Mira, te voy a contar un momento que jamás voy a olvidar: el día en que mi exsuegra vino a llevarse hasta la cuna de mi hija.
Cuando le dije a mi exsuegra, María Teresa, que lo dejaba con su hijo, ni se inmutó. Me clavó esa mirada de suegra española que corta el aire, y soltó tan tranquila:
Pues mañana venimos a recoger las cosas de mi hijo.
Y dicho y hecho. Al día siguiente se plantó ahí con mi ex, Alfonso, su hermano Carlos y un amigo de ellos Vamos, parecían una cuadrilla de mudanza exprés. Yo, con mi niña, Martina, en brazos, miraba cómo desvalijaban la casa como si (te lo juro) estuvieran robando un banco.
Por favor, déjame al menos la tele le supliqué, con Martina abrazada a mi cuello. Es para la niña le encanta ver los dibujitos
Me miró como si le estuviera pidiendo un riñón.
Esa tele es MÍA me soltó, y se puso a desconectar los cables con un drama que ni en las novelas de sobremesa.
Se llevaron TODO: la cama, la mesa, las sillas, incluso el espejo del baño, que ya estaba medio caído. La casa quedó tan vacía que hasta mi voz retumbaba. Ahí estábamos: la cuna de Martina, una silla coja y yo, intentando no llorar delante de mi hija.
Ahora viene la escena de película: cuando el camión ya estaba cargado en la puerta, Alfonso entró en la sala desnuda, me miró allí plantada como una náufraga y, de repente, va y me suelta, con cara de perrito abandonado:
Dime que no me vaya.
Lo mire con calma, respiré hondo y, con todo el orgullo que me quedaba, le respondí:
No.
Y se fue con todo. Bueno, casi. Me dejó el juego de sillas y la cocina que habíamos comprado juntos. ¡Qué generosidad, por favor!
Aquella noche lloré mirando las paredes desnudas, pero te juro que también me sentí ORGULLOSA. Antes me muero que suplicarle que me deje ni un tenedor.
Un año después
Tocan al timbre. Era ella, doña María Teresa, la exsuegra, que venía a ver a su nieta (sí claro y yo Miss Universo). Abrí la puerta poniéndome mi mejor sonrisa de serie española.
Pase, señora le dije, haciéndome a un lado.
Y, ¡madre mía! LA CARA QUE PUSO.
La casa estaba LLENA: sofás nuevos (bueno, los de mi tía, pero eso ella no lo sabía), mesa de comedor, una estantería preciosa, TELEVISOR PLANO enorme donde Martina veía sus dibujos en HD, cortinas, alfombra, hasta cuadros había colgados.
Veo que te has arreglado dijo ella, boquiabierta.
Sí, señora respondí, mientras le servía té en mi vajilla nueva. Un año da para mucho cuando una no tiene que aguantar borrachos.
Casi se atraganta con el té. Ahí supe que HABÍA GANADO.
Porque resulta que, en el mismo tiempo que pasé lidiando con los numeritos de Alfonso cuando volvía borracho de las tardes familiares, yo sola y con mi hija, conseguí llenar este piso de amor, sacrificio y muebles que NADIE me iba a quitar.
Martina jugaba feliz con sus juguetes por la alfombra. Mi exsuegra miraba el salón como si estuviera en otro planeta. Y yo, tranquilamente, sorbiendo mi té, pensaba:
Gracias por llevártelo todo, me diste la mejor excusa del mundo para demostrar de qué estoy hecha.
Dime tú, ¿no has tenido nunca ese momento de satisfacción total? Cuando esa persona que te subestimó ve que no solo te las arreglaste sin ella, sino que encima BRILLASTE.







