Corazón de madre
Esteban estaba sentado en la mesa de la cocina, hundido en esa silla de paja antigua que siempre crujía cuando él se acomodaba. Delante, humeaba un plato hondo de cocido madrileño, el cocido de su madre, tan espeso y recio, con esa chispa de pimentón y un regusto agrio a repollo que sólo ella sabía lograr.
La cuchara, pesada y tibia, iba del plato a la boca como si surcara un mar dorado. Esteban se perdía en sus pensamientos, absorto. Pensaba en cómo había cambiado su vida: ahora podía desayunar tostadas de pan de masa madre en una cafetería modernista de Malasaña, comer en restaurantes galardonados con estrellas Michelin por toda Madrid, cenar platos que parecían esculturas en algún local vanguardista de Chamberí. Podía pedir jamón de bellota de Jabugo, navajas gallegas, carne de vaca rubia de León, delicadezas de cualquier rincón del mundo, pagando siempre en euros sin mirar el billete. Pero ningún manjar se acercaba al cocido de su madre.
Las salsas elaboradas, ese exceso de especias raras, los nombres afrancesados de los platos Todo era insípido comparado con su cocido, donde flotaban pedazos de recuerdos y el eco de unas manos siempre tibias y un cariño antiguo. Esteban comprendía de pronto que no importaba cuántos restaurantes descubriera ni las exquisiteces de los grandes chefs; su mejor cocina sería siempre la de su madre.
Mientras pensaba en el abrazo de la olla, en el perfume del laurel, entró María su madre con una taza de té caliente entre las manos. La dejó delante de él suavemente. Tenía el rostro inquieto, sus ojos oscuros se deslizaban por la estancia como si intuyeran amenazas invisibles.
Esteban, ¿a qué hora debes irte mañana?
Él levantó la mirada, le sonrió con dulzura, casi infantil.
Salgo mañana temprano, mamá. Como el coche está en el taller, me lleva un amigo.
En el gesto de María se dibujaba la preocupación de una Penélope esperando entre hilos invisibles. Esteban se fijaba en su madre y sentía ternura: parecía más joven de lo que realmente era, sonrosada y tranquila, aunque pasados ya los cincuenta.
No es nada, sólo unas horas por carretera. No te angusties.
Pero María, de pronto lívida, apretó el borde de la mesa, como si esperara que las vetas de la madera le respondiesen. El silencio se adueñó de la cocina, sólo interrumpido por el hipnótico tic-tac del viejo reloj de pared.
¿Con tu amigo? murmuró, bajísimo. No, Estebanito, no vayas con él.
Esteban frunció el ceño. No recordaba haber visto a su madre así, encogida, como de papel fino. Dejó la cuchara y la miró, buscando el sentido oculto de esa súplica.
Pero si no sabes ni quién es intentó calmarla, aunque en su voz se coló la sombra de la inquietud. Se llama Eugenio. Es de confianza, conduce despacio. Tiene un coche alemán muy bueno, y la matrícula termina en triple siete, dicen que da suerte.
María se acercó, casi levitando sobre los azulejos. Le tomó la mano por encima de la mesa; sus dedos, fríos como mármol antiguo, se posaron sobre los suyos.
Por favor, hijo pide un taxi. El corazón me da vueltas, siento una inquietud enorme.
Esteban sonrió, quiso bromear:
¿Y si el taxista se ha sacado el carné en un sorteo, mamá? No te preocupes, en cuanto llegue te llamo. Mira, ni tendrás tiempo de echarme de menos.
Le dio un beso en la mejilla, notando cómo el temblor de ella le traspasaba la piel. La abrazó, apretando fuerte, tratando de que esa seguridad que a su madre le faltaba le entrase a chorros en el pecho. María se acurrucó, como si quisiera quedarse con el rastro del calor hijo.
Todo saldrá bien, mamá. Te lo prometo.
Al salir, Esteban recorrió la calle de toda la vida, la de farolas doradas y aceras estrechas donde los castaños parecían centinelas dormidos. La noche era clara, casi irreal, y la luz de los portales se deshacía en charcos sobre el adoquinado. Pensaba en el viaje, en la cara de su madre inmóvil en la memoria, en el murmullo de las hojas. Cuando llegó a su piso, lo recibió el silencio, ese silencio hondo que sólo se escucha en sueños. Entró directo al dormitorio. La bolsa, hecha y lista, dormía sobre la cama. Preparó el despertador en la mesillafaltaban quince minutos para las diez. Repitió varias veces en voz baja: A las seis arriba como si conjurase el futuro.
Se desnudó y se metió entre las sábanas frías. En la oscuridad, pensó en su madre y en el día que le esperaba, como si la mente, medio dormida, tejiera una tela glu glu de voces, recuerdos y planes. El sueño, espeso, le atrapó cuando menos lo esperaba.
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La mañana fue puro sobresalto. Abrió los ojos cegado por la luz violenta que atravesaba las cortinas. Hubo un instante de incertidumbre, como si no supiera dónde estaba, ni cómo había llegado allí. El reloj digital marcaba las nueve menos cinco.
¡Mierda! exclamó instintivamente, levantándose de un salto. Cogió el despertador y estuvo a punto de lanzarlo contra la pared. En la pantalla, los números a punto de reírse de él. Había dormido hasta tarde. ¿Por qué Eugenio no le había llamado?
Alargó la mano hacia el móvil, pero el teléfono estaba apagado, extraño juraría que lo había dejado cargando. Pulsó el botón: la pantalla revivió y, tras la marea de notificaciones, allí estaban los mensajes:
Esteban, ¿dónde andas? Llevo un cuarto de hora en tu portal. Si no sales en diez minutos, me largo solo. No quiero perder el día.
¿Estás seguro de venir? Llámame.
Ya me voy. Perdona, no puedo esperar más.
Esteban se quedó petrificado, las imágenes bailándole en la cabeza. Eugenio había venido, esperado, llamado y él, dormido, falló a su amigo. Volvió la imagen del rostro de María, ojeroso, al filo de la profecía.
Saltó de la cama. El tiempo no existía, sólo el vértigo del retraso. ¿Taxi o coche de alquiler? ¿Cómo se resuelve un sueño en urdimbre?
Cuando fue a vestirse notó, en la pantalla apagada, las llamadas perdidas de Mamá. Veintidós, seguidas, una tras otra.
Algo le oprimió el pecho. Sin pensar, cogió las llaves y salió corrientes: la calle parecía derretirse bajo los pies, como si cruzarla fuese atravesar la infancia de golpe.
El portal de la casa materna estaba abierto. Subió de dos en dos los peldaños, resollando. El eco de su respiración llenaba el vestíbulo.
¡Mamá! gritó, buscando con la vista, sin poder dominar el temblor de la voz.
María estaba sentada en el sofá del salón, pálida, con los ojos rojos y la barbilla vibrando. Al verle, sus pupilas se abrieron desmesuradamente, incapaz de creer lo que veía.
Estebanito ¿eres tú? Gracias a Dios
Esteban se detuvo, sintiéndose extraño, como si todo fuera una pantomima de humo. No recordaba haber visto a su madre llorar y ahora, así, sólo sentía inseguridad, titubeo.
¿Qué ha pasado, mamá? se acercó, suavemente, tomando sus manos frías.
En esa atmósfera irreal, la televisión derramaba la voz monótona del informativo:
Accidente múltiple en la A-5, cerca de Talavera. Cuatro vehículos implicados, sólo ha sobrevivido el conductor de un Audi blanco, matrícula 777
La imagen parecía ralentizarse: coches aplastados, objetos desparramados, luces azules y rojas bailando en la pantalla. De pronto, Esteban reconoció el coche de Eugenio, su número grabado a fuego en la retina.
Dentro le invadió un frío animal. Comprendió que su madre, al ver la noticia y tras no recibir respuesta, había dado por hecho lo peor.
Mamá. Estoy bien le susurró, esforzándose por no vacilar. Sentó a María cuidadosamente, corrió a la cocina, llenó un vaso de agua. Ella lo tomó entre dedos temblorosos, pero lo dejó sobre la mesa como si pesara una tonelada, y se aferró al brazo de su hijo, refugiando el rostro en su hombro.
Me asusté tanto, hijo balbuceó entre sollozos ahogados. Decían que sólo uno había sobrevivido y tú y no respondías
Esteban la acarició en la espalda, como cuando era pequeño y ella curaba heridas invisibles. El temblor fue cediendo poco a poco, pero supo que sería necesario tiempo para borrar esa angustia.
Mamá, el móvil se me apagó. Y dormí como un tronco. Pero aquí estoy, contigo.
Dudó. Luego sacó el teléfono, marcó el 112. Explicó, sin dejar ver el temblor en la voz, que su madre estaba muy afectada, que era mejor mirarla.
Con rapidez, pareció que hasta el tiempo se doblaba: en menos de diez minutos, un sanitario vestido de blanco apareció, como salido de la nada, con un maletín diminuto.
¿Qué tal se encuentra? ¿Ha notado náuseas, mareo?
María apenas logró asentir. Esteban estaba allí, dispuesto a todo.
El médico realizó unas comprobaciones, tenso el silencio. Luego guardó sus cosas, miró a Esteban con gravedad:
Mejor llevarla a urgencias. Mucha tensión emocional y no conviene arriesgar a estas edades.
Esteban asintió, decidido.
A la privada, por favor dijo casi sin pensar. Allí la tratarán mejor.
El médico hizo un gesto impasible quien puede, puede, terminó el parte y entregó los papeles.
Todo irá bien. Tranquilidad, sobre todo.
Esteban ayudó a su madre a prepararse. Se ocupó de los detalles, calculando rutas y documentos: una odisea y todo flotando, como si esos pasos sucedieran en un universo distinto.
El hospital tenía el eco de un pasillo húmedo de sueños. Les atendió una enfermera de uniforme celeste, voz baja y manos firmes. En la sala de reconocimiento, un médico atento hizo preguntas pausadas. Tras explorarla con esmero, asintió en silencio:
Vamos a realizar pruebas. Mantengámosla en observación por precaución.
Esteban permaneció junto a su madre, aferrando su mano. Las horas eran espesas, los minutos se enredaban en el aire como telarañas. Repetía una y otra vez:
Todo está bien, mamá. Ha sido un susto nada más.
María esbozaba una sonrisa pálida, pero en los ojos le quedaba un resto de miedo antiguo.
Sabía que algo malo pasaría susurró. Mi instinto nunca falla.
Esteban tragó saliva; esas palabras le dolían, eran verdad. Miles de veces, sin saberlo, ella había sacrificado su tiempo, su descanso, por él. Y ahora, por poco, no la pierde por un error sumamente pequeño.
Perdona por preocuparte. Te haré caso de ahora en adelante, lo juro.
María le acarició la mejilla, con dedos de madre que curan dolores, como en la infancia.
Lo importante es verte vivo. Todo lo demás ¿qué importa?
Y entonces llegaron las pruebas, las visitas de médicos, el trajín ajeno; pero para Esteban y María sólo existía la pausa contenida de sus manos unidas, esa burbuja donde parecían poder vencer cualquier pesadilla.
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Esteban se negaba a marcharse. De noche, dormía en la butaca, rígido como un soldado vetusto pero feliz de escuchar el respirar acompasado de su madre.
Una tarde, ya con los melocotones del atardecer deslizándose por las cortinas, María habló, con una voz de niebla:
Siempre he temido que te fueras y no volvieras.
Esteban la miró de frente, en silencio, entendiendo por fin el alcance de la herida.
¿Por qué, mamá?
Porque siempre has sido independiente, demasiado Desde niño resolvías todo solo: los cordones, los deberes Nunca querías ayuda. Y yo, orgullosa, andaba temblando de perderte.
Esteban le tomó la mano, como en sus primeros paseos al colegio.
Nunca me iré, mamá. Siempre serás lo más importante, aunque no lo diga. No sabía cuánto te inquietaba. Perdona.
María le acarició los nudillos, suave.
Ahora lo sabes. Eso basta dijo, y en sus ojos brilló una estrella.
Esteban la abrazó y, en ese minuto, el miedo pareció quebrarse como cáscara fina.
Entonces, en un impulso, le habló de Almudena, la chica con la que salía discretamente desde hacía unas semanas. Trabajaban juntos, compartían sonrisas tras la barra del bar en la oficina los viernes, y aunque nunca había contado nada a su madre, ese momento, luminoso y extraño, le pareció soñado.
He conocido a alguien, mamá. Almudena. Es distinta a las demás, sabe escuchar, me entiende incluso en silencio.
Los ojos de María se iluminaron, un interés antiguo resurgió, la alegría verdadera.
Cuéntame, hijo. ¿Cómo es ella?
Así lo hizo. Narró cómo se conocieron, los paseos por el Retiro, los cafés tranquilos cerca de la Plaza Mayor, cómo había descubierto que con Almudena, el mundo callaba.
Me da miedo decírtelo, pensaba que quizás temerías que te olvidase
María rió, una risa clara y madrileña, libre de toda sombra.
¡Tonto! Si sólo quiero verte sonreír, aunque te cases y tengas hijos y te mudes lejos. Mientras no olvides a esta madre que te quiere tanto
Y Esteban, por primera vez en años, se sintió entero, como si el hilo invisible del cocido, la mesa y las calles de su infancia lo tejiera de nuevo con su madre en el centro.
Nunca te olvidaré susurró. Gracias por todo.
Y el sueño, por fin, se dejó vencer por la paz.







