El destino siempre se cumple

**Diario de un hombre**

Las mejores amigas, Lucía y Marta, se conocían desde la infancia. Vivían en el mismo pueblo de Castilla, y todos decían que su amistad era “como uña y carne”. Las dos eran guapas, aunque Lucía tenía un aire más dulce y sereno, mientras que Marta era como el fuego, vivaracha y llena de energía.

En el instituto, todos sabían que Adrián suspiraba por Lucía, pero ella no tomaba en serio sus miradas. Aún así, le halagaba que él la siguiera como una sombra, le regalara flores silvestres y le declarara su amor cada día. Lucía solo respondía con una sonrisa a aquel chico tímido pero encantador. Quizás habría funcionado entre ellos de no ser por la aparición de Javier, un presumido que quería conquistar a todas las chicas bonitas del pueblo.

Javier, moreno y de ojos oscuros, paseaba por los pasillos del instituto con aire de superioridad, dejando un rastro de suspiros a su paso. Las dos amigas cayeron rendidas ante él, y al principio incluso bromeaban:

—Imagínate, Lucía, que suerte tendrá la chica que se case con este guapo de Javier —se reía Marta.

Javier notaba que gustaba a ambas y se sentía todo un donjuán. Empezó a alternar entre ellas: una semana con Lucía, otra con Marta. Pronto, las amigas empezaron a pelearse por él, y esa rivalidad lo excitaba aún más. Le encantaba jugar con sus sentimientos, aunque no por eso dejaba de ser cariñoso.

Un día, las inseparables amigas se enzarzaron en una pelea feroz por Javier. Ambas esperaban a que él eligiera. Hasta que Lucía, en un encuentro casual, le soltó:

—Javier, estoy esperando un hijo tuyo. ¿Qué vamos a hacer?

—¿En serio? —preguntó él, rascándose la nuca—. Bueno, pues nos casamos, ¿no? Un niño necesita padre. Espero que aceptes… No hay otra opción.

El destino había decidido por ellos, y Javier se calmó. Una semana después, celebraron el baile de graduación. Las amigas, inesperadamente, hicieron las paces. Lucía creyó que todo estaba resuelto, pero Marta llevaba dentro un rencor que no se disipó.

Hubo una boda ruidosa y alegre en el pueblo, y luego empezó la vida en común. Vivieron bien, con tranquilidad, y nació su hijo, Pablo. La casa, heredada de la abuela de Lucía, fue ampliada y reformada por Javier, que tenía talento para la carpintería. Aunque trabajaba como tractorista, era un manitas con la maquinaria.

Llegaron tiempos difíciles. La crisis azotó, y Lucía, que trabajaba en contabilidad, fue despedida. El cooperativo agrícola cerró, y aunque a Javier no lo echaron, lo mandaron de vacaciones forzosas.

—Javier, ¿qué hacemos? Pablo va a empezar primaria y no tiene ni zapatos decentes. Y luego vendrá el invierno… —se quejaba Lucía, angustiada.

La situación era dura, pero una tarde, la antigua jefa de Lucía, Carmen, le dio un rayo de esperanza:

—Lucía, mi hija me dijo que buscan una secretaria en la oficina de Hacienda en la capital. Es mucho trabajo, pero quizá te interese.

Al día siguiente, Lucía tomó el autobús hacia la capital. Al cruzar la puerta de Hacienda, esperó nerviosa en un banco hasta que la llamaron. Sabía que el sueldo era bajo, pero no le importaba: necesitaba el trabajo.

—Buenos días —dijo tímidamente al entrar.

—Pase, siéntese —respondió una mujer con gafas, voz fría y gesto profesional.

Lucía la miró mejor… y el corazón le dio un vuelo.

—¡Marta! —exclamó, feliz—. ¡Cuánto tiempo!

—Lucía… —respondió ella, sin entusiasmo—. Así que eres tú la candidata.

—Sí. ¡Podríamos trabajar juntas!

Marta se reclinó en su sillón, arreglándose el pelo con gesto altivo.

—Me temo que no será posible. Necesitamos a alguien de la capital. Ya tenemos a otra persona.

El silencio se hizo pesado. Lucía entendió que Marta no había perdonado el pasado.

—Podrías habérmelo dicho antes —murmuró, levantándose—. ¿Sabes de algún otro trabajo?

—No. Buena suerte.

Al llegar a casa, Javier se enfureció al enterarse.

—¿Marta? ¿Y se atreve a rechazarte así? ¡Voy a ir a decírselo en su cara!

Lucía intentó calmarlo, pero él fue igual. Volvió esa noche, callado y serio.

—¿Y? ¿Qué pasó? —preguntó ella.

—Tiene razón. El puesto ya está cubierto. El tipo tiene experiencia y vive cerca.

Lucía no entendió su cambio de actitud, pero aceptó su explicación.

Días después, consiguió trabajo en correos. Todo parecía mejorar… hasta que un encuentro casual lo cambió todo.

Camino a casa, se topó con Adrián.

—Hola, Lucía.

—Hola. ¿Cómo estás?

—Bien. Oye… ¿Javier está enfermo? Le pedí que revisara mi tractor, pero no aparece por el taller.

—¿Qué dices? Sale cada mañana a trabajar…

—Nadie lo ha visto. —Adrián bajó la voz—. Mejor me voy.

Esa noche, Javier llegó tarde otra vez. Lucía no aguantó más.

—¿Por qué mientes? Sé que no vas al taller. ¿Vas a la capital?

Javier, con las manos temblorosas, confesó:

—Sí. Voy a ver a Marta. La quiero. Desde que la vi de nuevo… lo supe.

Lucía no pudo contener las lágrimas.

—Recoge tus cosas y vete.

Todo se derrumbó. Años de esfuerzo, amor y paciencia, convertidos en nada.

Javier se fue al día siguiente. Con el tiempo, supo que él y Marta no funcionaron. Pero para entonces, Lucía ya había encontrado su felicidad.

Un día, Adrián apareció en su puerta.

—Hola. ¿Puedo arreglar tu valla? Se está cayendo.

Lucía sonrió. La vida le había dado una segunda oportunidad.

**Lección aprendida:** El destino siempre encuentra su camino. A veces, lo que parece una pérdida es solo el preludio de algo mejor.

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El destino siempre se cumple