el aguacero. ¡Los cielos se abrieron de par en par! ¡Al fin, Dios escuchó nuestras plegarias! La esperada lluvia caía a cántaros. De pronto oscureció, como si fuera de noche. Apenas había pausas entre los truenos y los relámpagos, que brillaban justo encima del tejado. Sasha y Vika, abrazados, se quedaron de pie ante la ventana. Por la rendija de la ventana abierta entraban las gotas frías y el aroma revitalizador de la lluvia. El velo oscuro que cubría sus almas hasta hacía poco se desvanecía, se disolvía, se lavaba con ese primer chaparrón de primavera. Solo querían que lloviera más tiempo. La tan esperada lluvia primaveral: símbolo de vida, de continuidad y de renacimiento. Unos días después estaban ante la puerta del orfanato. Tenían una cita para elegir a su hijo, a ese hijo tan esperado, ese hijo que sería Vasito, Vasilito. Ya le querían sin siquiera haberle visto, con un cariño que había crecido en sus almas tras largos años de espera. Espera de la felicidad de tener un hijo, de criarlo, de educarlo, de enseñarle. Los corazones les latían con fuerza, la emoción les cortaba la respiración. Sasha tocó el timbre. Se abrió la puerta; ya les esperaban. La entrevista con la directora del orfanato tuvo lugar días atrás; ahora solo les guiaron a conocer a los niños que podrían ser su hijo. En la primera sala por la que pasaron, vieron a una niña sentada en unos pantaloncitos mojados, sobre una funda chorreando. Llevaba una camisa sucia, la nariz llena de mocos secos, unos ojos azules enormes que miraban con tristeza a todos los adultos que pasaban. La desatención, el abandono y la falta de cariño emanaban de aquella criatura. El corazón se les encogió. ¡Ese era el orfanato! ¡El refugio de los niños olvidados! Pasaron a la siguiente sala. En las cunas había pequeños acostados o sentados. No sabían a quién mirar. La enfermera les mostraba los bebés, les decía cuántos años tenían y algún dato sobre los padres. Los niños estaban limpios y llevaban sábanas limpias. La enfermera los sacaba con suavidad de las cunas y los enseñaba por todos lados. Como en un mercado –pensó Sasha–. Y nosotros, como clientes. Solo falta que nos den el precio por kilo. –Sasha, mejor volvamos a ver a esa niña tan desgraciada –le susurró Vika. Sasha le apretó el hombro. –Señorita, queremos ver otra vez a la niña de la primera sala, la de los ojos azules. –Pero, ustedes querían un niño. Esa niña no es para ustedes. No la hemos preparado para mostrarla. –Vamos a verla de nuevo. Queremos decidirlo. La enfermera titubeó, iba a decir algo pero se lo pensó mejor. Les condujo en silencio de vuelta. –Llamaré a Ana Petrovna. Esperen aquí –les indicó unas sillas. Vika se apoyó en el hombro de Sasha. –Sasha, vamos a adoptar a esa niña. El corazón me dio un vuelco al verla. –A mí también. Se parece mucho a ti: los ojos, el pelo… ¡Y tan desamparada! Llegaron la enfermera y la directora. Ana Petrovna parecía preocupada. –Han escogido a una niña problemática. Ella no es para ustedes. –¿Por qué? Nos ha gustado mucho, ¡mirad, parece la hermana gemela de Vika! –Sasha se dirigió decidido a la sala donde estaba la niña. La habían lavado, le cambiaron el pantalón mojado y la sábana sucia. Hasta tenía un color más vivo en la cara y los ojos algo más alegres. Al ver que se acercaban a su cuna, la niña sonrió y le salieron hoyuelos en las mejillas. Estiró los bracitos y trató de ponerse de pie… Vika se aferró a la mano de Sasha. Los pies de la niña estaban torcidos hacia atrás. Sin pensar, Sasha la alzó. Ella se apretó contra su cara con la naricilla húmeda y se quedó quieta. Las lágrimas se les saltaron. Vika lloraba sobre el hombro de Sasha, y Ana Petrovna se giró para secarse los ojos. –Vamos a mi despacho. Enfermera, traiga a Lenochka –dijo con determinación. Sasha y Vika iban muy juntos, de la mano. La niña nació de padres ya mayores y con muchos hijos en un pueblo remoto del norte. Parece que quisieron librarse de ella por no desearla. Nació con malformaciones: las piernas, torcidas desde la rodilla, los pies deformados. Al verla, el padre se negó en redondo a llevarla a casa. Alegó que no tenía dinero para operarla y que no quería criar a una “deforme” cuando ya pasaban apuros para alimentar al resto. Así acabó Lenochka en el orfanato. –Ahora decidan ustedes si quieren o no a esta niña. Claro, tiene alguna esperanza de una vida normal, pero supondrá mucho trabajo, gastos y, sobre todo, mucha paciencia y amor. No se precipiten; consulten a un especialista. Les daré la dirección del profesor que la ha atendido. Él les dirá todo lo que ocurrirá si adoptan a Lenochka. Tienen un mes para decidirse. No vengan más veces por aquí. Los niños, sobre todo los nuestros, se encariñan rápido. Y si ustedes cambian de opinión… –hizo un gesto resignado. Pasó un mes. Desde el primer día, Vika y Sasha decidieron que adoptarían a Lenochka. Una consulta con un profesor de Leningrado confirmó que, aunque necesitaría varias operaciones, todas las deformaciones quedarían corregidas y ni cicatrices tendría; podría correr como las demás niñas. Sasha hizo cuentas: venderían el coche nuevo y la casa a medio hacer, y se apañarían mientras tanto en el piso pequeño. Lo importante era que la niña estuviera sana. Esperaron con impaciencia que pasara el plazo. De nuevo, ante la puerta conocida, con el corazón en un puño entraron al despacho de Ana Petrovna. Sasha llevaba un ramo de peonías rosas, Vika una gran bolsa de regalos para los niños. A Ana Petrovna se le estremecían los labios y se le humedecían los ojos. ¡Qué alegría, otro niño desgraciado encontrará al fin padres! Fueron juntos a la sala de los niños. Allí estaba Lenochka: había crecido, el pelo rubio se le rizaba, las mejillas más coloradas, los primeros dientes habían salido. Hablaba con alegría y sonreía mucho. Sasha la tomó en brazos y la niña le abrazó el cuello, se acurrucó en él. Luego corrió a Vika. Lágrimas en todos los ojos. Pasaron el día entero en el orfanato, escuchando los consejos del personal sobre cómo cuidar a la niña. Pero no se la entregaron todavía. Había que tramitar toda la adopción oficial. Siguiendo el consejo de Ana Petrovna, el abandono por parte de los padres biológicos se formalizó en los tribunales. Les retiraron la patria potestad y ya no podían volver atrás. Al fin llevaron a su hija a casa. Vika dejó de trabajar y se dedicó en cuerpo y alma a la niña. Comenzó la preparación para la primera operación en la clínica de Leningrado. Un mes pasaron allí y pronto la mostraban a papá Sasha: Lenochka ya comía sola con cuchara, hacía el sonido del gatito y el de la cabrita. Por ahora, era imposible mirar sus piernas sin dolor. Solo la sacaban a la calle en pantalones largos. Y caminaba de forma insegura, como un patito. Pero era muy despierta y sociable, habló pronto, se sabía el nombre de todo el mundo y saludaba a todos. A quien más quería era a Sasha. “Mi papá”, así le llamaba, y ya hasta Vika lo llamaba igual. Papá no podía vivir sin su hija; Lenochka era su sol, su alegría. Al año siguiente, prosiguieron con las operaciones. Trasladaron varias veces a la pequeña a Leningrado. ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuánto amor y paciencia precisaron sus padres! ¡Cuántas noches sin dormir pasó Vika velando a su hija! Por fin el triunfo: unas piernas como las de cualquier niña. Podía correr y saltar. A los cinco años, ingresó en el jardín de infancia. Allí notaron que dibujaba muy bien y les recomendaron desarrollar ese talento. A los seis, entró en la escuela de arte. Sus dibujos, coloridos y alegres, empezaron a figurar en exposiciones infantiles. Todo el mundo se sorprendía de la edad de la autora: era, sin duda, un talento. A los siete años, empezó la escuela. Desde el primer día fue la líder de la clase, alumna ejemplar, alegre y sociable. Pintaba de maravilla, seguía en la escuela de arte, se apuntó al grupo de baile. Siempre rodeada de amigos; donde iba, iba la alegría. Sus padres, orgullosos en las reuniones escolares. Todos hablaban bien de Lenochka. Nadie podía sospechar lo que costó aquel camino a la niña y a sus padres, no los que la engendraron, sino los que la criaron con amor y entrega. Dios no dejó de bendecir también a Sasha y Vika. Desde que llegó Lenochka a sus vidas, la suerte les acompañó. El pequeño negocio de Sasha creció, y finalmente pudieron mudarse a Leningrado. Allí compraron un buen piso y matricularon a la niña en un colegio prestigioso. Hoy Lenochka está en sexto de primaria; sigue siendo la mejor de la clase, continúa en la escuela de arte. Es una niña bellísima, de ojos azules y trenza rubia, cariñosa, alegre, querida por todos. Un auténtico don de Dios.

El regalo de Dios

La mañana amaneció gris, con nubes pesadas arrastrándose por el cielo de Castilla. De algún rincón lejano asomaban tímidos los truenos, anunciando la primera tormenta de la primavera. El invierno había desertado, pero la primavera aún no se atrevía a reinar del todo. El frío seguía presente: ráfagas de viento barrían la plaza Mayor de Salamanca, empujando remolinos de hojas secas recogidas desde los últimos días del otoño. Solo algunos brotes de hierba asomaban valientes entre la tierra endurecida, mientras los árboles todavía se negaban a desvelar sus promesas.

La naturaleza parecía contener el aliento, esperando el agua. Aquella había sido una estación escasa en nevadas, con vendavales y noches largas; la tierra apenas había descansado, ansiosa por empaparse bajo una sábana de lluvia. La tormenta traería el agua esperada, lavaría el polvo, purificaría tejados y callejas, y entonces, solo entonces, la primavera irrumpiría desbordante, monumental, como una joven enamorada.

Cuando el agua llegara, renacerían los campos: hierba jugosa, flores de mil colores, hojas nuevas danzando en las copas, frutos dulces preparándose en los jardines. Los pájaros, jubilosos, inundarían los tejados cantando a la vida mientras elegían ramas para construir sus nidos entre cerezos florecidos. La vida, aunque extraña, continuaba.

¡Carmelo, ven a desayunar! llamó Estrella desde la cocina. El café se te enfría.

A la casa llegaba el aroma irresistible del café recién hecho y de huevos fritos sobre un plato de cerámica azul. Había que levantarse. Después de la conversación inquietante de la noche anterior, con los sollozos amargos de Estrella y la cabeza yerta de pensamientos, Carmelo habría preferido seguir enterrado entre las sábanas.

Pero la vida, como la primavera, no se detenía.

Estrella tenía el rostro ajado, los ojos rojos de tanto llorar y dos ojeras profundas dándole al semblante una gravedad nueva. Le ofreció la mejilla pálida para que Carmelo la besara, y le esbozó una tímida sonrisa.

Buenos días, mi amor. Se avecina tormenta, ¿lo oyes? Por Dios, ¡qué ganas de lluvia! ¿Cuándo llegará finalmente la primavera verdadera? Escucha estos versos que me recorren la cabeza:

Espero la primavera como la salvación
del frío y la soledad.
Espero la primavera, como explicación
a mi vida enredada.
Siempre siento que, cuando se asome,
todo será claro y sencillo.
Pienso que de ella depende
que todo encaje, se vuelva limpio
¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya!

Carmelo la abrazó, acarició su melena rubia, tan perfumada a manzanilla y campo de Castilla, y sintió que algo se desgarraba dentro. Pobrecilla, mi niña querida, pensó. ¿Qué hemos hecho para merecer esto? Durante años habían sobrevivido con esperanza, esa luz endeble que los mantenía unidos.

Pero ayer, el gran profesor que tanto los intrigaba, puso punto final a sus ilusiones.

Lo siento mucho dijo con su voz grave, pero ustedes no podrán tener hijos. Carmelo, tu paso por Vandellós no ha sido inocuo. Por desgracia, aquí la medicina se detiene. De veras, lamento no poder ayudaros.

Secándose las lágrimas con determinación, Estrella respiró hondo y miró a Carmelo con una fuerza renovada.

He pensado mucho, Carmelo, y ya está decidido. Debemos adoptar. Hay demasiados niños tristes en los centros de acogida; tomemos uno y criémoslo. Tendremos, por fin, nuestro hijo. ¿Estás de acuerdo? hemos esperado tanto, tanto Y de nuevo, una llovizna de lágrimas anegó sus ojos. Carmelo la apretó contra su pecho y, con voz ahogada, solo pudo decir:

Claro que sí, amor. No llores más.

Un trueno, formidable, retumbó y se apoderó de la casa. El cielo se abrió y comenzó a llover a cántaros, el agua tamborileando sobre el suelo de barro y los tejados añiles. Pareció que el universo entero se estremecía al ritmo de la tormenta. Carmelo y Estrella, abrazados, miraban por la ventana; las gotas frías entraban por la rendija, el aire olía a tierra mojada y a renacimiento.

El velo oscuro que cubría sus almas empezó a disolverse, lavado por la primera lluvia de abril. Ambos deseaban que nunca parara, deseaban saborear su promesa: la vida, la renovación.

Pocos días después, se plantaban ante las puertas viejas de un centro de acogida, temblando de emoción. Ya habían concertado cita. Iban a conocer, por fin, a su ansiado hijo, su pequeño Jacobo, su niño ya amado aunque nunca visto. Cariño acumulado durante años deseando críar, instruir, abrazar.

El corazón tropezaba en el pecho, el aire se volvía escaso. Carmelo pulsó el timbre, la puerta se abrió en silencio; les estaban esperando.

Días atrás habían charlado con la directora, doña Catalina, y ahora serían guiados para conocer a los niños que podían ser su hijo. En la primera sala, sus ojos chocaron con una niña sentada sobre una toalla húmeda, en pijamita mojado. Llevaba una camiseta sucia, la cara salpicada de mocos secos, y unos enormes ojos azules llenos de tristeza, vigilando a los adultos de paso. Abandonada, descuidada, invisible, desvelando la vida misma del orfanato: el refugio de los ignorados.

Pasaron luego a otra habitación. Allí dormían o jugaban varios bebés. La enfermera que los acompañaba les señalaba edades y les contaba, en susurros, las tragedias familiares de cada pequeño. Los niños, al menos, iban limpitos, tumbados sobre sábanas blancas, bien tendidos.

Los levantaba la enfermera, ofreciéndolos como fruta de mercado. Carmelo no pudo evitar pensar en el trueque: solo faltaba preguntar el precio por kilo.

Carmelo, quiero volver a ver a la niña triste susurró Estrella. Él le apretó fuerte el brazo.

Señora, queremos ver de nuevo a la niña de la primera sala, la de los ojazos.

Pero, ustedes prefieren un niño, ¿no? Aquella niña no está preparada para ser adoptada.

Da igual, por favor, queremos volver.

Ella, algo perpleja, guardó silencio y los condujo de regreso. Les indicó que esperaran sentados y se apresuró a buscar a la directora.

Estrella se aferró al hombro de Carmelo.

Carmelo, esa niña la vi y sentí que debía ser nuestra.

A mí también me lo ha dicho el corazón. Se parece a ti, sus ojitos, el cabello claro, tan desvalida

Regresó la enfermera con doña Catalina, quien mostraba una inquietud rara.

Habéis elegido mal. No es la opción adecuada.

¿Por qué? Nos ha parecido especial. Mírela, ¡es igualita que Estrella!

Carmelo caminó decidido hasta la camita donde la niña aguardaba. Ya la habían limpio, le habían cambiado la ropa mojada y el semblante tan triste había dado paso a una tenue alegría. Al notar que los adultos se acercaban, les sonrió, dejando ver dos pequeños hoyuelos. Extendió los brazos e intentó ponerse en pie Estrella se quedó sin aliento: los pies estaban girados hacia atrás.

Sin pensarlo más, Carmelo la cogió en brazos; ella pegó su naricilla fría contra su mejilla y quedó quieta. Un nudo de lágrimas apretó el aire. Estrella lloraba en su hombro, Catalina se secó los ojos con el bordado del blusón.

A mi despacho, por favor. Hermana, trae a la pequeña Paloma. Y partió resuelta con los demás detrás.

Paloma había nacido en una aldea perdida de Soria, hija de padres mayores y exhaustos de criar boca tras boca, muchos niños. Por lo que contaban, no la habían querido; nació con las piernas malformadas, los pies retorcidos. El padre se negó a llevarse a la pequeña; ni cirugías ni esperanzas. O pan o nada, y su casa, repleta, apenas llegaba a fin de mes. Así llegó Paloma al orfanato.

Decidan dijo Catalina. Esta niña podría mejorar con varias operaciones y muchísimo esfuerzo. Pero necesitará paciencia y amor sin límites. Tómense su tiempo, consulten médicos. Les daré dirección de un traumatólogo en Madrid, el doctor Menguiano. Hablad con él. Tienen un mes para pensarlo. Mejor no vengan antes, que los niños se encariñan y luego Movió la mano en un gesto de resignación.

Un mes después, Carmelo y Estrella ya sabían la respuesta: Paloma sería su hija. El doctor Menguiano confirmó que, aunque difíciles, múltiples operaciones podrían permitirle andar sin problema, sin casi cicatrices, y correr como cualquier niña. Calculando en euros, bastaría vender su coche y abandonar las obras del chalet en Segovia. Vivirían un tiempo en el piso de siempre, lo importante era Paloma y su salud. Esperaban el día en que podrían volver al orfanato.

Al entrar de nuevo en el despacho de doña Catalina, Carmelo llevaba un ramo de peonías rosadas; Estrella, una bolsa gigante de regalos. La directora temblaba, los ojos húmedos de felicidad: un ángel más tendría padres.

Fueron todos juntos al dormitorio. Paloma había crecido algo, el cabello muy claro se rizaba, los mofletes cogían color, y ya asomaban los primeros dientes. Sonreía, gorjeaba, abrazando a Carmelo con fuerza, luego a Estrella. Lágrimas dulces en todas las mejillas. Pasaron todo el día aprendiendo con enfermeras y médicos cómo cuidar a Paloma, qué darle de comer. Pero aún no podían llevársela.

Era un proceso complejo la adopción. Por consejo de Catalina, llevaron el abandono paterno al juzgado; la ley les retiró la patria potestad y los antiguos padres perdieron todo derecho sobre la niña.

Por fin, Paloma llegó a casa. Estrella abandonó su trabajo para dedicarse a ella. Prepararon la primera intervención en la clínica de Madrid.

Al mes, Carmelo contemplaba asombrado cómo su hija comía sola, cómo imitaba el maullido del gato, cómo representaba la cabra de la granja. Aunque los pies seguían deformes y apenas podía salir más que en pantalón largo, Paloma era valiente, charlatana e inquieta; pronto supo los nombres de todos los vecinos, y saludaba a cada uno. Pero a quien más adoraba era a Carmelo ya ni Estrella le llamaba de otra manera, su papá. Luz de sus ojos, su vidilla.

Al año, nuevas operaciones. Viajaron varias veces a Madrid. Paloma lo aguantó todo con coraje, y Estrella, sin dormir, velaba noches enteras en su habitación de hospital. Al fin, sus piernas eran como las de cualquier niña: corría y saltaba. A los cinco años fue a la guardería; notaron sus dotes con los lápices y recomendaron una escuela de arte. A los seis años, sus dibujos empezaron a aparecer en exposiciones infantiles: paisajes plenos de color y alegría, asombrando a todos por la edad de su autora.

A los siete, Paloma entró en el colegio. Pronto fue líder: aplicada, alegre, atrevida, siempre rodeada de amigos. Dibuja, baila y sonríe. Sus padres asisten orgullosos a las reuniones. Nadie podría imaginar el arduo camino recorrido por Paloma y por quienes le entregaron amor y hogar. No quienes la engendraron, sino quienes la criaron.

Carmelo y Estrella tampoco quedaron desatendidos: desde la llegada de Paloma, la suerte se instaló en su hogar. El pequeño negocio de Carmelo floreció, y pudieron mudarse a Madrid, comprar una buena casa y matricular a Paloma en la mejor escuela del barrio de Salamanca.

Hoy, Paloma estudia en sexto, sigue en la escuela de arte, y es una muchacha de ojos azules increíblemente bellos y trenza dorada. Dulce, alegre, querida por todos.

Un regalo de Dios así dicen, y así fue.

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MagistrUm
El don de Dios… Aquel amanecer se presentó gris y nublado; pesadas nubes se arrastraban bajos por el cielo, y a lo lejos retumbaban truenos apagados. Se avecinaba tormenta. Era la primera tormenta de la primavera. El invierno había terminado, pero la primavera no tenía prisa por adueñarse del tiempo. El frío persistía, los vientos soplaban con fuerza, remolinos de polvo arrastraban las hojas caídas del año anterior de un lado a otro. La hierba nueva apenas lograba brotar, luchando contra la tierra endurecida. Las yemas de los árboles se resistían a mostrar sus tesoros. La naturaleza anhelaba la lluvia. El invierno, aquel año, había sido poco nevado, ventoso y frío. La tierra apenas había descansado, no había acumulado suficiente humedad, no había podido dormir bajo su manta de nieve y ahora aguardaba con impaciencia la llegada de la tormenta. La tormenta traería el agua tan esperada, la empaparía con una lluvia generosa, lavaría el polvo y la suciedad, y le devolvería la vida. Solo entonces comenzaría la auténtica primavera, exuberante y florida, como una mujer joven, llena de amor y de ternura. Entonces nacería la hierba verde, las flores de mil colores, las hojas temblorosas, los frutos dulces en los árboles. Los pájaros cantarían jubilosos, comenzarían a construir nidos entre el follaje nuevo de los jardines en flor. La vida sigue su curso. –¡Sasha, ven a desayunar! –llamó Vika–. ¡Que se enfría el café! El aroma a café y huevos llegaba desde la cocina. Había que levantarse. Tras la pesada charla de ayer, los sollozos de Vika, la noche sin dormir y las duras reflexiones, uno no tenía ganas de salir de la cama. Pero había que hacerlo: la vida seguía. Vika también tenía un aspecto abatido; los ojos, enrojecidos y con ojeras. Le ofreció su pálida mejilla para un beso y sonrió sin fuerza. –¡Buenos días, mi amor! Parece que va a haber tormenta. ¡Dios mío, cómo me apetece que llueva! ¿Cuándo llegará la primavera de verdad? Mira, cariño, me han venido a la mente unos versos: Espero la primavera como redención Del frío invernal y la desolación. Espero la primavera como explicación De todos mis enredos en la vida y su razón. Me parece que, cuando llegue, Todo se aclarará al instante. Siento que solo ella Podrá arreglarlo todo Con más honestidad, Con más sencillez, Con más esperanza, Con más verdad. ¿Dónde estás, primavera? ¡Ven ya! Sasha la abrazó por los frágiles hombros y besó su rubia cabeza inclinada, que olía a campo y a manzanilla. El corazón se le encogió de pena. Pobrecita mía, mi niña querida, ¿por qué nos castiga Dios así? Solo nos quedaba la esperanza, y en ella vivíamos todos estos años. Pero ayer, el famoso profesor, su esperanza más querida, acabó con cualquier expectativa. –Lo siento mucho, pero no podrán tener hijos. Sasha, tu paso por Chernóbil no fue en vano. Por desgracia, la medicina no puede hacer nada. Lamento no poder ayudarles. Vika se secó las lágrimas con decisión, agitó su pelo y dijo: –Sasha, lo he pensado mucho y he decidido. Debemos adoptar a un niño del orfanato. Hay tanto niño desgraciado en esos lugares… Adoptemos un niño, lo criaremos, y así también tendremos un hijo. ¿Estás de acuerdo? Hemos esperado tanto tiempo a nuestro hijo, tanto… –Las lágrimas corrían a raudales por su rostro. Sasha la abrazó y tampoco pudo reprimir el llanto. –Claro que sí, mi vida, claro que sí. No llores, por favor… Y entonces sonó un tremendo trueno. Pareció que la casa temblaba con tan solemne estruendo. Y se desató el aguacero. ¡Los cielos se abrieron de par en par! ¡Al fin, Dios escuchó nuestras plegarias! La esperada lluvia caía a cántaros. De pronto oscureció, como si fuera de noche. Apenas había pausas entre los truenos y los relámpagos, que brillaban justo encima del tejado. Sasha y Vika, abrazados, se quedaron de pie ante la ventana. Por la rendija de la ventana abierta entraban las gotas frías y el aroma revitalizador de la lluvia. El velo oscuro que cubría sus almas hasta hacía poco se desvanecía, se disolvía, se lavaba con ese primer chaparrón de primavera. Solo querían que lloviera más tiempo. La tan esperada lluvia primaveral: símbolo de vida, de continuidad y de renacimiento. Unos días después estaban ante la puerta del orfanato. Tenían una cita para elegir a su hijo, a ese hijo tan esperado, ese hijo que sería Vasito, Vasilito. Ya le querían sin siquiera haberle visto, con un cariño que había crecido en sus almas tras largos años de espera. Espera de la felicidad de tener un hijo, de criarlo, de educarlo, de enseñarle. Los corazones les latían con fuerza, la emoción les cortaba la respiración. Sasha tocó el timbre. Se abrió la puerta; ya les esperaban. La entrevista con la directora del orfanato tuvo lugar días atrás; ahora solo les guiaron a conocer a los niños que podrían ser su hijo. En la primera sala por la que pasaron, vieron a una niña sentada en unos pantaloncitos mojados, sobre una funda chorreando. Llevaba una camisa sucia, la nariz llena de mocos secos, unos ojos azules enormes que miraban con tristeza a todos los adultos que pasaban. La desatención, el abandono y la falta de cariño emanaban de aquella criatura. El corazón se les encogió. ¡Ese era el orfanato! ¡El refugio de los niños olvidados! Pasaron a la siguiente sala. En las cunas había pequeños acostados o sentados. No sabían a quién mirar. La enfermera les mostraba los bebés, les decía cuántos años tenían y algún dato sobre los padres. Los niños estaban limpios y llevaban sábanas limpias. La enfermera los sacaba con suavidad de las cunas y los enseñaba por todos lados. Como en un mercado –pensó Sasha–. Y nosotros, como clientes. Solo falta que nos den el precio por kilo. –Sasha, mejor volvamos a ver a esa niña tan desgraciada –le susurró Vika. Sasha le apretó el hombro. –Señorita, queremos ver otra vez a la niña de la primera sala, la de los ojos azules. –Pero, ustedes querían un niño. Esa niña no es para ustedes. No la hemos preparado para mostrarla. –Vamos a verla de nuevo. Queremos decidirlo. La enfermera titubeó, iba a decir algo pero se lo pensó mejor. Les condujo en silencio de vuelta. –Llamaré a Ana Petrovna. Esperen aquí –les indicó unas sillas. Vika se apoyó en el hombro de Sasha. –Sasha, vamos a adoptar a esa niña. El corazón me dio un vuelco al verla. –A mí también. Se parece mucho a ti: los ojos, el pelo… ¡Y tan desamparada! Llegaron la enfermera y la directora. Ana Petrovna parecía preocupada. –Han escogido a una niña problemática. Ella no es para ustedes. –¿Por qué? Nos ha gustado mucho, ¡mirad, parece la hermana gemela de Vika! –Sasha se dirigió decidido a la sala donde estaba la niña. La habían lavado, le cambiaron el pantalón mojado y la sábana sucia. Hasta tenía un color más vivo en la cara y los ojos algo más alegres. Al ver que se acercaban a su cuna, la niña sonrió y le salieron hoyuelos en las mejillas. Estiró los bracitos y trató de ponerse de pie… Vika se aferró a la mano de Sasha. Los pies de la niña estaban torcidos hacia atrás. Sin pensar, Sasha la alzó. Ella se apretó contra su cara con la naricilla húmeda y se quedó quieta. Las lágrimas se les saltaron. Vika lloraba sobre el hombro de Sasha, y Ana Petrovna se giró para secarse los ojos. –Vamos a mi despacho. Enfermera, traiga a Lenochka –dijo con determinación. Sasha y Vika iban muy juntos, de la mano. La niña nació de padres ya mayores y con muchos hijos en un pueblo remoto del norte. Parece que quisieron librarse de ella por no desearla. Nació con malformaciones: las piernas, torcidas desde la rodilla, los pies deformados. Al verla, el padre se negó en redondo a llevarla a casa. Alegó que no tenía dinero para operarla y que no quería criar a una “deforme” cuando ya pasaban apuros para alimentar al resto. Así acabó Lenochka en el orfanato. –Ahora decidan ustedes si quieren o no a esta niña. Claro, tiene alguna esperanza de una vida normal, pero supondrá mucho trabajo, gastos y, sobre todo, mucha paciencia y amor. No se precipiten; consulten a un especialista. Les daré la dirección del profesor que la ha atendido. Él les dirá todo lo que ocurrirá si adoptan a Lenochka. Tienen un mes para decidirse. No vengan más veces por aquí. Los niños, sobre todo los nuestros, se encariñan rápido. Y si ustedes cambian de opinión… –hizo un gesto resignado. Pasó un mes. Desde el primer día, Vika y Sasha decidieron que adoptarían a Lenochka. Una consulta con un profesor de Leningrado confirmó que, aunque necesitaría varias operaciones, todas las deformaciones quedarían corregidas y ni cicatrices tendría; podría correr como las demás niñas. Sasha hizo cuentas: venderían el coche nuevo y la casa a medio hacer, y se apañarían mientras tanto en el piso pequeño. Lo importante era que la niña estuviera sana. Esperaron con impaciencia que pasara el plazo. De nuevo, ante la puerta conocida, con el corazón en un puño entraron al despacho de Ana Petrovna. Sasha llevaba un ramo de peonías rosas, Vika una gran bolsa de regalos para los niños. A Ana Petrovna se le estremecían los labios y se le humedecían los ojos. ¡Qué alegría, otro niño desgraciado encontrará al fin padres! Fueron juntos a la sala de los niños. Allí estaba Lenochka: había crecido, el pelo rubio se le rizaba, las mejillas más coloradas, los primeros dientes habían salido. Hablaba con alegría y sonreía mucho. Sasha la tomó en brazos y la niña le abrazó el cuello, se acurrucó en él. Luego corrió a Vika. Lágrimas en todos los ojos. Pasaron el día entero en el orfanato, escuchando los consejos del personal sobre cómo cuidar a la niña. Pero no se la entregaron todavía. Había que tramitar toda la adopción oficial. Siguiendo el consejo de Ana Petrovna, el abandono por parte de los padres biológicos se formalizó en los tribunales. Les retiraron la patria potestad y ya no podían volver atrás. Al fin llevaron a su hija a casa. Vika dejó de trabajar y se dedicó en cuerpo y alma a la niña. Comenzó la preparación para la primera operación en la clínica de Leningrado. Un mes pasaron allí y pronto la mostraban a papá Sasha: Lenochka ya comía sola con cuchara, hacía el sonido del gatito y el de la cabrita. Por ahora, era imposible mirar sus piernas sin dolor. Solo la sacaban a la calle en pantalones largos. Y caminaba de forma insegura, como un patito. Pero era muy despierta y sociable, habló pronto, se sabía el nombre de todo el mundo y saludaba a todos. A quien más quería era a Sasha. “Mi papá”, así le llamaba, y ya hasta Vika lo llamaba igual. Papá no podía vivir sin su hija; Lenochka era su sol, su alegría. Al año siguiente, prosiguieron con las operaciones. Trasladaron varias veces a la pequeña a Leningrado. ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuánto amor y paciencia precisaron sus padres! ¡Cuántas noches sin dormir pasó Vika velando a su hija! Por fin el triunfo: unas piernas como las de cualquier niña. Podía correr y saltar. A los cinco años, ingresó en el jardín de infancia. Allí notaron que dibujaba muy bien y les recomendaron desarrollar ese talento. A los seis, entró en la escuela de arte. Sus dibujos, coloridos y alegres, empezaron a figurar en exposiciones infantiles. Todo el mundo se sorprendía de la edad de la autora: era, sin duda, un talento. A los siete años, empezó la escuela. Desde el primer día fue la líder de la clase, alumna ejemplar, alegre y sociable. Pintaba de maravilla, seguía en la escuela de arte, se apuntó al grupo de baile. Siempre rodeada de amigos; donde iba, iba la alegría. Sus padres, orgullosos en las reuniones escolares. Todos hablaban bien de Lenochka. Nadie podía sospechar lo que costó aquel camino a la niña y a sus padres, no los que la engendraron, sino los que la criaron con amor y entrega. Dios no dejó de bendecir también a Sasha y Vika. Desde que llegó Lenochka a sus vidas, la suerte les acompañó. El pequeño negocio de Sasha creció, y finalmente pudieron mudarse a Leningrado. Allí compraron un buen piso y matricularon a la niña en un colegio prestigioso. Hoy Lenochka está en sexto de primaria; sigue siendo la mejor de la clase, continúa en la escuela de arte. Es una niña bellísima, de ojos azules y trenza rubia, cariñosa, alegre, querida por todos. Un auténtico don de Dios.