Siempre he sido una persona generosa, nunca me ha dominado la avaricia. Si tenía algo que podía entregar a alguien necesitado, lo hacía sin dudarlo, porque a veces hay que compartir con los demás, como bien dice el Evangelio.
Por eso, una tarde, decidí regalar una chaqueta que ya no usaba – quizá habría alguien quien la necesitara para pasar el frío, mientras la mía se moría de olvido en el armario. Apenas la puse un par de veces y la compré a un precio razonable.
Así que publiqué el anuncio en un grupo de internet, esperando que alguien la quisiera. No tardé en recibir respuesta; una mujer me escribió por privado, quedamos para vernos a las nueve de la noche.
Lo extraño fue cuando, a las doce en punto, alguien llamó al timbre. En la penumbra del sueño, sentí que los relojes de la casa giraban al revés. “¿Quién es?”, pregunté medio despierta.
“Quedamos en que me darías la chaqueta”, respondió la voz por la mirilla, como si hablaran las paredes. “Quedamos a las nueve, ahora son medianoche. ¿No piensas que la gente también duerme?”
“¡No, la quiero hoy!”, insistió, la voz trasformándose en el silbido del viento entre los azulejos viejos del portal.
Por un momento pensé que la mujer iba a gritar y romper el silencio flotante de Madrid a esas horas raras. Sin embargo, decidí salir y entregarle la prenda, flotando con los pies apenas rozando el suelo.
“Yo no pienso probarme la chaqueta en la calle, no soy paloma ni estatua,” exclamó de pronto, los ojos tan abiertos como las ventanas del barrio en fiestas. “Invítame al menos a tu piso.”
“Mis hijos están dormidos”, respondí con voz deshilachada, sintiendo el eco rebotar por las paredes del bloque.
“Pues subo en el ascensor”, sentenció, y sentí cómo ese ascensor se transformaba en la boca de un pozo.
Sin agradecer, la mujer tomó la chaqueta y desapareció por el pasillo, sin dejar más rastro que el olor a café frío y la sombra de sus pasos.
A pesar de todo, le entregué la chaqueta. Pero jamás había presenciado tanta desfachatez, ni en los sueños más torcidos de una siesta de agosto. Decidí, entre el sabor a monedas de euro y persianas bajadas de mi ánimo, que no volvería a regalar nada más. La gente, simplemente, no sabe valorar esos gestos que se pierden, como hojas en la Castellana durante una madrugada extraña.






