EL DESTINO EN UNA CAMA DE HOSPITAL
Señorita, ¡tome usted y cuídele como pueda! Yo ni me atrevo a acercarme, ¡mucho menos a darle de comer con cuchara! dijo la mujer con sequedad, soltando la bolsa con alimentos sobre la cama donde yacía su marido enfermo.
No se preocupe tanto, señora. Su marido se recuperará. Ahora necesita cuidados constantes. Yo ayudaré a Ricardo a que vuelva a ponerse en pie le respondí, intentando tranquilizar a la esposa del paciente, no era la primera vez como enfermero que tenía que hacerlo.
A Ricardo lo habían traído de urgencia, en estado grave, pero las posibilidades de salir adelante eran altas. Quería aferrarse a la vida, y eso ya es la mitad de la batalla ganada. Lástima que Blanca, su esposa, no creyese mucho en lo que la medicina pudiera hacer. Yo llevaba tiempo notando que Blanca parecía resignada, como si ya se hubiese despedido de su marido antes de tiempo.
Adelantando en la historia, contaré que el hijo de Ricardo y Blanca, muchos años después, también sufriría tuberculosis en su fase más avanzada. Blanca, en cuanto lo supo, dio por perdido a su hijo Mateo. Sin embargo, Mateo logró sanarse.
Ricardo, a pesar del diagnóstico tan duro, no dejaba de bromear, de reír, deseando irse cuanto antes del hospital de infecciosos. En el pequeño pueblo donde vivían no había hospital, así que Blanca casi nunca iba a visitarle. Me daba pena aquel hombre joven, abandonado, desarreglado, con la ropa ya ajada.
Ricardo, ¿le importaría si le traigo algunas prendas? Veo que ni zapatillas lleva, anda por ahí en zapatos. ¿Me permite acercarle algo? intenté bromear.
De ti, Carmen, aunque me ofrecieras veneno en vez de medicina, lo tomaría. Pero, por favor, no traigas nada, sólo deja que me recupere. Ya después… Ricardo me cogió la mano con afecto.
Con suavidad aparté la mano y salí de la habitación. El corazón me latía con fuerza. Parecía que se me salía del pecho. ¿No me iría a estar enamorando? No, no debía romper una familia. Eso no está bien. Nada bueno puede salir de un desdicha ajena… Aunque, al corazón no se le manda, él no entiende de prohibiciones. Ay, meterse de cabeza en el abismo…
Cada vez visitaba más la habitación de Ricardo, hablando largo y tendido con él, especialmente durante las largas noches de guardia. Nuestras charlas pronto fueron de corazón a corazón, acabamos tratándonos de tú sin darnos cuenta.
Ricardo tenía un hijo de cinco años.
Mi Mateo se parece mucho a su guapa madre. ¿Sabes, Carmen? Yo quise mucho a Blanca. Me desvivía por ella. Blanca es una mujer apasionada, irresistible, en la cama es un vendaval. Pero sólo se quiere a sí misma. No se puede hacer nada. El egoísmo corroe, peor que un ácido. Y ves, eres tú, una extraña, quien se ocupa de mí suspiró Ricardo.
Tampoco es fácil para Blanca, está lejos, no puede venir cada día intenté excusar a su esposa.
Venga ya, Carmen. Como dice el refrán, la mujer que amaba a su marido, ya le tenía sitio en la cárcel. Para ir con sus amantes sí le da tiempo a cruzar medio país, eso sí lo sé… Ricardo empezaba a enfadarse.
Buenas noches, Ricardo. No tomes decisiones precipitadas. Todo se arreglará apagué la luz y salí despacio.
Sin duda Ricardo sufría; postrado, sin poder valerse, mientras su mujer se entretenía por ahí. No era cuestión de vida o muerte, pero como los viejos de aquí dicen, para un grano de arena, un temporal.
A la semana, escuché alboroto en la habitación de Ricardo. Corrí.
¡Que no te vea más aquí, zorra! ¡Fuera! gritaba Ricardo a una Blanca asustada.
Ella salió disparada fuera.
¿Qué ha pasado? pregunté con extrañeza.
Ricardo se volvió hacia la pared en silencio. Todo él temblaba bajo la manta. Tuve que ponerle un tranquilizante.
Pasó un mes. Blanca ya no volvió.
¿Quieres que llame a tu mujer? le pregunté en voz baja a Ricardo.
Gracias, Carmen, pero no. Blanca y yo nos separamos dijo tranquilo.
¿Por la enfermedad? Pero si mejoras cada díame sorprendí.
¿Recuerdas cuando la eché aquel día? Venía a decirme que tiene un amante, y que quiere que viva en nuestra casa porque, total, yo podía morirme, y le hacía falta un hombre para la casa, con esto de que el tejado está mal Ricardo calló.
¡Vaya barbaridad! fue lo único que conseguí decir.
Para colmo, pronto vi a Blanca llegar con un hombre. Ricardo, desde la cama, no lo sabía, pero yo desde la ventana lo veía todo. El desconocido esperaba en el banco del patio, fumando con nerviosismo. Dos besos rápidos y pasaron juntos la tarde.
Ricardo, te han dado el alta le dije finalmente.
Carmen, quería pedirte una cosa… O bueno, mejor no… vaciló Ricardo.
Ricardo, si quieres venir a vivir a mi casa, eres bienvenido. Creo saber lo que querías decirme, ¿me equivoco? esta vez me atreví.
Ricardo fue honesto conmigo:
No tengo casa, Carmen. ¿Me dejarías quedarme contigo? Con Blanca ya todo está claro. Se va a casar otra vez.
Ricardo, yo tengo un hijo. Si lo aceptas, haremos una buena familia le conté la verdad.
Un hijo no es un obstáculo. Ya lo quiero como si fuera mío Ricardo me miró con tal ternura que sentí calidez por todo el cuerpo, como una copita de anís al lado de la estufa.
…Desde entonces han pasado muchos inviernos y veranos.
Ricardo y yo tuvimos dos hijos juntos. Logramos crear un hogar cálido. Mateo, su hijo, viene a menudo con su familia. Mi hija de mi primer noviazgo vive en otro país. La verdad, nunca llegué a casarme; fue simplemente un error de juventud. Confié demasiado en alguien que me prometió la vida entera, pero la canción nunca sonó. No me arrepiento.
¿Y Blanca? Se casó varias veces, tuvo un hijo de un viajante de comercio. Ese chaval tuvo siempre problemas mentales. Blanca nunca se preocupó por él, era fría, distante. El chico creció solo, sin molestar a su madre. Cuando Blanca se fue para siempre, acabaron llevándolo a una residencia.
Ya somos mayores, Ricardo y yo, pero el amor entre nosotros brilla más que cuando éramos jóvenes. Caminamos juntos la vida, dándonos valor en cada mirada, en cada aliento.







