El derecho a no tener prisa
El mensaje de la médica llegó mientras Carmen estaba sentada en su escritorio de la oficina, terminando de redactar un correo más. El teléfono vibró junto al teclado y el sobresalto la sacó de su concentración.
«Análisis listos. Pase hoy antes de las seis», decía escuetamente el texto.
En la pantalla del ordenador eran las cuatro menos cuarto. Desde la oficina hasta el ambulatorio había tres paradas en autobús, luego sacar número, esperar su turno, consulta, el camino de vuelta… Además, su hijo la había llamadopaso si me da tiempoy la jefa por la mañana ya había insinuado la posibilidad de encargarle un informe extra. En el bolso, a sus pies, tenía los papeles que pensaba llevarle a su madre esa misma tarde.
¿Otra vez te vas a ir por la tarde? preguntó Pilar, su compañera de mesa, al ver cómo Carmen miraba el reloj.
Tengo que hacerlo le salió sin pensar, aunque sentía cómo el sudor le humedecía la nuca bajo el cuello de la blusa y en el pecho le latía la fatiga.
La jornada avanzaba espesa, como masa pegajosa. Correos, llamadas, el chat interminable de la oficina. A mitad del día, la jefa asomó la cabeza por la puerta:
Carmen, mira. El proveedor nos ha pedido un cuadro-resumen para el lunes, pero yo este sábado me voy. ¿Te importaría hacerlo? Nada complicado, solo juntar unas tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes terminar en casa.
Las palabras nada complicado quedaron suspendidas en el aire, con sabor a orden. La compañera del otro lado fingió sumergirse en la pantalla, como queriéndose hacer invisible. Carmen abrió la boca para responder su habitual por supuesto, pero en ese momento el móvil vibró suavemente: un recordatorio de la appPor la tarde: paseo de 30 minutos. Ella misma lo había programado hace meses, después de otro susto con la tensión, y casi siempre lo descartaba sin leer.
Esta vez no lo descartó. Miró la línea, sin tocarla, como si esperara que de verdad necesitara su contestación.
¿Carmen? repitió la jefa.
Inspiró despacio. Le zumbaban los pensamientos, pero en el fondo sintió con terquedad: si decía que sí, volvería a quedarse hasta la medianoche, luego el dolor lumbar, el domingo lavado, cocinar, la consulta de su madre.
No puedo dijo, y hasta a ella le sorprendió lo tranquilos que sonaron esos tres términos.
La jefa arqueó una ceja.
¿Cómo que no puedes? Si tú siempre…
Es que… mi madre se obligó Carmen a nombrar el motivo que siempre amparaba sus retrasos, aunque curiosamente nunca sus negativas y además… la médica me ha aconsejado que no haga tantas horas extra. Lo siento.
No explicó que la médica lo había dicho de pasada y hacía tiempo. Pero lo había dicho, al fin y al cabo.
Hubo un silencio tenso. Carmen esperaba el suspiro molesto, la alusión a equipo, a responsabilidad.
Vale la jefa pareció dispuesta a insistir, pero desistió con un gesto. Buscaré a otra persona. Sigue con lo tuyo.
Cuando la puerta se cerró, Carmen se dio cuenta de que tenía la espalda empapada y los dedos con los que agarraba el ratón temblaban. Una voz culpable, rápida y aguda, susurró que podría haber aceptado, ¿qué le costaba?, eran solo tres o cuatro horas en sábado.
Pero junto a la culpa, apareció un sentimiento nuevo y, por eso mismo, casi aterrador: alivio. Como si al fin se hubiera quitado el lastre de una mochila pesada y pudiera sentarse a respirar.
Aquella tarde, en vez de adentrarse en el centro comercial o aprovechar para traer datos para el informe, Carmen salió del ambulatorio y no fue corriendo a la parada. Se quedó de pie ante la puerta, respirando hondo, notando el cansancio real en sus piernas, tras todo el día de carreras.
Mamá, mañana voy a verte dijo en cuanto llamó, tras recoger los resultados de la analítica y hacer la cola de rigor.
¿Hoy no te pasas? el tono de su madre sonó como siempre, con ese deje de reproche apenas velado.
Estoy agotada, mamá. Además, es tarde, tengo que ir a casa y cenar en condiciones de una vez. Tus medicinas ya las tengo, no te preocupes; mañana por la mañana te las llevo.
Se preparó para la tormenta, pero del otro lado llegó un suspiro.
Tú sabrás. Ya no eres una cría.
No eres una cría, pensó Carmen, sonriendo para sí. Cincuenta y cinco años, dos hijos ya adultos, hipoteca casi terminada, y aun así sentía por dentro que tenía que demostrar a todo el mundo lo buena que era. Hija, madre, trabajadora.
En casa todo estaba en silencio. En el chat, su hijo avisó que no vendría: caos en el trabajo. Carmen puso la tetera, cortó un poco de tomate. Por inercia, le fue a la mano el aspiradorel suelo pedía limpieza desde hacía días. Pero en lugar de eso, sencillamente se sentó a la mesa, se sirvió el té y dejó que se enfriara un poco mientras ojeaba el libro empezado en las últimas vacaciones.
Todavía revoloteaba en su interior esa voz que decía: deberías colgar la ropa, fregar cazuelas, revisar el informe nuevo, buscarle a mamá un médico en la web. Pero el runrún esta vez era casi imperceptible. Entre los eternos tienes que… asomó una grieta suave por la que se filtró otra frase: pero también puede ser después.
Leyó sin prisa, volviendo a los párrafos si se los saltaba. De repente se sorprendió mirando a través de la ventana, sin ninguna urgencia. Afuera, las luces de los coches estiraban la noche, un par de paseantes arrastraban carritos y los perros de la zona caminaban tranquilos junto a sus dueños.
No pasa nada dijo en voz alta, como si lo razonara consigo misma. Tampoco es tan importante que el suelo reluzca.
Y aquel pensamiento no le pareció ningún crimen.
* * *
Al día siguiente, todo volvió a enredarse como si el ayer nunca hubiera existido. Su madre la llamó a las nueve, con el tono típico de preocupación:
Carmen, ¿vas a venir de verdad antes de comer? A las once tiene que venir la doctora para la tensión.
Sí, mamá, tranquila respondió mientras se ponía los vaqueros con una mano y con la otra guardaba el tensiómetro en el bolso.
Su hijo le envió un audio:
Hola, mamá. Escucha, tenemos que hablar luego de lo del piso. ¿Te puedes conectar esta tarde? Es importante.
Claro, después de las siete respondió Carmen enfundándose los zapatos. Ahora voy a ver a la abuela.
¿Otra vez? no evitó su hijo preguntar.
Otra vez respondió Carmen, serena.
En el autobús alguien discutía con el conductor, en el fondo sonaba el crujido de bolsas. Carmen echó una pequeña cabezada abrazando el tensiómetro y despertó justo frente al portal materno.
Su madre, en bata, la recibió en la puerta, con el gesto torcido habitual.
Llegas tarde. Si la doctora encuentra esto como está… Un desastre señaló la montaña de ropa en una silla del salón.
Tiempo atrás, Carmen habría saltado como un resorte, las palabras precipitadas: ¿Te parece poco que vaya corriendo de un lado a otro y encima esto?. Y luego la culpa y el agotamiento de siempre.
Ahora se paró en el umbral, dejó el bolso en el suelo y respiró hondo. Por primera vez visualizó el guion entero: palabras de siempre, reproches, callados enfados. Y como cada vez, tras la pequeña tormenta, juntar fuerza para sonreír a los nietos y fingir que todo estaba bien.
Mamá dijo con voz baja. Sé que te preocupas. Pero vamos primero a poner la mesa y luego me ocupo de la ropa. No tengo energía infinita.
Su madre frunció el ceño, respiró para soltar una protesta, pero debió de ver algo en el rostro de Carmen: no enfado, ni súplica, sino una firmeza tranquila.
Bueno, pon el aparato refunfuñó.
Cuando la doctora se fue, la madre, jugueteando con el cinturón de la bata, habló con un tono inusualmente blando:
No creas, hija, que es por fastidiarte. Me da miedo estar sola.
Carmen aclaraba unas tazas bajo el grifo. El agua estaba tibia, el detergente le picó en la piel. Aquella confesión le removió algo muy dentro, medio cálido, medio doloroso.
Lo sé, mamá. Yo también tengo miedo a veces.
Su madre resopló, como quitándole importancia, y se fue a mirar el telediario. Pero el ambiente se quedó más liviano, como si el hilo invisible entre ellas se hubiera aflojado, sin tensiones.
* * *
Por la tarde, de vuelta, Carmen pasó por la farmacia del barrio. En la fila estaba Lucía, vecina del portal, casi siempre con carrito y bolsas. Hoy sin carrito y con cara despistada.
Nunca termino de enterarme qué vitaminas son para mi marido susurró, apretando una libreta. El médico me apuntó dos nombres, aquí encima hay ofertas y me pierdo.
Otra vez habría sonreído y se habría puesto a mirar el móvil: problemas ajenos, tiempo justo. Pero hoy sintió esa inseguridad conocida, estar delante del mostrador y no entender nada. A su mamá le tuvo que apuntar las pautas de las pastillas porque siempre se confundía. Ella misma, el año pasado, estuvo igual, agobiada con los medicamentos.
A ver, déjame mirar le dijo.
Se apartaron del bullicio y, con las gafas puestas, Carmen desgranó las notas, preguntó a la farmacéutica, localizó la caja correcta.
Gracias, de verdad suspiró Lucía. Al menos tú entiendes algo, con lo de tu madre…
Carmen se rio.
No es que entienda mucho. Es que lo voy aprendiendo a fuerza de necesidad.
Al salir, Lucía titubeó:
¿Te importa si algún día te pregunto algo? Mi marido es un cabezota y no va a mirar nada él solo.
Antes le habría dicho: Por supuesto, cuando quieras, llama cuando sea, y luego se habría mordido las uñas si era tarde. Hoy se dio un segundo para pensarlo, notando una pequeña inquietud: cuidarse de no acumular responsabilidades extras.
Me puedes llamar dijo. Pero mejor por las mañanas, por favor. Por la tarde suelo tener mis cosas.
Al decir mis cosas sintió algo parecido a orgullo. Como si, por fin, aceptara que su tiempo también importaba.
Lucía lo entendió con naturalidad y eso la alivió incluso más que las gracias.
* * *
Aquella noche Carmen preparó una cena sencilla. Sin la puesta en escena de otros años, como si hubiera que alimentar a media familia: sólo para ella y, quizá, para el hijo si aparecía. Coció un poco de pasta, hizo pollo a la plancha, cortó unos pepinos. La cocina tenía cierto desorden doméstico; en la silla colgaba una camisa de su hijo, en un rincón una cesta de ropa por doblar. Antes no habría cenado hasta tenerlo todo perfecto.
Ahora simplemente apartó la cesta con el pie.
Cuando su hijo la llamó, la voz sonaba tensa.
Mamá, está complicado. Nos ofrecen hipoteca, pero la entrada es alta. ¿Tú podrías ayudarnos un poco más? Ya sé que nos prestaste, pero…
Carmen cerró los ojos. Estas conversaciones siempre le punzaban el centro: fui mala madre, no gané bastante, les di mal ejemplo. Y además la espinita clavada de aquel dinero invertido en el fracasado negocio del padre. Nunca terminaba de perdonárselo.
¿Cuánto necesitáis? preguntó apoyando los codos en la mesa.
Él le dijo la cifra. No era desorbitada, pero sí notable. Tendría que tirar de los ahorros que iba reuniendo a poquitos, para algún día: ir al Mediterráneo, cambiar el frigorífico, arreglarle la boca a su madre.
Entre esos números, revoloteaban recuerdos: las botas del niño que tuvo que pagar a plazos, las navidades sin padre, el niño acurrucado de miedo por las noches. Y sus propias ilusiones, pospuestas una y otra vez como un jersey olvidado en la balda más alta.
No te preocupes, ya devolveremos se apresuró el hijo.
No me preocupo contestó Carmen. Era verdad: sabía que el dinero casi nunca volvía. Siempre había sido así.
Guardó silencio unos segundos. En ese lapso le pasó la película: ni mudanza prometida, ni el diploma soñado, ni el valor de dejar antes a su exmarido… Y todos los proyectos propios, engavetados por años.
Os ayudo, pero sólo puedo la mitad. La otra mitad tendréis que buscarla vosotros.
Mamá… su hijo estaba algo decepcionado.
Sergio usó su nombre y tono que pocas veces salía. No soy un cajero automático. Y también tengo que pensar en mí.
La línea se quedó muda. Carmen escuchó su propio latido esperar la oleada de culpa, pero no llegó. Sentía cierta tensión, sí, incluso vergüenza. Pero, sobre todo, tranquilidad.
Vale, tienes razón. Algo haremos. Lo que des ya nos salvará.
Hablaron después de trabajo, de cómo estaba su hermana, de series. Cuando colgó, sólo se oía el reloj de cocina.
Se sentó junto a la cesta de ropa y sintió como si, a su lado, se sentara también su yo de treinta y tantos: despeinada, perpetuamente en deuda con el mundo. Bueno, pensó para adentro, hemos perdido muchas cosas, sí. Hemos cometido errores. Pero no hace falta seguir castigándose otros veinte años.
No era una gran revelación, sino una pequeña paz interior. Dobló una camiseta, luego otra, el resto decidió dejarlo para mañana. Y se permitió no hacerlo perfecto.
* * *
El sábado, sin encargos pendientes, Carmen se despertó sin alarma. Al principio, la costumbre la empujó a saltar de la cama: hay que comprar, hay que cocinar, hay que lavar. Pero se obligó a permanecer diez minutos más bajo las sábanas, escuchando el barrido de escobas en la acera.
Tras un té rápido y una recogida ligera de la casa, sacó del cajón una libreta pequeña. La había comprado su hija por Reyes:
Mamá, para que tengas por fin un tiempo sólo para ti. Haz una lista de cosas que quieras.
Por entonces Carmen simplemente sonrió y dejó la libreta vacía. ¿Qué cosas podría hacer para mí?, pensaba con escepticismo. Entre la madre, el trabajo y los hijos…
Ahora abrió una página en blanco. No surgieron grandes planes; ni viajes lejanos, ni carreras nuevas. Sólo sintió un deseo simple: no cargarse de tareas voluntarias.
Apuntó cuidadosamente: Quiero salir a pasear por las tardes, aunque no tenga ningún motivo. Y debajo: Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca del barrio.
No era inglés, ni cerámica, ni nada para colgar en las redes. Simplemente aprender a usar con soltura lo que ya utilizaba y dejar de depender siempre de su hijo para pedir cita por internet.
Guardó la libreta en el bolso y, en vez de ir al supermercado, giró hacia el jardín interior del edificio, donde hacía años que no paseaba. Allí, entre plátanos y bancos, un par de mujeres de su edad charlabanhablaban exactamente de lo suyo: precios, salud, hijos.
Carmen siguió un poco más, andando sin prisa y sin pausa, a su ritmo. Por primera vez en mucho tiempo, el corazón le pesaba menos, igual que un armario tras vaciar objetos viejos pero queridos.
Aún le faltaba camino. Seguramente caería en antiguas rutinas, explotar, ceder, arrepentirse. Pero ahora había un hueco entre su vida y el deber constante, un pequeño margen para preguntarse: ¿De verdad quiero esto?
De regreso, se animó a entrar a la biblioteca, esa que miraba de reojo desde hacía diez años. Dentro, olía a papel y polvo, tras el mostrador una bibliotecaria de chaleco de lana le sonrió.
¿Puedo ayudarla?
Buscaba información sobre un curso Carmen sintió cierto pudor. Para adultos, de informática básica.
La bibliotecaria asintió con entusiasmo.
Por supuesto. Martes y jueves por la tarde. Justo estamos preparando grupo. ¿Le apunto?
Por favor contestó Carmen.
Llenando el formulario, escribió 55 en la casilla de edad. Ese número ya no le parecía una condena, sino la prueba de haber llegado a un punto donde tenía derecho a no correr.
Al volver, la sartén seguía sin lavar y la camisa seguía en la silla. Encima de la mesa, los análisis de su madre y un correo sin abrir de la jefaNuevos proyectos este mes.
Colgó la chaqueta, apoyó el bolso, se asomó a la ventana y, simplemente, se permitió estar unos minutos sin hacer nada. Se respiraba calma adentro. Sabía que luego lavaría la vajilla, llamaría a su madre, contestaría el correo. Pero también sabía algo mejor: entre una cosa y otra se reservaría un ratitouna taza de té, una página de novela, un paseo breve bajo los tilos.
Y descubrir que ese pequeño espacio para sí misma valía más que todo lo demás fue lo que, por fin, le hizo sentirse en paz.







