El derecho a no tener prisa El mensaje de la doctora llegó cuando Nines estaba sentada en su mesa d…

El derecho a no tener prisa

El mensaje de la doctora llegó cuando Inés estaba sentada en su mesa de la oficina, terminando de redactar otro correo. Dio un respingo al sentir la vibración del móvil junto al teclado.

«Los resultados están listos, puede pasar antes de las seis», decía el escueto texto.

En la pantalla eran menos cuarto de cuatro. Del despacho al centro de salud había tres paradas de autobús, más la cola, el despacho, y vuelta… Además, esa misma mañana la jefa le había insinuado sobre otro informe extra, y su hijo había prometido “pasarse si le daba tiempo”. En el bolso, entre los pies, descansaban unos papeles para su madre que Inés pretendía llevarle esa tarde.

¿Otra vez te vas a ir al final del día? preguntó su compañera de silla al verla mirar el reloj.

Tengo que hacerlo respondió casi sin pensar, aunque debajo del cuello de la blusa tenía la piel húmeda y en el pecho latía esa pesadez de cansancio.

La jornada se estiraba como masa para empanada. Correos, llamadas, el chat interminable de compañeros. A media mañana, la jefa salió de su despacho.

Oye, Inés. El proveedor quiere el resumen el fin de semana y el sábado yo estoy fuera. ¿Tú podrías hacerlo? No es nada especial, solo juntar unas tablas. Unas tres o cuatro horas, desde casa.

Las palabras «no es nada especial» se quedaron flotando como una orden. La compañera al lado se sumergió en la pantalla, escondiéndose. Inés abrió la boca para soltar su típico “claro”, pero el teléfono vibró discretamente en su bolsillo. Una notificación de su propia aplicación: «Por la tarde: paseo 30 min». Ella misma había puesto esos avisos tras la última subida de tensión del verano, y siempre los ignoraba.

Esta vez no lo quitó. Lo miró, como si fuera un recordatorio vivo.

¿Inés? insistió la jefa.

Inés aspiró hondo. Tenía la cabeza embotada, pero en lo más hondo sintió una firmeza nueva: si decía sí, volvería a quedarse a deshoras, luego dolerían las lumbares y el domingo le esperaban la colada, la cocina y la consulta de su madre.

No voy a poder dijo, extrañada de lo sosegado que sonó.

La jefa alzó las cejas:

¿Cómo que no? Pero si tú

Es que tengo que ayudar a mi madre Inés decidió verbalizar una de sus excusas habituales, aunque nunca servía para rechazar nada. Además… la doctora me ha dicho que reduzca los extras. Lo siento.

No detalló que aquella advertencia médica era ya bien antigua. Pero la había oído.

Se hizo un silencio espeso. Inés esperaba el suspiro, las alusiones al «equipo» y la «confianza».

Bueno resopló la jefa, que parecía dispuesta a protestar, pero terminó por desistir. Buscaré otra persona. Sigue con lo tuyo.

Cuando se cerró la puerta, Inés se dio cuenta de que tenía pegada la camiseta a la espalda. Los dedos le temblaban sobre el ratón. Una vocecilla de culpa asomó, rápida: «debería haber dicho que sí, solo serían tres horas el sábado…». Pero junto a la culpa se sintió algo más, desconocido, un poco inquietante: alivio. Como si hubiera dejado un saco muy pesado y pudiese sentarse.

Esa tarde, en vez de pasar por el centro comercial a coger algo para el informe, Inés salió del ambulatorio y no corrió a la parada. Se detuvo, respiró hondo y notó el dolor sordo en las piernas tras todo el día en movimiento.

Mamá, mañana paso por tu casa le anunció al teléfono tras recoger los resultados de la consulta.

¿No vienes hoy siquiera? su madre tenía el tono habitual, siempre un poco acusador.

Estoy cansada, mamá. Se ha hecho tarde y todavía tengo que cenar bien en casa. Te compro las pastillas, no te preocupes. Te las llevo mañana por la mañana.

Esperó el sermón, pero solo escuchó un suspiro.

Bueno, haz lo que veas. Ya eres mayorcita.

Mayor, sonrió Inés. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, la hipoteca casi pagada y aún sentía que debía demostrar a todo el mundo que era suficiente. Hija, madre, empleada.

La casa estaba en silencio. El hijo avisó por el chat: no llego, tengo lío en el trabajo. Inés puso a calentar agua, cortó unos tomates. Por un instante, la mano intentó ponerse con la aspiradora los suelos pedían limpieza. Pero en cambio, simplemente se sentó a la mesa, se sirvió el té y dejó que se enfriara un poco, hojeando el libro que había empezado en vacaciones.

Dentro de su cabeza aún zumbaba el «deberías colgar la ropa, fregar los cacharros, terminar el informe, buscar otra clínica para mamá». Pero el runrún bajó de volumen. Entre los «hay que» se abrió una rendija y se coló un suave: «puede esperar».

Leía sin prisa, volviendo párrafos atrás si se distraía. En un momento se sorprendió mirando por la ventana, sin apremio. Las luces de los coches, algunos peatones arrastrando bolsas de la compra, perros paseando sin prisa con sus dueños.

No está mal se dijo en voz alta, reconociéndolo. No es grave que el suelo no brille.

Y la idea le pareció perfectamente legítima.

* * *

Al día siguiente, todo volvió a girar como si el “ayer” no hubiese ocurrido. La madre llamó a las nueve puntualmente preocupada:

¿Inés, llegas antes de comer? El médico de familia pasa por casa sobre las once para medirme la tensión.

Sí, sí, llegaré respondió Inés, mientras se ponía los vaqueros con una mano y metía el tensiómetro en el bolso con la otra.

El hijo la localizó por mensajes.

Mamá, buenas. Oye, tengo un tema con el piso, ¿puedes hablar luego? Esta tarde, después de las siete.

Vale, quedamos después de las siete. Es que voy a casa de la abuela, contestó ella mientras se calzaba.

¿Otra vez a la abuela?

Otra vez repitió Inés con calma.

En el autobús alguien discutía con el conductor, al fondo sonaban bolsas. Inés dormitó apretando el tensiómetro y despertó al llegar al portal de su madre.

Su madre la recibió en bata, con la cara de desacuerdo de siempre.

Has tardado. Si viene el médico y hay este desorden… asintió hacia un montón de ropa en una silla.

Antes, aquello la encendía. Saltaba: Mira que voy corriendo por toda la ciudad y encima me lo echas en cara. Luego venían la culpa y la fatiga crónica.

Ahora, se paró en el recibidor, dejó la bolsa en el suelo y respiró. Pudo ver la escena entera palabras, reproches, suspiros y el después: frotarse los ojos mientras inventa excusas para los hijos por su mal humor.

Mamá dijo bajito. Sé que te preocupas. Pero vamos primero a preparar la comida y luego recojo la ropa. Yo no soy infinita.

La madre frunció el ceño, iba a replicar, pero leyó en la cara de su hija algo nuevo: ni un lamento ni una súplica, sólo determinación tranquila.

Bueno rezongó. Saca el aparato.

Cuando el médico se marchó, la madre, jugando con el cinturón de la bata, habló de otra manera, más templada que cuando gritaba a la tele.

No pienses que lo hago para fastidiarte. Es el miedo a estar sola.

Inés lavaba las tazas bajo el agua caliente, le escocían las manos con el lavavajillas. Notó que algo se derretía y dolía a la vez por dentro.

Lo sé contestó. A mí también me da miedo a veces.

La madre bufó como quitándole importancia, y enseguida volvió a concentrarse en las noticias. Pero todo se había distendido, como si la hebra que une las dos estirase sin tensarse.

* * *

Por la tarde, de vuelta a casa, Inés pasó por la farmacia del barrio. La vecina del primero la que siempre iba corriendo con el carrito y bolsas estaba delante, pero hoy sólo cargaba el bolso y tenía una expresión de estar perdida.

No me aclaro con los complejos vitamínicos de mi marido murmuraba, mostrando su cuaderno. El médico me puso dos nombres y aquí además hay descuentos y me hago un lío.

Antes, Inés habría sonreído y mirado el móvil: bastante tengo ya. Pero esta vez sintió que conocía muy bien esa confusión. Hacía poco, su madre le había pedido que le anotara el horario de pastillas; y ella misma, el invierno anterior, se había visto en ese mismo mostrador, sin saber distinguir los envases.

Ven, déjame ver propuso

Se apartaron y, poniéndose las gafas, Inés leyó las notas, preguntó a la farmacéutica, eligió la caja.

Gracias, de verdad suspiró la mujer. Ya sé que cuidas a tu madre; al menos tú entiendes estas cosas.

Inés se encogió de hombros.

No te creas que entiendo mucho. Solo… me ha tocado antes.

Ya fuera, la vecina dudó:

¿Puedo preguntarte cuando me líe otra vez? Mi marido es de los que no miran un prospecto.

En años anteriores Inés habría dicho: Sí, claro, pasa cuando quieras, y luego se habría arrepentido si la llamaban poco antes de cenar. Hoy, se concedió una pausa. Escuchó la leve alarma interna: no recargues tu lista.

Llama cuando haga falta aceptó. Pero si es posible mejor por la mañana. Por la tarde yo tengo mis cosas.

Al decir “mis cosas”, se sorprendió un poco. Como si por fin validase que su tiempo también merecía respeto.

La vecina asintió, sin encontrarlo raro. Eso la alegró incluso más que el gracias.

* * *

Esa noche, Inés preparó algo sencillo. Nada de llenar la cocina como si alimentase a una familia numerosa; sólo ella y quizá el hijo si aparecía. Hirvió pasta, hizo pollo a la plancha, cortó unos pepinos. La cocina tenía la mesa atestada de papeles, en la silla estaba la camisa de su hijo y una cesta llena de ropa a medio doblar. Diez años antes no habría cenado hasta dejar todo perfecto.

Esta vez, apartó la cesta con el pie.

Cuando el hijo llamó, sonaba agobiado.

Mamá, tenemos un lío con la hipoteca. El banco pide una entrada bastante grande y pensamos si podrías echarnos una mano. Sé que ya nos ayudaste, pero…

Inés cerró los ojos. Estas llamadas le pinchaban en el lugar de siempre. Emergían pensamientos viejos: no he criado bien, debí trabajar más, no tomó buenas decisiones. Y una espina sin sacar: aquella vez que prestó dinero a su ex para un negocio que salió mal.

¿Cuánto os hace falta? apoyada en la mesa, preguntó.

El hijo dijo una cifra. No era descabellada, pero abultada. Podía sacarlo de sus ahorros, reunidos para un algún día: ver el mar, cambiar el frigorífico, arreglarle los dientes a su madre.

Por dentro, se amontonaron papeles viejos: más que números, recuerdos de lo postergado. No se mudó a otra ciudad al acabar la carrera; no hizo la tesis de lo que realmente le gustaba; estuvo con su marido demasiado tiempo y al final también se separaron.

No estoy diciendo que no vayáis a devolverlo aclaró él.

No le doy vueltas contestó Inés. Sabía que probablemente no volvería ese dinero. Siempre era así.

Calló unos segundos que a su hijo le parecerían eternos. Por su mente cruzaron las botas de niño que compró a plazos, las Navidades sin padre, él acurrucado en la cama, y sus propias ilusiones, guardadas como ropa en el altillo.

Os puedo ayudar dijo al final. Pero solo con la mitad. La otra mitad tendréis que buscarla vosotros.

Mamá… le supo a decepción.

Sergio pocas veces usaba su nombre tan seria. No soy un cajero. También tengo mi vida. Tengo que pensar en mí.

Silencio. Inés notó los latidos. Esperaba la oleada de autorreproches. No llegó. Había inquietud, claro. Algo de pudor. Pero, sobre todo, paz.

Vale respondió el hijo. Lo veremos. Lo que nos des ya es mucho.

Conversaron un poco más de trabajo, de la hermana, de series. Cuando colgó, solo se oía el tic tac del reloj.

Se sentó al lado de la cesta. Mirándola sintió como si a su lado se sentara su yo de treinta y cinco años alborotada, siempre con culpa, convencida de que todo le salía mal.

Bueno se dirigió mentalmente a su yo más joven, sí, hemos perdido oportunidades. Pero no tenemos por qué sufrirlo otras dos décadas.

Eso no era una gran revelación. Apenas un acuerdo en voz baja. Cogió una camiseta, la dobló con calma. Luego otra. El resto lo dejaría para mañana. Y se concedió no hacer más.

* * *

El sábado, sin tareas extra, Inés se despertó sin alarma. De primeras, el cuerpo quiso saltar para salir corriendo, cocinar, poner lavadoras. Se quedó diez minutos más tendida, oyendo pasos en el patio.

Luego, después del té y un repaso rápido a la casa, sacó del cajón una libreta pequeña. Se la regaló su hija en Reyes:

Mamá, para que apuntas lo que quieras hacer sólo por ti.

Entonces, Inés sonrió y guardó la libreta. No había nada escrito aún. ¿Para qué iba a apuntar cosas propias una mujer con madre, hijos y trabajo?

Ahora abrió la página en blanco. El bolígrafo dudó. No salían grandes sueños. Ni viajes lejanos, ni cambiar radical la vida. Sintió, sobre todo, que no necesitaba inventarse otro proyecto.

Escribió cuidadosamente: Quiero pasear alguna tarde sin destino fijo. Y abajo: Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca de barrio.

No inglés, ni cerámica, ni nada de lo que la gente presume en las redes sociales. Solo aprender a manejar bien lo que ya usaba, para no tener que recurrir siempre al hijo para pedir cita al médico.

Guardó la libreta en el bolso. Salió a la calle y, en vez de ir al supermercado, se metió por un parque al que hacía años no iba. Allí estaba tranquilo, unos cuantos árboles viejos daban sombra a bancos. En uno, dos mujeres de su edad hablaban, seguramente, también de precios, salud y familia.

Siguió adelante. Caminaba a su ritmo, ni deprisa ni despacio. Notó una extraña ligereza, como la de un armario al que le quitas lo que ya no sirve, aunque te hayas acostumbrado a verlo allí siempre.

Aún no sabía vivir de otra manera. Seguiría cediendo, discutiendo, lamentando cosas. Pero entre todo eso y ella se abría ahora un pequeño hueco para preguntar ¿es esto lo que quiero?

Al volver a casa, entró en la biblioteca a la que llevaba años pasando de largo. Dentro olía a papel y a polvo; la bibliotecaria levantó la cabeza.

¿Te puedo ayudar?

Quería informarme de los cursos Inés se sintió de repente niña. De los de adultos. Para aprender más informática.

La mujer le sonrió.

Tenemos. Por la tarde, dos veces por semana. Estamos formando el grupo. ¿Te apunto?

Apúntame confirmó.

Al rellenar la ficha, marcó 55 años. El número ya no sonaba a condena. Era, más bien, un punto de llegada: el lugar al que se llega con el derecho a ir sin prisas.

Al regresar, todo seguía igual: la sartén por fregar, la camisa en la silla, analíticas de su madre y el correo no contestado de la jefa Nuevas tareas del mes.

Dejó el bolso, colgó la chaqueta, fue hasta la ventana. Respiró lento. Sabía que después fregaría, llamaría a su madre, contestaría el correo. Pero también sabía otra cosa: entre esos actos, se reservaría para sí misma un pequeño resquicio una taza de té, una página de libro, una vuelta por la manzana.

Y ese pequeño saber, de pronto, le pareció lo más importante.

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