El derecho a estar cansado

**El Derecho al Cansancio**

Antonio regresó a casa tarde. Sin decir palabra, se quitó los zapatos en el recibidor, colgó el abrigo y fue directo al baño en silencio. Unos minutos después, ya estaba sentado en la cocina, donde le esperaba un plato de estofado de pollo con guisantes —el plato estrella de su mujer, Lucía—. A un lado, había una ensalada de mariscos. Cogió el tenedor, revolvió la ensalada un momento y, de pronto, se giró bruscamente.

—Dime la verdad… ¿Dónde compraste esta ensalada? —preguntó en voz baja pero firme.

Lucía se quedó inmóvil, con la tetera a medio camino de la taza. En sus ojos había algo inquietante.

Llevaban más de treinta años de matrimonio. Si alguien le pedía a Lucía que valorase su matrimonio del uno al cien, habría dicho cincuenta sin dudar. Porque de todo había habido: amor e irritación, felicidad y hastío, momentos brillantes y días grises. Una vida normal. Y Antonio, aunque terco y de carácter difícil, era un buen hombre. Leal, fiable, trabajador.

El cambio ocurrió la primavera pasada, cuando Lucía cayó enferma. El médico dijo que era simple agotamiento acumulado durante años. Antonio la llevó a casa en taxi —había dejado de reparar el coche hacía tiempo, todo el dinero iba para el crédito de su hija, Natalia—.

Natalia acababa de casarse y quería una boda “como en las películas”. Aunque el vestido le pareció raro y el pastel “como chicle”, según Antonio, sus padres aguantaron. Lo importante era que su hija fuese feliz.

Tras la boda, los recién casados se mudaron al piso que el novio heredó de su abuelo, mientras Antonio y Lucía seguían pagando el crédito, sobreviviendo con un coche viejo, electrodomésticos gastados y un cansancio eterno.

Lucía daba clases de inglés y hacía horas extra como profesora particular. Antonio era mecánico en una fábrica. Rechazaba comedores, hamburguesas, pizzas —¡solo comida casera! Caliente, fresca, variada.

Lucía no discutía, aunque después del trabajo apenas podía mantenerse en pie. Un día no aguantó más:

—¿Cómo quieres que te prepare primero, segundo, ensalada y postre? No soy una máquina.

Pero Antonio le hablaba de su bisabuela, que trabajaba en el campo, alimentaba a una familia de ocho y aún tenía tiempo para el coro del pueblo.

Lucía solo estaba cansada. Un día, entró en una nueva tienda de delicatessen cerca de casa a por pan fresco y vio los expositores de ensaladas. De pronto, dijo:

—Póngame una de mariscos grande, por favor…

Esa noche, para cenar había berenjenas rellenas, empanada… y aquella ensalada.

—¡Vaya novedad! Está rica, como hecha en casa —elogió Antonio.

Lucía no dijo nada. Desde entonces, fue su secreto: si no llegaba, compraba en la tienda. Casero, sabroso, un poco caro… pero al menos podía respirar.

Así habría seguido todo de no ser por un casual. En el trabajo, Antonio compartió la comida con un joven becario. Este comía albóndigas y una ensalada sospechosamente parecida a la suya.

—¿De dónde son las albóndigas?

—De la tienda de la esquina. ¡Mejor que caseras! —se rió el chico.

Antonio se puso en guardia. Demasiadas coincidencias. Y entonces nació en él la sospecha…

Esa noche, cenó en silencio hasta que hizo la pregunta. Lucía bajó la mirada.

—Yo… es que estaba agotada. Pensé que a ti no te importaba, mientras estuviese rico…

Antonio se levantó. Se acercó. La abrazó.

—Claro que me importa. Pero tú también eres humana, Lucía. Tienes derecho a cansarte.

Ella sollozó. Él sonrió.

—¿Paz?

—Paz.

Y esa noche, en lugar de la cena habitual, pidieron una pizza, pusieron una película antigua y, por primera vez en mucho tiempo, se sintieron no solo marido y mujer… sino una pareja en la que ambos importaban. Y eso fue suficiente para cambiarlo todo.

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