El Día Inolvidable

**Ese día en particular**

Todo comenzó porque Lucía se quedó dormida. No solo media hora, sino que abrió los ojos a las diez menos cuarto, cuando normalmente a las ocho ya estaba en la parada del autobús con su termo y la mirada adormilada. El corazón se le hundió de golpe, como si alguien le hubiera arrancado el suelo de las rutinas de un tirón. El móvil no cargó —el cable, como era de esperar, se había soltado del enchufe durante la noche. El grifo no daba agua: obras programadas, que ella, naturalmente, había olvidado. En la cocina, un crujido seguido de un tintineo: su taza favorita, la que decía *”No te rindas”*, se había roto. Solo quedaron los trozos y el silencio.

Ese silencio denso, aplastante, que hace zumbar los oídos. Cuando la casa no respira, sino que suspira. Y tú también lo haces, no por alivio, sino porque ya no puedes contenerlo dentro.

Lucía llegó tarde al trabajo, cómo no. Entró en la oficina con el pelo revuelto, sin maquillaje y con la manga del abrigo manchada. Los compañeros la miraron. Algunos resoplaron, otros apartaron la vista, fingiendo estar ocupados. La jefa suspiró con una expresión que decía: *”Otra vez, Lucía, defraudando al universo entero”*. Y el día se torció —como si hubieran tirado de un hilo invisible y todo se deshilachara.

No se justificó ni se quejó. Simplemente se sentó frente al ordenador y abrió la carpeta correspondiente. Pero por dentro le ardía la impotencia, como una picazón bajo un jersey demasiado fino, incómodo pero necesario. Era como si el mundo le susurrara: *”Esto no es así. Lo sabes”*.

Después del almuerzo, la llamaron del colegio: su hijo había tenido un problema con un profesor. Amenazaban con convocar una reunión, exigían una explicación por escrito. Luego, un SMS del banco: la tarjeta en números rojos, el último pago rechazado. Y después, un mensaje de la vecina con una foto: *”¿Esto es tuyo?”*. Una mancha en el techo, como una herida abriéndose paso en la piel de su vida.

Al anochecer, Lucía estaba sentada en los escalones fríos del portal. Las medias se le pegaban a las piernas, los dedos entumecidos. Los hombros caídos, el bolso abierto como un alma al descubierto, exhausta. El día no había salido mal; había sido una prueba de resistencia, presionándola como un dedo sobre un moratón.

Entonces se detuvo a su lado una niña. Pequeña, delgada, con una mochila enorme y las gafas torcidas.

—Señora, ¿está usted muy mal?

Lucía alzó la vista. Quiso ignorarla, pero no pudo. La pregunta era franca, sin juicios.

—Sí —admitió.

La niña se sentó. Sacó de la mochila una manzana, un poco golpeada pero limpia. Se la tendió con ambas manos.

—Mi mamá dice que, si alguien está mal, hay que compartir. Aunque sea un poquito. Aunque sea una manzana.

Lucía la cogió. Le dio un mordisco. Dulce, con un toque ácido. El aroma le recordó el inicio de septiembre, el primer día de colegio. Algo se aflojó en su pecho. No el dolor, solo el ruido. Se apagó.

—Gracias. ¿Cómo te llamas?

—María. ¿Y usted?

—Lucía.

—No se preocupe, Lucía. Todo va a mejorar. Es que ahora no es el momento.

Lucía asintió. Casi imperceptiblemente, pero con un atisbo de sonrisa.

La niña se levantó, se ajustó la mochila y se marchó. No miró atrás. Caminó rápido, como sabiendo que había hecho lo necesario. Lucía la siguió con la mirada. Algo en su pecho se encendió, como una pequeña llama que alguien hubiera prendido en su interior.

Se levantó. Volvió al piso. Se quitó el abrigo. Llamó a su hijo. No para regañarle, sino para preguntarle cómo estaba. Le pidió perdón, sin saber exactamente por qué. Solo quería ser la primera en decir algo cálido.

Luego llenó el cuenco de agua del gato. Barrió el suelo. Recogió los trozos de la taza. Gestos simples, pero por primera vez en todo el día, con sentido.

A la mañana siguiente, Lucía se compró una taza nueva. Roja. Brillante, como una promesa. Y un despertador de cuerda, con un tictac suave, como un susurro: *”Estás viva. El tiempo pasa, y tú con él”*.

A veces todo se desmorona sin ruido, por las costuras. Y luego, de algún modo, vuelve a recomponerse. No con las mismas manos, ni con las mismas piezas. Pero se rehace. Con una manzana. Con la voz ajena de una niña. Con el instante en que decides, por fin: basta. Es hora de respirar.

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El Día Inolvidable