El descubrimiento que le cambió la vida
Hasta los veintisiete años, Miguel vivió como un arroyo en primavera: bullicioso, impulsivo y sin mirar atrás. Era un muchacho atrevido y espabilado, y en todo el pueblo de la sierra de Ávila le conocían. Era capaz de, tras una jornada entera de vendimia, reunir a los colegas y salir andando hasta la Garganta de los Hornos con las cañas de pescar, y al volver al amanecer, ayudar enseguida al vecino con la cuadra desvencijada.
Este Miguel está hecho un trasto, vive sin preocuparse por nada decían los viejos del pueblo, moviendo la cabeza.
Vive sin una idea en la cabeza, solo hace el loco suspiraba su madre, Carmen.
¿Y qué tiene de malo? Vive como todos cuando tenían su edad decían los amigos de toda la vida, que ya tenían familia y su propia casa con corral.
Pero entonces, sin estruendo ni grandes dramas, le llegó la edad de los veintisiete. No fue un relámpago, sino más bien como la caída lenta de la primera hoja seca de la higuera. Una mañana, en pleno alba, el canto del gallo le despertó, y por primera vez ese sonido no le pareció el anuncio de otro día de diversión, sino una especie de reproche. Sintió un vacío, ese vacío que nunca había notado, empezando a susurrar fuerte en sus oídos.
Miró a su alrededor: la casa de sus padres, fuerte pero envejecida, necesitaba manos que no fueran solo para un rato, sino para siempre. Su padre, ya encorvado por tanto trabajar, no hablaba de otra cosa que no fueran las tareas del campo y los precios del pienso en euros.
La chispa le saltó, curiosamente, en una boda del pueblo. Era la boda de una prima lejana, y Miguel, como siempre, era el alma de la fiesta: haciendo bromas, bailando hasta quedarse sin aliento. En medio de la juerga, vio a su padre en una esquina, conversando con otro hombre igual de canoso. Le miraban desde lejos, sin reproches, solo con una tristeza cansada.
En ese instante, Miguel se vio a sí mismo de golpe: ya no era un crío, sino un hombre hecho y derecho, moviéndose al son de la música mientras la vida pasaba a su lado, sin objetivo, sin raíces. Le entró una inquietud profunda.
Al día siguiente ya era otro. Aquella ligereza descontrolada había desaparecido, sustituida por una calma seria, la calma de quien madura. Dejó de ir de casa en casa buscando risas. Cogió el viejo terreno que fue de su abuelo que ya no estaba justo en el borde del pueblo, al lado del robledal. Limpió la maleza, cortó dos árboles secos.
Al principio los vecinos se reían de él.
¿Miguel va a construir una casa? Si no sabe ni clavar un clavo recto decían entre risas.
Pero Miguel aprendía. Se equivocaba mil veces, se daba martillazos en los dedos, pedía permiso para talar leña, desenterraba raíces. Los euros que antes volaban, ahora los guardaba para comprar clavos, tejas, cristal. Trabajaba desde el amanecer hasta el ocaso, en silencio, sin rendirse. Por la noche caía rendido, pero por primera vez sentía que el día había merecido la pena.
Pasaron dos años. En la finca ya había una casa modesta, olorosa a madera nueva y resina. Al lado, un pequeño cobertizo levantado por sus manos. En el huerto, las primeras verduras. Miguel había perdido peso, casi no quedaba rastro de su alegría atolondrada; en sus ojos se veía serenidad, templanza.
Su padre acudía a menudo, le ofrecía ayuda pero él la rechazaba. El padre rondaba la casa, tocaba las esquinas, revisaba el tejado. Luego, satisfecho, le decía:
Está bien hecho
Gracias, papá respondía Miguel, sereno.
Ahora te falta buscarte una novia, una mujer que lleve la casa le soltaba.
Miguel sonreía mirándolo todo, hacia la espesura detrás de su casa.
Ya llegará, papá. Todo a su tiempo.
Se colgó el hacha y se puso a apilar troncos. Ahora sus movimientos eran pausados, seguros. De la antigua vida loca ya no quedaba nada. Había dado paso a otra vida, dura, seria y responsable. Pero, por primera vez en sus veintinueve años, sentía que estaba en su propio hogar. No solo bajo el techo de sus padres, sino en la casa que había construido él mismo. Aquella juventud vacía y alborotada se marchó.
El gran descubrimiento de Miguel llegó una mañana de verano cualquiera. Se preparaba para ir al bosque a por leña, arrancando el motor de su viejo SEAT, cuando, de repente, vio salir a alguien por la verja de la casa de al lado. Era Julia. Sí, Julia, la misma niña que él recordaba siempre correteando con los chicos del barrio, con dos trenzas y las rodillas llenas de costras. Aquella a la que perdió la pista cuando se fue a estudiar Magisterio a Salamanca.
Pero no salió una niña. Salió una mujer preciosa. El sol jugaba en sus cabellos rubios, sueltos y rizados, cayendo como espigas sobre los hombros. Caminaba recta, ligera. Llevaba un vestido sencillo, oscuro, que le realzaba el cuerpo esbelto; y sus grandes ojos, siempre tan alegres, ahora brillaban con una nueva profundidad cálida. Julia parecía absorta, ajustándose la bolsa y sin verlo enseguida.
Miguel se quedó de piedra, olvidando el motor y el bosque. Se le puso el corazón en la garganta, con una emoción torpe y tonta.
¿Pero cuándo? pensó. Por Dios, Julia, ¿cuándo te hiciste tan guapa? Si hace nada eras una niña flacucha.
Ella notó su mirada fija. Se detuvo, le sonrió, y esa sonrisa ya no era la de la cría del barrio, sino algo suave y dulce.
¡Muy buenas, Miguel! ¿Qué pasa, que no te arranca el coche? su voz sonaba profunda, sin pizca del timbre infantil de antes cuando le llamaba el pequeño.
Ju Julia acertó apenas a decir él. ¿A clase?
Sí asintió. Tengo que dar clase ya, no quiero llegar tarde.
Julia se alejó, caminando por el camino polvoriento. Él la siguió con la vista, y, entre cálculos mentales de madera y esquinas, le apareció de repente una certeza fulgurante:
Ella. Es con ella con quien quiero casarme.
Miguel ni se imaginaba que, para Julia, ese día estaba siendo el más feliz en años. Porque, al fin, aquél muchacho travieso y despreocupado del barrio le había mirado. No a través de ella, no como si no existiera; la había visto.
No me lo puedo creer, ¿será verdad que me ha mirado? Desde los trece años que me gusta y yo no era más que la cría para él. Incluso lloré cuando se fue a la mili. Las chicas mayores se le colgaban al despedirse, y yo me moría de envidia. Si hasta por él volví al pueblo y empecé a trabajar en la escuela.
Esa ternura infantil, callada y profunda, que Julia llevaba años guardando, de repente tuvo esperanza. Caminaba conteniendo una sonrisa, sintiendo en la espalda la mirada nerviosa y cálida de Miguel.
Aquel día, Miguel no pisó el bosque. Se dedicó a rondar su casa, cortar leña con rabia, pensando en una sola cosa:
¿Cómo no me he dado cuenta antes? Si ella siempre ha estado aquí. Ha crecido delante de mis ojos. Y yo, cambiando de novia cada dos por tres
Por la noche, en la plaza del pueblo, se cruzó de nuevo con ella. Julia volvía agotada, con el bolso al hombro.
Julia la llamó, sorprendido de su propia valentía, ¿qué tal en el trabajo? ¿Cómo te van los chicos? Deben ser todos unos traviesos
Ella se apoyó en la verja, con ojos cansados, pero llenos de bondad y belleza.
El trabajo es lo que es. Los niños, bueno, son niños Un jaleo, pero me llenan el corazón. Me encanta trabajar con ellos, son imaginativos y me hacen reír Y tú, vaya casa tan bonita te estás haciendo.
Aún está a medias musitó él.
No te preocupes, todo lo que empieza se termina le contestó ella, tímida, moviendo la mano. Bueno, me voy.
Todo se puede terminar, todo repitió Miguel para sí, y no pensaba solo en tabiques.
Desde entonces, Miguel tuvo una nueva motivación. No construía solo para sí mismo. Ahora sabía para quién quería abrir aquella casa.
Pensaba en vivir allí con la mujer que quería. Que en las ventanas, en vez de botes de clavos, hubiera macetas de geranios. Que en el porche no estuviera él solo, sino acompañado por esa mujer ligera, guapa y alegre.
No quiso presionar, temía espantar aquel sueño callado. Ahora casualmente se encontraba con Julia cada vez más seguido; primero solo asentía con la cabeza. Luego le preguntaba por el colegio y los niños.
¿Qué tal los alumnos, Julia? le preguntaba a menudo, viendo desde la verja cómo ella salía de clase rodeada de pequeños que chillaban: ¡Hasta luego, Julia!
Un día le llevó una cesta de nueces recién caídas del bosque. Julia aceptaba esos detalles con una sonrisa dulce, comprensiva. Ella veía en él ese cambio: de chico alocado a hombre sólido. Y en su corazón, que tanto había guardado, empezó a brillar una pasión enorme.
El pueblo estaba ya bajo las nubes bajas del otoño. Una tarde, cerca del invierno y con la casa casi terminada, Miguel por fin se decidió. Esperó a Julia en la verja, con un ramo de las últimas bayas rojas de serbal que crecía en el borde del bosque.
Julia le dijo nervioso, ya casi tengo la casa lista Pero está vacía, muy vacía. Me preguntaba si te gustaría venir algún día a verla Y, la verdad, quiero pedirte algo más. Julia, quiero ofrecerte mi mano y mi corazón. Me he dado cuenta de cuánto significas para mí.
Miguel le miró con ojos serios, algo asustados, y Julia vio en ellos todo lo que había esperado durante tanto tiempo. Cogió despacio las bayas, que ardían rojas, y las abrazó junto a su pecho.
¿Sabes, Miguel? dijo ella, he visto cada viga de esa casa desde el primer día. Siempre me preguntaba cómo sería por dentro. Esperaba que algún día me invitases Lo he soñado tantas veces. Así que sí, quiero.
Por primera vez desde hacía meses, en los ojos de Julia brilló esa chispa traviesa, infantil, que él nunca supo ver, pero que había estado ahí esperando el momento de encenderse.
Gracias por escucharme, amigo. Un abrazo enorme y que te vaya bonito siempre.







