DESTINO SOBRE UNA CAMA DE HOSPITAL
Señorita, aquí tiene la bolsa, cuídelo usted. Yo no soy capaz ni de acercarme, mucho menos de darle de comer con la cuchara exclama una mujer dejando con brusquedad una bolsa de víveres en la cama donde reposa su marido enfermo.
Tranquilícese, por favor. Su marido se va a recuperar. Ahora necesita cuidados muy atentos. Yo ayudaré a Enrique a ponerse en pie le aseguro, mientras enfermera, no es la primera vez que tengo que calmar a la esposa de un paciente con tuberculosis.
A Enrique lo han traído en estado delicado, pero las probabilidades de sobrevivir son altas. Tiene muchas ganas de vivir, y eso ya es la mitad del camino. Solo es una lástima que su mujer, Carmen, no confíe en la medicina. A veces pienso que Carmen ya ha decidido apartar a Enrique de su vida antes de tiempo.
Muchos años después, anticipo, el hijo de Enrique y Carmen también contraerá tuberculosis en forma abierta. Carmen, como entonces, perderá toda esperanza en su hijo Jaime. Sin embargo, Jaime logrará curarse.
Pese a su severo diagnóstico, Enrique bromea, sonríe y hace lo posible por salir cuanto antes del hospital de enfermedades respiratorias. En el pueblo toledano donde viven él y su familia no hay un centro especializado, por eso Carmen casi nunca viene a verlo. Enrique da pena: desatendido, con ropa gastada, como abandonado.
Enrique, ¿le importaría que le trajese algunas cosas? Veo que ni zapatillas tiene, anda con zapatos. ¿Aceptaría un pequeño paquete de mi parte? trato de bromear.
De usted, Lucía, hasta veneno tomaría si me lo da como medicina. Pero no, por favor, de momento no me traiga nada. Déjeme recuperar fuerzas, luego… Enrique me toma la mano con ternura.
Con suavidad retiro mi mano y salgo de la habitación.
El corazón me late con fuerza, desbocado. ¿Es posible que me esté enamorando? No quiero romper una familia. Eso está mal. No puede acabar bien. La dicha ajena no puede construirse sobre la desdicha de otros… Pero el corazón no entiende de razones, ni de normas. Ay, tirarse al vacío…
Cada vez visito más a menudo la habitación de Enrique. Nos quedamos hablando mucho rato. Los turnos nocturnos se hacen eternos y las conversaciones, profundas e íntimas. Sin darme cuenta, terminamos por hablarnos de tú.
Enrique tiene un hijo de cinco años.
Mi Jaime ha salido a su guapa madre. ¿Sabes, Lucía? Yo la quise mucho a Carmen. Le puse la vida a sus pies. Es una mujer apasionada, atractiva, arrolladora. Pero solo se quiere a sí misma. El egoísmo de una esposa es peor que el ácido. Mira ahora: eres tú, una extraña, quien me cuida Enrique suspira apesadumbrado.
Pero Carmen vive lejos; no es sencillo venir cada poco trato de defender a su esposa.
Venga ya, Lucía. Como decimos aquí, la esposa que quería al marido, le reservó la celda en la cárcel. Para irse con los amantes sí le da tiempo, aunque vivan al otro extremo de España. Lo sé de sobra… Enrique se altera.
Buenas noches, Enrique. Mejor no tomes decisiones precipitadas. Todo se arreglará digo mientras apago la luz y salgo despacio.
Está claro que Enrique sufre. Allí, inmóvil en una cama, mientras su mujer se divierte por ahí. No es nada mortal, pero como dice el refrán: para la hormiga, el rocío es un aguacero.
A la semana siguiente escucho gritos en la habitación.
¡Que no te vea más por aquí, zorra! ¡Fuera! Enrique grita fuera de sí a una Carmen asustada.
Ella sale disparada, como alma que lleva el diablo.
¿Qué ha pasado aquí? pregunto sorprendida.
Enrique se da la vuelta hacia la pared. Le tiembla todo el cuerpo debajo de la sábana. Al final tengo que administrarle un calmante.
Pasa un mes y Carmen no vuelve a venir.
Enrique, ¿quieres que llame a tu mujer? le pregunto en voz baja.
Gracias, Lucía, no hace falta. Estamos en trámites de divorcio dice con calma Enrique.
¿Por la enfermedad? No digas tonterías, vas mejorando me sorprendo.
¿Recuerdas que eché a Carmen? Vino ese día solo para anunciarme que tenía un amante. Quería dejarlo con él en nuestra casa, decía que conmigo todo era incierto, pero que necesitaba un hombre en casa para arreglar el tejado… de repente calla, casi sin voz.
¡Vaya barbaridad! solo acierto a murmurar.
Poco después Carmen llega al hospital acompañada de otro hombre. Enrique no lo ve, pero yo tengo vista directa desde la ventana. El hombre se sienta en el banco del patio, fumando con nerviosismo. Carmen sale una hora después, se acerca a él, le da un beso rápido y un comentario gracioso, y los dos se marchan juntos.
Enrique, te dan el alta anuncio un día.
Lucía, quería preguntarte algo… Bueno, mejor no Enrique parece indeciso.
Enrique, acepto. ¿Es eso lo que querías? Espero no equivocarme me atrevo por fin.
Enrique se abre:
Lucía, no tengo casa a dónde ir. ¿Puedo quedarme en la tuya? Lo de Carmen ha terminado. Se casa con otro.
Enrique, tengo un hijo. Si lo aceptas, podríamos formar una familia bonita le confieso mis cartas.
Un hijo no es ningún obstáculo. Ya lo quiero como si fuera mío me mira tan hondo, que noto cómo me derrito, como un copo de nieve al calor de un guante.
… Han pasado ya muchos inviernos y veranos desde entonces.
Enrique y yo tenemos dos hijos en común. Hemos conseguido construir un hogar cálido y feliz. Jaime, el hijo de Enrique, viene a menudo a visitarnos con su familia. Mi hija de una relación anterior vive en el extranjero. Aunque, para ser sincera, nunca estuve casada; fue un desliz de juventud.
Confié en un joven que me prometió amor para siempre, una vida hecha de ilusiones… pero esa melodía nunca llegó a sonar. No me arrepiento de nada.
En cuanto a Carmen, se casó varias veces, tuvo un hijo de un hombre de paso. El niño sufrió problemas mentales toda la vida. Carmen apenas le prestó atención. Era fría, distante. El muchacho creció a su aire, sin molestar. Cuando Carmen falleció, el chico acabó en una residencia.
Enrique y yo ya somos mayores, pero el amor que sentimos es más intenso que nunca. Seguimos caminando juntos, valorando cada día, cada mirada, cada suspiro.






