A la madrugada, Domingo Pérez se despertaba antes de que el despertador del viejo móvil sonara. Sin embargo seguía programándolo, como hacía cuando trabajaba en la fábrica y temía quedarse dormido antes del turno. Ya no había miedo, pero su mano, como una sombra nocturna, se deslizaba al móvil y ponía la alarma a las siete en punto; al acostarse, una extraña calma le invadía al imaginar el sonido del mañana.
Generalmente se levantaba a las cinco y media. Desde el portal se escuchaban los portazos de los vecinos, el joven del piso de arriba que se apresuraba al trabajo y dejaba caer algo pesado sobre el suelo. La habitación estaba fresca, el frío se colaba por la ventana de madera sin doble acristalamiento, una pieza que nunca se atrevió a cambiar por falta de dinero. En el alféizar reposaba una taza con la mancha seca del té de la noche anterior. «Hay que lavarla», pensó, y se giró, posponiendo un momento más el levantarse.
El apartamento le había llegado, a él y a la difunta Inés, en un intercambio durante los noventa. Dos habitaciones, una cocina, un pasillo estrecho; cada rincón estaba memorizado hasta la última mota de polvo del linóleo. En la habitación donde dormía había un viejo aparador que guardaba vajilla, fotografías y varios sobres con papeles. Nunca tocaba esas carpetas; contenían su vida: nóminas, certificados, copias de órdenes, cartas. Verlas le producían una pesada fatiga.
Se incorporó, se vistió con una bata de franela y se dirigió a la cocina. Encendió la cocina de gas y puso a calentar la tetera. En el alféizar apilaban macetas con flores que Inés había cultivado; ahora él las regaba según un horario que él mismo había inventado y, a veces, les hablaba cuando el silencio se hacía demasiado denso.
Su nieto Diego había prometido venir al atardecer, ayudarle con el teléfono y llevarle nuevas fotos de la bisnieta en una memoria USB. Diego hablaba rápido, salpicando sus frases de anglicismos que Domingo no comprendía, pero asentía para no parecer desfasado. Su hijo, Andrés, vivía en el barrio vecino, trabajaba en un taller de mecánica y los fines de semana traía la compra, siempre apurado.
La pensión de Domingo apenas le alcanzaba: la comunidad, los medicinas, la comida. Cuando lograba ahorrar, se compraba una sardina en conserva y un trozo de jamón. En verano reservaba un poco para ir a su casa de campo, que ya parecía más un huerto salvaje que un refugio. Allí, aunque la casita estaba deteriorada, sentía que aún podía hacer algo con sus propias manos.
Siempre se había considerado una persona sin conflictos. En la fábrica, donde pasó más de treinta años, le respetaban por no meterse en pleitos y por cumplir siempre la cuota. Cuando llegó el momento de tramitar la jubilación, recogió los papeles que le pidieron, firmó lo que le entregaron y volvió a casa sin leer nada. «Lo que den, lo dan», le había dicho a Inés. «No necesitamos mucho».
Inés había fallecido hacía seis años, pero a veces Domingo hablaba con la silla vacía frente a él, sobre todo al encender la tele y sentarse a cenar. La silla permanecía en el mismo sitio, como una sombra que no sabía mover ni reemplazar.
Aquella mañana, cuando todo comenzó, fue a la clínica para recoger los resultados de los análisis. El invierno le había provocado un problema cardíaco; el médico le recetó pastillas y le pidió que se haciera análisis de sangre periódicamente. En la recepción, como siempre, había una fila. La gente estaba sentada en sillas duras, algunos murmuraban, otros miraban al suelo.
Domingo tomó asiento contra la pared y esperó. Frente a él dos mujeres hablaban animadamente; al principio no escuchó, pero una palabra le atrapó:
Le han recalculado la pensión decía una, con un gorro tejido, acomodando una bolsa. Imagina, le han subido dos mil euros. Antes le faltaba el último tramo del tiempo.
¿En serio? replicó la segunda, escéptica. ¿Lo han hecho ellos mismos?
No, su hijo encontró algo en internet, una modificación. Fue a presentar la solicitud, al archivo le dijeron que no habían contabilizado su trabajo en la cooperativa. Así que ahora le pagan más.
Domingo levantó la cabeza. «Tiempo», «cooperativa», «archivo» le resultaban familiares. Recordó cuando, joven, trabajó varios años en una empresa constructora fuera de la ciudad antes de volver a la fábrica. Cuando solicitó la jubilación, le dijeron que los documentos se habían quemado en el archivo; él, con un suspiro, firmó el acuerdo.
«Bueno, si no hay, no hay», pensó entonces. Esa había sido su filosofía.
Las mujeres siguieron hablando, pero la frase «dos mil euros más» se quedó dando vueltas en su cabeza. Dos mil euros podrían cubrir la medicación de un mes, la comunidad en invierno o, con mucho esfuerzo, un viaje a la casa de campo en primavera.
Al salir de la clínica, la nieve crujía bajo sus botas; en la parada la gente se agolpaba. Subió al autobús, se apoyó en la ventanilla y empezó a repasar mentalmente sus gastos mensuales: pastillas, comida, esas dos mil euros que, en algún lugar, podrían moverle un poco la balanza.
«Tonterías», se dijo. «¿Cuánto me queda para seguir dando tumbos a los trámites?»
En casa puso la tetera, se sentó a la mesa. En la tele pasaba algún programa de debate sobre tarifas y precios, pero no le prestó atención. Su mirada cayó sobre el aparador, sobre la bandeja inferior donde reposaban las carpetas.
Se levantó, abrió la puerta del aparador y sacó la carpeta marcada «Documentos». Dentro, hojas amarillentas cosidas: libro de trabajo, copias de órdenes, certificados de salario. Pasó los dedos por las líneas, intentando recordar dónde había desaparecido el periodo de la constructora. Encontró una anotación de traslado, pero después, vacío.
Al caer la noche, llegó Diego, dejó la chaqueta, estornudó fuerte y se dirigió a la cocina.
¡Abuelo, qué tal! saludó Diego.
Bien, respondió Domingo, encogido en su sillón. ¿Podrías buscar en internet algo sobre la pensión, sobre el recálculo?
Diego frunció el ceño.
¿Qué?
Domingo le contó la conversación en la fila, la cooperativa, el archivo. Diego asintió, rasgó la cabeza y explicó que ahora se podía tramitar todo por la web, en la sede electrónica de la Seguridad Social, aunque siempre enviaban al solicitante de vuelta a los archivos.
¿Y si no hay documentos? preguntó Domingo. Me dijeron que el archivo de la constructora se había quemado.
Entonces tendrás que pedir certificados, primero al archivo municipal de la ciudad donde trabajaste, después a cualquier otro. Yo te ayudo, pero lleva tiempo contestó Diego.
Domingo sintió dos voces internas: una que le decía que no se metiera en el asunto, que viviera tranquilo; otra que le susurraba que, después de tantos años, debía reclamar lo que le correspondía.
Cuando Diego se marchó, Domingo quedó mirando el libro de trabajo. Finalmente lo volvió a colocar en la carpeta, pero en vez de esconderla en el fondo del aparador, la dejó sobre la silla, como si fuera a necesitarla de nuevo al día siguiente.
Dos días después, tomó el tren hacia la oficina de pensiones. Trasponiéndose el abrigo de lana y el mejor suéter, escogió cuidadosamente los papeles que llevaría: libro de trabajo, certificados, una carta amarillenta de la constructora donde le agradecían su diligencia.
La oficina estaba llena; el interior cálido, impregnado de polvo y del aroma barato del café de máquina. En las paredes colgaban carteles; frente a un terminal de autoservicio la gente se perdía sin saber qué pulsar. Domingo se acercó a una joven con su hijo y le pidió el talón del cliente.
Aquí tiene le entregó ella, sacando un ticket del aparato. El número es el 132.
Se sentó, observó la pantalla que mostraba números y escuchó la voz monótona que llamaba a los ciudadanos a los ventanales. Cuando su número apareció, se levantó y se dirigió a la ventanilla. Tras el cristal, una mujer de cuarenta y cinco años, gafas, cabello recogido, lo recibió.
Buenas tardes. Su ticket, por favor.
Domingo le entregó la hoja.
Vengo a preguntar por la recalculación de mi pensión. Me dijeron que quizá no habían tenido en cuenta un período de trabajo.
La mujer tomó su DNI, respiró ligeramente y comenzó a teclear.
Su pensión está fijada en el año 2006, con un coeficiente determinado. ¿Qué es lo que no le satisface?
Domingo tragó saliva.
Trabajé antes en una constructora en otra ciudad. Cuando solicité la jubilación, me dijeron que los documentos se habían perdido. Aquí tengo el libro de trabajo que muestra ese periodo. ¿Podría considerarse?
La mujer revisó, encontró la anotación, pero con voz cansada explicó:
Sin documentos de respaldo no podemos añadir ese tiempo al cómputo. Tendrá que solicitar un certificado al archivo de la ciudad donde estuvo el empleo.
Domingo sintió la familiar resignación, pero una chispa surgió en su interior.
¿Puedo presentar una solicitud de recálculo? preguntó, sorprendido por su propia firmeza.
Puede hacerlo, pero sin nuevos documentos la resolución será negativa. ¿Quiere el formulario? respondió ella.
Domingo aceptó, tomó el papel y la pluma, y con mano temblorosa escribió: «Solicito que se tenga en cuenta el periodo trabajado en la constructora y se recalcule la pensión». Firmó y entregó la solicitud.
Al salir, el aire era frío pero fresco. Sentía una mezcla de cansancio por la fila y una extraña sensación de haber avanzado, aunque fuera solo con papel.
Esa noche llamó a su hijo Andrés.
Papá, he ido a la Seguridad Social empezó Andrés ¿Qué te han dicho?
Me han dado el formulario para recálculo. Necesito el certificado del archivo contestó Domingo.
Andrés suspiró.
Mira, papá, ya sabes cómo son estas cosas. No van a cambiar mucho, pero al menos lo intentas. No querría que te gastaras los nervios en un lío sin salida.
Domingo se quedó en silencio. Las palabras de su hijo le calaron como una punzada, pero también le recordaron que había dejado de aceptar el silencio.
Una semana después, Diego volvió con su portátil y le mostró la página del archivo municipal. Allí podían registrar la solicitud en línea. Mientras Diego leía en voz alta los campos nombre, apellidos, años de trabajo, puesto Domingo recordaba el nombre del jefe de la constructora y la fecha de inicio. Cuando pulsaron «Enviar», una notificación confirmó que la petición estaba registrada. Domingo sintió una ligera ola de orgullo: aquel hombre que apenas dominaba el móvil acababa de enviar una solicitud oficial.
Diego sonrió.
Bien hecho, abuelo. Ahora queda esperar.
Dos semanas más tarde, llegó por correo una carta del Instituto de la Seguridad Social. Domingo la tomó con manos temblorosas, la abrió sobre la mesa. En ella se leía, en formalismo seco, que la solicitud había sido rechazada por falta de documentación adicional. No había sorpresa; sin embargo, la palabra «rechazo» resonó como un eco distante.
Poco después, otra misiva llegó del archivo municipal. El remitente explicaba que algunos documentos de la constructora se habían conservado, pero no había expediente bajo su nombre. Solicitaban más datos: ubicación exacta, cargo, fechas. Esa frase, «más datos», encendió una llama de esperanza.
Andrés llegó a casa con la compra y se sentó a la mesa.
¿Cómo van las cosas de la pensión? preguntó.
Domingo le mostró ambas cartas.
Rechazaron, pero el archivo dice que podría haber algo dijo Andrés, frunciendo el ceño. ¿De verdad quieres seguir?
Sí respondió Domingo con una voz que no supo que fuera firme ni temblorosa. Esos cinco años son mi vida. No pueden desaparecer.
Andrés, tras un momento de duda, asintió.
Entonces redactemos una respuesta al archivo. Yo te ayudo con la redacción, pero sin dramatismos, ¿vale?
Domingo aceptó. Juntos escribieron una carta detallando el nombre del proyecto, el jefe, las fechas y adjuntaron una copia del libro de trabajo. Andrés la imprimió y la remitió al archivo.
Pasaron más meses. Cada visita a la Seguridad Social terminaba con una cara diferente: una joven le explicó que «es un caso complicado, pero no se rinda». Otro funcionario, cansado, le dijo que sin el certificado del archivo no habría cambio. Domingo anotaba nombres, números de ventanilla y fechas, como quien antes revisaba planos en la fábrica.
En abril, el archivo respondió: habían encontrado un registro parcial que confirmaba su empleo en la constructora entre 1975 y 1979. Adjuntaron una hoja con firma y sello. Domingo sostuvo ese papel como si fuera una reliquia.
Al día siguiente volvió a la oficina de pensiones. La fila era más corta, pero la tensión en los rostros seguía igual. Cuando lo llamaron, una mujer mayor, con el rostro marcado por los años, lo recibió.
Buenas, traiga la documentación que ha conseguido indicó.
Domingo le entregó el certificado del archivo.
Veo que ahora sí hay prueba dijo ella, revisando. Necesitamos presentar una nueva solicitud de recálculo.
Domingo sintió una ligera irritación al oír que debía volver a rellenar el formulario, pero aceptó y escribió: «Solicito que se reconozca el periodo laboral de 19751979, según el certificado adjunto, y se recalculen los importes correspondientes». Al final añadió: «Considero que tengo derecho a que se reconozca todo el tiempo efectivamente trabajado».
La empleada tomó la hoja, la firmó y le entregó un nuevo ticket. Mientras la dejaba, Domingo escuchó la palabra «jefe» y «dirección» en voz baja, y una sensación de que su caso estaba ahora en manos de quienes deciden, no de los que solo archivan.
Al volver a casa, el teléfono sonó. Era Andrés.
¿Qué tal? preguntó. ¿Ha llegado la respuesta?
Sí, han subido la pensión contestó Domingo, sin entusiasmo. Un pequeño incremento.
Bien, al menos algo respondió Andrés, aliviado. No tendrás que ir a los tribunales.
Domingo asintió, aunque su hijo no lo veía.
No sé si seguiré luchando confesó. No tengo fuerzas para un juicio. Pero ahora sé que puedo alzar la voz.
En la noche, Diego volvió a la cocina, tomó la carta del archivo y la leyó en voz alta, riéndose de la burocracia. Propuso escribir un relato en internet sobre todo el proceso, para que quien lo necesitara supiera que podía pelear.
¿Para qué? preguntó Domingo, sorprendido.
Para que no se crea que todo está perdido contestó Diego. Que aún se puede intentar.
Domingo, mientras la luz de la lámpara parpadeaba, dejó la carta sobre la mesa, pero la colocó en una repisa alta, al alcance de la vista. No la ocultó en el fondo del aparador; ahora era un símbolo visible de su derecho.
Se sirvió otro té, escuchó el ruido distante de niños jugando en la calle, vio los faroles encenderse. Cada vecino llevaba su propia carga, su propia fila, su propio derecho. Domingo, sentado en silencio, sintió que, aunque el mundo no cambiara mucho, él había cambiado un poco. Ya no era el hombre que aceptaba «viviré», sino el que afirmaba: «Tengo derecho», y miraba al futuro sin apartar la vista.
Con el papel en la mano, lo volvió a doblar con cuidado y lo guardó en la carpeta. No la cerró con llave; la dejó abierta, a la vista de cualquiera que quisiera recordar que, incluso en los sueños más extraños, la lucha por la justicia puede ser tan suave como una taza de té al amanecer.







