El día en que fui a divorciarme vestida de novia.
Cuando mi marido, Tomás Álvarez, me dijo que quería separarse, abrí el armario y saqué mi traje de novia de encaje, aquel mismo blanco sucio de recuerdos.
¿Qué haces, Lucía? me preguntó con ojos de cervatillo asustado, como si temiese que fuera a sacar también una tarta de bodas.
Voy a ponérmelo para ir al juzgado le respondí, sacudiendo el vestido como si de él cayeran hojas secas en otoño.
¿Te has vuelto loca? ¡No puedes irte a divorciar vestida como si te fueses a casar!
Claro que puedo. Y tú te pones tu chaqué. Si con él me prometiste amor eterno, con él mismo te vas a comprometer con nuestro eterno divorcio.
Le vi buscar razones, retorcidas y humildes, pero solo encontraba silencio y un par de calcetines desparejados en el fondo del armario. Veinte minutos después, ya rebuscaba entre polvorientas perchas su corbata de boda, murmurando en secreto refranes que no entendía ni él.
Cuando llegamos al juzgado de la Plaza de Castilla, los guardias jurado se quedaron paralizados como estatuas de museo. Una señora gritó ¡Enhorabuena!, y otra, más avispada, la empujó y le susurró: Tonta, que se están divorciando.
El juez, don Aurelio Martín, casi se cayó de la silla, sosteniendo como pudo su dignidad de magistrado, cuando nos vio entrar, yo, Lucía, con todo el vestido, el velo medio torcido, los encajes, y Tomás, tan elegante con su chaqué, la pajarita azul y los zapatos brillando como monedas de dos euros recién salidas de la Real Casa de la Moneda.
Señora intentó hablar el juez, aguantándose la risa, ¿puedo preguntarle por qué viene así vestida?
Porque, Señoría le contesté con solemnidad castellana, este hombre me prometió hasta que la muerte nos separe vestido exactamente así. Como la muerte aún no nos ha separado, pero él insiste en romper el contrato, al menos que lo haga mirándome igual que cuando me prometió una mentira.
Tomás me miró. Tenía los ojos llenos de agua, como si hubiese llovido en sus recuerdos.
Yo nunca te mentí. Ese día sí que te quise de verdad, Lucía susurró.
¿Y ahora? me atreví a preguntar, sintiendo cómo el viento de ese sueño recorría mi voz, hendida de dudas.
El juez tosió, como si tuviera una espina de sardina clavada en la garganta.
¿Saben qué les digo? Les doy media hora de descanso. Salgan, paseen, hablen. Y si regresan igual vestidos y aún quieren divorciarse, continuamos. Pero tengo la corazonada de que dos personas que han llegado así hasta aquí, todavía tienen mucho que decirse.
Salimos al pasillo. El aire olía a cera y papeles viejos, como si un libro de García Lorca se desplegara ante nosotros. Tomás me arregló el velo, que se me había escorado hacia el oído.
Estás preciosa murmuró. Igual que aquel día de mayo en el Retiro.
Y tú no estás mal admití yo, aunque siempre has sido un cabezota.
Nos quedamos allí, en mitad del juzgado, disfrazados de boda, rodeados de azulejos fríos y ecos de otras historias, sin saber si seguíamos perdidos en una boda o en un divorcio, sin brújula.
¿Y si se atrevió Tomás en vez de divorciarnos, vamos a comer tarta de boda y recordamos por qué nos casamos?
No sé si el amor verdadero consiste en vestirse de boda para divorciarse, o si simplemente somos dos dramáticos que jamás aprendieron a hacer las cosas a medias. Pero así es el surrealismo de los sueños y de los matrimonios en Madrid: nunca sabes si vas o vienes, si lo vivido fue real o solo azúcar glas sobre un recuerdo.







