Diario personal de Carmen Alonso
Hoy he recordado, quizá porque sentía esa punzada de cansancio tan honda, la primera vez que una notificación del médico me llegó cuando estaba en el despacho, apurada entre informes y llamadas. Era jueves, el reloj del ordenador marcaba las tres y cuarenta y cinco. El móvil vibró suavemente, casi un susurro junto a la pantalla.
El análisis está listo, acuda antes de las seis, ponía el mensaje seco del CAP.
En ese momento mentalicé la ruta: salir del edificio en Gran Vía, el autobús hasta la Avenida de la Ilustración, esperar cola, atender rápido a la doctora, después volver a casa. Por medio, quizás un rápido recado para mamá; en el bolso reposaban todavía los papeles de la residencia. Además, mi hija Lucía había dicho que tal vez pasaba a visitarme si podía salir a tiempo del trabajo, y mi jefa Matilde ya llevaba desde la mañana insinuando que necesitaba otro informe extra.
Carmen, ¿otra vez vas a marchar corriendo? soltó mi compañera Marta, al ver que miraba el reloj con inquietud.
Sí, tengo que ir al médico contesté, casi resignada, mientras notaba la humedad cálida extendiéndose bajo el cuello de la camisa. Sentía el peso del día como un fardo inútil sobre los hombros.
La jornada se alargó como una tarde de lluvia en el mes de febrero. Correos, llamadas, el chat de equipo sonando insistentemente. A media tarde asomó la cabeza Matilde.
Carmen, cariño, este finde el proveedor quiere que le pase el resumen de las tablas, y yo me voy el sábado fuera. ¿Me lo haces tú? Es sacar los datos y cruzarlos, unas tres o cuatro horas sin más, lo puedes hacer mañana en casa.
Las palabras sin más flotaron en el ambiente como una sentencia. Marta hundió la mirada en la pantalla, deseando hacerse invisible. Yo sentí que la respuesta automática asomaba en la punta de la lengua, ese por supuesto que tantas veces había sido mi salvavidas. Pero justo entonces el teléfono vibró otra vez, avisando: Paseo de 30 minutos esta tarde. Una alarma que yo misma activé en junio, tras otro susto con la tensión, pero que llevaba meses desestimando sin mirar.
Esta vez simplemente observé el aviso, como si fuera un ser diminuto preguntándome si haría caso por fin.
Carmen, ¿me oyes? Matilde volvió a apremiarme.
Aspire hondo. En la cabeza zumbaba el peso de todos los días, pero en el fondo sentía esta convicción tímida pero inflexible: si decía que sí, otra vez terminaría doblada hasta la noche, la espalda crujiría y el domingo se perdería entre la colada, el cocido y la farmacia para mamá.
No puedo, lo siento dije, y me sorprendió el tono suave y sereno de mi propia voz.
Matilde arqueó una ceja.
¿No puedes? ¡Si tú siempre!
Es por mi madre respondí, atreviéndome a verbalizar aquello que siempre servía para justificar mis retrasos, pero nunca me había servido para decir no. Y además el médico me ha dicho que evite las horas extra. Perdona.
Sabía que la médica me lo había recomendado de pasada, hace meses, pero algo era. Lo dije y me aferré a ello como un salvavidas, esperando el consabido suspiro, la referencia al espíritu de equipo.
Bueno, pues buscaré a otro, tú tranquila resopló, marchándose sin mirar atrás.
Cuando me quedé sola, noté la camisa pegada a la espalda. La mano que apretaba el ratón temblaba. La culpa me asaltó deprisa siempre tan ágil: ¿acaso me costaba tanto hacerlo unas horas el sábado? Pero junto a esa culpa se instaló algo nuevo, un alivio tibio, desconocido. Como dejar por fin una bolsa cargada y sentarse.
Aquella tarde, tras pasar por el CAP y recoger los análisis, decidí no ir al centro comercial ni atender aquella gestión urgente para la oficina. Salí a la luz blanda de la calle y me detuve ante la puerta, sintiendo de verdad el cansancio en las piernas.
Mamá, mañana te llevo las cosas, ¿vale? dije por teléfono, cuando ya tenía el sobre de resultados en la mano.
¿No vienes hoy? , la voz de mi madre, Antonia, tenía ese deje castigador de siempre.
Mamá, estoy agotada. Es tarde y todavía he de llegar a casa, cenar algo sentada. Tus pastillas ya las tengo, mañana temprano te las llevo.
Esperé el regaño. Solo escuché un suspiro leve.
Bueno, tú misma… Ya eres mayor.
Ya eres mayor… y yo, con mis cincuenta y cinco años, dos hijos criados, la hipoteca casi saldada y aún con la sensación de estar dando pruebas constantes: buena hija, buena madre, buena empleada.
En casa, Lucía puso en el grupo que no pasaría: Mamá, imposible, tengo lío en el trabajo. Encendí el microondas, preparé tomate aliñado, casi por inercia quise sacar la escoba el suelo necesitaba un repaso, pero esta vez me senté con la taza de té y abrí el libro que arrastro desde las vacaciones. Permití al té enfriarse entre las manos.
La retahíla de deberes seguía en mi cabeza: tender ropa, lavar la cazuela, terminar el informe, buscar para mamá una residencia mejor… Pero la voz interior de los deberes dejó paso, apenas por una rendija, a otra más sutil: puede esperar.
Leí despacio, volviendo sobre algún párrafo. A ratos simplemente miraba por la ventana: las luces de la ciudad, algunos paseantes, perros caminando junto a sus dueñas.
Qué más da susurré para mí, como quien firma un pacto consigo misma. No pasa nada si la casa no está perfecta.
Esa idea ya no me parecía una herejía.
***
Al día siguiente la rutina volvió a instalarse, como si el día anterior no hubiera existido. A las nueve en punto, mi madre llamó ansiosa:
Carmen, ¿vendrás antes de las doce, verdad? El médico a domicilio viene a las once, y tengo que tener la tensión controlada.
Sí, mamá, salgo en un rato respondí vistiéndome a todo correr, tiritando de una mano mientras terminaba de guardar el tensiómetro en el bolso.
Un aviso en WhatsApp. Era mi hijo Jaime.
Mamá, buenas. Oye, con lo del piso, ¿crees que podríamos hablar por la tarde? Tengo varias dudas… sonaba con el tono práctico y distante de quien negocia más que conversa.
Claro, Jaime, sobre las siete. Ahora voy a lo de la abuela.
¡Otra vez! exclamó, no aguantándose la protesta.
Otra vez respondí, firme.
En el bus, una señora discutía acalorado con el conductor; alguien arrastraba bolsas de plástico en la parte trasera. Yo apenas aguanté el paseo, con el tensiómetro abrazado al pecho, y me bajé en el portal de mi madre algo somnolienta.
Antonia me recibió en bata, disgustada.
¿Ves cómo llegas tarde? El salón está hecho un asco y el médico no va a poder ni sentarse refunfuñó, señalando la montaña de ropa.
Antes habría estallado de inmediato. Palabras apresuradas, reproches a bocajarro: ¿Crees que no tengo bastante, mamá, para encima esto?. Después venían el remordimiento, el agotamiento.
Hoy, en cambio, me quedé en la entrada, coloqué la bolsa en el suelo y respiré. Pude prever la coreografía de cada uno de aquellos desencuentros: las frases, los silencios heridos, la escapada con los ojos nublados y la excusa para los niños después.
Mamá murmuré , ya sé que te angustias. Pero primero arreglamos lo que hay que dejar listo para el médico, luego recojo la ropa. Yo no tengo energías infinitas.
Antonia se quedó con la réplica en los labios, me miró de otra forma: sin victimismo, casi buscando mi firmeza.
Haz lo que quieras, hija gruñó. Pon la maquinita esa.
El médico se marchó, y mi madre, mientras ataba más fuerte el cinto de la bata, me dijo con voz desconocida, casi frágil:
Qué manía no tengo, hija… pero me da miedo estar sola.
Yo fregaba tazas en la cocina. Noté el escozor del lavavajillas en los dedos, pero también algo cálido se ablandó dentro.
Lo sé, mamá. A veces a mí también.
Volvió al salón sin más. Pero el aire entre nosotras se volvió más ligero.
***
Esa tarde, de regreso, paré en la farmacia. Delante de mí estaba Paqui, la vecina del segundo, siempre corriendo con niños y carros. Pero ese día estaba sola, con un bloc de notas apretado entre manos.
No sé qué vitaminas son mejores para Julián murmuró como para sí, nerviosa ante el mostrador. La doctora apuntó dos marcas y hay veinte ofertas distintas.
Antes habría sonreído y vuelto al móvil: bastante tengo yo. Pero hoy me vi en ella: mi madre con sus sobres, yo misma hace meses sin entender la diferencia entre genéricos.
A ver, enséñame me ofrecí.
Apartamos los papeles, revisé las anotaciones, pregunté a la farmacéutica y le mostré las cajas adecuadas.
Gracias, Carmen, de verdad… Es un lío esto, y sé que tu madre está pachucha y que controlas suspiró agradecida.
No creas, Paqui, solo es que ya he pasado por esto.
Al salir dudó.
¿Puedo consultarte si me pierdo alguna vez? Julián no ayuda con las medicinas…
Antes habría dicho un por supuesto, y luego me agobiaría sus llamadas nocturnas. Esta vez respiré antes.
Sin problema, pero mejor de día, ¿vale? Por la tarde suelo estar liada.
Me sorprendió oírme, reconociendo mi tiempo como propio, como algo legítimo. Ella lo aceptó de buena gana, y eso me alivió más que sus gracias.
***
Aquella noche cociné tal cual. Nada de guisos para seis, solo pasta y algo de pollo. El uniforme de Jaime flotaba en la silla, la ropa sin doblar a un lado. Diez años atrás no me habría sentado a la mesa hasta dejarlo todo impecable.
Hoy simplemente aparté el cesto con el pie.
Jaime llamó al rato, con un tono crispado.
Mamá, es complicado lo del préstamo para el piso. Nos piden más entrada. Quizás podrías echarnos otro empujón. Sé que ya lo hiciste, pero…
Cerré los ojos. Estas conversaciones me removían por dentro, despertando todos los viejos enemigos: la culpa, el miedo a fallar, la vieja espina por el negocio fallido de mi ex. Las decepciones acumuladas, las oportunidades no tomadas.
¿Cuánto es? pregunté con voz cansada.
Dijo la cantidad. Podría sacarla de los ahorros que iba juntando para mí: para un viaje al norte, para un frigorífico nuevo, para arreglar la dentadura de mamá.
Oía mis papeles viejos susurrar en la memoria: los zapatos de sus primeros inviernos, las noches de miedo tras el divorcio, mis sueños guardados como una blusa pasada de moda.
Te ayudo, pero solo puedo dar la mitad. La otra os toca buscarla.
Mamá, no sé… se notaba frustrado.
Jaime, no soy el banco, y yo también tengo derecho a pensar un poco en mí. También es mi vida.
Silencio. Esperaba el reproche. Pero todo quedó en esa pausa. Me sentí inquieta, sí, incluso algo culpable, pero, sobre todo, serena.
Vale, mamá… Ya me buscas con lo que puedas. Gracias.
Terminamos hablando de tonterías. Cuando colgué, escuché el tic-tac del reloj sobre el fregadero.
Me senté en el taburete junto a la ropa. Por un momento, me imaginé a mi yo de treinta y cinco años, joven y aturdida, pensando que siempre se equivoca.
Mira, Carmen, hemos fallado, sí. Pero tampoco hay que castigarse toda la vida me dije.
No era una lección de grandes palabras, solo una tregua. Doblé dos camisetas con calma y dejé el resto. Me di permiso para no acabarlo todo hoy.
***
El sábado no sonó el despertador. El cuerpo quiso saltar de la cama en cuanto los pasos en la escalera comenzaron has de salir, hacer la compra, poner la colada, pero le obligué a quedarse diez minutos más.
Después, mientras recogía la habitación, encontré el cuaderno que Lucía me regaló por Reyes.
Mamá, apúntate aquí cosas para ti me dijo, riendo, y yo lo guardé pensando ¿Y qué voy a apuntar?.
Abrí la primera hoja. No soñaba con viajes a la Patagonia ni con aprender francés. Solo sentí el deseo sencillo de salir a pasear por las tardes, sin rumbo. Y debajo, apunté: Apuntarme a informática en la biblioteca.
Nada de grandes hazañas. Solo aprender a usar mejor lo que ya tengo, sin pedirle cada vez ayuda a Jaime para un trámite online.
Guardé el cuaderno en el bolso. Bajé y, en vez de ir hacia el súper, crucé el parque de detrás. Allí todo era más fresco: bancos, un par de vecinas mi edad hablando de precios y nietos.
Fui despacio, al paso de mi respiración. Dentro de mí, una especie de aire limpio.
Todavía no sé vivir de otra manera. Tropiezo, cedo, me recrimino. Pero ahora se me abre entre el deber y la culpa un pequeño espacio: el de la pregunta ¿Y yo quiero hacerlo?.
Al volver, me atreví a entrar en la biblioteca del barrio. Olía a papel antiguo y a tranquilidad. La bibliotecaria, afable, me saludó.
Busco cursos de informática, para adultos… para no sentir que se me escapan las cosas titubeé.
Tenemos, sí. Dos tardes a la semana. ¿Apunto su nombre?
Apúntelo, por favor.
Escribí mi edad sin vergüenza. Cincuenta y cinco: una cifra que no encierra destino, solo marca el momento en que por fin puedo concederme no ir a la carrera.
En casa me esperaban el correo pendiente de Matilde, el análisis de mamá, el cazo por fregar y la camisa de Jaime. Apoyé el bolso, dejé la cazadora, me acerqué un instante a la ventana.
Ahora sé que haré todas esas cosas, sí. Pero entre medias encontraré, cada día, ese resquicio solo para mí: una infusión caliente, dos páginas de novela, un paseo corto bajo las acacias.
Y ese hueco, de alguna manera, significa mucho más que nada.





