El destino de dos personas
Sergio siempre había sido el fantasma de la clase. No es que intentara pasar desapercibido, al contrario: era listo, con rasgos cuidados que podrían haber merecido un par de halagos si alguien se hubiera tomado la molestia de mirarlos. Pero el grupo de 10.º A, con sus pandillas de intereses, no le había puesto ojo; él no encajaba en ninguno de sus círculos. Nunca le hicieron bullying, pero tampoco tuvo amigos.
Era un solitario por naturaleza. Comedor, aula, casa: ese era su mundo. Y la verdad, a Sergio no le moría mucho la idea de entablar conversación con sus compañeros.
Entonces llegó ella. La nueva alumna.
Su historia era un rompecabezas: padres ausentes, una abuela que apenas la necesitaba. Una solitaria como él, pero no distante; más bien retraída, como si la vida le hubiera apretado la mochila.
Cuando Sergio la vio, el gris de su rutina se tiñó de color. Amor a primera vista.
¡Hola! le dijo, acercándose a su pupitre al terminar la clase.
No se lo esperaba, lo juro. Ni él siquiera había pensado en acercarse a alguien a charlar Los compañeros, al oírlo, se asomaron por la puerta del aula.
Carmen cerró el libro.
Le echó una ojeada a Sergio.
Hola respondió ella.
Yo soy Sergio. Tú ¿cómo te llamas? dijo, ya imaginándose que ese no era el modo de conquistar a una chica.
Carmen contestó, sin más.
¿Qué tal te va en nuestro curso? He visto que el ejercicio de matemáticas quedó en blanco ¿Todo bien?
Carmen admitió que no había escrito nada. Quería dar la mejor impresión a los nuevos profesores, claro.
Normal. Sólo que no estoy acostumbrada. Llevo un poco atrasada, pero lo recuperaré.
Podrías preguntar a alguien.
Ja, preguntar, qué fácil suena. Pero a mí me cuesta presentarme a la gente dijo, poniéndose de pie.
Te entiendo. Yo tampoco soy muy hablador. Pero, si necesitas algo, aquí estoy. Conozco bien la escuela bueno, estudio bastante, eso significa que me las arreglo. No es que tú seas… la interrumpió Sergio con una sonrisa.
Lo pillé, repuso ella, riendo.
Así comenzó su amistad.
Con el tiempo, Sergio encontró sentido a sus días en el instituto. No sólo se hizo amigo de Carmen, sino que, poco a poco, empezó a coquetear. Era un manitas: en matemáticas, literatura, e incluso en educación física lograba cubrirla cuando la necesitaba.
¡Sergio, eres un genio! exclamaba ella, inclinándose sobre el cuaderno. ¿Cómo lo haces? La profe explicó todo y yo no pillé ni una. Sin ti no terminaría este curso.
Carmen exageraba, pero a Sergio le gustaba el halago, aunque fuera un poquito.
Solo hay que saber qué fórmula aplicar. Tú también lo lograrás.
Yo no voy tan rápido como tú, o a veces ni lo intento.
No es una carrera. Lo importante es que lo entiendas. Y si no, te lo explico otra vez, cien veces si hace falta.
Miles si es necesario, siempre y cuando sigas sentada a mi lado.
En el undécimo curso, Sergio se armó de valor para confesar sus sentimientos, pero el momento nunca llegaba. Mientras él planeaba su gran declaración, Carmen, más segura y con nuevos conocimientos, empezó a acercarse a otros compañeros. Resultó que tenía un talento inesperado para llevarse bien con todo el mundo.
Sergio se alegraba por sus logros, pero algo dentro de él se revolvía.
Mientras él ideaba cómo recuperar su atención, Carmen se acercó a Diego. Diego era el chico ruidoso, siempre en el centro de la acción. Carmen empezó a girar a su alrededor, y él, rápido de ojo, la tomó bajo su ala.
Sergio observaba cómo Carmen cambiaba de asiento, sentándose cada vez más cerca de Diego.
Carmen le preguntó un día, cuando estaban en el parque y Diego se había ido con sus colegas. ¿Qué pasa con Diego? No viniste a verme ayer, teníamos planes
Lo siento, se nos alargó la charla. Sergio, creo que me estoy enamorando dijo, y él se quedó petrificado.
Sin embargo, la amistad le obligó a preguntar:
¿Es buen chico?
Sergio lo sabía bien, lo había visto desde primero.
Sí, me lleva bien con él.
¿Y conmigo te cuesta?
Carmen le lanzó una mirada diferente.
Sergio, eres mi mejor amigo. Con los amigos siempre es fácil; con el novio, siempre es complicado. Pero con él las cosas fluyen. Creo que nos irá bien.
Sergio comprendió. Se quedaría como amigo. El mejor, pero solo amigo.
El instituto acabó.
Con él también se fue la época en que podía ver a Carmen todos los días bajo excusas benévolas. Ahora ella estaba con Diego, y de vez en cuando paseaban juntos por el parque, siempre que no se les olvidara.
Diego y Carmen se casaron casi de inmediato.
Sergio asistió a la boda; si te toca hacer de amigo, hay que cumplirlo hasta el final. Sonrió, los felicitó, se tomó mil fotos entre los invitados y los recién casados. Y una y otra vez se preguntó por qué se habían apresurado a casarse, a lo que Carmen nunca respondió con claridad.
Al final, le dijeron que Carmen estaba embarazada. No solo embarazada, sino pronto. La razón fue un golpe de realidad que dejó a Sergio sin esperanzas.
Ya veo pensó. No fue romance ni capricho, sino responsabilidad, paternidad tal vez la necesidad de afianzar una posición.
Sergio entendió que ya no había nada que atrapar. Iban a tener un hijo.
Él intentó, de verdad. Salía con chicas, iba a citas, trató de integrarse a la movida universitaria, pero nada le llenaba. Su corazón seguía atrapado en la sombra de Carmen, incluso de la Carmen que ahora vivía otra vida.
La vida de Carmen, mientras tanto, se torcía en niebla.
El matrimonio con Diego resultó no ser el boleto al cielo que ella había imaginado. En vez de una vida feliz, terminó viviendo bajo el mismo techo que la madre de Diego, Inés. Inés dejó claro desde el primer momento quién mandaba.
Esto es mío dijo, cuando Carmen tomó un caramelo del jarrón.
¿Puedo uno? preguntó Carmen.
Pues bien, toma uno.
Carmen había vivido solo con su abuela; ahora se encontraba en una posición de servidumbre.
Esto es mío, repitió Inés al ver a Carmen coger la última galleta. Sin mi permiso, nada ocurre aquí.
¿Puedo? insistió Carmen.
Vale, toma.
El bebé nació a tiempo, pero la casa no le daba respiro.
¿Cuándo vas a trabajar? inquirió Inés, mientras revisaba la despensa. No eres una camarera, pero aquí no hay restaurante ni asilo, todos deben curro.
¿Y a quién dejo al niño? replicó Carmen. No podéis quedaros con él.
Yo crío al mío, tú cría al tuyo. Nada más.
Inés no se molestó en decir que el padre, Diego, casi siempre estaba fuera, medio borracho, y que la única ayuda venía de su propio padre, que tampoco se inmiscuía.
Diego, cuando estaba en casa, era un fantasma; los fines de semana se pasaba la tarde en el bar con sus colegas, dejando a Carmen y a la madre luchando entre ellas.
¿Qué puedo hacer? preguntó alguna vez Carmen. Vosotras, las mujeres, siempre entendéis mejor…
A veces, Carmen no tenía con quien hablar.
Sergio, con la escasa energía que le quedaba, trataba de mantenerse en contacto, pero incluso él le costaba abrirse una brecha.
Los años pasaron, dejando arrugas en la piel y cicatrices en el alma.
Sergio tenía ya veinticinco años. Con el trabajo le iba bien, pero su vida amorosa seguía tan vacía como en el cole. Seguía siendo el mismo solitario, pero ahora más desconfiado.
Carmen aparecía escasamente; hablar a solas con ella era como recibir un regalo de Reyes. Cada vez que se cruzaban, la suegra de Inés estaba siempre al lado.
¡Carmen! exclamó al verla en la parada del bus. ¡Cuánto tiempo!
Sergio. Cuántos inviernos…
Pues, aún no ha pasado un año
¡Ay, me perdí en el calendario!
¿Y tú? le preguntó, mirando su rostro. ¿Cómo va la vida, el curro?
Hablar de trabajo no servía de nada. “Trabajo es trabajo”. Sólo había que lograr que el niño llegara al cole y que los seguros pagaran algo.
Todo bien, como ves.
Pero Sergio no lo creyó. Notó bajo la capa de maquillaje un pequeño moretón en la mejilla.
¿Lo hizo Diego? preguntó, sin pensarlo.
Carmen se asustó y luego, irritada, replicó:
Eso no es asunto tuyo, Sergio.
Ya nada de su vida le importaba a Sergio, y por mucho que intentara arreglarlo, todo terminaba en fracaso.
Carmen
¡Hasta luego!
En casa, sacó la base de maquillaje y se limpió el rostro. El moretón quedó a la vista. Se miró en el espejo y ya no reconoció a la mujer que había sido.
¿Qué me ha pasado? susurró.
Antes de que pudiera responder, apareció Inés.
¿Con quién te has topado otra vez? gruñó. ¿Cuántas veces tengo que cubrirte ante tu hijo? ¡Si lo cuenta a él, te juro que…
Carmen, temblorosa, intentó explicarse:
Con Sergio, somos amigos desde la escuela. Nos encontramos por casualidad.
Ah, ese Sergio con el que te escapabas al parque. Sigues siendo la misma, y Diego te aguanta y ahora bebe por tu culpa
El drama se alargó. Inés seguía con su monólogo interminable, mientras en el apartamento que Inés había alquilado antes del matrimonio de Carmen y Diego, el aire era tan denso que Carmen quería escapar, aunque jamás pensó que fuera literal.
Nos mudamos anunció Inés, tomando todas las decisiones. Al campo. La ciudad es cara, allá al menos será una casa propia y más barato.
Por fin, mamá. ¡Cuánta pasta hemos gastado en alquiler! asintió Diego, sin importarle dónde trabajar.
Nadie le preguntó a Carmen nada.
Antes de irse, Carmen se acercó a Sergio en secreto, como quien se despide antes del funeral.
Carmen le dijo. Ese traslado será un error. En el campo no te librarás de ellos, y allí te aplastarán. ¿A dónde vas?
No lo entiendes, Sergio. No me preguntaron nada.
La decisión siempre es tuya insistió. Sólo que a veces es muy dura.
¿Y a quién le sirvo, si no a ellos?
A mí. Quédate. Ven a mi casa. Tú, Diego y el niño.
Pero no funcionó.
El campo era una casa sin comodidades. Comodidades sí había, pero había que levantarse del sofá para conseguirlas. No había caras conocidas a la vuelta de la esquina.
Diego, como descubrimos, no cambió ni en el campo. Allí se perdía los días entera, y cuando regresaba, estaba como una naranja exprimida: totalmente borracho.
Inés, lejos de aliviar a su nuera, intensificó sus funciones de supervisora.
¡Carmen! Corta el jamón para los bocadillos. Pela las patatas. Y luego… ¿quién va a pasar la aspiradora?
El pequeño Kiko, su hijo, absorbía todos los hábitos de su padre.
Kiko, ¡recoge tus cosas! le gritó Carmen cuando él derramó el té.
¡Tú recoge! replicó él, como diciendo que ella no tenía nada que hacer.
Carmen, cansada de su insolencia, miró a Diego con la esperanza de que al menos él pusiera orden. Diego solo sonrió:
Exacto, hijo. Desde pequeño hay que ser más estricto.
Carmen le explicó a Kiko por qué no debía comportarse así, y él asintió por educación. Una semana después volvió a darle órdenes a su madre, como si fuera él el adulto.
Diego rondaba entre borracheras y ausencias, mientras Inés gritaba:
¡Eres tú quien arruina a mi hijo! cuando lo trajeron a casa un día, sucio y con un ojo golpeado. Siempre has tenido amantes. ¿Crees que Diego empezó a beber por eso? ¡Porque no se atrevió a divorciarse!
Carmen guardó silencio. ¿Qué podía decir? Que Diego se escapaba, bebía, y que nunca aceptó que algo existiera entre ella y Sergio. Si lo hubiera aceptado, habría dejado a Carmen.
Kiko creció.
Se volvió una copia de su padre: veinte años, sin saber qué es trabajar. Salía con su padre, volvía solo, y también estaba siempre borracho.
Mamá, dame quinientos euros le pidió. Papá lo dijo.
¿Y tú y tu padre no van a trabajar, Kiko?
Muéstrame dónde hay un trabajo decente. Yo lo consigo.
Una tarde, cuando la tensión en la casa llegó al límite, Carmen sintió que perdía la cabeza. Cuando la suegra volvió a soltar su monólogo sobre la inutilidad de Carmen, ésta no aguantó más. Se fue a la ciudad, buscó a Sergio.
Fue como un despertar.
Con Sergio todo sería distinto.
Llegó a la ciudad y se dirigió a la dirección que recordaba de los viejos tiempos: la casa de Sergio. Se sentó en un banco hasta que oscureció, temerosa de llamar a la puerta. Allí estaban los padres de Sergio ¿y dónde estaba él?
Mamá, nos quedaremos contigo pasado mañana dijo el hijo de Sergio, mientras se despedía de su madre, que lo acompañaba con una mujer guapa al brazo.
Ya nos cansaremos de vosotros sonrió la mujer, la futura suegra de Sergio. La madre de Sergio casi abraza a su nuera.
Carmen comprendió que ninguna esperanza quedaba. Algunas puertas, una vez cerradas, jamás se vuelven a abrir.







