El descaro sin límites: ¿Deberíamos alquilar la casa de la playa a familiares o a desconocidos? La dura lección de Kolya y Natasha sobre negocios en familia, promesas incumplidas y el precio de la confianza en el verano español

El atrevimiento sin límites

Vamos, Sonsoles, dime la verdad musitó Fermín, ¿qué más dará a quién alquilemos la casa? ¿Familia o desconocidos? El dinero es igual de bueno.

Sonsoles terminó de colgar la colada junto a la ventana, la brisa de Madrid apenas movía las sábanas. Ojalá ayudara, en vez de quejarse.

Mira, Fermín, cariño La diferencia está en que a los familiares no hay manera de sacarles el dinero luego respondió ella, con ese tono sereno que escondía un volcán.

¿Hablas de Goyo? El nombre era ya una sombra en la sala. ¡Pero si Goyo es mi hermano! Te lo juro por la Virgen del Pilar que pagará. Ni siquiera pide rebaja. Alquilaría la casa por el precio entero durante todo el verano. Así no tendríamos que buscar inquilinos cada dos por tres.

Fermín, que la villa está en la Costa Brava. Los inquilinos me llueven en cinco minutos.

Pero explícame por qué te empeñas tanto en no alquilarla a gente de la familia.

Con los de fuera es fácil: contrato, fianza, si no pagan se van, y que Santa Lucía les acompañe. Pero con los de casa empieza el drama de ay, Sonsoles, que tenemos niños, o te lo pagamos el mes que viene, o rompimos el televisor pero seguro que no nos lo descuentas, ¿a que no?. Créeme, ya lo he vivido. No tienes ni idea de cómo suele acabar eso.

La casita por el mar la heredó Sonsoles de sus padres, que también lidiaron con estos alquileres. Ellos, desde su piso en Lavapiés, vivían pendientes de las transferencias y de los chantajes sentimentales. Sonsoles aprendió la lección: alquilar, sí, pero jamás a allegados o amigos. Ya había visto a sus padres llorar por amigos que jamás pagaban.

¿Y cómo acaba? preguntó Fermín.

En que ni pagan ni piden perdón. Todo se reduce a: ¿Tanto te cuesta prestarnos la casa unos días?. Pues no. La casa es negocio, Fermín, no ONG para tu parentela.

Goyo, ingeniero en paro reciente, había decidido que tres meses frente al Mediterráneo eran justo lo que necesitaba su mujer y sus tres churumbeles. Su verano era época de vacas flacas y el alquiler era simplemente un trámite… para Sonsoles, tan obligatorio como utópico.

¡Goyo no te pide la casa por la cara! insistió Fermín. ¡Pagará!

Siempre prometen pagar al principio.

¿Para qué meternos en embrollos? Por la casita se pelean los que de verdad sueltan el dinero sin excusas. Firman contrato, dejan fianza, y yo duermo tranquila. Nada de familias, ni compadres. Que cada uno aguante su vela.

Era complicado rebatir la lógica de Sonsoles. Pero Fermín echó mano de su as bajo la manga.

Vale. Puedes no fiarte de Goyo. Pero de mí sí, ¿no?

Sonsoles entrecerró los ojos, esperando la trampa.

Sí, claro. ¿Y eso qué cambia?

Si Goyo llega a fallar, te pago yo el alquiler saltó Fermín, hinchando el pecho.

Pero su argumento era tan endeble como un billete de lotería premiado en sueños.

Genial. Lo pagas con el dinero de los dos y aquí no ha pasado nada.

No, mujer, buscaría otro curro. Algo. De camarero, por las tardes, o en los festivos. Todo lo que saque, para ti. Así separamos cuentas y no hay líos. ¿Trato hecho?

Sonsoles no pensaba que a Fermín le importara tanto. Quizá, si él confiaba tanto en Goyo, hasta ella podría confiar.

Convences a quien quieras, Fermín respondió. Pero si sale mal, carga tú con todo el marrón.

El verano seguía lejos, así que Sonsoles se permitió relajarse un poco y hacerle caso a su marido.

Llegó junio, pesado y caluroso como en los mejores sueños de un lagarto. Los problemas, también, sin avisar. Fermín, que ya llamaba a Goyo cada cuarenta y ocho horas con la excusa inocente del dinero, sólo recibió largas.

¡Todo controlado, Fermín! decía Goyo al teléfono. El dinero pues mira, en cuanto cobre del ayuntamiento. Me dijeron que este mes, de verdad. Lo tengo prometido. Dame un poco de margen, hermano.

Finales de junio.

Ni un euro.

Sonsoles tragó saliva el mes entero. Dejaba hacer a Fermín. No quería destrozarle el orgullo, pero tras la enésima llamada, se atrevió a preguntar:

¿Qué? ¿Ha pagado?

Que Goyo sigue esperando la transferencia del último proyecto. En cuanto lo cobre, lo nuestro pasa a ser lo primero.

Excusas viejas en botellas nuevas.

¿Ves? ¿Recuerdas lo que te dije de las inevitables historias familiares?

Sonsoles, ha sido mala pata, solo eso… ¡No lo hace para fastidiar! Todo ha salido fatal. Solo hay que tener paciencia.

¿Paciencia hasta septiembre, quizá? Hasta que se larguen con las maletas y un efusivo gracias, ya te llamaremos para abonártelo, Sonsoles.

Mira, al final la que no pierde eres tú. Yo haré horas extra.

¡Ahora mismo!

Se desinfló como globo viejo.

Dale una semanita más. Si no, ya… te pagaré, palabra.

No te pedí que prometieses nada. Quisiste demostrarme que tu hermano era de fiar. Pues demuéstralo.

La atmósfera familiar se volvió densa como la sopa castellana. Fermín apenas hablaba.

Llegó julio. El calor retorcía las calles, las ventanas sudaban. Sonsoles pillaba a Fermín por las noches mirando ofertas de empleo en InfoJobs, pero sin llamar a ninguna.

¿Sabes qué día es hoy, Fermín? Treinta. Dos tercios del verano y la cuenta sigue tiritando.

Goyo… sigue sin ver ni el color del dinero, pero

En cuanto, entonces.

Pagará, y encima compensará por las molestias. Te lo aseguro.

Ya no creo nada. Fuiste tú quien puso la mano en el fuego por él. Cumple. ¿Dónde están esas horas extra?

Ya ni él creía en su promesa. Era más sencillo hablar que trabajar por los demás.

Buscaré algo, pero lo que hay… ya ves. No voy a estar levantando cajas con mi espalda.

Mejor encuentra coraje para decirle a tu hermano que se busque el trabajo de cargar cajas. Tú prometiste. O buscas trabajo o llamo a Goyo y le advierto: si no me paga al menos la mitad antes del viernes, tiene que buscarse otro sitio y todo lo reclamo por la vía judicial.

Fermín empalideció.

Ni se te ocurra llamar. ¿Qué dirá la familia? ¿Mi madre? No puedo demandar a mi hermano.

Goyo no quería pagar, Fermín no quería cumplir su palabra, y tampoco líos judiciales. Y en ese instante, el sueño dio media vuelta y Fermín intentó hacer culpable a Sonsoles.

¡Así cuidas de tu marido, sí señor! ¡No te importa que me mate a currar para pagarte a ti!

No te pedí que lo hicieras, Fermín. ¡Era tu cruzada personal!

¡Yo no sabía que Goyo nos dejaría tirados!

Yo sí lo sabía dijo Sonsoles, tranquila. Porque lo he vivido cientos de veces. Tú te cerraste en banda a escucharme.

¡Ya lo veo! Fermín ahora era el mártir. Pero tú, Sonsoles, lo tuyo también tiene tela. Prefieres cobrar, aunque yo reviente. ¿Y si me da un infarto? Veo que te da igual.

No te obligo. Solo te exijo que cumplas tu propio trato.

Muy bien gritó Fermín. Buscaré curro y pagaré, si es que para ti el dinero vale más que yo.

El acuerdo, soñado y roto, terminó con Fermín de repartidor por las tardes mientras Sonsoles le contemplaba con mezcla de tristeza y resignación.

Todo esto es por tu culpa soltó él una noche.

¿Por mí?

¡Sí!

Quizás así entiendas dijo Sonsoles que es fácil quedar bien con palabras y a costa mía. Pero pagar tú por otro es distinto.

Secretamente, aún esperaba que a Goyo le picara la conciencia y solventara el desastre. Y el sueño, como anticipando el deseo, le trajo una llamada inesperada. Era Goyo. A ella, no a Fermín.

Quizá se había equivocado con él. ¿Pagaría al fin?

Sonsoles, mira, necesito un favor

Goyo, no tengo tiempo. Debiste pagar agosto, y seguimos esperando lo de julio. Ya no es mi problema, sino de Fermín.

Ya, Fermín me lo ha dicho, pobre. Pero oye, se me ha estropeado el coche aquí en la costa y me gasté todo el dinero en el taller. Tengo que llevar a la familia a casa y luego hablamos de lo de la casa.

Previsible como un chiste mal contado.

Sonsoles colgó.

Fermín, en silencio, lo supo todo.

Está bien dijo finalmente. Me equivoqué al confiar tanto en él. Pero tú tampoco me das margen para equivocarme. Sólo exiges y exiges.

¿Tenía que reírte la gracia y asumirlo replicó Sonsoles, mientras tu hermano se iba de rositas y yo a tragar? Sólo cumplí tu palabra.

¡Sí, la mía! Pero no pensé que preferirías dinero a mi salud. ¿Acaso piensas en mí?

¿Y él piensa en ti?

Es buena persona, sólo ha tenido mala suerte

Genial. Entonces yo, que exijo lo justo, ¿soy la mala?

Fermín bajó la mirada.

Quizá, en su matrimonio, el viento se había levantado como en los sueños. No sabían si el temporal amainaría o si lo suyo quedaría varado, como barca sin remos bajo el sol de agosto.

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MagistrUm
El descaro sin límites: ¿Deberíamos alquilar la casa de la playa a familiares o a desconocidos? La dura lección de Kolya y Natasha sobre negocios en familia, promesas incumplidas y el precio de la confianza en el verano español