El corazón de una madre
Hace ya muchos años, recuerdo una vez en la que me encontraba sentado en la mesa de la cocina, en la casa de mi infancia en Salamanca. Era mi lugar de siempre, donde el sol de la mañana llegaba con timidez por la ventana. Delante de mí, humeaba un plato profundo de cocido madrileño, la especialidad de mi madre, Inés. El olor era inconfundible; aquel aroma a chorizo, ajos y garbanzos, capaz de encender recuerdos de toda una vida.
Iba llevando la cuchara suavemente de la cazuela a la boca mientras mis pensamientos vagaban, repasando cómo había cambiado mi vida en los últimos años. Ahora tenía una posición que me daba para desayunar en cafeterías de la Gran Vía de Madrid, almorzar en restaurantes renombrados de Barcelona y cenar en locales de chefs vanguardistas de la Costa Brava. Podía permitirme jamón de bellota de Jabugo, txangurro traído de Donosti, carne de buey gallega, lo que me antojara. Y, sin embargo, ningún manjar lograba igualar el sabor ni el consuelo de aquel cocido sencillo de mi madre.
Ni las salsas elaboradas de los grandes cocineros, ni las especias exóticas ni la presentación, me parecían tan auténticas y llenas de alma. El cocido de mi madre encerraba algo más grande que la suma de sus ingredientes: el cariño, las manos hábiles y pacientes, y los días despreocupados de la infancia. Tenía claro que, por muchos restaurantes que probase, para mí sólo existía una cocina insustituible: la de mi madre.
Mientras rumiaba esos pensamientos, entró en la cocina mi madre, Inés, con su cabello cuidadosamente recogido y una mirada viva. Colocó una taza de té al lado de mi plato, procurando no hacer ruido. Tenía en la cara una inquietud extraña, distinto al temple sereno y seguro al que yo estaba acostumbrado.
¿A qué hora tienes que marchar, Juan? susurró, y la preocupación se le reflejó en los ojos.
Levanté la mirada, esbocé una sonrisa y respondí:
Mañana por la mañana, mamá. El coche se me ha averiado y me recogerá un amigo. No te preocupes.
La observé, admirando el buen aspecto que tenía: sana, descansada, con un ligero rubor en las mejillas. Nadie diría que había superado ya los cincuenta años.
Si es sólo un par de horas de trayecto, no te apures añadí, intentando tranquilizarla.
Mi madre se quedó de pie, como si de pronto hubiese escuchado una noticia terrible. Sus dedos agarraron el borde de la mesa con fuerza, buscando sostén. Un silencio espeso se apoderó de la habitación, apenas interrumpido por el tic-tac del viejo reloj.
¿Un amigo…? repitió en voz baja, pálida. No, Juanillo, prefiero que no vayas con él.
Me sorprendió. Rara vez la veía así de alterada, tan distinta a su costumbre de razonarlo todo con serenidad. Yo también sentí entonces cierto desasosiego. Dejé la cuchara y la miré fijamente.
Pero si no sabes ni de quién hablo le respondí, templando la voz aunque se me escapó la inquietud. No pasará nada, de verdad. Es Diego, mi compañero de la universidad; conduce fenomenal, nunca corre ni se salta ni una señal. Y el coche es alemán, ni una avería le ha dado, y encima la matrícula es de esas que dicen que dan suerte: todo sietes.
Mi madre se me acercó despacio, sin apartar la mirada de mí. Cogió mi mano con sus dedos helados, que contrastaban con mi piel tibia.
Por favor, hijo su voz temblaba. ¿Por qué no coges un taxi? Tengo el corazón encogido, Juan. No podré estar tranquila.
Intenté tomarlo a broma para quitarle hierro:
¡A saber si el taxista tiene el carné comprado! le sonreí. De verdad, mamá, no te pongas así. Te llamaré nada más llegar, no te va a dar tiempo ni a echarme de menos.
La besé en la mejilla y la abracé fuerte, como queriendo contagiarle mi tranquilidad, la misma seguridad que ella siempre me dio a mí. Ella apoyó la cabeza en mi hombro fugazmente, como deseando grabar el calor de esos instantes, y luego se apartó con ternura.
Todo irá bien, mamá le prometí, mirándola a los ojos.
Al salir de la casa, caminé despacio por aquellas calles familiares del barrio, donde cada piedra me era conocida desde niño. Era una tarde tranquila, el aire suave de la primavera refrescaba y las farolas dejaban círculos dorados sobre las aceras. Apenas tenía que andar unos minutos hasta mi piso. El rostro preocupado de mi madre no se me quitaba de la cabeza, pero me obligué a sacudírmelo de encima.
Al llegar, un silencio acogedor reinaba en el piso. Fui directo al dormitorio, donde la bolsa para el viaje ya estaba a los pies de la cama, lista y revisada varias veces. Terminé de prepararlo todo y la puse junto a la puerta, para no perder tiempo por la mañana.
Luego comprobé el despertador sobre la mesilla; marcaba las nueve menos cuarto. A las seis en pie. No me despistes, Juan, me repetí mecánicamente para grabármelo bien.
Me quité la ropa, me metí en la cama y apagué la luz. Escuchaba el rumor lejano de la ciudad y volvía a pensar en mi madre, imaginando que quizá, como yo, daba vueltas en la cama sin poder dormir. Para distraerme, repasé mentalmente lo que haría al levantarme: una ducha, un café, algo de desayuno, revisar la presentación una última vez… Entre tanto pensamiento, el sueño me venció por fin.
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Aquel amanecer no se pareció en nada a lo que había planeado. Me despertó una claridad insoportable que atravesaba las cortinas. Tardé unos segundos en entender por qué. Miré el reloj de la mesilla: eran las ocho y cincuenta y cinco.
¡Maldición! exclamé, incorporándome de golpe. Cogí el despertador y lo lancé a un rincón. Las agujas parecían burlarse de mí. Había dormido más de la cuenta. ¿Por qué Diego no me había despertado? Si habíamos quedado…
Alargué la mano al móvil, y me di cuenta de que estaba apagado. Me extrañó; yo recordaba perfectamente haberlo puesto a cargar. Lo encendí, esperando que se activara rápido. Al hacerlo, empezaron a llegar avisos y mensajes.
Diego me había escrito a las ocho de la mañana: ¿Dónde estás, Juan? Llevo quince minutos en la puerta. Si no bajas en diez minutos, me voy. El viaje es largo y no quiero perder tiempo.
Oye, ¿vas a venir o no? Llámame.
Me voy ya. Lo siento, no puedo esperar más.
Me quedé leyendo los mensajes en silencio; comprendí que Diego sí había venido, me había esperado y, al no contestar, se marchó. Al momento recordé la cara preocupada de mi madre la noche anterior, su súplica de que no viajara con Diego. Ya nada podía hacerse.
Me levanté un poco atolondrado, sin saber si llamar a un taxi o buscar un coche de alquiler. El viaje, tal como lo había proyectado, ya no tenía sentido.
Entonces me fijé en las llamadas perdidas: más de veinte, todas de mi madre. Una tras otra, sin descanso.
Un mal presentimiento me puso un nudo en el estómago. Sin pensar, agarré las llaves y salí a la carrera. En poco más de un minuto crucé el barrio como un rayo hasta la casa de mi infancia.
La puerta estaba entornada. Entré casi sin aliento.
¿Mamá, estás bien? grité, buscando con la mirada en todas direcciones. Mi voz sonó más alta de lo que pensaba, era la ansiedad.
En el salón, mi madre yacía en el sofá. Estaba muy pálida, los ojos rojos y el rostro marcado por el cansancio de no dormir. Al verme, abrió mucho los ojos, como si no pudiera creer lo que veía.
Juanito… susurró apenas, incorporándose. ¿Eres tú de verdad? Ay, Dios mío, gracias…
Me quedé helado, sin saber qué decir. No recordaba haber visto jamás a mi madre llorar así. Me acerqué, dudoso, y le tomé las manos.
¿Qué ha pasado, mamá? le pregunté con cautela. ¿Por qué estás así? Cuéntame, por favor.
En ese momento, la voz monótona del presentador de televisión resonó en el silencio:
Accidente en las afueras de Ciudad Rodrigo. Cuatro coches implicados, sólo un conductor ha sobrevivido. El vehículo accidentado, un Audi blanco con matrícula 777…
Casi sin querer, miré la pantalla. Imágenes de coches destrozados, ambulancias, y entre ellas un Audi blanco con matrícula de sietes. Reconocí enseguida el coche de Diego.
Por fin comprendí: mi madre había visto la noticia, había reconocido el coche de mi amigo y, al no poder contactar conmigo, temió lo peor. Una angustia repentina me desgarró por dentro.
Estoy bien, mamá, estoy aquí dije, esforzándome por no dejar temblar la voz. La ayudé a sentarse y fui a la cocina por un vaso de agua.
Inés apenas pudo sostener el vaso. Me agarró de la manga con fuerza, como si temiera perderme otra vez, y apoyó su cabeza en mi hombro, temblorosa.
Me asusté tanto… susurró con la voz rota. Vi la noticia… y tú sin contestar al teléfono, Juan… Pensé… pensé que ya no te volvería a ver nunca…
La abracé con todo el cariño del que fui capaz, como hacía de pequeño, queriendo espantarle el miedo con mi calor.
Se me apagó el móvil y el despertador no sonó. No contesté porque ni sabía qué hora era. Pero estoy bien, mamá, mírame. Estoy aquí.
Vi que aún estaba muy nerviosa, y aquello me preocupó. Rápido, marqué el teléfono de urgencias.
¿Urgencias?pronuncié con claridad. Por favor, mi madre se encuentra muy mal. Está muy alterada y le duele el pecho. Calle Mayor, número 12, por favor, rápido.
Me senté junto a ella, tomándola de la mano hasta que escuchamos la sirena de la ambulancia por la calle. Cuando llegó el médico, un hombre tranquilo de unos cincuenta, apenas perdió el tiempo en formalidades.
¿Se marea? ¿Náuseas? preguntó mientras le tomaba la tensión.
En pocos minutos, tras examinarla, el médico miró hacia mí muy serio.
Será mejor trasladarla a un hospital me recomendó. El estrés y la edad así lo aconsejan. Mejor que la observen por si acaso.
Por supuesto asentí de inmediato. Iré yo mismo con ella a la clínica privada. Allí estará mejor atendida.
El médico se encogió de hombros, anotó algunos datos en unos papeles y nos deseó suerte. Le agradecí su ayuda, ayudé a mi madre a prepararse rápidamente y nos fuimos a la clínica.
Apenas llegamos, la acogieron con cuidado. El internista, un hombre sereno de trato afable, la exploró con rigor y dulzura: presión, pulso, preguntas… Dijo que lo mejor era hacerle unas pruebas, por prevención, añadió, y que permaneciera en observación un par de días.
Durante ese tiempo, me quedé con ella día y noche, acomodado como buenamente podía en un sillón estrecho. Vi cómo mi madre volvía poco a poco a la calma: las mejillas recobraron algo de color, la voz se le hizo más firme, y los ojos, aunque cansados, recuperaron su luz de siempre.
Una tarde, cuando el sol descendía y el hospital se llenaba de colores rosados, mi madre me miró y habló bajito, como confesando algo largamente guardado:
¿Sabes? Siempre he temido que un día te fueras y no volvieras.
Le presté toda mi atención. Era la primera vez que percibía a mi madre no sólo como la figura protectora, sino como mujer vulnerada por el miedo.
¿Por qué, mamá?
Por lo independiente que eres respondió. Siempre querías hacerlo todo solo, desde pequeño… Nunca dejabas que te ayudara. Me sentía orgullosa, claro, pero a veces sentía que te alejabas.
La apreté la mano con cariño, reconociendo una parte de mí que nunca había entendido de verdad.
No me voy a ir de tu lado le aseguré. Eres lo más importante que tengo. Perdona por no comprender antes cómo te sentías.
Ahora lo entiendes, y eso basta me sonrió, acariciándome la mejilla.
Nunca te dejaré, mamá. Nunca le respondí bajito, pero muy convencido.
La vi sonreír, con lágrimas brillando suavemente en sus ojos, aunque ahora eran lágrimas de gratitud y no de miedo.
Lo más importante es que seas feliz, hijo. Que formes tu propia familia, que confíes en los que te quieren.
Pensé en Clara, la chica con la que llevaba un tiempo. Trabajábamos juntos y me hacía sentir comprendido, valorado. Lo dudé un segundo, pero me armé de valor.
Estoy empezando una relación con Clara, mamá le confesé, temiendo que aquello la entristeciera.
Pero mi madre se rió suave, cogiéndome la mano:
¡Qué alegría, hijo! Deseo que seas feliz. Sólo te pido que recuerdes que siempre tendrás una madre que te quiere y que estará cerca, aunque tengas tus propias raíces.
Le devolví la sonrisa, sintiendo como el último rastro de angustia se disipaba. Y, recordando aquella mañana de cocido madrileño, comprendí por primera vez cuán poderoso y frágil es el corazón de una madre: capaz de latir con fuerza por los logros de su hijo, y de pararse por miedo a perderlo, pero siempre, siempre lleno de amor.







