El descubrimiento que le cambió la vida por completo Hasta los veintisiete años, Mikel vivía como un arroyo en primavera: ruidoso, turbulento y sin mirar atrás. Era atrevido y vivaracho, conocido en todo el pueblo. Podía, tras una jornada dura de trabajo agrícola, reunir a los amigos, irse a pescar al río a varios kilómetros y, al volver al amanecer, echar una mano al vecino con el granero torcido. —Madre mía, este Mikel vive sin preocupaciones —decían los mayores, moviendo la cabeza. —Vive sin una idea en la cabeza, sólo travesuras —suspiraba su madre. —Tampoco es para tanto, vive como todos —decían sus amigos de infancia, ya con familia y casa propia. Pero cuando cumplió veintisiete, todo cambió, no de golpe, sino despacio, como cae la primera hoja mustia del manzano. Una mañana, el gallo lo despertó al amanecer y el canto sonó, no como inicio de un día divertido, sino como un reproche. El vacío que antes ignoraba, ahora hacía ruido en su cabeza. Miró a su alrededor: la casa de sus padres, sólida pero envejecida, necesitaba manos fuertes, no de paso, sino para siempre. Su padre, encorvado del trabajo doméstico, cada vez hablaba más de la siega y del precio del pienso. El punto de inflexión llegó en la boda rural de un pariente lejano. Mikel, como siempre el alma de la fiesta, bromista, bailarín incansable. Pero vio a su padre en un rincón, hablando en voz baja con otro vecino canoso. Observaban su fiestero desenfreno, no con censura, sino con una tristeza fatigada. En ese momento, Mikel se vio a sí mismo con brutal claridad: ya no era chaval, sino un hombre bailando al ritmo de otros, mientras la vida pasaba de puntillas. Sin rumbo, sin raíces. Sintió vértigo. A la mañana siguiente despertó cambiado. La ligereza alocada se evaporó, llegó el peso sereno, la madurez. Dejó de ir de casa en casa sin motivo. Tomó el solar abandonado de su abuelo, ya fallecido, al borde del bosque, en las afueras del pueblo. Desbrozó, cortó árboles secos. Al principio, los vecinos se reían. —¿Mikel va a construir una casa? Si no sabe ni clavar un clavo recto. Pero él aprendía. Con torpeza, hiriéndose los dedos con el martillo tanto como con los clavos. Cortaba madera con permiso, arrancaba raíces. El dinero que antes gastaba sin control ahora lo ahorraba para clavos, tejas y cristales. Trabajaba de sol a sol, en silencio, con tesón. Caía rendido de noche, pero por fin dormía con la sensación de un día bien invertido. Dos años después, en la parcela se erguía una casa modesta pero firme, con olor a resina y a nuevo. Al lado, una sauna construida a mano. En el huerto, los primeros brotes. Mikel estaba más delgado, curtido al sol, en su mirada no quedaba rastro del chico despreocupado, sólo calma y firmeza. Su padre venía a menudo, ofrecía ayuda, pero él se negaba. El padre recorría la obra, palpando esquinas y mirando bajo el tejado. Al final decía: —Está hecho fuerte… —Gracias, aita —respondía Mikel con sencillez. —Ahora hay que buscar novia, una mujer que cuide la casa —decía el padre. Mikel sonreía, contemplando su obra y el bosque oscuro que la protegía. —Ya la encontraré, todo a su tiempo. Cogía el hacha y se iba a la pila de leña. Sus movimientos eran lentos y seguros. De aquella vida ruidosa y sin preocupaciones ya no quedaba nada. Había llegado otra: con inquietud, con responsabilidad, con trabajo duro. Pero, por primera vez en veintinueve años, Mikel sentía que estaba en casa. No bajo el techo paterno, sino en su propia casa, construida por sus manos. La juventud alocada y vacía se había marchado. El gran descubrimiento llegó en una mañana de verano, cuando Mikel se preparaba para ir al bosque a por leña. Estaba arrancando el motor del viejo Seat cuando, de la verja vecina, apareció ella. Julia. Aquella Julia que recordaba siempre corriendo con los chavales, con dos trenzas rubias y rodillas llenas de raspones. La que había visto por última vez como una adolescente torpe, rumbo a estudiar Magisterio. No salió una niña, sino una mujer guapa. El sol jugaba en su cabello dorado, que caía en ondas sobre los hombros. Caminaba recta, ligera. Un sencillo vestido oscuro marcaba su silueta. En sus grandes ojos, antes siempre risueños, brillaba ahora una profundidad cálida y apacible. Cruzaba la calle, pensativa, arreglando la bolsa en el hombro, sin repararlo al principio. Mikel quedó paralizado, olvidó el motor y el bosque. El corazón le latía con fuerza y torpeza. —¿Cuándo…? —pasó por su cabeza—. Madrecita, ¿cuándo te hiciste tan bella? Hace nada eras una niña. Ella notó su mirada clavada, se detuvo, sonrió. Ya no era la sonrisa traviesa de la vecina pequeña, sino algo dulce y turbador. —¡Hola, Mikel! ¿Se te ha parado el coche? —la voz era suave, sin la nota chillona de antes que le llamaba “chiquitín”. —Ju… Julia —balbuceó él—. ¿A clase? —Eso es —respondió ella—. Tengo pronto clase, mejor no llegar tarde… Y siguió caminando por la polvorienta carretera del pueblo. Él la miraba y, entre cálculos de vigas y esquinas, una idea brillante y nítida se cruzó en su mente: —Es ella. Ella es con quien debo casarme. No sabía que para la chica de al lado aquel amanecer era uno de los más felices en años. Porque por fin, ese Mikel a quien nunca parecía notar, la había mirado de verdad. No como quien ve muebles o paisaje, sino que la había visto a ella. —¿De verdad lo he conseguido? Qué ganas tenía, desde los trece me gustaba, pero yo para él era sólo la “pequeña”. Lloré cuando se fue al Ejército. Las chicas mayores lo despedían, le colgaban de la ropa, y a mí me daba rabia. Volví al pueblo para trabajar en la escuela, sólo por él. Su apego infantil y secreto había ardido poco a poco en su interior, hasta que aquel día revivió la esperanza. Caminaba conteniendo la sonrisa, sintiendo la mirada ardiente y confusa de Mikel en la espalda. Ese día no fue al bosque. Dio vueltas alrededor de la casa, cortó leña frenéticamente, y en la mente sólo rondaba una cosa: —¿Cómo es posible que no la haya visto antes? Siempre estuvo aquí. Crecía, y yo cambiaba de novia… Por la tarde, junto al pozo, volvió a encontrar a Julia, cansada, con la bolsa al hombro. —Julia, Julia —la llamó, sorprendido de su propio arrojo—. ¿La escuela, qué tal? ¿Tus alumnos, aún así revoltosos y traviesos…? Ella se apoyó en la valla, ojos cansados pero amables. —El trabajo es el trabajo. Los niños son niños… Son ruidosos pero alegran el corazón. Me gusta estar con ellos, son imaginativos… Y tu casa, es nueva, firme. —Aún no acabada —murmuró él. —Todo lo que no está acabado se puede terminar —respondió ella suave, algo tímida, ya marchándose—. Bueno, me voy. —Todo se puede terminar —repitió Mikel para sí—. No sólo la casa. Desde entonces, la vida de Mikel tenía nueva dirección. Ya no construía sólo para él, sino pensando en a quién quería llevar a ese hogar. Imaginaba su vida con la mujer querida. Que en la ventana habría geranios en vez de tarros con clavos. Que en el porche no estaría solo, sino con ella, aquella chica sencilla y luminosa. Sin prisa, temía asustar su tímida fantasía. “Por casualidad” empezó a coincidir con ella. Al principio saludaba con la cabeza. Luego preguntó por la escuela y los alumnos. —¿Qué tal tus clases? —pasaba a menudo cerca y la veía saliendo del colegio, rodeada de niños que la despedían cariñosos: “hasta luego, señora Julia…” Un día le regaló una cesta de nueces del bosque, Julia aceptaba sus tímidas atenciones con calidez comprensiva. Veía su transformación, cómo aquel chico loco se volvía un hombre fuerte y fiable. Y en su corazón, tantos años guardado por él, comenzó a arder un amor verdadero. El otoño pesaba sobre el pueblo, las nubes bajas ya amenazaban invierno. Cuando la casa casi estaba lista, Mikel no pudo aguantar más. Esperó a Julia en la verja, con un ramo de las últimas bayas rojas de serbal, recogidas en el bosque. —Julia —dijo, con nervios—. La casa está casi acabada… pero está muy vacía. Me da miedo esa soledad. ¿Quizá podrías venir algún día a verla…? En realidad, te ofrezco mi corazón. Hace tiempo que sé lo importante que eres para mí. Mikel la miró, los ojos serios y temerosos. Julia leyó ahí todo lo que había esperado tanto tiempo. Tomó despacio el ramo de su mano, lo acercó al pecho. —Sabes, Mikel —susurró—, he seguido este trabajo desde la primera viga. Siempre me preguntaba cómo sería por dentro. Esperaba que me invitaras algún día… Lo he soñado. Así que sí, acepto… Por primera vez en meses, en su mirada brilló la chispa traviesa infantil que él nunca había notado y que, al final, sólo esperaba el instante para encenderse. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Suerte y que te vaya bonito!

El descubrimiento que le cambió la vida

Hasta los veintisiete años, Miguel vivió como un arroyo en primavera: bullicioso, impulsivo y sin mirar atrás. Era un muchacho atrevido y espabilado, y en todo el pueblo de la sierra de Ávila le conocían. Era capaz de, tras una jornada entera de vendimia, reunir a los colegas y salir andando hasta la Garganta de los Hornos con las cañas de pescar, y al volver al amanecer, ayudar enseguida al vecino con la cuadra desvencijada.

Este Miguel está hecho un trasto, vive sin preocuparse por nada decían los viejos del pueblo, moviendo la cabeza.

Vive sin una idea en la cabeza, solo hace el loco suspiraba su madre, Carmen.

¿Y qué tiene de malo? Vive como todos cuando tenían su edad decían los amigos de toda la vida, que ya tenían familia y su propia casa con corral.

Pero entonces, sin estruendo ni grandes dramas, le llegó la edad de los veintisiete. No fue un relámpago, sino más bien como la caída lenta de la primera hoja seca de la higuera. Una mañana, en pleno alba, el canto del gallo le despertó, y por primera vez ese sonido no le pareció el anuncio de otro día de diversión, sino una especie de reproche. Sintió un vacío, ese vacío que nunca había notado, empezando a susurrar fuerte en sus oídos.

Miró a su alrededor: la casa de sus padres, fuerte pero envejecida, necesitaba manos que no fueran solo para un rato, sino para siempre. Su padre, ya encorvado por tanto trabajar, no hablaba de otra cosa que no fueran las tareas del campo y los precios del pienso en euros.

La chispa le saltó, curiosamente, en una boda del pueblo. Era la boda de una prima lejana, y Miguel, como siempre, era el alma de la fiesta: haciendo bromas, bailando hasta quedarse sin aliento. En medio de la juerga, vio a su padre en una esquina, conversando con otro hombre igual de canoso. Le miraban desde lejos, sin reproches, solo con una tristeza cansada.

En ese instante, Miguel se vio a sí mismo de golpe: ya no era un crío, sino un hombre hecho y derecho, moviéndose al son de la música mientras la vida pasaba a su lado, sin objetivo, sin raíces. Le entró una inquietud profunda.

Al día siguiente ya era otro. Aquella ligereza descontrolada había desaparecido, sustituida por una calma seria, la calma de quien madura. Dejó de ir de casa en casa buscando risas. Cogió el viejo terreno que fue de su abuelo que ya no estaba justo en el borde del pueblo, al lado del robledal. Limpió la maleza, cortó dos árboles secos.

Al principio los vecinos se reían de él.

¿Miguel va a construir una casa? Si no sabe ni clavar un clavo recto decían entre risas.

Pero Miguel aprendía. Se equivocaba mil veces, se daba martillazos en los dedos, pedía permiso para talar leña, desenterraba raíces. Los euros que antes volaban, ahora los guardaba para comprar clavos, tejas, cristal. Trabajaba desde el amanecer hasta el ocaso, en silencio, sin rendirse. Por la noche caía rendido, pero por primera vez sentía que el día había merecido la pena.

Pasaron dos años. En la finca ya había una casa modesta, olorosa a madera nueva y resina. Al lado, un pequeño cobertizo levantado por sus manos. En el huerto, las primeras verduras. Miguel había perdido peso, casi no quedaba rastro de su alegría atolondrada; en sus ojos se veía serenidad, templanza.

Su padre acudía a menudo, le ofrecía ayuda pero él la rechazaba. El padre rondaba la casa, tocaba las esquinas, revisaba el tejado. Luego, satisfecho, le decía:

Está bien hecho

Gracias, papá respondía Miguel, sereno.

Ahora te falta buscarte una novia, una mujer que lleve la casa le soltaba.

Miguel sonreía mirándolo todo, hacia la espesura detrás de su casa.

Ya llegará, papá. Todo a su tiempo.

Se colgó el hacha y se puso a apilar troncos. Ahora sus movimientos eran pausados, seguros. De la antigua vida loca ya no quedaba nada. Había dado paso a otra vida, dura, seria y responsable. Pero, por primera vez en sus veintinueve años, sentía que estaba en su propio hogar. No solo bajo el techo de sus padres, sino en la casa que había construido él mismo. Aquella juventud vacía y alborotada se marchó.

El gran descubrimiento de Miguel llegó una mañana de verano cualquiera. Se preparaba para ir al bosque a por leña, arrancando el motor de su viejo SEAT, cuando, de repente, vio salir a alguien por la verja de la casa de al lado. Era Julia. Sí, Julia, la misma niña que él recordaba siempre correteando con los chicos del barrio, con dos trenzas y las rodillas llenas de costras. Aquella a la que perdió la pista cuando se fue a estudiar Magisterio a Salamanca.

Pero no salió una niña. Salió una mujer preciosa. El sol jugaba en sus cabellos rubios, sueltos y rizados, cayendo como espigas sobre los hombros. Caminaba recta, ligera. Llevaba un vestido sencillo, oscuro, que le realzaba el cuerpo esbelto; y sus grandes ojos, siempre tan alegres, ahora brillaban con una nueva profundidad cálida. Julia parecía absorta, ajustándose la bolsa y sin verlo enseguida.

Miguel se quedó de piedra, olvidando el motor y el bosque. Se le puso el corazón en la garganta, con una emoción torpe y tonta.

¿Pero cuándo? pensó. Por Dios, Julia, ¿cuándo te hiciste tan guapa? Si hace nada eras una niña flacucha.

Ella notó su mirada fija. Se detuvo, le sonrió, y esa sonrisa ya no era la de la cría del barrio, sino algo suave y dulce.

¡Muy buenas, Miguel! ¿Qué pasa, que no te arranca el coche? su voz sonaba profunda, sin pizca del timbre infantil de antes cuando le llamaba el pequeño.

Ju Julia acertó apenas a decir él. ¿A clase?

Sí asintió. Tengo que dar clase ya, no quiero llegar tarde.

Julia se alejó, caminando por el camino polvoriento. Él la siguió con la vista, y, entre cálculos mentales de madera y esquinas, le apareció de repente una certeza fulgurante:

Ella. Es con ella con quien quiero casarme.

Miguel ni se imaginaba que, para Julia, ese día estaba siendo el más feliz en años. Porque, al fin, aquél muchacho travieso y despreocupado del barrio le había mirado. No a través de ella, no como si no existiera; la había visto.

No me lo puedo creer, ¿será verdad que me ha mirado? Desde los trece años que me gusta y yo no era más que la cría para él. Incluso lloré cuando se fue a la mili. Las chicas mayores se le colgaban al despedirse, y yo me moría de envidia. Si hasta por él volví al pueblo y empecé a trabajar en la escuela.

Esa ternura infantil, callada y profunda, que Julia llevaba años guardando, de repente tuvo esperanza. Caminaba conteniendo una sonrisa, sintiendo en la espalda la mirada nerviosa y cálida de Miguel.

Aquel día, Miguel no pisó el bosque. Se dedicó a rondar su casa, cortar leña con rabia, pensando en una sola cosa:

¿Cómo no me he dado cuenta antes? Si ella siempre ha estado aquí. Ha crecido delante de mis ojos. Y yo, cambiando de novia cada dos por tres

Por la noche, en la plaza del pueblo, se cruzó de nuevo con ella. Julia volvía agotada, con el bolso al hombro.

Julia la llamó, sorprendido de su propia valentía, ¿qué tal en el trabajo? ¿Cómo te van los chicos? Deben ser todos unos traviesos

Ella se apoyó en la verja, con ojos cansados, pero llenos de bondad y belleza.

El trabajo es lo que es. Los niños, bueno, son niños Un jaleo, pero me llenan el corazón. Me encanta trabajar con ellos, son imaginativos y me hacen reír Y tú, vaya casa tan bonita te estás haciendo.

Aún está a medias musitó él.

No te preocupes, todo lo que empieza se termina le contestó ella, tímida, moviendo la mano. Bueno, me voy.

Todo se puede terminar, todo repitió Miguel para sí, y no pensaba solo en tabiques.

Desde entonces, Miguel tuvo una nueva motivación. No construía solo para sí mismo. Ahora sabía para quién quería abrir aquella casa.

Pensaba en vivir allí con la mujer que quería. Que en las ventanas, en vez de botes de clavos, hubiera macetas de geranios. Que en el porche no estuviera él solo, sino acompañado por esa mujer ligera, guapa y alegre.

No quiso presionar, temía espantar aquel sueño callado. Ahora casualmente se encontraba con Julia cada vez más seguido; primero solo asentía con la cabeza. Luego le preguntaba por el colegio y los niños.

¿Qué tal los alumnos, Julia? le preguntaba a menudo, viendo desde la verja cómo ella salía de clase rodeada de pequeños que chillaban: ¡Hasta luego, Julia!

Un día le llevó una cesta de nueces recién caídas del bosque. Julia aceptaba esos detalles con una sonrisa dulce, comprensiva. Ella veía en él ese cambio: de chico alocado a hombre sólido. Y en su corazón, que tanto había guardado, empezó a brillar una pasión enorme.

El pueblo estaba ya bajo las nubes bajas del otoño. Una tarde, cerca del invierno y con la casa casi terminada, Miguel por fin se decidió. Esperó a Julia en la verja, con un ramo de las últimas bayas rojas de serbal que crecía en el borde del bosque.

Julia le dijo nervioso, ya casi tengo la casa lista Pero está vacía, muy vacía. Me preguntaba si te gustaría venir algún día a verla Y, la verdad, quiero pedirte algo más. Julia, quiero ofrecerte mi mano y mi corazón. Me he dado cuenta de cuánto significas para mí.

Miguel le miró con ojos serios, algo asustados, y Julia vio en ellos todo lo que había esperado durante tanto tiempo. Cogió despacio las bayas, que ardían rojas, y las abrazó junto a su pecho.

¿Sabes, Miguel? dijo ella, he visto cada viga de esa casa desde el primer día. Siempre me preguntaba cómo sería por dentro. Esperaba que algún día me invitases Lo he soñado tantas veces. Así que sí, quiero.

Por primera vez desde hacía meses, en los ojos de Julia brilló esa chispa traviesa, infantil, que él nunca supo ver, pero que había estado ahí esperando el momento de encenderse.

Gracias por escucharme, amigo. Un abrazo enorme y que te vaya bonito siempre.

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MagistrUm
El descubrimiento que le cambió la vida por completo Hasta los veintisiete años, Mikel vivía como un arroyo en primavera: ruidoso, turbulento y sin mirar atrás. Era atrevido y vivaracho, conocido en todo el pueblo. Podía, tras una jornada dura de trabajo agrícola, reunir a los amigos, irse a pescar al río a varios kilómetros y, al volver al amanecer, echar una mano al vecino con el granero torcido. —Madre mía, este Mikel vive sin preocupaciones —decían los mayores, moviendo la cabeza. —Vive sin una idea en la cabeza, sólo travesuras —suspiraba su madre. —Tampoco es para tanto, vive como todos —decían sus amigos de infancia, ya con familia y casa propia. Pero cuando cumplió veintisiete, todo cambió, no de golpe, sino despacio, como cae la primera hoja mustia del manzano. Una mañana, el gallo lo despertó al amanecer y el canto sonó, no como inicio de un día divertido, sino como un reproche. El vacío que antes ignoraba, ahora hacía ruido en su cabeza. Miró a su alrededor: la casa de sus padres, sólida pero envejecida, necesitaba manos fuertes, no de paso, sino para siempre. Su padre, encorvado del trabajo doméstico, cada vez hablaba más de la siega y del precio del pienso. El punto de inflexión llegó en la boda rural de un pariente lejano. Mikel, como siempre el alma de la fiesta, bromista, bailarín incansable. Pero vio a su padre en un rincón, hablando en voz baja con otro vecino canoso. Observaban su fiestero desenfreno, no con censura, sino con una tristeza fatigada. En ese momento, Mikel se vio a sí mismo con brutal claridad: ya no era chaval, sino un hombre bailando al ritmo de otros, mientras la vida pasaba de puntillas. Sin rumbo, sin raíces. Sintió vértigo. A la mañana siguiente despertó cambiado. La ligereza alocada se evaporó, llegó el peso sereno, la madurez. Dejó de ir de casa en casa sin motivo. Tomó el solar abandonado de su abuelo, ya fallecido, al borde del bosque, en las afueras del pueblo. Desbrozó, cortó árboles secos. Al principio, los vecinos se reían. —¿Mikel va a construir una casa? Si no sabe ni clavar un clavo recto. Pero él aprendía. Con torpeza, hiriéndose los dedos con el martillo tanto como con los clavos. Cortaba madera con permiso, arrancaba raíces. El dinero que antes gastaba sin control ahora lo ahorraba para clavos, tejas y cristales. Trabajaba de sol a sol, en silencio, con tesón. Caía rendido de noche, pero por fin dormía con la sensación de un día bien invertido. Dos años después, en la parcela se erguía una casa modesta pero firme, con olor a resina y a nuevo. Al lado, una sauna construida a mano. En el huerto, los primeros brotes. Mikel estaba más delgado, curtido al sol, en su mirada no quedaba rastro del chico despreocupado, sólo calma y firmeza. Su padre venía a menudo, ofrecía ayuda, pero él se negaba. El padre recorría la obra, palpando esquinas y mirando bajo el tejado. Al final decía: —Está hecho fuerte… —Gracias, aita —respondía Mikel con sencillez. —Ahora hay que buscar novia, una mujer que cuide la casa —decía el padre. Mikel sonreía, contemplando su obra y el bosque oscuro que la protegía. —Ya la encontraré, todo a su tiempo. Cogía el hacha y se iba a la pila de leña. Sus movimientos eran lentos y seguros. De aquella vida ruidosa y sin preocupaciones ya no quedaba nada. Había llegado otra: con inquietud, con responsabilidad, con trabajo duro. Pero, por primera vez en veintinueve años, Mikel sentía que estaba en casa. No bajo el techo paterno, sino en su propia casa, construida por sus manos. La juventud alocada y vacía se había marchado. El gran descubrimiento llegó en una mañana de verano, cuando Mikel se preparaba para ir al bosque a por leña. Estaba arrancando el motor del viejo Seat cuando, de la verja vecina, apareció ella. Julia. Aquella Julia que recordaba siempre corriendo con los chavales, con dos trenzas rubias y rodillas llenas de raspones. La que había visto por última vez como una adolescente torpe, rumbo a estudiar Magisterio. No salió una niña, sino una mujer guapa. El sol jugaba en su cabello dorado, que caía en ondas sobre los hombros. Caminaba recta, ligera. Un sencillo vestido oscuro marcaba su silueta. En sus grandes ojos, antes siempre risueños, brillaba ahora una profundidad cálida y apacible. Cruzaba la calle, pensativa, arreglando la bolsa en el hombro, sin repararlo al principio. Mikel quedó paralizado, olvidó el motor y el bosque. El corazón le latía con fuerza y torpeza. —¿Cuándo…? —pasó por su cabeza—. Madrecita, ¿cuándo te hiciste tan bella? Hace nada eras una niña. Ella notó su mirada clavada, se detuvo, sonrió. Ya no era la sonrisa traviesa de la vecina pequeña, sino algo dulce y turbador. —¡Hola, Mikel! ¿Se te ha parado el coche? —la voz era suave, sin la nota chillona de antes que le llamaba “chiquitín”. —Ju… Julia —balbuceó él—. ¿A clase? —Eso es —respondió ella—. Tengo pronto clase, mejor no llegar tarde… Y siguió caminando por la polvorienta carretera del pueblo. Él la miraba y, entre cálculos de vigas y esquinas, una idea brillante y nítida se cruzó en su mente: —Es ella. Ella es con quien debo casarme. No sabía que para la chica de al lado aquel amanecer era uno de los más felices en años. Porque por fin, ese Mikel a quien nunca parecía notar, la había mirado de verdad. No como quien ve muebles o paisaje, sino que la había visto a ella. —¿De verdad lo he conseguido? Qué ganas tenía, desde los trece me gustaba, pero yo para él era sólo la “pequeña”. Lloré cuando se fue al Ejército. Las chicas mayores lo despedían, le colgaban de la ropa, y a mí me daba rabia. Volví al pueblo para trabajar en la escuela, sólo por él. Su apego infantil y secreto había ardido poco a poco en su interior, hasta que aquel día revivió la esperanza. Caminaba conteniendo la sonrisa, sintiendo la mirada ardiente y confusa de Mikel en la espalda. Ese día no fue al bosque. Dio vueltas alrededor de la casa, cortó leña frenéticamente, y en la mente sólo rondaba una cosa: —¿Cómo es posible que no la haya visto antes? Siempre estuvo aquí. Crecía, y yo cambiaba de novia… Por la tarde, junto al pozo, volvió a encontrar a Julia, cansada, con la bolsa al hombro. —Julia, Julia —la llamó, sorprendido de su propio arrojo—. ¿La escuela, qué tal? ¿Tus alumnos, aún así revoltosos y traviesos…? Ella se apoyó en la valla, ojos cansados pero amables. —El trabajo es el trabajo. Los niños son niños… Son ruidosos pero alegran el corazón. Me gusta estar con ellos, son imaginativos… Y tu casa, es nueva, firme. —Aún no acabada —murmuró él. —Todo lo que no está acabado se puede terminar —respondió ella suave, algo tímida, ya marchándose—. Bueno, me voy. —Todo se puede terminar —repitió Mikel para sí—. No sólo la casa. Desde entonces, la vida de Mikel tenía nueva dirección. Ya no construía sólo para él, sino pensando en a quién quería llevar a ese hogar. Imaginaba su vida con la mujer querida. Que en la ventana habría geranios en vez de tarros con clavos. Que en el porche no estaría solo, sino con ella, aquella chica sencilla y luminosa. Sin prisa, temía asustar su tímida fantasía. “Por casualidad” empezó a coincidir con ella. Al principio saludaba con la cabeza. Luego preguntó por la escuela y los alumnos. —¿Qué tal tus clases? —pasaba a menudo cerca y la veía saliendo del colegio, rodeada de niños que la despedían cariñosos: “hasta luego, señora Julia…” Un día le regaló una cesta de nueces del bosque, Julia aceptaba sus tímidas atenciones con calidez comprensiva. Veía su transformación, cómo aquel chico loco se volvía un hombre fuerte y fiable. Y en su corazón, tantos años guardado por él, comenzó a arder un amor verdadero. El otoño pesaba sobre el pueblo, las nubes bajas ya amenazaban invierno. Cuando la casa casi estaba lista, Mikel no pudo aguantar más. Esperó a Julia en la verja, con un ramo de las últimas bayas rojas de serbal, recogidas en el bosque. —Julia —dijo, con nervios—. La casa está casi acabada… pero está muy vacía. Me da miedo esa soledad. ¿Quizá podrías venir algún día a verla…? En realidad, te ofrezco mi corazón. Hace tiempo que sé lo importante que eres para mí. Mikel la miró, los ojos serios y temerosos. Julia leyó ahí todo lo que había esperado tanto tiempo. Tomó despacio el ramo de su mano, lo acercó al pecho. —Sabes, Mikel —susurró—, he seguido este trabajo desde la primera viga. Siempre me preguntaba cómo sería por dentro. Esperaba que me invitaras algún día… Lo he soñado. Así que sí, acepto… Por primera vez en meses, en su mirada brilló la chispa traviesa infantil que él nunca había notado y que, al final, sólo esperaba el instante para encenderse. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Suerte y que te vaya bonito!