Siempre he sido una persona maja y nunca he tenido una pizca de avaricia. Si había algo que podía dar a alguien necesitado, iba yo y lo daba sin pensármelo dos veces. A veces hay que compartir con el prójimo, que ya lo dice el Evangelio y la abuela.
Total, que un buen día se me ocurrió regalar una chaqueta. No pedí ni un duro por ella, ¡ni uno! Pensé: igual hay alguien pasando fresco por Madrid mientras mi chaqueta se aburre en el armario. La llevé dos veces contadas. Costó lo suyo, pero tampoco era de oro.
Sin más rodeos, subí un anuncio a un grupo de Facebook. No tardó en escribirme una tal señora Dolores por privado, y quedamos para las nueve de la noche.
Pues nada, a las doce de la noche, mientras soñaba con churros y chocolate, suena el timbre. ¿Quién es a estas horas? pregunto yo, en bata y con los pelos alborotados.
Quedamos en que me das la chaqueta. Habíamos quedado a las nueve, ahora son las doce. ¿No te has parado a pensar que la gente duerme? ¿No se puede dejar para mañana?
¡No! ¡La quiero hoy!
Que estuve a punto de gritarle a la señora impertinente. Aun así, decidí darle la chaqueta. Se la entrego y va y me suelta:
No, no pienso probármela aquí en plena calle. Tendré que vérmela puesta, ¿no?
Y yo, en mi cabeza, pensando: señora, que es gratis, ¿qué más hay que mirar?
¿Quiere que me la pruebe en la jaula del ascensor, o mejor me invita a su casa?
Que mis hijos están durmiendo, mujer.
Bueno, pues subo en ascensor, ya ve.
Doña Dolores me puso mala cara, cogió la chaqueta y se largó tan ancha, sin soltar ni un gracias.
A pesar de todo, le di la chaqueta. Pero semejante descaro no lo había visto yo en mis días. Así que me prometí: nunca más regalo nada. ¡A ver si la gente aprende a valorar las cosas!






