Te cuento lo que me pasó, porque a veces la vida te revuelve el alma y ni los gatos quedan fuera de ese torbellino.
El corazón de mi gato retumbaba en su pequeño pecho, como si entendiera que algo estaba mal. ¿Qué podía haber sucedido para que su dueña lo entregara a extraños? ¿Por qué me tuve que separar de él?
Cuando me regalaron un gato británico completamente negro en mi mudanza a Madrid, te prometo que me quedé paralizada. Era una de esas sorpresas que te dejan sin palabras.
El piso era pequeño, de segunda mano, en Chamberí. Apenas había conseguido ahorrar los euros justos para comprarlo, así que todavía no lo tenía ni medio arreglado. Encima, tenía mil historias en la cabeza que me preocupaban.
Y de repente, aquel gatito. Pasado el susto inicial, me asomé a sus ojos dorados, suspiré hondo, sonreí y le pregunté al amigo que me lo trajo:
¿Es macho o hembra?
Macho me respondió.
Vale, pues te vas a llamar Pancho le dije al minino.
Él abrió la tiny boca y, obediente, soltó un “miau” muy suave.
*****
Los gatos británicos son un amor, te lo juro. Así pasaron tres años en los que Pancho y yo fuimos uña y carne, inseparables. Y con el tiempo fui descubriendo que mi gato tenía un corazón enorme y el alma increíblemente dulce.
Me recibía siempre que llegaba del trabajo, me daba calor por las noches, se acurrucaba conmigo a ver pelis y me seguía como una sombra cuando limpiaba la casa.
Mi vida cambió de color: ahora tenía a alguien que me esperaba al llegar, con quien reír, llorar y, lo mejor, que me entendía con tan solo una mirada.
Podría haber sido feliz así para siempre, pero
Hace poco empecé a notar unas molestias en el costado derecho. Al principio pensé que había dormido torcida, luego culpé al chorizo y los pinchos grasientos de las tapas. Cuando los dolores se hicieron fuertes, fui al médico.
El diagnóstico fue un jarro de agua fría. Me pasé la noche llorando, con la cara enterrada en la almohada. Pancho, que percibía mi tristeza, se acurrucó silencioso y empezó a ronronearme para consolarme.
Sin darme cuenta, me dormí escuchando su ronquito. Al despertar, decidí no contarle nada a mi familia, por no soportar esas miradas de pena ni sus intentos incómodos de ayudar.
Una parte de mí aún confiaba en los médicos y en el tratamiento que me propusieron. Pero entonces tuve que pensar qué haría con Pancho si tenía que ingresar en el hospital y, aunque me dolía el alma, tomé la decisión de buscarle un nuevo hogar.
Puse un anuncio en internet: “Se regala gato de raza, a buen hogar”. Al primero que llamó, no sé ni por qué, le dije que estaba embarazada y que me había salido alergia al pelo de gato durante el embarazo.
A los tres días, metí a Pancho en su transportín, le preparé todas sus cosas y lo llevé con los nuevos dueños. Yo, directo al hospital
Dos días después llamé para preguntar por Pancho. Me contestaron que, mil disculpas, el gato se había escapado esa misma noche y que no lo encontraban.
Se me vino el mundo abajo. Mi único impulso era escaparme del hospital a toda costa y salir a buscarlo, hasta le rogué a la enfermera de guardia, pero me echó la bronca y me mandó de vuelta a la habitación.
Mi compañera de cuarto, una señora mayor y delgadita llamada Pilar, notó que algo pasaba y me preguntó. Me derrumbé a llorar y le conté todo.
Ya tendrás tiempo de llorar, chiquilla me dijo ella. Mañana viene una especialista muy buena de Madrid. Yo también tengo un diagnóstico feo, mi hijo quería llevarme a otra clínica, pero al final lo arregló para que venga aquí. Voy a pedirle que te mire a ti también, a ver si no es tan grave.
*****
Pancho, nada más salir del transportín, supo que estaba en una casa ajena. Un desconocido intentó acariciarle, y el pobre ni se lo pensó: le soltó un zarpazo y salió disparado a esconderse.
Pablo, déjale tranquilo y que se acostumbre dijo una voz de mujer, pero no era la que Pancho buscaba.
El corazón del gato latía con fuerza, los pensamientos se le agitaban y se sentía completamente perdido. ¿Por qué su humana había decidido dejarle?
Sus ojos de ámbar escudriñaban la habitación, hasta que vieron una ventana abierta. Con un salto negro como la noche, se lanzó y salió al exterior.
Por suerte solo era un segundo piso y debajo había césped recién cortado. Así empezó el largo viaje de Pancho de regreso a casa
*****
La especialista era una mujer amable y profesional, algo mayor de cuarenta, llamada María del Pilar. Minuciosa, revisó mi historial, me pidió que me tumbara en la camilla, y me examinó con paciencia, preguntando cómo y dónde dolía.
Después volvió a leer mis pruebas y repitió algunos exámenes.
No esperaba buenas noticias, así que volví a la habitación donde Pilar me recibió en la cama.
¿Qué te han dicho? me preguntó.
Nada aún, que luego pasarán otra vez.
Vaya Yo ya lo tengo claro, me han confirmado el mal diagnóstico dijo con tristeza.
Lo siento mucho, y gracias por todo respondí, incapaz de encontrar palabras que consuelen a alguien que sabe que su tiempo se acaba.
A la media hora, María del Pilar y varios doctores entraron en nuestra habitación.
Oye, Carmen me dijeron, tengo buenas noticias. Tu enfermedad tiene tratamiento, ya te he puesto el protocolo. Te quedas dos semanitas, haces todo el proceso y vas a estar como nueva.
Cuando se fueron, Pilar me sonrió:
Qué alivio, ¿eh? Me alegro de haberte ayudado. Ahora sé feliz, corazón.
*****
Pancho no tenía brújula ni mapas, solo su instinto felino y esas ganas de volver a casa. Su travesía por los barrios de Madrid estuvo llena de sustos y carreras ridículas, como si de repente fuera un gato salvaje.
Esquivó avenidas ruidosas, callejeó entre portales, saltó por encima del césped y trepó a algún árbol cuando veía un perro a lo lejos.
En uno de esos patios tranquilos, se cruzó con un gato viejo y listo. Sin dudar, el matón del barrio reconoció a Pancho como forastero y se le lanzó encima. Pancho, hecho un león, no se achantó.
La pelea duró un segundo. El “capo” acabó entre los arbustos con una oreja algo rasgada. Normal, él solo quería marcar territorio pero Pancho tenía claro a dónde iba.
Avanzaba cada día. A veces dormía en la rama cómoda de un árbol, como sus antepasados salvajes.
Te juro que nunca lo hubiera imaginado: mi gato noble se aprendió el truco de comer de los contenedores y hasta robarle la comida a las otras gatas callejeras a las que los vecinos daban sobras.
Un día una manada de perros le acorraló en un árbol flaco y le ladraban subiendo y empujando el tronco.
La gente, al escuchar el ruido, espantó a los perros; una señora intentó llevárselo, ofreciéndole un trozo de chorizo. El hambre y el miedo le pudieron y se dejó coger, se acurrucó en su casa. Pero en cuanto se repuso, recordó que él tenía otro destino. Salió tras ella por el portal, y justo las puertas se abrieron a tiempo para que Pancho siguiera su camino
*****
Al salir del hospital cogí el metro hasta mi casa. No dejaba de resonar en mi cabeza el deseo de Pilar: “Sé feliz”. Y, sí, agradecí con el alma que al final todo quedara en un susto médico.
Pero el corazón me dolía. No podía pensar en mi vida sin Pancho, sin su miau de bienvenida ni sus patitas por la casa.
Nada más entrar en mi piso, llamé a los que habían adoptado a Pancho, les pedí la dirección y fui para allá. Me contaron cómo escapó y, aunque me dijeron que era imposible, que ya habían pasado dos semanas, que no sobreviviría fuera, yo no quería perder la esperanza.
Recorrí a pie cada calle, me metí en los patios, revisé parques, miré los garajes y hasta busqué en las ventanas de los sótanos. Intentaba pensar como él, como un gato que jamás había catado el mundo exterior. Lo llamé mil veces, en cada rincón, aunque apenas me quedaba voz.
Al llegar a mi barrio, ya sin esperanzas, con lágrimas saladas y una tristeza que me apretaba el pecho, vi en la acera de enfrente que se movía un gato negro hacia mí.
Un gato negro, pensé, sin más. Me quedé quieta, fijándome, hasta que lo supe. Salté y grité: ¡Pancho!
Pero él no corrió hacia mí. No le quedaban fuerzas. Se sentó, y apretando los ojos como si sonriera de felicidad, ronroneó bajito: ¡He llegado!Corrí hacia él, me arrodillé en la acera y lo envolví en mis brazos. Pancho apoyó su cabeza contra mi pecho, exhausto pero seguro: había vuelto a casa. El sonido de su ronroneo llenó mi mundo, y en ese instante supe que todo sería diferente.
Habíamos cruzado el miedo, la distancia y el dolor. Ahora los dos estábamos de vuelta: él en mi regazo, yo en la vida.
Esa noche lo arropé a mi lado como antes, y mientras la ciudad dormía, prometí no volver a dejar que el miedo eligiera por mí. Pancho, con los ojos cerrados y las patas estiradas, parecía repetirlo en su idioma secreto.
Al final, la felicidad era eso: un corazón que se atreve a esperar, y un gato que siempre sabe el camino de regreso.







