La cucaracha diurna la volvió a liar
¡No me lo puedo creer, Lucía! explotó Clara ¡Pablo, ven aquí ahora mismo!
El marido, que acababa de quitarse las zapatillas en la entrada, asomó por el marco de la puerta mientras se desabrochaba el cuello de la camisa.
¿Qué pasa ahora, Clara? Acabo de llegar del trabajo, tengo la cabeza que me va a estallar…
¿Cómo que “qué pasa”? Clara señaló el borde de la bañera Mira bien. ¿Dónde está mi champú? ¿Y la mascarilla que me compré ayer?
Pablo, tan miope como siempre, entornó los ojos inspeccionando la hilera de botes.
Allí se pavoneaba un señorial tarro de champú de tomillo, una botella tamaño familiar de Ortiga y un bote de cristal considerablemente grande con una crema de un sospechoso color marrón.
Eeeh… esto… mi madre ha traído sus cosas. Le será más cómodo tenerlo todo a mano… murmuró él, esquivando la mirada de su mujer.
¿A mano? Pablo, ¡que tu madre ni siquiera vive aquí! Fíjate abajo.
Clara se agachó y sacó de debajo de la bañera una palangana de plástico. Dentro reposaban sus elegantes productos franceses, junto con su esponja y la cuchilla de depilar.
¿Esto qué es, Pablo? ¿Se ha dedicado a barrer mis cosas y apilarlas aquí y precisamente en esta palangana roñosa para dejar lo suyo en el altar de la bañera?
Considera que mis cosas deben dormir junto al trapo de fregar, pero su Ortiga se merece el podio.
Pablo suspiró, resignado.
Clara, no te pongas así. Mamá está pasando un momento muy malo, ya lo sabes. Te lo recoloco ahora mismo, ¿vale? Y ¡vamos a cenar ya! Ha hecho albóndigas, por cierto.
No pienso comer sus albóndigas sentenció Clara. ¿Y puede saberse por qué está día sí, día también plantada aquí? ¿Por qué se cree la reina absoluta de MI casa, Pablo?
Empiezo a sentirme como una inquilina, agradecida porque se me permita compartir el váter.
Empujó a su marido y salió hecha una furia, mientras Pablo deslizaba a puntapiés el arsenal de su esposa de nuevo bajo la bañera.
Ni las hipotecas ni el drama de la vivienda madrileña habían afectado a Clara y Pablo: cada uno tenía su pisito en la capital, herencias de abuelos previsores.
El piso de Pablo, moderno, amplio y recién reformado, les pareció ideal. La coqueta vivienda de Clara la alquilaron a una pareja estupenda.
La relación con los padres de Pablo era de armisticio saludable con toques cordiales.
Doña Concha y su marido, el lacónico y siempre impecable Don Eugenio, vivían en el otro extremo de Madrid.
Una vez por semana cumplían el rito: merienda, preguntitas de rigor y sonrisas medidas.
Ay, Clarita, qué delgada te veo suspiraba Doña Concha, plantándole un trozo de tarta. Pablo, ¿no alimentas a tu mujer?
Madre, que estamos yendo al gimnasio zanjaba él, espantando el tema.
Ninguna visita sorpresa. Ningún consejo doméstico.
Clara presumía con las amigas:
Tengo suerte con mi suegra, es de las de oro, no se mete en nada, ni sermonea a Pablo ni a mí.
Todo se fue al traste aquel martes gris cuando Don Eugenio, tras treinta y dos años de matrimonio, se levantó un día, guardó la maleta, y dejó una nota: “Me voy a la playa, no me busques”, cortó todo contacto y desapareció.
Resultó que el ángel del mal no era solo una frase hecha, sino la administradora del balneario donde veraneaban cada año en Benicàssim.
Para Doña Concha, con sesenta primaveras, el mundo dejó de girar.
Vinieron semanas de lágrimas, llamadas de madrugada y análisis existenciales:
¿Cómo ha podido hacerme esto, Clarita? ¡Qué injusticia!
Clara fue comprensiva. Hasta le llevaba valeriana a la suegra, escuchando por décima vez la historia mientras asentía con educación. Pero la eterna letanía empezó a crisparle los nervios.
Pablo, tu madre ha llamado cinco veces por la mañana le dijo un día en el desayuno. Me ha pedido que vayas a ponerle una bombilla en el pasillo.
Lo entiendo todo, pero… ¿cuándo termina esta tortura?
El marido se encogió.
Está sola, Clara. Se ha pasado la vida dependiendo de papá… entiéndelo.
Una bombilla la puede atornillar cualquiera, o pide el arreglatodo del barrio. Pero quiere que VAYAS tú. Y después me toca a mí.
Y así empezaron los viajes nocturnos: Pablo hacía malabares yendo a dormir a casa de su madre.
Clara, mamá no concilia el sueño sola se disculpaba llenando la mochila. Dice que el silencio la agobia. Pasaré allí un par de días, ¿vale?
¿Un par de días? Clara frunció el ceño. Llevamos casados nada y ya huyes. No quiero dormir sola la mitad de la semana.
Es solo por un ratico, de verdad. Enseguida se le pasa.
Un ratico se convirtió en un mes.
Doña Concha exigía tener al niño cuatro noches por semana a su vera. Fingía bajones de tensión, ataques de pánico y hasta causaba atascos domésticos con esmero.
Clara veía a su marido agotado, hecho polvo entre dos casas, y cometió el GRAN error del que luego se arrepentiría amargamente.
***
Decidió hablar claro con la suegra.
Mire, Doña Concha le soltó en una comida de domingo , si se le hace tan cuesta arriba estar sola, ¿por qué no viene a pasar el día con nosotros?
Pablo trabaja, yo suelo teletrabajar. Aquí en el centro, puede dar un paseo, sentarse en el salón… y por la noche Pablo la lleva a casa.
La suegra la miró con ojos de gata que huele a sardina.
Pues mira, Clarita Qué chica tan lista. ¿Por qué no? ¡Mejor que marchitarme en mi piso!
Clara pensaba en visitas puntuales. Imaginaba a Doña Concha llegando a eso de las doce y yéndose antes de las seis…
Pero claro, Doña Concha jugaba en otra liga: apareció a las siete de la mañana.
¿Quién llama a estas horas…? murmuró Pablo, medio muerto, al oír el timbre.
Fue él mismo a abrir.
¡Soy yooo! chilló Doña Concha en el portero ¡Os he traído requesón fresco!
Clara se escondió bajo el edredón.
¿Pero esto qué es…? masculló Pablo, ¡son las siete! ¿Dónde demonios ha comprado requesón a esta hora?
Mi madre es mañanera Pablo ya se enfundaba el pantalón . Duerme, que yo le abro.
Desde ese día la vida fue un infierno. No es que Doña Concha viniera, es que okupaba casa ajena a jornada completa.
Clara intentaba teletrabajar y todo el rato escuchaba al oído:
Clarita, ¿y ese polvillo encima de la tele? Mira, aquí tengo un trapo, ¡en dos minutos lo dejo reluciente!
Doña Concha, déjeme, que tengo videollamada en cinco minutos.
Anda, anda, cuéntaselo a otra. Estás ahí viendo fotos de gatos.
Y por cierto, mona, a Pablo no se le plancha así la camisa. Las rayitas tienen que quedar como cuchillos. Ven, que te enseño, mientras esperas esa conferencia…
Criticaba todo.
La forma de cortar verduras: A Pablo le gustan en tiras, no esos cubos de hospital.
La cama: La colcha debe rozar el suelo, así parece de pensionista.
El baño: Aquí huele a sótano húmedo, hija.
No te lo tomes a mal, Clarita suspiraba la suegra mirando la olla . Pero te ha quedado el cocido salado.
Pablo, pobrecillo, está acostumbrado a lo light. Si le das esto, lo matas. Dame, que lo arreglo yo.
Mi cocido está perfecto mascullaba Clara, apretando los dientes. A Pablo le gusta, ¡se ha metido dos platos ayer!
Ay, hija, calla. No quiere ofenderte, por eso traga. Pero sufre…
Al mediodía, Clara ya había pensado en retirarse al campo.
Se fugaba a la cafetería y se tiraba horas allí, para no oír la voz moralista de la suegra.
Y cada vez que volvía, se cabreaba más.
Primero apareció la taza favorita de Doña Concha un mug gigante chillón que ponía La mejor mamá.
Luego, su impermeable en la percha de la entrada. Y, a la semana, una estantería vacía en el armario para su muda y un par de batas.
¿Para qué quiere aquí batas? resopló Clara, descubriendo un monstruo de felpa rosa junto a sus camisones de seda.
Ay, chiquilla. Si es que paso el día aquí. Se agradece cambiarse a ropa de estar por casa. Ahora somos una gran familia, ¿qué más da?
Pablo, al recibir las quejas de su mujer, respondía igual:
Clara, sé sensata. Está pasando un mal momento. Le hace sentirse útil. ¿Te sabe mal una estantería?
¡No me duele la estantería, Pablo! ¡Es que tu madre está colonizando nuestra casa!
No exageres. Al menos ayuda, prepara la comida, limpia… Si siempre dices que odias planchar.
¡Prefiero ir arrugada que con la ropa planchada por ELLA! estallaba Clara.
Pero su marido, parece que se había vuelto sordo.
***
Las botellas del baño fueron la última gota.
Pablo, ven que se enfrían las albóndigas llamó Doña Concha desde la cocina ¡Clara, a ti te he preparado menos pimentón, que no te gusta el picante!
Clara entró decidida, la suegra ya repartía platos como si fuera la dueña del local.
Doña Concha preguntó, disimulando los nervios . ¿Por qué ha escondido mis cosas bajo la bañera?
La suegra ni parpadeó. Colocó el tenedor junto al plato de Pablo y sonrió.
Ay, Clarita, ¿por los botes? Si eso estaba casi vacío, ocupaban mucho sitio.
Y ese olorcillo tan fuerte… casi me da jaqueca. He traído mis productos de siempre. Los tuyos, bien guardaditos, que no molestan.
No te importará, ¿no? Además, hacía falta orden.
Pues sí que me importa Clara se plantó frente a la mesa . Es mi baño. Mis cosas. ¡Mi casa!
¿Tuya? Anda ya, niña. La casa es de Pablo.
Tú aquí mandas, sí, pero hay que tener respeto a la madre del marido.
Pablo, en el umbral, se puso blanco.
Mamá, no digas eso… Clara también tiene piso, pero vivimos aquí porque…
Bah, si el otro es un zulo de abuela.
Pablo, siéntate y come. Tu mujer otra vez encabronada, seguro que está sin almorzar.
Clara lo miró fijamente, esperando.
Esperó oír: “Mamá, basta, te has pasado. Recoge tus cosas y vuelve a tu casa”.
Pablo dudó, moviendo los ojos de una a otra… y simplemente se sentó a la mesa.
Clara, venga, siéntate. Hablemos tranquilos. Mamá, tampoco era para tirar tus cosas…
¿Ves? exclamó Doña Concha, encantada Mi hijo lo entiende. Pero tú, Clara, eres de un quisquilloso… Así no puede ser. Una familia comparte todo.
El temple de Clara hizo crack.
¿Todo, dices? repitió Fenomenal.
Se fue de la cocina sin mirar atrás.
Pablo balbuceó algo, pero le dio igual. Hizo la maleta en veinte minutos, lo metió todo en las dos maletas grandes y no se molestó en rescatar sus botes del baño. Ya compraría otros.
Se marchó bajo la sinfonía de súplicas de su marido, y comentarios envenenados de la suegra.
***
Clara no pensaba volver, y pidió el divorcio en cuanto se estableció en su piso.
Su marido, técnico aún, le llama cada día suplicando que regrese, mientras la suegra, con una parsimonia digna de María Antonieta, traslada poco a poco su arsenal a la casa de Pablo.
Clara lo tenía claro: esto era justo lo que Doña Concha quería.







