El día que llevamos a la abuela al geriátrico: una historia sobre el sacrificio familiar, las decisiones difíciles y el amor en tiempos de crisis

La enviaron a una residencia

¡Ni se te ocurra, Leonor, ni se te pase por la cabeza! Carmen Antúnez empujó con energía el plato de gachas. ¿Me quieres encerrar en un asilo?

¿Para que me pinchen cualquier cosa y me tapen la cabeza con la almohada para que no grite?

¡Pues lo llevas claro!

Leonor inspiró hondo, esforzándose por no mirar las manos temblorosas de su abuela.

Abuela, no digas tonterías. No es un asilo cualquiera, es una residencia privada. Está al lado del monte, con enfermeras las veinticuatro horas.

Vas a tener compañía, una televisión enorme.

Aquí pasas los días sola, mientras papá trabaja.

Ya sé yo qué clase de compañía es esa gruñó la anciana, acomodándose entre los cojines. Te lo quitan todo, se llevan el piso y te dejan tirada en un barranco.

Dile a Bernardo que de aquí solo salgo muerta. Que me cuide él. Para eso es mi hijo.

¿O es que ya se le ha olvidado que yo no dormí noches enteras cuidándole cuando tenía sarampión? Ahora le toca a él.

¡Papá está reventado trabajando en dos sitios para comprarte los medicamentos! Tiene cincuenta y tres años, la tensión disparada, y en tres años no ha ido ni al cine, ¡qué decir de vacaciones!

Bah Carmen cerró la boca con fuerza. Todavía es joven, aguantará.

Y tú cállate. La gallina no enseña a las pollitas. Anda, limpia la mesa. ¡Menuda porquería has dejado!

Leonor salió al pasillo y soltó el aire con estruendo. ¿Cómo se puede hablar con ella?

El padre llegó a casa a las siete de la tarde. No se descalzó, se sentó en un taburete del recibidor y se quedó mirando al vacío unos minutos.

Papá, ¿qué tal? se acercó Leonor, cogiéndole la pesada bolsa de la compra.

Bien, Leo. Un caos en el almacén, la auditoría es ya. ¿Y la abuela?

Lo de siempre. Otro drama por lo de la residencia. Dice que la queremos abandonar.

Papá, así no se puede. He revisado las cuentas y este mes solo nos quedan trescientos euros para comida.

Y yo tengo que pagar la residencia de estudiantes y necesito libros.

Ya veremos. Bernardo se puso en pie con esfuerzo, se quitó los zapatos. He cogido más horas. Turnos de noche de vigilante, día sí, día no.

¡Estás loco! ¿Cuándo vas a dormir? ¡Te vas a desmayar en cualquier parte!

Bernardo no contestó. Fue a la cocina, puso agua a calentar.

¿Ha comido?

La mitad la tiró en la cama. La he cambiado yo.

Bueno. Ve a estudiar. Hay que preparar los exámenes. Ahora me encargo yo de ella.

Leonor miró cómo su padre, arrastrando un pie, entraba en la habitación de su madre.

Le daba una lástima inmensa. Había visto cómo de aquel hombre fuerte y siempre risueño solo quedaba una sombra.

Ya no había chistes, ni interés por la vida.

***

Una semana después todo fue a peor volvió a casa aún más tarde y perdido en el pasillo.

¿Papá? ¿Te encuentras bien?

Tranquila, Leonor. Solo un mareo en el Metro. Demasiada gente.

Siéntate. Vamos a medirte la tensión.

En el tensiómetro aparecieron los números: 180 sobre 110. Leonor sacó las pastillas sin decir palabra.

Mañana no vas a trabajar. Llamo a un médico.

Imposible su padre torció el gesto. Mañana hay inspección. Si falto, me recortan la paga extra. Y encima ha llegado el IBI de la casa de mi madre con subida.

¡Véndela, papá! susurró Leonor, pendiente de que la abuela no oyera. Vende el piso pequeño de la sierra.

¡Seiscientos mil euros! Es muchísimo para nosotros ahora. Liquidamos deudas y pagamos una buena cuidadora.

Su padre suspiró:

Tu abuela no da su permiso

¡Papá, lleva cinco años sin pisarlo! ¿Para qué quiere ese piso si no puede ni levantarse?

No llegó a responder desde el cuarto se oyó el estrépito de una taza contra la mesilla.

Carmen Antúnez aporreaba la mesilla, exigiendo atención.

¡Bernardo! ¡Ven aquí! ¿Con quién confabulas ahí? ¿Otra vez hablando mal de mí? retumbó su voz temblona.

Bernardo tragó la pastilla ofrecida y fue a verla.

***

Seis años atrás su padre había tenido pareja. Teresa, dulce y tranquila, pasaba por casa con empanadas, planificaban algún fin de semana en una casa rural.

Acabó todo cuando la abuela enfermó. Teresa trató de ayudar, pero la vieja la sometió a tal tortura que la mujer se marchó.

Viene aquí a aprovecharse, ¡a robarle lo que he luchado toda la vida! gritaba a pleno pulmón, fingiendo infartos cada vez que Bernardo iba a salir con Teresa. ¡Largo de aquí!

Teresa se fue, y su padre jamás intentó buscarla.

Esa tarde, mientras Leonor estudiaba para sus exámenes, sonó el teléfono fijo. Su padre no había llegado aún.

¿Diga?

¿Con Bernardo Antúnez, por favor? preguntó una voz masculina.

No, soy su hija. ¿Ha pasado algo?

Señorita, llamamos de recursos humanos. Su padre ha perdido el conocimiento durante la reunión. Fue trasladado en ambulancia al hospital central. Anote la dirección.

Leonor escribió deprisa en los márgenes del cuaderno. No había colgado cuando la abuela ya gritaba.

¡Leonor! ¿Quién llama? ¿Dónde anda Bernardo? ¡Quiero el té, tráeme el té!

Leonor entró al cuarto. Su abuela medio tumbada, ceñuda e incómoda.

Papá está en el hospital dijo Leonor, seca.

¿En el hospital cómo? Carmen palideció, pero a los pocos segundos añadió: Ya me habéis fastidiado. Ayer me gritó y así le ha castigado Dios.

¡Nadie me cuida aquí! ¿Y quién me va a dar de comer ahora? Venga, pon la tetera.

Leonor salió sin responder.

***

Tres días corriendo del hospital a casa.

Diagnosticaron a Bernardo crisis hipertensiva y agotamiento por estrés extremo.

Le prohibieron siquiera levantarse.

Leo, ¿y mamá? fue lo primero que preguntó al verla entrar.

Todo en orden, papá. La vecina viene y ayuda. Ahora piensa en recuperarte, tienes que estar en cama al menos dos semanas.

¿Dos semanas? Me despiden y sin paga

Duerme Leonor le subió las sábanas. Yo me encargo. Te lo prometo.

Al cuarto día, al llegar a casa, la abuela la recibió a gritos.

¿Dónde te has metido? Estoy sucia, Bernardo de vacaciones y yo aquí pudriéndome.

Leonor apretó los puños y habló, forzando la calma.

Escúchame, abuela. Papá está grave. Puede darle un infarto si se agobia otra vez.

¡Cuánta tontería! bufó la anciana. Es fuerte, como su padre. Anda, gírame, que tengo el costado entumecido.

No Leonor se sentó al borde de la silla. No voy a girarte ni a alimentarte.

Carmen abrió los ojos desorbitados.

¿Qué estás diciendo, chiquilla? ¿Te has vuelto loca?

No hay dinero, abuela. Nada. Papá no cobra, no hay extra. Y con tu pensión apenas llegan para tus pañales y pastillas.

¡Eso es mentira! ¡Bernardo tiene dinero guardado!

No queda ahorros. Todo fue para tus médicos el mes pasado. Así que toca elegir: o firmas la venta del piso de la sierra, o mañana llamo a servicios sociales y te llevan a una residencia pública. Sin pagar.

¡Serás desgraciada! chilló Carmen. ¡Soy su madre! ¡Aquí mando yo!

¿Mandas qué? Estás destrozando a tu hijo. No te importa si sale del hospital o no. Solo piensas en tu confort y en lo que te ponen en el plato.

Hoy he llamado a la residencia de la que te hablamos. Hay plaza libre. Con ese dinero te la podemos pagar. Te cuidarán de verdad.

¡No pienso ir! tosió la anciana.

Pues ayuna. No hay comida para ti. Mañana trabajo todo el día, llegaré tarde. Tienes agua ahí. Piénsalo.

Leonor salió y cerró la puerta. Temblaba. No era de carácter duro, nunca, pero entendía que, si no detenía aquello, perdería a su padre.

Y la abuela la abuela sobreviviría a todos si la dejaban seguir chupándoles la vida.

La noche fue silenciosa. Leonor no entró al cuarto, aunque la oyó llamar, sollozar, maldecir. Solo fue por la mañana.

Dame agua susurró la vieja.

Leonor acercó la taza a sus labios.

¿Firmamos? El notario viene a las doce.

Malnacidos murmuró la anciana, sin rabia real. Solo queréis quedároslo todo Bah, escribe lo que quieras.

Dile a Bernardo que venga a visitarme de vez en cuando.

Vendrá. Cuando se recupere. Yo también iré. Te lo prometo.

***

Bernardo se sentaba en un banco del jardín de la residencia. Había recuperado color y hasta unos kilos.

A su lado, en silla de ruedas, su madre lucía limpia, con su nuevo pañuelo, concentrada en mordisquear una manzana.

¿Bernar? Oye, ¿has vuelto a hablar con Teresa? ¿Os habéis reconciliado?

Bernardo la miró sorprendido.

Sí. Ha dicho que vendrá el sábado.

Qué bien Carmen se giró hacia los arbustos. Que venga, que vea a la enfermera esa, Maribel, qué borde es, siempre mandando.

Que tu Teresa mire cómo me tratan. Y cuídala, ¿eh? Un hombre no debe hacer llorar a una mujer. Ya tu abuelo

Bernardo sonrió y le acarició la mano a su madre. Por la avenida venía corriendo Leonor, saludando y riendo.

¡Papá! ¡Abuela! gritó desde lejos. ¡He conseguido la beca! ¡Y me han subido el sueldo en el trabajo!

Bernardo se levantó para abrazarla. Carmen observaba mientras fruncía el ceño.

Seguía creyendo que le habían arrebatado su nido, pero guardaba silencio.

Una auxiliar se le acercó y le propuso, cariñosa, una sesión de fisioterapia, y la anciana simplemente asintió, digna.

Anda, vamos, pero con cuidado, hija, que soy frágil. El último masajista casi me parte la pierna

Que le digas que sea suave. ¡Va como un toro, hija, de verdad!

La enfermera se fue empujando la silla, Leonor abrazó a su padre y los tres se quedaron mirando los altos pinos, envueltos en una extraña luz como de sueño.

Por primera vez en mucho tiempo, eran felices.

***

Carmen Antúnez alcanzó a conocer a su bisnieto Leonor terminó la carrera, se casó con un buen hombre, tuvo un hijo.

Bernardo se casó con Teresa, la segunda nuera fue aceptada y, finalmente, la tranquilidad reinó. Teresa ya no recordaba las malas pasadas de la suegra.

La anciana, siempre orgullosa, se marchó en silencio una madrugada, sin remordimientos, soñando entre montañas y naranjos, sin rencor hacia su nieta ni su hijo.

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